Philippe V #2
—¿Desde cuándo decides esto sin siquiera consultarme? —exclamé, frustrado—. ¿Qué sé yo de política, si jamás me has admitido en tu Gabinete del Consejo? ¿Y ahora quieres que gobierne en tu lugar?
Louis no se inmutó ante mi arrebato, lo que solo aumentó mi furia.
—Te subestimas, Philippe. Eres más capaz de lo que te das crédito. Eres inteligente, tienes carisma y, sobre todo, eres mi hermano. No confío en nadie más para esta tarea.
Solté una risa amarga, cargada de ironía.
—No confías en nadie más, dices. Eso es gracioso, viniendo del hombre que ha pasado toda su vida subestimándome y relegándome a un rincón, tratándome como si solo sirviera para entretener a la corte y para nada más.
Y ahora, de repente, cuando el veneno corre por los pasillos del palacio, ¿quieres que sea yo el salvador de Francia ?
Louis dejó escapar un suspiro. Vi fragilidad en sus ojos y aquella fachada de invulnerabilidad que siempre mantenía pareció tambalearse.
—No te estoy pidiendo que seas el salvador de Francia, Philippe —dijo suavemente—. Estoy pidiendo que me ayudes. Que estés preparado en caso de que lo peor ocurra. Sabes tan bien como yo que no puedo permitirme morir sin asegurar el futuro del reino.
Me aparté de la mesa, pasándome una mano por el cabello.
Me resistía a aceptar lo que me estaba diciendo, pero las palabras de Louis guardaban una verdad que no podía ignorar.
Si realmente había un envenenador en el palacio actuando en nombre de la Nueva Fronda y lograba su objetivo…
¿Qué pasaría con Francia? El caos sería inevitable y, si Louis me había designado como regente, significaba que yo sería la única barrera entre el reino y el desastre.
—¿Y qué pasará cuando Gérald atrape al envenenador? —pregunté.
—Que partirás al frente y conseguirás gloria para Francia. Como siempre has deseado.
Me quedé en silencio, observando el mapa sobre la mesa. Las pequeñas figuras de soldados y caballos me parecían absurdamente inadecuadas para representar lo que en verdad estaba en juego. Louis, el rey de Francia, temía por su vida, y yo… yo debía estar a su lado. Como siempre.
—No me gusta esto —declaré, en un susurro—. No quiero tu corona, ni la responsabilidad que viene con ella. Nunca he querido nada de lo que tú tienes.
«Excepto la libertad de estar con Aurore», me susurró una voz traicionera que procuré acallar.
Louis asintió.
—Lo sé. Y precisamente porque nunca lo has querido, sé que serás un magnífico rey.
No supe qué decir a eso. Todo era abrumador. Demasiado. Percibiendo el torbellino de emociones que había dentro de mí, mi hermano mayor colocó sus manos sobre mis hombros .
—Llevas toda la vida acusándome de ser egoísta, de no saber compartir nada contigo —me dijo—.
Y puede que en parte sea cierto. Lo único que tengo claro, Philippe, es que siempre he podido contar contigo para guardar mis espaldas y, de todas las almas que dan vida a Versalles, tú eres la que verdaderamente hace brillar este palacio. Perderte se me hace inconcebible.
—También a mí —murmuré, atrapando su mano con la mía—. Sé que soy un incordio y un hermano terrible a veces…
—No lo eres —rio Louis—. Aunque reconozco que he tenido que defender tu reputación frente a rumores poco amables acerca de tus gustos personales .
—Dame tiempo, aún soy joven. Puedo hacerlo mejor y darte disgustos peores.
Louis dejó escapar una carcajada.
—Espero que nunca tengas que usar la responsabilidad que pongo sobre tus hombros, pero si llega el día, quiero que estés preparado.
—¿Y cómo, exactamente, se supone que me prepare? ¿Voy a recibir clases de cómo convertirme en el rey más odiado de Europa o qué?
—Por ahora, basta con que te quedes cerca de mí. Hay pocos en quienes confío y tú eres uno de ellos. Necesito saber que, si algo me ocurre, el Delfín estará en buenas manos. Y que Francia no caerá en el caos.
Solté un suspiro, aceptando la situación a regañadientes. Louis era testarudo y, no importaba cuántas veces intentara apartarme de sus decisiones, siempre encontraba la manera de arrastrarme de vuelta. No podía escapar de mi destino. No mientras fuera hermano del rey.
—Está bien —dije, con un tono cansado—. Me quedaré, por ahora, pero me has dado tu palabra respecto a la guerra.
Louis asintió, con una evidente expresión de alivio.
—Y tienes mi palabra: cuando todo acabe, pondré en tu mano el mando de los ejércitos franceses.
Nuestra relación era complicada, marcada por años de celos, rivalidades y diferencias, pero en ese momento, sentí que algo había cambiado entre nosotros. Tal vez, por primera vez en mucho tiempo, Louis me veía como a alguien más que su hermano menor.
—¿Sigues creyendo que formo parte de la Nueva Fronda?
—No. Siento haber desconfiado de ti. No es fácil dejar de ver enemigos y farsantes cuando te sientas en el trono de Francia.
—Vas a tener que usar un cojín más abultado en ese trono, para ver si así te relajas de vez en cuando.
Se le escapó una sonrisa mientras negaba con la cabeza.
—Y ahora, si me disculpas, estoy deseando ver a Aurore —me dijo, guiñándome un ojo con picardía—. ¿Cómo estoy?
Lo miré. ¿Cómo iba a estar? Magnífico, como solo el Rey Sol podía estarlo.
—Casi tan seductor como tu hermano pequeño —bromeé y él sonrió. Pero antes de que se fuera, no pude evitar tomarlo del brazo y Louis me miró con extrañeza—. ¿Sabes que jamás te traicionaría, verdad? Nunca te haría daño. Al menos, no de forma expresa.
—Lo sé —sonrió todavía más y luego me dejó solo en el Gabinete del Consejo.
Me imaginé a mí mismo ahí, rodeado de hombres que esperaban mis órdenes. Sin Louis, sin Aurore.
Y supe que renunciaría a todo el poder y a todos los títulos por conservarlos a ambos en mi vida.