Philippe III
E n los meses que llevaba adaptándose a Versalles, Aurore había cambiado.
No en esencia —continuaba haciendo gala de su talento para irritarme—, pero sí en algunos pequeños detalles.
La manera en que sus manos reposaban elegantemente sobre su regazo mientras el carruaje avanzaba hasta París era uno de esos pequeños detalles.
También había ido tomando autoridad en cuanto al estilo de su ropa y de sus peinados.
Al principio se dejaba guiar por su criada Margot, incapaz de tomar una decisión y preocupada como estaba por cosas más importantes; ahora tenía muy claro lo que quería vestir y lo que no, y cómo quería arreglar su cabello.
Llevar suelta su rubia cabellera repleta de rizos no era una opción, a pesar de que era como se sentía más cómoda, así que le pedía a Margot recogidos sencillos y poco adornados, que dejasen caer unos cuantos bucles sobre su rostro, a diferencia de la mayoría de damas, quienes tendían a complicar cada vez más las formas que les daban a sus cabellos.
También se negaba a aceptar más joyas de las que yo le había proporcionado en los primeros días de su vida en Versalles.
Lo que más solía utilizar era el collar de seda azul con una sola perla, con los pendientes a juego, que había puesto a su disposición la primera vez que paseamos por los jardines.
Louis se había quejado alguna vez de que ningún anillo, broche o camafeo parecían despertar la más mínima emoción en Aurore, y era cierto.
No sentía ningún aprecio por las joyas que tanto mi hermano como yo le entregábamos.
En cambio, la emoción brillaba en sus ojos cuando yo le hacía llegar tratados médicos o cuando Louis le mostraba una nueva melodía compuesta por el señor Lully.
Al igual que él y que yo, Aurore amaba el arte en todas sus facetas.
Era una de las cosas que más nos unía a los tres.
—¿Por qué siempre insistís en llevar el mismo collar? —pregunté, mientras el carruaje traqueteaba a toda velocidad.
Aurore desvió la mirada de la ventana para sonreírme. Se llevó la mano derecha a su cuello para tocar la solitaria perla.
—Quizá porque fue el primero que me regalasteis.
—Pero las joyas no tienen ningún valor para vos.
—No, pero todo aquello que viene del duque de Orleans sí lo tiene para mí.
Me miré las manos enguantadas, sin saber qué decir.
Tenía que contarle lo del barón Ward antes de que los rumores llegasen a sus oídos y pensase que estaba jugando a dos bandas, pero, a pesar de ser consciente de que Aurore conocía mis inclinaciones, me sentí profundamente cohibido por ellas por primera vez en mi vida.
«Qué estupidez», me dije. «Ella sabe de sobra la clase de hombre que soy».
Antes de que pudiera decirle nada, se asomó por la ventanilla del carruaje para contemplar a Gérald de la Reynie galopar al lado del vehículo.
—¿Por qué no viaja aquí adentro, con nosotros?
—Porque no le gustamos en absoluto.
—¿Vos y yo?
—Cualquier noble, en realidad.
—Pero… trabaja para el rey.
—Eso no significa que sienta el más mínimo aprecio por la corte de Versalles. Supongo que ese es el motivo por el cual no se molesta en vestir como ninguno de nosotros, ni tampoco se preocupa de hacer amistades. Creo que tiene muy claro que es el capitán de los mosqueteros y nada más que eso.
—La verdad es que es un tipo que da escalofríos. Incluso más allá de las fronteras de Francia han oído hablar de los métodos del capitán de la Reynie .
—No lo dudo. No he bajado jamás a los calabozos de palacio, pero se rumorea que guarda todos los ojos que ha arrancado personalmente en botes llenos de formol. Ya sabéis, para recordar los buenos momentos.
Aurore arrugó la nariz.
—No lo diréis en serio.
—Pedidle una visita guiada a las mazmorras y luego me lo contáis.
—Y su majestad se extraña de que no quiera estar a solas con ese hombre…
—Lo cierto es que yo también prefiero no dejaros a solas con Gérald de la Reynie.
—¿O sea que ya se os ha pasado el disgusto por haber solicitado vuestra compañía en este inoportuno viaje a París?
—Yo no he dicho tal cosa —sonreí—. Aunque bien sabéis vos cómo se me puede pasar el disgusto más rápidamente.
Golpeé con suavidad mi regazo, levantando una ceja. Aurore enrojeció ante mi poco disimulada insinuación de que se subiera encima de mí.
—Juro por Dios que si tuviera que beber una copa de vino cada vez que os sonrojáis, acabaría siendo el hombre más borracho de la corte.
—Lo que os faltaba por añadir a vuestra colección de vicios, alteza.
—Hay algunos de esos vicios que os complacen sobremanera, si mal no recuerdo.
—¿No podéis comportaros como un caballero por una sola vez?
—No.
Aurore suspiró, negando con la cabeza.
—Me esperan todas las llamas del infierno por estar enamorada de un libertino como vos.
—Ganaos mejor esas llamas infernales, mademoiselle Bechard, y levantaos la falda para que pueda mirar ese coño precioso que guardáis entre las piernas.
Me fulminó con la mirada y yo me eché a reír. Intentó golpearme cuando me incliné hacia ella y me arrodillé para separar sus rodillas .
—¿Qué estáis haciendo?
—Lo sabéis perfectamente.
Aparté todas las capas de ropa que me separaban de su piel, hasta que sus piernas, enfundadas en medias de seda hasta la mitad del muslo, quedaron al descubierto. Me relamí sin ningún tapujo ante la visión que tenía ante mis ojos, lo que la escandalizó todavía más.
—¡Philippe!
—No me llames así, que ya sabes cómo de dura me la pones —murmuré con voz ronca, llevando mi mano a mi propia entrepierna para comprobar que, en efecto, estaba teniendo una formidable erección.
—Philippe, te lo ruego, aquí no. —Aurore miró a través de la ventana—. ¿Qué crees que pasaría si Gérald se asomase y nos viera así?
—Que aprendería un par de cosas.
Dejé ir un lametazo entre sus pliegues, por encima de la ropa interior, y ella dio un respingo tembloroso que aún me hizo reír más.
— Sacrebleu , es que no tienes ningún tipo de vergüenza o decoro —dijo, apartándome de un empujón para devolverme a mi sitio y luego añadió, muy digna—: Aunque no me opongo a que retomes luego lo que has empezado ahora.
—Estoy loco por ti, ¿lo sabes, no?
Me incliné para robarle un furtivo beso, aun a riesgo de que Gérald de la Reynie nos viera. No tenía ninguna duda de que, si nos pillaba, tardaría nada y menos en irle con el cuento a mi hermano. No concebía ninguna situación en que el capitán de los mosqueteros no fuera a ser leal al Rey Sol.
—No tanto como yo lo estoy por ti —respondió Aurore, sonriendo de forma furtiva.
El carruaje continuaba su traqueteo por los caminos y el paisaje empezaba a cambiar conforme nos acercábamos a París.
Las murmuraciones sobre la muerte de Colbert no tardarían en expandirse por la capital y de ahí llegarían rápidamente a todas las cortes europeas.
Si la Nueva Fronda en verdad existía —y todo parecía indicar que así era— y el envenenamiento era cosa suya, era una tremenda victoria para su causa.
—¿Echáis de menos vuestra vida anterior en París? —pregunté.
Aurore se acomodó en su asiento y suspiró.
—Cada día.
—Si estuviera en mi mano, os permitiría alejaros de Versalles —le aseguré.
—Y solo por eso seríais un gran rey, alteza —sonrió Aurore—.
Vuestra esposa tiene razón: tras toda esa fachada, escondéis un buen corazón.
Es una lástima que no se lo dejéis ver a nadie.
Aunque, por otro lado, es un inmenso privilegio ser una de las pocas personas que realmente vean quién es Philippe de Orleans.
Logró sacarme una sonrisa. Me encantaba que ella fuese una de esas pocas personas que realmente veían a través de mí. Alargué la mano para tomar la suya.
—¿Alguna vez habéis pensado en dejarlo todo? La corte, a Louis, a mí… Todo lo que os ata a este mundo que no es el vuestro.
Me miró durante un segundo, pensativa. Era una pregunta arriesgada por mi parte, pero quería saber si había algún atisbo de duda en su mente, si alguna vez había deseado escapar de esta telaraña en la que ambos estábamos atrapados.
—A veces pienso en lo sencillo que sería desaparecer —admitió—. Escapar a algún lugar remoto, donde los nombres del Rey Sol o del duque de Orleans no signifiquen nada. Donde pueda ser solo yo, sin más.
Hubo un silencio que lo decía todo. Entendí, por un instante, que ese deseo de libertad era tan profundo como su necesidad de ser fiel a ella misma. Lo comprendía, puesto que lo compartía con ella.
—No me toméis por un libertino sin corazón, pero... —dije, intentando romper el momento de vulnerabilidad—. No sé si podríais soportar estar en algún lugar donde no pudierais irritar a cierto duque de Orleans con debilidad por vuestra lengua desatada.
Aurore me lanzó una mirada que nadaba entre la diversión y el desafío.
—¿Y vos? ¿ Soportaríais vivir sin alguien a quien seducir o escandalizar?
—Tocáis un punto delicado —reí, levantando una mano en señal de tregua—. Quizá no. Quizá ambos estamos hechos para este mundo, por más que deseemos otra cosa.
Aurore no respondió a eso y el carruaje continuó su avance. París ya se vislumbraba en la distancia, la sombra de sus murallas emergiendo entre la neblina. El verano estaba a punto de quedar atrás y, con él, también los días cálidos y soleados de los que habíamos disfrutado hasta ahora.
Gérald de la Reynie se acercó al vehículo, con el rostro imperturbable. Su presencia siempre resultaba incómoda. Nunca me había acostumbrado a tenerle cerca, y a juzgar por el gesto tenso en el rostro de Aurore, tampoco ella.
—París está a la vista, alteza —dijo Gérald, con esa voz grave que siempre parecía presagiar malas noticias—. Pararemos un momento en el palacio del Louvre para que ambos podáis cambiar vuestras ropas y luego, sin más demora, visitaremos a los apotecarios que mademoiselle Bechard indique.
—Muy bien, capitán —respondí—. No os olvidéis de llevar ese gesto hosco con vos; facilitará la tarea que nos traemos entre manos, sin duda alguna.
De la Reynie espoleó su caballo sin responderme, y Aurore, a pesar de lo que teníamos por delante, no pudo evitar reír.
—Siempre resaltáis mi capacidad para haceros irritar, pero se os olvida que quizá lo aprendí del mejor maestro.
—Mi mayor logro en la vida, además de ser hermano del Rey Sol —dije, esta vez sin ironía, mientras avanzábamos hacia el corazón de París, donde todo indicaba que nos aguardaban más secretos.
Cuando cruzamos la puerta de la Conférence, que daba rápido acceso a los jardines de las Tullerías, mi humor ya se había ensombrecido por completo.