Aurore III
E l palacio del Louvre nos recibió envuelto en una neblina que anunciaba el inicio del otoño y, de pronto, me sentí abrumada por el acelerado paso del tiempo.
Había vivido todo un verano envuelta en el calor de Versalles, en el frescor de sus jardines, y ahora la frialdad del Louvre me recordaba que todo, incluso los eternos días estivales, llegaba a su fin.
La reina María Teresa daría a luz a mediados de diciembre; eso significaba que el final de mi vida en Versalles estaba más cerca de lo que me negaba a admitir.
Porque eso también conllevaba que tendría que dejar a Philippe y Louis atrás para retomar mi antigua existencia.
Y no estaba en absoluto preparada para renunciar a las irreverencias del duque de Orleans ni a las conversaciones con el Rey Sol.
Philippe captó mi súbita tristeza en el mismo instante en que me ofreció la mano para ayudarme a bajar del carruaje que nos dejó frente a la entrada del Louvre.
—¿Qué ocurre, ma petite furie ?
—Nada, alteza. Tan solo estoy deseando veros vestido como un vulgar y anodino parisino.
Él puso un gesto de fastidio. No se le daba bien disimular quién era ni la sangre real que corría por sus venas; jamás en toda su vida había tenido que ocultar su verdadera identidad.
Puede que llevase corriéndose juergas por los barrios bajos de París desde su más temprana adolescencia, pero nunca había escondido que era un príncipe.
Le traía sin cuidado su reputación. Esa actitud descarada era una de las muchas cosas que yo amaba de él .
—¿Y vos? ¿Cómo llevaréis ser de nuevo una plebeya de baja estofa?
—Estupendamente. He metido en el baúl de viaje mis mejores vestidos de mujer pobre.
—Dios mío, y yo que pensé que os habíais librado de esos… atuendos.
—¿Por qué debería? En cuanto la reina dé a luz, tendré que volver a utilizarlos en mi vida diaria.
Philippe me miró de una forma que no supe descifrar y permaneció callado. Lo cual era raro, porque el duque de Orleans gustaba de tener la última palabra en todo.
Gérald de la Reynie nos esperaba en las caballerizas reales y nos miró detalladamente antes de aprobar nuestro nuevo aspecto.
Philippe se había recogido el largo cabello en una coleta baja con una sencilla cinta de cuero y había sustituido su elegante traje de viaje por unos discretos pantalones negros y un viejo jubón a juego.
Sin jabot, sin broches ornamentados, sin detalles plateados en su ropa y sin su lustrosa cabellera suelta en hermosos bucles, parecía mucho más joven, más mundano, más parecido a mí que nunca.
Tuve muchísimas ganas de besarlo, pero me contuve.
—Bien —nos dijo de la Reynie—, debéis seguir mis instrucciones en todo momento. Vos, alteza, mantenéos callado. Si es que eso es posible.
Philippe puso los ojos en blanco. Yo me aguanté la risa.
—Mademoiselle Bechard, es imprescindible averiguar si uno de esos apotecarios que visitaremos tiene contactos en Versalles.
Es habitual que ciertos nobles recurran a sus servicios, si bien no lo hacen nunca en persona, sino que envían a su servidumbre.
Os haréis pasar por la sirvienta de una dama cualquiera que viene en busca de algún remedio.
Yo os acompañaré y no intervendré si no es necesario hacerlo.
—¿No sois demasiado conocido en París, capitán de la Reynie, para mantener el anonimato? —pregunté.
—Se conoce mi nombre, no mi rostro.
—Nada que merezca la pena perderse —añadió Philippe con sorna.
—Alteza, os he dado una sola indicación: el silencio. ¿Creéis que seréis capaz de cumplirlo?
—¿Y vos, Gérald, seréis capaz de evitar que os haga saltar los dientes si seguís importunando y faltando al respeto a un príncipe de Francia?
—Bueno, ya basta —los interrumpí—. No he venido aquí para contemplar una pelea de gallos.
Ambos hombres se miraron como si quisieran matarse, y yo continué hablando:
—Creo que si un noble buscase serpentio, lo haría en los apotecarios de los distritos de Le Marais o en Saint-Jacques-la-Boucherie. Dudo mucho que confiasen en vendedores ambulantes de Les Halles. Nadie que no quiera ver peligrar su vida se acercaría jamás a la Corte de los Milagros.
—¿Y qué hay de los alquimistas? —preguntó de la Reynie.
—Solo conozco uno, en Montmartre. Lo atendió hace tiempo tío Lambert por una dolencia estomacal. Ignoro si sigue vivo y si conserva su antigua vivienda.
—No lo descartaremos.
—Muy bien, pues a Saint-Jacques-la-Boucherie —dijo Philippe, y luego miró alrededor buscando algo—. ¿Y nuestras monturas?
—No nos desplazaremos a caballo.
—Perdón, ¿cómo decís, Gerald? —El duque de Orleans ahuecó la mano alrededor de su oreja y parpadeó con ironía—. Creo que no os he entendido bien.
—Iremos a pie.
—¿A pie, hasta Saint-Jacques-la-Boucherie?
—Cada mañana os he visto practicar con el espadín en los jardines de Versalles: estáis en plena forma, alteza. Caminar no será un problema para vos.
Philippe ignoró el tono guasón de Gérald de la Reynie y siguió a lo suyo.
—¿Y luego a Montmartre, a las afueras, caminando?
—¿Habéis visto alguna vez al sirviente de un noble montando a caballo, alteza? En marcha.
Philippe contempló al capitán de los mosqueteros echar a andar y la furia brilló en sus ojos índigo.
—¿He dicho ya lo mucho que odio a ese hombre?
—Solo unas cuantas veces —respondí, reprimiendo una sonrisa mientras Philippe se ajustaba el humilde jubón de lana con una evidente molestia.
A pesar del penoso motivo que nos había traído hasta ahí, no pude negar la comicidad de la situación: ver al orgulloso duque de Orleans obligado a caminar por las calles de París como un hombre cualquiera era una visión que rara vez se podía disfrutar.
—¿A qué viene tanta protesta? La última vez os vi pasear por la Île de la Cité a pie sin montar tanto escándalo.
—¿No sabéis cuándo callar, mademoiselle? —me atravesó con la mirada.
Las calles aún estaban húmedas por la neblina de la mañana y la ciudad olía a madera quemada y a carne en descomposición.
Nuestros pasos nos llevaron por callejones estrechos, mientras los primeros comerciantes comenzaban a preparar sus puestos.
Philippe, a mi lado, miraba con disgusto los charcos que ensuciaban sus botas.
Pero, aunque protestara y mascullara veladas quejas, no se separó de mí y lo podía notar caminando a mis espaldas.
Lo miré por encima del hombro. Su porte nada tenía que ver con el de un hombre del pueblo.
Incluso ataviado como un plebeyo, no podía ocultar del todo su linaje.
Eso nos complicaba ligeramente las cosas, aunque también las hacía un poco más divertidas.
—¿Creéis que encontraremos pistas acerca de la identidad del envenenador en Saint-Jacques-la-Boucherie? —pregunté a Gérald, caminando a su lado.
—Es posible.
Los apotecarios en aquel distrito parisino solían vender remedios de toda índole y era probable que alguno de ellos tuviera contacto con vendedores de sustancias menos.
.. legales. Si alguien en Versalles estaba buscando serpentio, lo más probable es que hubiera empezado por Saint-Jacques-la-Boucherie.
—¿Y por qué creéis que un vendedor de remedios iba a comprometer a un cliente suyo? El serpentio es peligroso de utilizar, pero también es uno de los venenos más caros. Se debieron haber lucrado mucho con su venta.
—De hacer hablar me encargaré yo, mademoiselle Bechard.
Philippe, que caminaba unos pasos por detrás de nosotros, soltó una carcajada irónica.
—¿Y qué haréis, Gérald? ¿Preguntar con amabilidad si tienen veneno a la venta? ¿O simplemente vais a intimidarles con esa encantadora personalidad de la que hacéis gala?
Gérald no respondió. No era necesario ser un genio para saber que el capitán de los mosqueteros prefería métodos más directos, pero incluso él debía ser consciente de que su reputación le precedía.
—Vos haced lo vuestro —dijo al fin, ignorando a Philippe y dirigiéndose a mí con una mirada rápida—. Y yo haré lo necesario cuando llegue el momento.
Llegamos a Saint-Jacques-la-Boucherie tras una corta caminata.
Las calles ahí eran aún más estrechas, con edificios en mal estado y un olor a humedad que se mezclaba con el hedor a inmundicia.
Los pocos transeúntes que se cruzaban en nuestro camino nos lanzaban miradas desconfiadas.
Me pregunté si acaso reconocían a Gérald o a Philippe.
—Esto va a ser sin duda interesante —murmuré, más para mí misma que para mis dos acompañantes, que me siguieron de cerca cuando entré en una pequeña tienda situada en uno de los más oscuros callejones de aquel distrito.
Era una de las más sombrías y desordenadas que había visto en mi vida.
Los estantes estaban llenos de frascos y recipientes con sustancias de origen dudoso y el aire estaba cargado con el olor a hierbas secas.
El hombre detrás del mostrador, un apotecario viejo con la espalda encorvada y los dedos manchados de tinta, me lanzó una mirada breve antes de seguir con lo suyo .
—Buenos días, señor. He escuchado hablar de tu discreción, por lo que vengo a buscar un remedio para mi señora —dije con amabilidad, acercándome al mostrador—. Ha estado muy decaída últimamente y quiere un tónico que la anime.
El hombre me observó por unos segundos antes de asentir con la cabeza.
—Muchos nobles últimamente están en esa situación —contestó—. La vida en Versalles, supongo. ¿Ha probado tu señora la raíz de angélica o el agua de rosas?
—Sí, así es, pero me temo que quiere algo más fuerte.
El apotecario se inclinó hacia mí, sus ojos brillando con un interés que antes no estaba allí.
—¿Cómo qué, muchacha?
Mis manos se tensaron ligeramente sobre el mostrador, pero mantuve el tono ligero y la sonrisa en mi rostro.
—Mi señora ha escuchado hablar de algo que corre por la corte. Una sustancia no apta para cobardes, al parecer. No recuerdo el nombre. —Me hice la tonta.