Aurore III #2
El hombre sonrió, dejando a la vista una dentadura mal cuidada, y se volvió para buscar entre los estantes. Sacó un pequeño frasco de vidrio oscuro y lo colocó frente a mí.
—Esto no se vende a cualquiera. Es caro, pero muy eficaz. Calma los nervios... y otras cosas.
Lo tomé entre mis dedos para examinarlo. Ante la mirada atenta del apotecario, abrí el frasco y olfateé su contenido. Era elixir de teriaca, no serpentio.
—¿Y si quisiera algo más fuerte que esto?
El apotecario me miró con más atención esta vez, como si evaluara si podía confiar en mí. Después de unos segundos, asintió lentamente.
—Para eso tendrás que ir a otro lugar. No puedo ofrecerte lo que buscas aquí, pero sé de alguien que puede. Ve a Le Marais. Pregunta por un hombre llamado Pasquier. Puede que él tenga lo que necesitas. Dile que vas de mi parte .
Gérald, que había escuchado todo, se adelantó para dejar unas monedas sobre el mostrador en pago por el elixir de teriaca y salimos al exterior.
El tal Pasquier de Le Marais no nos sirvió de nada y pasamos el resto de nuestra jornada visitando lo que me parecieron todos los apotecarios, charlatanes y videntes de París.
Ninguno vendía serpentio. Muchos de ellos ni siquiera sabían qué era cuando Gérald, que empezaba a perder ya la paciencia, les preguntaba por el veneno directamente.
A mí me dolían los pies y Philippe estaba fastidiado por aquella misión que no había pedido. Un fastidio que no perdía oportunidad de mostrar.
—Regresemos al Louvre —ordenó, ya aburrido de recorrer la ciudad.
—No. Iremos a Montmartre, a visitar al alquimista que nombró mademoiselle Bechard.
—¿Por qué insistís en desafiarme, Gérald?
—Porque es mi trabajo.
—Podemos ir mañana —propuse yo, cansada de haber pasado el día escuchando las continuas flechas dialécticas que se enviaban ambos hombres y que estaban agotando mi paciencia—. Montmartre no es lugar para visitar cuando cae la noche.
—En ese caso, sí que me interesa ir a Montmartre —sonrió Philippe.
—Su majestad me ha encargado vuestra seguridad, alteza, así que si tenéis la amabilidad de dejarme cumplir con mi deber, os escoltaré de vuelta al Louvre.
Philippe soltó una carcajada baja, cargada de ironía.
—¿Mi seguridad? Gérald, no me hagáis reír. He sobrevivido a cosas peores que un paseo por Montmartre en plena noche. ¿O pensáis que los barrios bajos de París son más peligrosos que la corte de Versalles ?
Gérald no respondió de inmediato. Sus ojos se mantuvieron fijos en el duque de Orleans, tan serio que incluso yo me sentí incómoda. La tensión entre ambos se intensificó, a punto de estallar.
—Alteza, si deseáis ignorar mis recomendaciones, podéis hacerlo, pero será bajo vuestra propia responsabilidad —contestó finalmente Gérald—. Yo cumpliré con mi deber, tanto si os gusta como si no.
—Vuestro deber es molestarme, parece —replicó Philippe.
—Basta ya, los dos —intervine antes de que la discusión escalara—. No es el momento ni el lugar para estas tonterías. Tenemos una misión y lo último que necesitamos es llamar la atención por vuestras rencillas personales.
Mucha gente se había detenido a nuestro alrededor para mirarnos, quizá esperando alguna pelea callejera, y no podía ni quería imaginarme una escena así protagonizada por un príncipe de Francia y el capitán de los mosqueteros.
Además, estaba agotada y me dolían los pies.
Montmartre podía esperar hasta el día siguiente.
Sus calles eran inseguras después del anochecer y, aunque Philippe disfrutaba del peligro, no era prudente que diera rienda suelta a sus impulsos más temerarios.
—¿No podemos retirarnos en paz, alteza? —le supliqué. Él me miró con diversión al advertir mi tono desesperado.
—De acuerdo, mademoiselle Bechard —accedió Philippe, con un gesto exagerado de rendición—. Iremos mañana. Aunque debo decir que Montmartre por la noche suena mucho más interesante que una noche en el Louvre custodiado por Gérald de la Reynie.
Gérald no pareció afectado en absoluto por la pulla y nos dirigimos de vuelta al viejo palacio en silencio.
No podía dejar de pensar en el alquimista de Montmartre. Si no encontrábamos pistas allí, temía que nuestra búsqueda de serpentio se estancara por completo. Y, si eso ocurría, solo era cuestión de tiempo que quien hubiese envenenado a Colbert atacase de nuevo.
Cuando llegamos al Louvre, Philippe se despidió de nosotros con una inclinación teatral, siempre el centro de su propio espectáculo, y desapareció por los pasillos hacia sus aposentos, no sin antes dirigirme una mirada cargada de intenciones que yo conocía bien.
Permití a Gérald acompañarme hasta mi habitación, en silencio.
Justo antes de que me adentrara en el pequeño salón que servía de entrada a mi alcoba, él habló.
—Habéis sido de gran ayuda hoy, mademoiselle Bechard. —Era la primera frase amable que el capitán me dirigía y me quedé sin saber qué decir—. No parecéis ser una mujer necia.
—No me tengo por tal.
—Y sin embargo os obstináis en cultivar vuestra amistad con Monsieur .
—Os puedo asegurar que su alteza es perfectamente encantador cuando así lo desea.
—Pero cuando no quiere… —suspiró Gérald, cansado—. De todos los nobles con los que tengo que lidiar, puedo jurar que Philippe de Orleans es el más… temperamental.
—Muy diplomático por vuestra parte usar esa palabra en vez de “fastidioso”.
—Su alteza es muchas cosas, pero si algo bueno puedo decir de él es que jamás traicionaría a los que ama y, si fuera necesario, entregaría su vida por Francia y su majestad.
—Era la frase más larga que le había escuchado decir a Gérald de la Reynie y no tuve valor para interrumpir su soliloquio—.
Por eso siempre he creído que sería un magnífico comandante de los ejércitos franceses.
Tragué saliva. No le faltaba razón. Philippe tenía el arrojo y el carisma necesarios para ganarse la lealtad de los soldados.
Preparación, sin duda, no le faltaba. Y él codiciaba la guerra como pocas cosas en la vida.
Ese pensamiento, el de Philippe en el frente, herido o peor, muerto, me contrajo el corazón hasta dejarme sin aliento.
Si el capitán de los mosqueteros ya había percibido que Philippe podría convertirse en un gran militar…
¿Cuánto tardaría Louis en ceder a su deseo de ser enviado a la guerra neerlandesa?
Al ver que yo no contestaba, Gérald esbozó una sonrisa apenas perceptible, antes de marcharse y dejarme sola. Cuando entré en el dormitorio que me había sido asignado, encontré a Philippe en él, esperándome con una sonrisa ladina. Una que siempre me desarmaba.
—Espero no interrumpir vuestras profundas reflexiones nocturnas, ma petite furie —dijo, avanzando hacia mí con esa despreocupación tan suya—, pero no podía dejar pasar la oportunidad de veros a solas después de nuestro día... tan productivo.
—¿Alteza? —susurré, incapaz de ocultar mi sorpresa al verlo ahí—. ¿Cómo habéis entrado? ¿También hay pasadizos secretos en el Louvre?
—Mi padre no era tan libertino como sus hijos, pero al parecer mis antepasados sí —dijo, como única explicación.
Sabía que le gustaba desafiar las normas, pero colarse en mi alcoba a estas horas era un riesgo más que considerable con Gérald de la Reynie tan cerca de nosotros. Aunque correr un riesgo era justo lo que esperaba de Philippe, claro.
Sus ojos centelleaban y sus dedos rozaron la tela de mi vestido, acariciando mi cintura, en un gesto que prometía una larga noche en sus brazos.
—Alteza, quizá no es prudente con Gérald durmiendo a escasa distancia de aquí —intenté decir, aunque mi voz sonó débil, apenas una sombra de lo que pretendía ser. Porque no quería que se fuese. Ni ahora ni nunca.
—Al infierno con todo —murmuró, inclinándose hacia mí hasta que su aliento cálido rozó mi cuello.
Su mano se deslizó suavemente por mi espalda, desatando los cordones de mi sencillo corpiño con una destreza que solo Philippe podía tener.
Mis sentidos estaban en alerta máxima y mi respiración se aceleraba conforme sus dedos me desnudaban.
Era muy consciente de que debía detenerlo, de que todo esto estaba mal, pero lo deseaba.
Siempre sería así. Cuando nuestros ojos se encontraron, el fuego en su mirada fue lo único que me importó.
No hubo más palabras, solo la presión de sus labios contra los míos, urgentes, posesivos. Philippe nunca hacía nada a medias y besarme no era la excepción. Su boca se movió con una intensidad que hizo que cada fibra de mi ser respondiera a aquel contacto.
No hubiera podido renunciar a él por nada en el mundo.
Dejé que mi vestido se deslizara por mis hombros mientras sus manos exploraban mi piel desnuda con una desesperación contenida. Su aliento se mezclaba con el mío, intoxicándome y haciéndome perder el mundo de vista.
—No sé si podemos seguir jugando con fuego, alteza —logré murmurar entre aquellos besos, aunque mis manos ya se aferraban a él, buscando más.
—Jugar con fuego es lo único que sé hacer —susurró contra mis labios antes de levantarme en brazos y llevarme hasta la cama, con una delicadeza que contrastaba con el deseo desenfrenado que leía en sus ojos—. Y con vos, estoy dispuesto a quemarme.
Su cuerpo se movió sobre el mío y todo pensamiento coherente se desvaneció cuando nuestras pieles se encontraron de nuevo.