Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Philippe II
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Philippe II

L os gritos de agonía de Colbert no llegaban a la chambre du roi , tampoco a los salones en donde los entretenimientos de la noche seguían su curso.

Louis no había permitido que el envenenamiento de su ministro de Hacienda trascendiera oficialmente a la corte, si bien los rumores corrían libres en aquel palacio.

Él aseguraba que se había mantenido en secreto para que no cundiera el pánico entre los nobles.

Yo sospechaba que admitir un envenenamiento de aquel calibre era reconocer que Versalles estaba lleno de grietas por las que se colaban las traiciones y las confabulaciones.

Sentado en su trono, con la vista fija en el fuego que ardía en la chimenea, Louis se mantenía callado.

—Deberíamos estar ahí, con Colbert —declaré.

«Y con Aurore».

—No, alteza —me contestó Bontemps.

—A ti no te he preguntado. Vuelve a meter tu pelotillera lengua entre las nalgas de mi hermano.

—Philippe.

—No entiendo por qué tu ayuda de cámara tiene que estar siempre alrededor —me exasperé, nervioso.

Llevaba recorriendo la cámara real de arriba abajo desde que Louis me había pedido que le hiciera compañía en aquella noche aciaga en que la vida de Colbert se apagaba.

Mi hermano no apartó la mirada del fuego, su rostro bañado en sombras mientras las llamas danzaban en la chimenea.

Su silencio era denso, contenido; el peso de cada palabra que no pronunciaba pesaba sobre sus reales hombros.

Me detuve, frustrado, con las manos en la cintura, mirándolo, buscando algún signo de reacción humana en él.

—Philippe —dijo, sereno—, sabes perfectamente por qué Bontemps está aquí. No es él quien necesita mantener la calma, eres tú.

Lo miré, entre incrédulo y furioso. Mantener la calma, como si no fuera suficiente saber que uno de los hombres más poderosos de Francia estaba retorciéndose de dolor, envenenado, mientras nosotros, el hermano que gobernaba el reino y el hermano que era la vergüenza del reino, estábamos confinados en esta sala a la espera de noticias.

Y Aurore... Dios, Aurore estaba ahí, cerca de Colbert, de ese hombre moribundo. ¿No corría peligro?

—No necesito lecciones de autocontrol, Louis —bufé, volviendo a caminar de un lado a otro, incapaz de contener mi agitación—. No es por mí que estoy inquieto.

Louis finalmente se levantó de su asiento y caminó hasta mí, con una calma que solo él parecía capaz de mantener en situaciones como esta. Me tomó por los hombros, obligándome a detenerme y a mirarlo.

—Escúchame bien, Philippe. Todo esto que hemos construido —hizo un gesto vago, abarcando con él lo que nos rodeaba— no puede desmoronarse.

Si la corte confirma que uno de mis hombres ha sido envenenado, que hay traidores en nuestros pasillos, será el caos.

Y el caos es lo que nuestros enemigos esperan.

Porque caos es lo que pretenden sembrar en el lugar más brillante de Europa.

Me aparté, sacudiendo sus manos de mis hombros.

No era eso lo que me preocupaba. Me daba igual Europa y nuestros enemigos.

Al infierno con ellos. Era Aurore. Mi mente estaba con ella, en ese cuarto lleno de efluvios moribundos y pestilencia, luchando contra el veneno que devoraba a Colbert desde dentro.

Pero no podía admitir que me importara más una humilde plebeya que la supervivencia del reino.

Louis entrelazó ambas manos frente a él.

—Debemos ser pacientes. Colbert no es solo mi ministro de Hacienda; él y todos aquellos que se sientan en el Gabinete del Consejo representan a Francia. Atacarlos a ellos es atacarme a mí. Y créeme, esta agresión no quedará impune.

—Muy bien.

—Y en cuanto a Aurore, que es en verdad quien te preocupa… —continuó Louis, sin inmutarse ante mi expresión fastidiada—. Confío en que ella hará lo que sea necesario. Es una mujer capaz. Lo sabes mejor que nadie.

Había algo en su tono que me hizo detenerme por completo, congelado en mi lugar.

A veces creía que Louis lo sabía. Quizá no todo, pero lo suficiente para leer lo que yo intentaba ocultar.

Un pequeño destello de reconocimiento brilló en sus ojos.

No dijo nada más, pues no hacía falta. Lo que no se pronunciaba entre nosotros siempre pesaba más que las palabras.

Me volví hacia la chimenea, tratando de recuperar mi propia compostura, pero la preocupación no me abandonaba. El peso de todo lo que estaba en juego se sentía más abrumador que nunca.

Y mientras, el fuego seguía ardiendo en el silencio de la chambre du roi .

Aurore no vino a nosotros hasta bien entrada la madrugada, cuando los salones se vaciaban y el silencio se imponía en los pasillos de Versalles. Su semblante era triste, tan triste que mi primer impulso fue lanzarme hacia ella y atraparla entre mis brazos, mas no lo hice.

—Colbert ha muerto, majestad —informó a Louis.

Él no dijo nada. El silencio en la habitación se volvió más denso, como si el aire mismo se resistiera a moverse.

Mi hermano no apartó la mirada de las llamas, pero su mandíbula se tensó visiblemente.

Aurore, con la cabeza baja, esperaba una respuesta, si bien sabía que su noticia ya lo había dicho todo.

—Lo intentamos todo, pero el veneno había hecho demasiado daño —añadió ella con voz firme, cargada de pesar.

Se giró hacia mí, buscando apoyo en mi mirada.

Yo, luchando contra el impulso de consolarla, me acerqué despacio.

Su cansancio era evidente tras horas y horas atendiendo a Colbert.

Su cercanía despertó en mí el deseo de abrazarla y protegerla de todo y de todos, pero ese era un gesto que hubiera despertado las sospechas de mi hermano.

—¿Sabéis algo más sobre el veneno? —le pregunté.

—Sigo creyendo que es serpentio, posiblemente mezclado con alcohol —explicó—.

Quien lo haya usado no tiene mucha idea de cómo controlarlo, pues un experto sabría cómo hacer que el envenenado cayese fulminado en unas pocas horas.

A no ser que haya buscado la agonía de Colbert de forma deliberada, claro.

Y luego nos volvimos a quedar en silencio.

Bontemps, que permanecía en un rincón de la habitación, intercambió una mirada rápida con Louis. Ambos sabían que esto iba a tener repercusiones mucho más allá de las paredes de la cámara real.

—Bontemps, que no se filtre esta información hasta que yo lo ordene —dijo Louis al fin—. Necesitamos saber más antes de que la corte tenga siquiera una sospecha.

—Como ordenéis, majestad —respondió Bontemps con una leve inclinación.

—La corte ya sospecha, hermano —dije yo—. Por mucho que intentes esconderlo, todo el mundo habla de la ausencia de Colbert.

Para variar, él optó por ignorar mis palabras.

—Mañana irás a París, Philippe.

—¿Para qué?

—Para acompañar a Aurore y Gérald de la Reynie. Al parecer, alguien no se siente segura en las calles parisinas sin tu presencia —declaró, mirando con ironía a Aurore.

Ella tuvo la decencia de sonrojarse ante aquella declaración.

—No puedo irme a París mañana. Henriette está a punto de marcharse a Saint-Germain y tú mismo dijiste que podía acompañarla para instalarse.

—Irás a París.

—Louis, no puedes cambiar de opinión así, sin más.

—He dicho que irás a París mañana. No creo necesario tener que repetirlo, ¿no es así?

—Por supuesto que no, majestad —escupí, molesto—. Sus órdenes son deseos para mí. ¿O era al revés?

No me despedí de nadie. Me limité a salir furioso de la cámara real a través del pasadizo oculto. Sentí a Aurore, siguiendo mis pasos.

—¡Alteza!

—Ahora no —proseguí mi camino, sin volverme—. Ahora no.

—Tenéis que escucharme: yo no pretendía inmiscuirme en vuestro compromiso para con Henriette.

Me giré, furioso.

—¿Por qué le habéis dicho que me necesitáis en París? ¿Es que no sabéis cuidar lo que sale de vuestra boca?

—¡Mira quién fue a acusarme de tal cosa, el príncipe más lenguaraz de Francia!

—Mi hermano es muchas cosas, pero no es estúpido.

—¿A qué os referís?

—Se percató de cómo me mirabas. ¿Cuánto crees que tardará en percatarse de cómo te miro yo? Y cuando eso ocurra… Dios mío —dije, olvidándome del trato protocolario.

Me apoyé contra la pared del estrecho corredor y me pasé una mano por el cabello. Aurore se acercó a mí, cautelosa, y me abrazó por la cintura, apoyando su mejilla contra mi pecho.

—No me importa.

Me quedé inmóvil, sintiendo su calor contra mi cuerpo.

Mi respiración, que momentos antes había estado agitada, comenzó a calmarse, aunque la furia y la frustración seguían bullendo bajo la superficie.

Me maldije a mí mismo por permitir que todo llegara hasta este punto, por permitir que el fuego que ardía entre nosotros se descontrolara.

Sabía que no tendría que haber cedido a su petición aquella noche en que me pidió que la hiciera mía.

Lo sabía. Nunca hubo vuelta atrás después de lo que estalló entre nosotros.

Y ahora todo estaba demasiado enredado y yo no sabía cómo enmendarlo.

—Debería importarte —murmuré.

Aurore levantó la cabeza y sus ojos dorados buscaron los míos. Aparté un rizo rubio de su rostro y quedé atrapado en cada una de las pecas que salpicaban sus mejillas. Ella sabía tan bien como yo que no la dejaría ir. Ni ahora. Ni nunca.

—¿Y qué sugieres que haga? ¿Que desaparezca de la corte? —Su tono era tan suave como firme—. Sabes que no puedo. Y sabes que no quiero.

—Si Louis lo descubre… —Mi voz se quebró al pronunciar su nombre, consciente del vínculo indisoluble que me ataba a él, a mi hermano, al mismo al que estaba traicionando—. No quiero ni imaginar lo que hará con nosotros.

—Louis no es tan cruel como piensas —replicó ella, sin soltarme.

—Tampoco es misericordioso cuando se trata de sus deseos. Y menos aún cuando lo que ambiciona está en mis manos.

Aurore se apartó un poco. Su rostro estaba tan cerca del mío que podía sentir el aliento cálido sobre mi piel.

—No me importa. Te lo he dicho antes y te lo repito ahora. Estoy aquí, a tu lado, pase lo que pase. Si él lo descubre, si todo se derrumba, seguiré estando contigo.

Entrelacé mis manos en la parte baja de su cintura. Sentía su corazón latiendo contra mi pecho, salvaje, impetuoso. Como el mío.

—Philippe… no me importa porque no sé si puedo vivir en secreto en dos mundos a la vez —susurró.

—Entonces vive en uno solo, conmigo —contesté, como si fuera la solución más sencilla del mundo.

Mis labios encontraron los suyos antes de que ella pudiera responder.