Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Philippe IV
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Philippe IV

—¿Cómo es?

—¿Cómo es el qué? —preguntó ella a su vez, buscando el hueco entre mi pecho y mi hombro para apoyar su cabeza repleta de rizos.

—Tenernos a ambos, a mi hermano y a mí.

Percibí cómo su cuerpo se tensaba ligeramente al comprender lo que yo pedía escuchar de su boca.

No le resultaba sencillo vivir así y la entendía, pero tampoco podíamos negar que ella ya no acudía a la cama de Louis por obligación.

No lo hizo en su totalidad la primera vez.

Mi hermano también había logrado deslumbrarla a su manera.

Y Aurore, por mucho que no lo dijese en voz alta, no era indiferente a lo que Louis despertaba en ella.

Yo solo quería saber. Saber hasta dónde llegaban sus sentimientos. Si era solo deseo por compartir su cama, o si se sentía deslumbrada por la magnificencia que mi hermano destilaba en cada gesto. Quería saberlo.

—¿Entendéis lo impropio de esa pregunta?

—Sí, y también entiendo que un caballero jamás os preguntaría eso.

—Pero vos no sois un caballero.

— Précisément .

Aurore enredó uno de sus dedos en mis ondas oscuras y dejó pasar un largo minuto, buscando las palabras adecuadas para responder a mi cuestión.

—No es como lo imaginaba —respondió, sin mirarme a los ojos.

—¿Y cómo lo imaginabais? —insistí, apartando un mechón de su cabello dorado de su rostro para poder contemplarla mientras hablaba.

—Pensé que sería más fácil... pero no lo es —admitió ella, levantando la mirada para encontrarse con la mía—. Vos sois pura tempestad y Louis... él es todo control. Vosotros sois fuego y hielo, y yo estoy en medio, intentando no quemarme ni congelarme.

—¿Yo soy el fuego?

—Casi siempre.

Me incliné hacia ella, acariciando su mejilla con el dorso de mis dedos, y Aurore se agarró a mis brazos, como si temiera que pudiera desvanecerme de su lado en cualquier momento.

—¿Y no preferiríais renunciar a mí? —le murmuré al oído, rozando sus labios con los míos, tentándola a continuar hablando—. Yo entendería si lo hicieseis. Todo sería mucho más sencillo para vos, para mí… y posiblemente también para Louis.

—No —dijo ella, mientras me sujetaba más fuerte—. No quiero renunciar a vos, alteza. No quiero renunciar a ninguno de los dos.

—¿Amáis a mi hermano?

—Mentiría si dijese que no siento nada por él. Y mentiría mucho más si dijese que, ante la sola idea de perderos… no podría soportarlo.

—No me perderéis.

—¿No? ¿Hasta cuándo vamos a ser capaces de ocultar este secreto en un lugar como Versalles, donde todo acaba por saberse?

—Quiero pensar que el capricho de Louis terminará más tarde que temprano. Nunca ha mantenido durante más de uno o dos años a sus amantes, en el mejor de los casos y…

—¿Creéis que me obligará a quedarme en la corte después de que la reina dé a luz? —me interrumpió Aurore.

—¿Es que no lo conocéis? Claro que os obligará a quedaros. Os dará un título y una posición y tendréis que aceptarlo.

—No quiero un título o una posición.

—Después de tanto tiempo, ¿aún no habéis comprendido que lo que queráis no importa? En Versalles solo importa lo que Louis XIV desee y disponga para todos y cada uno de nosotros. Y eso os incluye a vos.

—¿Y cuándo se canse de mí?

—Cuando llegue ese momento, seré yo quien os obligue a quedaros en Versalles.

—No podéis obligarme a eso.

—En realidad, sí que puedo.

Me golpeó el hombro, entre risas, y yo la estreché entre mis brazos.

—Cuando llegue ese momento, me pondré de rodillas para pediros que os quedéis a mi lado —le susurré, tomando sus labios con los míos para besarla, cada fibra de mi ser reclamándola para sí.

—¿El orgulloso duque de Orleans, de rodillas ante una mujer de baja estofa como yo?

—Dios mío, es que nunca sabéis cuándo callar. —Puse los ojos en blanco y me dejé caer sobre la cama. Aurore rio, subiéndose encima de mí a horcajadas y respondiendo con un beso igual de intenso que el que yo le había dado. Sus rizos dorados me hicieron cosquillas en el torso.

—El único motivo por el que me plantearía aceptar un título y una posición sería para quedarme a vuestro lado, ya lo sabéis.

—¿Habláis en serio?

—Sí.

—Pero odiáis la corte y la vida que en ella se lleva.

—Si es el precio que debo pagar por no renunciar a vos, lo pagaré dichosa.

—No sabéis lo feliz que me hace saber eso.

Sabía que Louis, tarde o temprano, se aburriría de Aurore y volvería sus ojos hacia otra dama y quizá entonces, solo entonces, ella y yo no estaríamos condenados a las sombras nunca más.

Era una imagen hermosa, la de poder besarla bajo la luz del sol y no tener que escondernos de los ojos de la corte ni de mi hermano.

—Solo tengo una condición a ese respecto.

—¿Y cuál es? —La separé por un momento de mí y vi cómo tragaba saliva.

—Tenéis que dejar de pedirle a Louis que os envíe a la guerra.

El ambiente se tornó tenso de inmediato. Aurore había tocado un tema sensible y podía sentir cómo el calor de la pasión que recién despertaba en mí se disipaba con la dureza aplastante de sus palabras. Me la saqué de encima y me separé de ella. Una corriente fría recorría mi piel.

—No sabéis lo que decís —murmuré, incapaz de disimular mi irritación.

—Sé perfectamente lo que digo. Cada vez que habláis con Louis, noto cómo os consume ese deseo vuestro de ir a la guerra, de enfrentaros a algo más grande que todo lo que os rodea.

Queréis demostrar al mundo que Philippe de Orleans es algo más que un príncipe superficial y frívolo.

Que no sois la honte du Roi Soleil —soltó ella, su voz quebrándose levemente al pronunciar aquellas palabras, pero manteniendo la firmeza en su mirada.

—No puedes pedirme que renuncie a esa parte de mí —contesté, con un tono más brusco del que pretendía y olvidándome del protocolo en nuestro diálogo.

Ella se apartó más de mí con su cuerpo tenso y el alma dolida.

—¿Y qué pasa conmigo? ¿Qué soy yo entonces para ti?

—preguntó, alzando la voz y tuteando también—.

¿Solo un consuelo temporal al que aferrarte mientras llega la oportunidad de destacar como soldado?

Cada vez que hablas de ir a la guerra, te imagino herido, mutilado, sangrando en el campo de batalla o…

o algo mucho peor que eso. No puedo soportar pensar que en cualquier momento tu hermano cederá y te entregará el mando de sus ejércitos. Simplemente, no puedo soportarlo.

Me quedé inmóvil, procesando lo que acababa de decir Aurore como si me hubiera dado un golpe directo al pecho.

Nunca, jamás, me había detenido a pensar que mi anhelo por la guerra pudiera preocupar a nadie.

Para mí, siempre había sido una manera de demostrar que no era solo el duque de Orleans, el hermano del rey.

Me ofrecía la oportunidad de ser temido, respetado, de ganar mi propio lugar en el campo de batalla, lejos de la corte y sus intrigas.

Pero, ¿que alguien temiera por mí? Eso jamás lo había considerado.

Y menos aún que ese alguien sería Aurore.

Mientras me miraba con esos ojos llenos de un miedo genuino que no había visto en ninguno de mis amantes anteriores, me sentí desconcertado.

Ni Thibaut, ni los hombres con los que había compartido cama, ni siquiera Henriette, se habían mostrado temerosos de mis deseos bélicos.

Mi esposa estaba demasiado ocupada en su romance con Louis como para preocuparse de lo que yo hiciese con mi vida y mi futuro.

Y los demás, todos aquellos que me adulaban y decían ser mis amigos, me veían como alguien a quien seguir, alguien de quien conseguir favores y una posición en la corte.

«¿Acaso me he vuelto tan egoísta?», pensé por un débil momento.

Mi vida había sido una sucesión de conquistas amorosas.

Nunca me detuve a pensar en cómo mis decisiones afectaban a los demás.

Pero ahora, viendo el miedo en los ojos de Aurore, supe que nunca le había dado ninguna garantía de que yo me quedaría, de que ella era algo más para mí que una simple aventura. Y esa idea me retorció el estómago.

—No eres un consuelo temporal —dije, incapaz de añadir nada más.

—Demuéstramelo. Renuncia a la guerra por mí y yo renunciaré a mi antigua vida, por ti.

¿Cómo podía hacerle entender que no era una distracción mientras esperaba la gloria en el campo de batalla?

Ella me hacía sentir vivo de una manera diferente, única.

Y, sin embargo, aquí estaba, frente a mí, asustada de que me perdiera en mi obsesión por la guerra y en la necesidad de demostrar que era más que una sombra al lado del Rey Sol.

¿Cómo podía explicarle que no quería elegir entre ella y la guerra?

Que ambos deseos quemaban dentro de mí con la misma intensidad, pero que, por primera vez, me hacían dudar cuál de los dos era más importante.

—La guerra nunca ocurrirá para mí —declaré al fin.

No quise admitir ante ella que mi hermano me había insinuado enviarme al frente porque, siendo sincero conmigo mismo, estaba seguro de que solo me lo había dicho para tenerme disciplinado durante unos cuantos meses más—.

¿Crees que Louis permitiría jamás que yo lo ensombreciera con un triunfo militar?

—¡Un triunfo militar, un triunfo militar!

—exclamó ella—. Me da igual lo que Louis permita o deje de permitir.

Lo que te estoy pidiendo, a cambio de quedarme a tu lado en el maldito Versalles de las narices, es que tú también hagas un sacrificio por mí y ese sacrificio es renunciar a la guerra que tanto anhelas.

—No puedes pedirme algo así.

Me arrepentí al instante de mi vehemencia, pero fue demasiado tarde. Aurore me miró con los ojos llenos de dolor y me señaló la puerta por la que había llegado horas antes.

—Entonces, tú tampoco puedes pedirme que me quede en Versalles por ti.