Philippe V
—Su majestad solicita vuestra presencia —me informó Bontemps al poco de entrar en mis aposentos.
¿Cómo lo lograba? ¿Cómo se enteraba mi hermano de que hacía escasos minutos que había regresado al palacio? Era verdaderamente exasperante. Y para colmo, yo estaba de un humor terrible.
Volqué mi rabia sobre Bontemps, quien simplemente hacía su trabajo como el perfecto servidor que era.
—¿Acaso mi hermano no tiene otra cosa que hacer más que vigilar cada paso que doy?
—espeté, girándome bruscamente hacia él.
No me importaba que mi tono fuera cortante, ni que mi frustración cayera sobre un hombre que no tenía culpa alguna—.
Si cree que estoy a su disposición las veinticuatro horas del día, se equivoca.
Bontemps, imperturbable como siempre, inclinó la cabeza con un leve movimiento, sin mostrar ni un atisbo de emoción. Era increíble la serenidad que podía llegar a mantener, incluso durante mis peores berrinches. Tenía que concederle eso, al menos.
—Su majestad ha sido informado de vuestra llegada hace apenas unos minutos —dijo con una calma exasperante—. Sugiere que os reunáis con él a la mayor brevedad posible.
Sugiere. Como si eso fuera posible. Cuando Louis “sugería” algo, lo que realmente quería decir era que me arrastraría de los cabellos si fuera necesario para tenerme frente a él.
Era su manera de mandar sin parecer demasiado autoritario, una sutileza que solo él podía transformar en una orden disfrazada.
Suspiré, frustrado. Lo último que deseaba en aquel instante era una conversación con mi hermano.
No después del día que había tenido, ni mucho menos tras lo sucedido con Aurore.
Sentía mis emociones desbordadas, mi mente llena de pensamientos contradictorios y mi cuerpo agotado de tanto viaje, pero sabía que no había escapatoria.
Cuando el rey llamaba, uno debía acudir.
—¿Se me permite, al menos, cambiarme antes de ver a su majestad? —pregunté, insolente.
—Por descontado, alteza —respondió Bontemps, inquebrantable—. Su majestad espera en la cámara real. Me encargaré de avisar cuando estéis listo.
Sin más, el ayuda de cámara hizo una leve reverencia y salió de la habitación, dejándome a solas con el silencio y mi creciente malhumor.
Me acerqué al espejo de cuerpo entero que decoraba la esquina de la cámara y me observé.
Mi aspecto no podía ser más deplorable: mi cabello, habitualmente pulcro y bien cuidado, caía desordenado, y mi ropa estaba arrugada y sucia por el polvo del camino.
Llamé a mis sirvientes con un chasquido de dedos.
Si iba a ver a Louis, lo haría con la dignidad que se esperaba de mí.
No soportaba darle la satisfacción de verme en un estado tan vulnerable.
Me bañé rápidamente y, mientras el agua caliente relajaba mis músculos tensos, mi mente no paraba de dar vueltas.
¿Qué querría mi hermano ahora? Si era información, esa era tarea de Gérald de la Reynie, no mía.
Yo solo había acudido a París como acompañante de Aurore, nada más, pero con Louis nunca se sabía.
Lo único que tenía claro es que jamás me llamaba para hablar de asuntos triviales.
Siempre era por el condenado Estado y por la gloria de la aún más condenada Francia.
Cuando estuve vestido con un atuendo adecuado, me observé en el espejo una vez más.
Ya no quedaba rastro del hombre que había cabalgado hasta Montmartre unas horas antes.
Ahora volvía a ser el Philippe de Orleans de siempre, tan distante como inalcanzable.
Era la versión de mí que la corte conocía y la que Louis prefería ver .
Bontemps regresó en silencio, como si hubiera adivinado el momento exacto en que estaría listo.
Sin decir palabra, lo seguí con resignación.
Los pasillos del palacio estaban tranquilos; apenas me crucé con unos pocos cortesanos.
Conforme nos acercábamos a los Apartamentos Reales, había una pareja de guardias en cada puerta que cruzábamos.
Yo había renunciado a ese privilegio al trasladarme a los Apartamentos del Príncipe y solo había permitido un par de hombres vigilando la puerta principal de mis aposentos, pero no el resto.
Llegamos a la chambre du roi y dos guardias abrieron sus doradas puertas con un gesto sincronizado. Bontemps se adentró primero y me anunció:
—¡Philippe, duque de Orleans!
Puse los ojos en blanco y me maldije a mí mismo por haber sido artífice de aquel protocolo absurdo en el que yo también estaba atrapado.
Mi hermano estaba sentado en su trono con la mirada fija en una copa de vino, lo cual me sorprendió a esas tempranas horas del día. Al verme entrar, levantó la cabeza y me miró. Su semblante, por lo general sereno, mostraba hoy una pequeña arruga de preocupación entre sus cejas.
—Hermano —dijo Louis, con su tono habitual, una mezcla entre autoridad y afecto—. Por favor, siéntate.
Cuando mi hermano me pedía que me sentara, la conversación no sería corta. Me acomodé en uno de los escabeles frente a él, cruzando las piernas. Louis me observaba en silencio, evaluando mi estado de ánimo, algo que solía hacer con una habilidad que me desconcertaba.
—¿Cómo ha ido en París?
—Estupendamente —dije yo, con sarcasmo—.
Hemos salido a cenar y luego nos hemos corrido una buena juerga los tres: Gérald, Aurore y yo.
Tendrías que ver a tu capitán de los mosqueteros borracho.
Cuenta unos chistes sobre enanos tan obscenos que incluso yo estuve a punto de pedir las sales para no desmayarme .
—Vaya, qué mal humor traes —comentó, sin alterar su estado de ánimo lo más mínimo.
—¿Y qué humor esperas que traiga? Yo debería estar en Saint-Germain, con Henriette, y en cambio me obligas a estar continuamente pendiente de Aurore Bechard y…
—Ella pronto dejará de ser una obligación tuya —interrumpió mis quejas.
—¿Cómo dices?
—Espero que acepte en breve mi sugerencia de trasladarse a los Apartamentos Reales.
—¿Sugerencia u orden?
—Sugerencia.
—Ya conozco bien tus “sugerencias”.
—Cuéntame qué habéis averiguado en París —cambió de tema sin alterarse, como siempre.
—¿No prefieres esperar a que te lo cuente Gérald?
—Quiero oírlo de tu boca.
—¿Por qué?
Louis levantó el mentón para observarme y vi cómo acariciaba el borde de su copa de vino con el pulgar.
—Creí que habíamos acordado que dejarías de enfrentarte a mí, Philippe, y que empezarías a comportarte como el príncipe de Francia que eres.
—¿Y a ti qué te importa lo que hago?
—Todo lo que haces me concierne. Después de todo, lo que ocurre con el duque de Orleans repercute en el reino entero.
Ahí estaba, esa sutil reprimenda disfrazada de preocupación fraternal. Louis era un maestro en ese tipo de juegos, pero yo no tenía paciencia para sus artimañas, no hoy.
—Si te preocupa mi reputación, hermano, te aseguro que no he hecho nada que ponga en peligro el buen nombre de nuestra familia —dije y luego arrugué la nariz—. Al menos, no últimamente.
—¿Estás seguro de eso? — respondió Louis, sus ojos clavados en los míos—. Porque los ejércitos de Francia no seguirán jamás a un hombre al que no respetan.
—¿Y a mí qué me importa a quién seguirían los…? —Me callé de golpe y Louis sonrió de esa manera tan suya—. ¿De qué hablas?
—Ven conmigo.
Cruzamos la puerta hasta el Gabinete del Consejo, que en aquellos momentos estaba vacío.
Louis me pidió que me acercase a la mesa de caoba que presidía la habitación.
En ella había desplegado un enorme mapa de Europa y sobre él se distribuían varias figuras: soldados de infantería, jinetes, armeros, cañones, navíos…
—Dime, hermano. ¿Cuál de estos serías tú? —preguntó, con las manos entrelazadas frente a él.
Yo miré las figuras y cogí uno de los equinos.
—A juzgar por lo que dicen de mi tamaño, sería un caballo.
Louis se echó a reír.
—Philippe.
—Está bien, eso ha sido presuntuoso por mi parte. No soy tan enorme como un caballo. Al menos, no como un caballo adulto.
—Estoy hablando en serio.
—Yo también —dije, soltando la figura con desgana sobre su mapa—. Habla claro de una vez, Louis, y déjate de acertijos. Estoy cansado, hambriento y malhumorado.
—No puedo dejarte marchar ahora mismo, con un envenenador suelto por el palacio. Te necesito a mi lado, por si la Nueva Fronda consiguiera su objetivo y ocurriera lo peor.
—¿Lo peor? —pregunté, sin entender.
—Si ese envenenador llega a mí y logra su cometido de asesinar al rey, he dejado instrucciones para que la corona pase a ti como regente, hasta que el Delfín llegue a la mayoría de edad.
Me quedé mirando a Louis, intentando procesar lo que acababa de decirme.
¿Regente? ¿Yo, a cargo del reino entero si él moría?
La idea era tan absurda que, por un segundo, pensé que se estaba burlando de mí, pero la seriedad en sus ojos me confirmó que no había ni un atisbo de broma en sus palabras.
Este era el mismo hombre que me había relegado a la nada y ahora me decía que me necesitaba.
No solo como hermano, sino como el futuro protector de Francia.
—¿Estás loco? —solté, rompiendo el silencio que se había instalado en la habitación—. Esto es una trampa, ¿verdad? Estás preparando algún tipo de juego para burlarte de mí. ¿Tú, confiándome el reino? No me hagas reír.
Louis mantuvo su postura calmada, sin apartar la mirada de mí. Era como si esperara que mi incredulidad se disipara por sí sola.
—No es ninguna broma, Philippe —dijo, con un tono grave—.
Esta es una situación seria. Hay alguien que está intentando acabar conmigo, con todo lo que he creado en Versalles, y si lo logra, el reino no puede quedarse sin protección.
El Delfín es aún un niño. Tú serás su custodio y regente.
Es lo que dictan mis instrucciones y ya están selladas.
Me acerqué a la mesa y golpeé la superficie de caoba con ambas manos, sin saber si reír o gritar.