Aurore II
P hilippe no pudo acompañar a Henriette a Saint-Germain, cosa que me mortificó por completo.
Y, para añadir más migajas de culpa, cuando fui a ver a la reina para informarle que pasaría un par de jornadas en París por orden de su majestad, la encontré profundamente airada conmigo.
Su dama de compañía, la señora de Villena, también me miraba como si yo fuese el diablo andando por los corredores de Versalles.
Comprendí que al fin el rumor de que me había convertido en la amante del rey había llegado a oídos de María Teresa.
Sentí la tensión en cuanto entré en los Apartamentos de la Reina, y esta no se molestó en disimular su disgusto al verme aparecer. La expresión en su rostro era la de alguien que había estado reprimiendo un torrente de emociones, todas ellas llenas de rencor y pena.
—Majestad —comencé, intentando sonar amable—. Vengo a informaros que debo marchar a París por orden del rey.
—¿París? —dijo la reina, con el tono helado y seco de alguien a quien no le interesaba lo más mínimo mi justificación—. Supongo que esa ciudad también es vuestro dominio ahora, ¿no es así, mademoiselle?
La señora de Villena, que estaba justo a su lado, mantenía una postura rígida y su mirada implacable clavada en mí.
Casi podía oír lo que estaba pensando: La ramera del rey.
Había oído las murmuraciones, las risas ahogadas tras abanicos y los cuchicheos de los nobles, pero hasta ese momento nada había sido tan penetrante como el desprecio en los ojos de esas dos mujeres .
Me sentí terriblemente culpable, pero también molesta. Claro que podía entender su dolor, pero no su rabia contra mí. ¿Acaso creía que si Louis mandaba, yo podría negarme? Ella sabía mejor que nadie que no. Nadie podía negarle nada al rey de Francia y mucho menos una vasalla como yo.
Tampoco podía admitir ante ella que yo disfrutaba de cada momento que pasaba junto a Louis, ya fuera en la cama o simplemente compartiendo una copa de vino con él. Descubrir al hombre que existía tras la corona era apasionante y apreciaba su compañía cada día más.
—No tengo idea de lo que insinuáis, majestad —dije, intentando controlar el enfado que me subía por la garganta.
María Teresa soltó una risa amarga, completamente ajena a cualquier intento por mi parte de suavizar la situación en la que nos hallábamos.
—¿No lo sabéis? —replicó, girando lentamente para enfrentarme por completo—. Mi propio esposo. Mi rey. Y vos, mancillando mi honor a plena vista. ¿Os parece que no lo sé? Que no he visto cómo se ríen a mis espaldas, que soy ignorante de lo que la corte opina de mí.
—Majestad, yo… —intenté hablar, pero las palabras se atragantaron en mi garganta.
¿Qué podría decirle? ¿Negarlo? ¿Decirle que todo eran mentiras?
No lo eran. Al menos no del todo. Me esforcé en mantener la calma—.
Mi deber es cuidar de vos y de vuestro hijo, y quedan menos de cuatro meses para el nacimiento.
Solo deseo que podáis tolerar mi presencia lo suficiente para que me permitáis cumplir con mi deber.
—Ahora vuestro deber está en el lecho de su majestad, al parecer. Y si convertiros en su amante no fuese suficiente vileza por vuestra parte, también insistís en cultivar vuestra amistad con Monsieur . Estaba claro que su depravación os ha corrompido, Aurore.
—Eso no es cierto —protesté—. Podéis decir lo que queráis de mí, pero no de Monsieur .
«Si no hubiera sido por él, yo jamás habría sobrevivido a esta corte» .
—Mi cuñado y sus perversiones antinaturales han infectado Versalles. No me extraña que Dios haya matado a Colbert. Es una señal inequívoca de que el rey peca contra todas las leyes cristianas.
Me abstuve de informarle que Colbert había muerto por envenenamiento y no por una maldición divina, y que el hecho de que un rey tuviera amantes no era precisamente algo nuevo en la historia de nuestro país.
Mi falta de dedicación a rezos y plegarias ya era algo que despertaba molestias en la reina.
No quería que me tomase por hereje. Era lo que me faltaba ya.
—¿Me permitís reconoceros, majestad?
—No.
—El rey así lo ordena, majestad —le recordé yo, cada vez más incómoda.
María Teresa miró a su dama y la señora de Villena asintió levemente con su cabeza, como si tuviera que darle su aprobación a la reina.
—Pues hacedlo rápido, mademoiselle Bechard —me indicó María Teresa, dirigiéndose a la cama—. Y a partir de hoy no se nos volverá a ver juntas paseando por los jardines nunca más.
—Como deseéis, majestad. Pero si me permitís la osadía, esas también fueron órdenes del rey.
—Yo misma hablaré con él.
Fui a replicar cuando la señora de Villena dio un paso adelante, inclinándose ligeramente hacia la reina, como si quisiera recordarme que su majestad no estaba sola en su furia.
Opté por mantenerme en silencio. Examiné su vientre, el color de sus pupilas y la hinchazón de sus rodillas.
Hice las preguntas pertinentes sobre posibles sangrados o síntomas nuevos que pudieran indicar que algo iba mal y María Teresa respondió con cortantes monosílabos.
Quedaba claro que ya no era bienvenida a su lado, y que con toda probabilidad nunca lo sería de nuevo.
Había una parte de mí que se sentía culpable y otra que no.
Tío Lambert jamás se había preocupado de mi educación religiosa, porque era un aspecto al que él mismo no le daba demasiada importancia.
Tampoco me había inculcado los preceptos morales por los que tantas mujeres —nobles y plebeyas— parecían regirse.
Nunca me había dicho que acostarse con un hombre sin estar casada con él estaba mal.
A tío Lambert esas cosas le traían sin cuidado.
Él, al igual que yo, era un hombre que creía en la ciencia y en los avances médicos y sociales.
Su relación con Dios era privada, si es que la tenía.
Así que me resultaba muy complicado entender el enfado de María Teresa. Louis ya había tenido otras amantes antes que yo y su matrimonio era uno basado en política y en producir descendencia para el trono de Francia. El amor no tenía cabida entre ellos, ¿no?
Al menos así pensé hasta que, tras finalizar el examen, miré a los ojos de la reina y me encontré con aquel dolor que parecía no tener fin.
Fue en ese momento cuando comprendí la profundidad de su pena.
No era solo la reina airada, no era la esposa celosa.
Era una mujer rota por el convencimiento de que su marido jamás vería en ella nada más que a una hembra de cría.
Yo misma había sido testigo en varias ocasiones de la única interacción íntima que compartían a diario: la visita de Louis a sus habitaciones para realizarle, tan cortés como distante, siempre la misma pregunta.
—¿Cómo se encuentra hoy la reina de Francia?
—Bien, majestad —contestaba ella, con absoluta rectitud.
Y luego:
—¿Cuida Aurore de vos?
—Sí, majestad.
Entonces Louis se inclinaba sobre su mejilla, en la que depositaba un escaso beso, y desaparecía hasta el día siguiente, dejándola siempre anhelante de un gesto más cariñoso, más privado.
María Teresa estaba, en verdad, enamorada de Louis y esa revelación sí me llenó de culpabilidad.
Cuando terminé de examinarla, lo único que pude expresar fue lo que de corazón sentía:
—Lamento haberos hecho daño, majestad.
La reina no me contestó. Ni siquiera me miraba a los ojos. Fue la viuda de Villena quien habló :
—No necesitamos vuestras disculpas ni vuestras excusas, mademoiselle Bechard —dijo, con tono cortante—. Lo que la reina necesita es respeto y el respeto empieza por la verdad.
Miré a María Teresa, esperando alguna señal de indulgencia, pero sus ojos estaban llenos de lágrimas contenidas. Su rostro rígido no mostraba más que una tristeza infinita que mi presencia no hacía más que acentuar.
—Idos de mi vista —susurró la reina al fin, con la voz quebrada—. Tal vez encontréis tiempo en París para rezar por vuestra alma.
Bajé la cabeza y me di la vuelta sin otra palabra. Mientras me alejaba, sentí el peso de las miradas de ambas mujeres clavadas en mi espalda.
Y supe, en ese preciso momento, que, fuera lo que fuera que estaba sucediendo entre Louis y yo, había una línea que había cruzado y para la que no existía un posible regreso: la de mi frágil relación con la reina de Francia, rota para siempre, pero también la que me unía a Philippe y cuyas consecuencias no fui capaz de medir.
Acompañé a Philippe a despedir a Henriette.
La princesa parecía muy feliz de poder abandonar Versalles durante una buena temporada y, por un segundo, la envidié al imaginarla en Saint-Germain, rodeada de sus hijas y alejada de las intrigas de la corte.
Le pedí que le diera recuerdos a tío Lambert y le entregué una carta para él.
—Estoy deseando conocer a Lambert Bechard —admitió, apretando mis manos entre las suyas—. Debe ser un hombre muy interesante para haber criado a una mujer tan peculiar como vos.
—Peculiar no sería la palabra que usaría yo —dijo Philippe a mi lado.
—¡Alteza !
Él se rio como el villano que era y yo sentí tentaciones de pisarle un pie, como tantas otras veces.
Henriette esbozó una sonrisa tímida al ver cómo Phillipe apenas lograba contener la risa y yo me enfurecía.
Tras ella, el carruaje real, cargado hasta arriba de baúles y tirado por cuatro caballos blancos, aguardaba la presencia de la princesa.
Le alargó la mano a su marido para despedirse, pero Philippe la besó suavemente en los labios, atrapándola por los hombros.
Yo desvié la mirada, sintiéndome como una intrusa.
—¿Estarás bien, Minette ?
—Mucho mejor que aquí —respondió ella, mirando por encima del hombro de su esposo.
No me hizo falta seguir el curso de sus ojos para adivinar hacia dónde se dirigían.
Sabía que buscaban la ventana de la chambre de roi para ver si Louis estaba asomado para verla marchar.
Y también sabía que no encontraría a nadie.
El rey podía sentir cariño por Henriette, pero eso era todo.
Había asuntos más urgentes que atender en su día a día que la partida de una princesa embarazada.
—Escribidme cada semana —dijo Philippe—. Es una orden.
—¿Cada semana? No voy a tener tantos chismes que contaros.
—Me da igual, os los inventáis.
—Sois un incordio.
—No es la primera vez que me acusan de eso —replicó, mirándome de reojo. Fingí ignorarlo, y también la risita que se le escapó a Henriette—. Besad a Marie Louise y Anne Marie de mi parte y decidles que su padre las echa de menos y que las visitará en cuanto pueda.
—No prometáis lo que sabéis de sobra que no podréis cumplir —sonrió Henriette, y luego se dirigió a mí—. Cuidad a mi esposo. Debajo de su frivolidad y de sus comentarios fuera de lugar, tiene el corazón más noble de todo Versalles.
—Sí, alteza.
Ella nos miró a ambos y luego subió al carruaje, ayudada por Philippe. La vimos cruzar las doradas puertas de Versalles en silencio y solo cuando su carruaje se perdió en el camino, el duque de Orleans dejó escapar un suspiro.
—La amáis muchísimo, ¿no es cierto? —pregunté.
—Durante mucho tiempo fue la única amiga verdadera que tuve —se limitó a contestar.
—Siento que no podáis acompañarla a Saint-Germain.
—Probablemente sea para bien. Alejarme de mis hijas me resulta complicado y doloroso en cada ocasión que las veo.
—Estoy segura de que para ellas también lo es.
—Quizá por eso sea beneficioso que me vean cuanto menos, mejor. Al fin y al cabo, cuando alcancen la edad adecuada, Louis las casará para afianzar las relaciones de Francia con cualquier otra corona europea.
—¿Y no tenéis ni voz ni voto respecto al futuro de Marie Louise y Anne Marie?
— Ma petite furie … Creí que ya habíais comprendido y aceptado que el destino de todos nosotros siempre estará en manos del Rey Sol.
Me ofreció el brazo y yo lo acepté, como siempre. Volvimos en silencio al palacio, ambos con la sensación de que regresábamos a la cárcel más hermosa del mundo.