Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Aurore IV
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Aurore IV

S i Gérald de la Reynie percibió la tensión entre Philippe y yo, se cuidó mucho de disimularlo y de pretender que los ánimos eran iguales a los de la jornada anterior.

Solo mostró su desacuerdo cuando Philippe finalmente apareció, tarde, como solía hacerlo, vestido con su traje de viaje, el cabello cayendo suelto sobre sus hombros y con el broche de la casa de Orleans brillando en el jabot de su cuello.

—¿Alteza? —Gérald intentó detenerlo con voz firme, pero Philippe apenas lo miró. En cambio, hizo un gesto altivo y urgente a un mozo de cuadras.

—Ensilla dos caballos. Y hazlo rápido. No quiero estar oliendo a estiércol más de lo estrictamente necesario.

—Alteza, creo haber dejado claro que…

—Y yo creo haber dejado claro que, en ausencia de su majestad el rey, me debéis obediencia a mí —lo interrumpió Philippe, con un tono frío y peligroso que nunca le había escuchado antes—. ¿O acaso habéis olvidado que, además de duque de Orleans y Anjou, soy también príncipe de Francia?

Gérald me dirigió una mirada significativa, en silencio. Philippe, en ese momento, parecía dispuesto a pisar a cualquiera que se interpusiera en su camino.

—No pienso ir a Montmartre a pie —continuó, ajustándose los guantes de cuero, su semblante serio, algo raro en él—. Y tampoco voy a esconder más quién soy ni lo que quiero .

Lo dijo mirándome directamente a los ojos.

Me negué a responderle, aunque la lucha interna que se libraba en mi interior me desgarraba.

Lo amaba más que a nada o nadie en el mundo, incluso por encima de mí misma, y hubiera hecho cualquier cosa por él.

La tentación de ceder y pedirle perdón por exigirle que renunciara a aquello que siempre había deseado estaba ahí, y era tan sencillo como verbalizar las palabras.

Philippe tenía una parte rencorosa, pero también era blando con quienes estimaba.

Si me retractaba de mi petición, estaría un par de días distante y luego acudiría a mí de nuevo.

Y realmente estuve tentada de hacerlo cuando me ayudó a subir a su caballo y él se subió detrás de mí y cogió las riendas por debajo de mis brazos.

Sentirlo contra mi cuerpo era un doloroso recuerdo de lo que iba a perder si me mantenía en mis trece.

Solo tenía que girarme y decirle que podía ir a la guerra si así lo deseaba.

Él haría un comentario poco caballeroso acerca de tener mi trasero encajado en su entrepierna; yo me reiría y la vida continuaría.

Al fin y al cabo, Louis se había enfadado mucho con Philippe por haber puesto en riesgo su integridad visitando los barrios bajos de París.

¿Qué posibilidades había de que le entregase el mando de las tropas francesas?

Sí, Philippe tenía ese poder sobre mí, uno que odiaba reconocer, pero que me hacía querer arrodillarme, retractarme y decirle que fuera a la guerra si eso era lo que deseaba.

Sin embargo, no dije nada. Permanecí callada mientras viajábamos hacia Montmartre, ambos sumidos en un obstinado silencio que pesaba como una losa entre nosotros.

Pronto dejamos atrás las murallas de París y fuimos descubriendo viñedos, trigales y pastos de ovejas que se extendían a lo largo del camino.

Para los campesinos y viajantes que nos cruzábamos, debíamos ser un grupo curioso: una mujer vestida de plebeya sentada a horcajadas entre las piernas de un noble de alta alcurnia y, tras ellos, un hombre de semblante adusto con un espadín colgando de su tahalí .

Jamás había estado en Montmartre, si bien sabía por tío Lambert que era un lugar principalmente dedicado a la producción de vino y a la molienda de trigo.

Mucha gente visitaba la abadía y la iglesia de Saint-Pierre, por lo que la zona atraía también a peregrinos religiosos que acudían en busca de oración.

Por lo general, era refugio de múltiples actividades ilícitas, como el contrabando.

No había vigilancia, así que escapar al estricto control gubernamental de la policía de París era sencillo para sus habitantes y para todo aquel que quisiera hacer negocios en la clandestinidad.

Cuando llegamos al pie de la colina, Philippe desmontó con un movimiento elegante y me tendió la mano. Al tomarla, por un breve instante, su rostro quedó a escasos centímetros del mío. Intenté sonreírle, buscando algún rastro del hombre que conocía, pero se apartó bruscamente de mí.

—¿Y bien? —preguntó, su voz dura mientras metía ambos pulgares en su cinto—. ¿A quién buscamos?

—¿Es necesario el arma, alteza? —pregunté, al notar el pistolete que colgaba de su cintura.

—¿Habéis estado alguna vez en Montmartre, mademoiselle Bechard? —respondió con una sonrisa socarrona.

—No.

—Entonces, permitidme informaros que sí, es necesario.

Gérald, que hasta ese momento había permanecido callado, emitió un leve suspiro de frustración. Probablemente intuía que las tensiones no iban a calmarse pronto. Y tenía razón.

Encontrar al alquimista fue más sencillo de lo esperado; bastaron unas cuantas preguntas entre los aldeanos para dar con un nombre: Gaudin.

Su choza, situada en un rincón apartado del asentamiento, parecía tan desordenada y caótica como él mismo.

Apenas nos vio entrar en su chamizo, pareció adivinar que no veníamos con buenas intenciones, por lo que intentó huir, pero Philippe fue más rápido y, en un abrir y cerrar de ojos, lo tenía atrapado contra la mesa en la que preparaba sus pócimas, repleta de botes de vidrio, hierbas a medio secar y cuencos con grasa animal .

Grité que no tratase así al alquimista, pero me ignoró.

—Las malas lenguas dicen que traficas con venenos —dijo Philippe, apretando con más fuerza la cabeza del alquimista contra la madera—.

Y en este momento no estoy para juegos. Así que te aconsejo que confieses rápidamente, o le pediré a Gérald de la Reynie que te saque un ojo para su macabra colección.

El hombre miró aterrorizado a Gérald, cuyo semblante impasible se limitaba a observar la escena. Era evidente que la reputación del capitán había llegado también hasta Montmartre.

—¡Hablaré! ¡Hablaré! —gimió Gaudin, jadeando—. ¡Lo juro por Dios y por el rey!

Al escuchar nombrar a su hermano, Philippe pareció salir de aquel trance furioso y soltó con desprecio al alquimista, quien intentó recuperar la respiración y nos miró aterrado a los tres.

—¿Venís de Versalles, no?

Ninguno de nosotros respondió. Gérald se adelantó, acariciando la empuñadura de su espadín.

—Más te vale contarnos la verdad y hacerlo rápido, pues no me gusta perder el tiempo. ¿A quién has vendido serpentio en los últimos meses?

El alquimista parpadeó, visiblemente confundido.

—¿El veneno del soldado? —añadí yo.

—Sé lo que es el serpentio —respondió Gaudin, seco—, pero jamás he vendido ese veneno a Versalles. Si alguien lo ha hecho, debe ser... Le Sorcier .

—¿El brujo? —Philippe gruñó, perdiendo la paciencia de nuevo—. ¿Qué brujo?

—El que vive junto al palacio, en la villa —explicó Gaudin—. Es un viejo conocido mío: echa las cartas a las damas de la corte, les proporciona pócimas de amor y les ofrece remedios para quedarse embarazadas. O para dejar de estar embarazadas.

—¿Su nombre real?

—Manadou. Pero dudo mucho que logréis hacerlo hablar.

—Créeme, tengo múltiples talentos para hacer que hasta el más silencioso de los hombres hable —declaró Gérald de la Reynie, antes de girarse hacia nosotros—. Nos vamos.

—Un momento —dije yo, y me dirigí a Gaudin—. Antes has dicho que no vendías serpentio a la corte. ¿Significa eso que lo proporcionas a otra gente?

—Viajeros, algunos parisinos… sí. Aunque por su precio no es el veneno más popular entre el populacho. Además, tiene otros usos mucho más placenteros que el de matar.

—Recientemente he tratado a un hombre que murió envenenado por serpentio, o al menos creo que fue debido a ese veneno. ¿Cómo se diferencia del arsénico o la adelfa?

—Por el olor.

—¿Un fuerte olor especiado?

Gaudin asintió.

—Se usa en polvo y el olor se adhiere a la piel y a la ropa de quien lo prepara. Si el envenenador es listo, lo manipulará con guantes y luego mandará la ropa a lavar, aunque imagino que en Versalles el olor a canela no debe despertar tantas sospechas como en la cocina de una familia pobre.

—¿Hay algún antídoto?

—Sí —masculló el alquimista, y calló con tozudez.

—¿Y bien? ¿Pensáis decírmelo? —me impacienté.

Gaudin titubeó un momento antes de responder y, cuando lo hizo, su desprecio hacia mí fue más que evidente.

—Una mujer no sabría prepararlo.

No hizo falta nada más. Antes de que pudiera evitarlo, Philippe lo golpeó con la mano enguantada y el alquimista rebotó contra la pared, aterrorizado.

—Habla con respeto, o no tendrás lengua para hacerlo —escupió Philippe—. Tienes mi palabra.

—¿Y tú eres…?

Por primera vez los ojos de Gaudin se fijaron en el broche que Philippe lucía en el jabot y su mirada se quedó congelada al comprender a quién tenía delante.

—¿Philippe, la honte du Roi Soleil ?

—Para ti soy su alteza, la honte du Roi Soleil —se inclinó hacia él y el alquimista retrocedió un par de pasos—. Y como veo que ya conoces mi mala reputación, te sugiero que le des a mi acompañante femenina el antídoto.

El alquimista se acarició la mejilla golpeada, alternando su mirada entre el duque de Orleans y yo. Al fin cedió.

—Tres medidas de tintura de equinácea y una de aceite de orégano, administradas en las primeras horas de envenenamiento.

Philippe se inclinó sobre él, sus palabras venenosas y afiladas.

—Si descubro que nos has mentido, te aseguro que acabarás como festín para los cuervos en la Place de Grève.

Dicho esto, Philippe abandonó la choza y Gérald y yo seguimos sus pasos. El capitán de los mosqueteros carraspeó, incómodo.

—Volvemos de inmediato a Versalles, alteza.

—Muy bien —masculló Philippe.

—Yo mismo me encargaré de visitar al tal Manadou. A solas. Si preciso de vuestros conocimientos de nuevo, mademoiselle Bechard, os lo haré saber —se dirigió a mí, antes de subir a su caballo.

—Siempre que lo necesitéis, Gérald.

Percibiendo la tensión entre nosotros, el capitán hizo alejarse a su montura unos cuantos pasos y aguardó ahí, esperando que nos pusiéramos en marcha.

Solo entonces me enfrenté a Philippe.

—¿Teníais que ser así de cruel con Gaudin, alteza?

—Ahora no.

—Sí, ahora sí —espeté, tomándolo del brazo para que se enfrentase a mí—. Puede que estéis molesto por lo que os pedí ayer, pero no podéis comportaros así con gente que nada os ha hecho.

—En realidad, sí que puedo —me dijo, con esa sonrisa canalla que tanto amaba y odiaba a la vez. Acto seguido me tomó por la cintura y me subió al caballo—. A veces parece que se os olvida a todos quién soy.

—Philippe —intenté razonar con él, sin lograrlo.

Se subió tras de mí y espoleó el caballo para lanzarlo al galope.

—No os he dado permiso para llamarme así —masculló en mi oído.

No volvimos a hablar en todo el camino de regreso a Versalles.