Aurore I
G érald de la Reynie era un hombre adusto, de una seriedad imperturbable.
Su cabello oscuro caía en cascada hasta sus hombros, enmarcando un rostro marcado por la disciplina y la severidad que conllevaba su cargo como capitán de los mosqueteros del rey.
Siempre vestía unos guantes de cuero negro que parecían una extensión de su carácter rígido, como si quisiera ocultar con ellos cualquier muestra de humanidad.
Bajo la luz diurna que se colaba en el Gabinete del Consejo, su figura oscura, con la espada al cinto y la capa negra que cubría sus espaldas, imponía respeto y un profundo miedo.
Pocos en Versalles lo conocían de verdad, porque nadie quería cruzarse en el camino del capitán de los mosqueteros.
Quizá por eso Louis le había encargado la seguridad de Versalles y también la investigación de quién atentó contra la vida de Colbert.
Yo apenas había cruzado unas palabras con Gérald de la Reynie desde que me había instalado en la corte, pero siempre había sentido sus vigilantes ojos clavados en mi nuca de una forma u otra.
—Mademoiselle Bechard, os pido que compartáis con Gérald todo lo que sepáis acerca del veneno que consumió Colbert —solicitó Louis.
Me había convocado en el Gabinete del Consejo, con la única presencia de Bontemps y el capitán de la Reynie, quien al parecer ya sabía que yo no era una aristócrata. ¿Lo habría sabido siempre?
«Como sigamos así, hasta el último deshollinador de Versalles sabrá que soy médico, no una dama».
—Creo que se trata de serpentio, señor de la Reynie.
—No soy ningún señor, mademoiselle —me corrigió él. Pude ver en su mirada un destello de interés—. ¿Serpentio, decís?
—Sí, serpentio. Supe de su existencia mientras vivía en Constantinopla. Es un tóxico conocido por su crueldad a la hora de matar, aunque…
—¿Aunque? —insistió Gérald.
—Aunque es un veneno poco habitual por estos lares.
En el Imperio otomano lo llaman “el veneno del soldado” porque induce a la euforia si lo tomas en la dosis adecuada y en polvo, jamás mezclado con licor.
Muchos soldados lo utilizan antes de entrar en batalla para…
bueno, para darse valor. Se obtiene de una víbora que solo vive en esas tierras orientales.
—¿Estáis segura? —preguntó el mosquetero con voz grave, sin apartar sus ojos escrutadores de mí.
—Tan segura como puedo estarlo sin llevar a cabo un análisis más detallado —respondí, tratando de mantener la calma ante la amenazadora presencia de Gérald de la Reynie—.
Los síntomas son bastante inequívocos: se absorbe rápido, pero es indetectable en las primeras horas.
Como ya he dicho, se usa en polvo y en mínimas cantidades porque induce a una extraña sensación de bienestar.
Al parecer, también es popular en casas de placer.
Sin embargo, si se mezcla con licor… la mortalidad está prácticamente asegurada.
—Explicaos, Aurore —exigió el rey.
Yo tragué saliva.
—Ataca primero al sistema nervioso central.
Empiezas a sufrir delirios, confusión, y una vez comienzan las alucinaciones, pierdes el control de tu cuerpo: entumecimiento en las extremidades, dificultad para respirar, sudoración excesiva, aumento de la temperatura, fallos cardíacos y, finalmente, los músculos de la garganta se cierran y mueres asfixiado.
Por lo que tengo entendido, dependiendo de la dosis, el envenenado puede tardar hasta dos o tres semanas en morir.
Es un método cruel y muy doloroso si se sabe utilizar correctamente.
Los ojos de Gérald no se apartaron de mí, como si tratara de leer mis pensamientos y de desentrañar los secretos que escondía, más allá de mi conocimiento médico.
—Si es serpentio —dijo, tras unos breves segundos—, entonces estamos tratando con alguien que no teme jugar con fuego. Un enemigo meticuloso, osado. Alguien dentro de la corte, sin duda.
La expresión de Louis, quien hasta ese momento había permanecido atento a nuestra conversación, se tornó más sombría que nunca.
—¿Un frondero, capitán?
—Podría ser, majestad.
—¿Tienes alguna sospecha?
—Ninguna confirmada por el momento. La Nueva Fronda parece haber aprendido de los errores de la anterior, y todavía no hemos podido descubrir cómo se comunican o cómo se organizan.
—Pon a tus mosqueteros en ello sin más dilación, Gérald.
Y vos, Aurore —dijo con calma, usando mi nombre de forma familiar—, sabéis que este asunto es de extrema importancia para el reino.
No solo por lo que significa la vida de Colbert, sino porque no sabemos a quién más puede hacer daño ese envenenador.
—O envenenadora —aportó Gérald de la Reynie—. El veneno es el método femenino para matar por antonomasia.
—Es un método discreto y efectivo —repuse yo—. Si queréis etiquetarlo como femenino, allá vos.
—Basta —nos calló Louis—. Debéis colaborar estrechamente con Gérald hasta que resolvamos esto.
Sentí una ligera punzada de inquietud. Todo Versalles conocía la cruel fama del capitán de los mosqueteros; era famoso por desconfiar de todos y cada uno de los nobles y por buscar conspiraciones hasta en el último rincón del palacio.
Colaborar con él no sería sencillo, y menos aún sabiendo que ya estaba al tanto de mi identidad oculta.
Sin embargo, no había alternativa. Si alguien dentro de Versalles había decidido recurrir al serpentio, todos estábamos en grave peligro.
—¿En qué más puedo resultaros de utilidad, capitán?
—Contadme todo lo que se os ocurra acerca de ese veneno.
—Es más caro que el arsénico o el acónito, así que presupongo que quien lo usa dispone del dinero para pagarlo —expliqué a Gérald—. Puedo indicaros dos o tres apotecarios en París que quizá puedan estar traficando con serpentio.
—En ese caso, vendréis conmigo a París —exigió Gérald, sus ojos aún fijos en mí.
—No puedo ir con vos a ningún sitio. Tengo que cuidar de la reina.
—Eso no os importó demasiado cuando Monsieur os lo propuso.
Me puse roja de pura vergüenza. Como había temido, nuestra escapada a la capital había terminado en boca de toda la corte.
A Philippe, por descontado, le divertía aquella atención, pero a mí no.
No me gustaba ser el centro de tantas habladurías: ya me habían colgado la etiqueta de “la libertina amiga de Monsieur ” y en breve me caería la de “favorita del rey”.
Mi vida, que meses atrás había sido relativamente sencilla, se había complicado de una forma que se me escapaba de las manos.
Supliqué ayuda con la mirada a Louis, quien me contestó con un leve asentimiento.
—En caso de que tengas que desplazarte con mademoiselle Bechard a París, Gérald, cuidarás de ella como si de mí se tratase.
—Sí, majestad.
O sea que no había lugar a discusión respecto a ese viaje.
—¿Cuál es el pronóstico para Colbert? —se dirigió a mí Louis.
—Malo. Su salud se ha desmoronado rápidamente en los últimos dos días. Auguro que no sobrevivirá a esta noche, a juzgar por la rigidez de su garganta y la sangre que está perdiendo a través de los…
—Es suficiente con esa información, mademoiselle Bechard, no ofendáis al rey con semejantes detalles —me cortó Bontemps.
Tuve ganas de decirle cuatro cosas al ayuda de cámara, pero yo no era Philippe. Mi libertad para expresar lo que pensaba era mucho más limitada que la del duque de Orleans.
—No me ofende, Bontemps, tranquilo —le indicó Louis—. ¿Hay alguna posibilidad de que Colbert sobreviva?
—Lo dudo, majestad. He hecho cuanto he podido por él, pero el serpentio es un veneno cruel. Es difícil vencerlo y más en un hombre de la salud y edad de Colbert.
Louis asintió, pesaroso, y pronto despidió a Bontemps y al capitán de los mosqueteros con un ademán serio. Gérald de la Reynie me lanzó una última mirada de descontento antes de obedecer a su rey y dejarnos a solas en el Gabinete del Consejo.
—No quiero ir con ese hombre a ningún sitio, Louis —declaré.
Aún tenía que acostumbrarme del todo a llamarle por su nombre cuando estábamos a solas, que era únicamente cuando tenía permitido dirigirme así a él, pero me gustaba. Y a él también.
—¿Por qué no?
—Porque da miedo.
—Nunca le haría daño a una mujer.
Me crucé de brazos, molesta.
—No me toméis por tonta, sé perfectamente a lo que se dedica de la Reynie en los calabozos y cuáles son sus métodos de interrogación.
Louis sonrió.
—Está bien: nunca le haría daño a una mujer inocente —apostilló.
—Si tenéis que mandarme a París… quiero que vuestro hermano me acompañe.
Negó con la cabeza.
—Pues entonces no voy.
—¿Sabéis que os lo puedo ordenar, no?
—Podéis, y yo puedo volver a negarme.
—Hace nada le solté un sermón a Philippe acerca de sus continuas escapadas a París y su propensión a dejarse ver por los barrios bajos, donde cualquiera podría herirle, ¿y ahora insinuáis que debo retractarme y enviarlo con vos?
—Sí —dije, más tozuda que nunca.
—Entre vosotros dos conseguiréis que envejezca antes de hora.
Se apoyó con la cadera contra la mesa de ébano desde la que dirigía el país y me miró.
Advertí que Louis jamás cruzaba los brazos bajo el pecho —un gesto que se consideraba cuanto menos vulgar—, mientras que Philippe sí lo hacía a veces, si bien nunca en público.
Era un pequeño placer culpable descubrir cada pequeña diferencia entre ambos hermanos, como que Philippe siempre escondía las manos detrás de la espalda erguida.
Louis, en cambio, las entrelazaba frente a él y se acariciaba sutilmente los pulgares, como hacía en ese preciso momento.
Había aprendido que era su gesto más habitual, el que nunca abandonaba si estaba metido en su papel de rey, que era la mayor parte del tiempo.
En conversaciones más tensas, dejaba los brazos laxos.
—Quiero que seáis sincera conmigo. ¿Aún os sentís encaprichada de Philippe?
—No se trata de eso. Me siento segura con él.
—¿Por qué?
Me tomé un momento antes de responder.
—Creo que es lo suficientemente inconsciente para desenvainar al primer signo de peligro y que no le temblaría el pulso en disparar, si se diera la ocasión.
—Mi hermano lleva desde niño entrenando para ser un soldado; siempre ha sido un hombre de acción, desde luego —asintió Louis con cierto fastidio—. Está bien, no os puedo negar nada. Philippe os acompañará a París.
No pude controlar la sonrisa que se formó en mi boca.
—No sonriáis con esa expresión de triunfo, Aurore, mostrad un poco de recato ante vuestro rey —dijo Louis, aunque sus palabras eran risueñas y divertidas.
—Perdón.
—Siento que os veáis envuelta en un asunto tan serio.
—Llevo envuelta en asuntos serios desde que me obligasteis a instalarme en Versalles fingiendo que soy una dama .
—Respecto a eso… —comentó, incorporándose y caminando hacia mí—. Quiero que os planteéis abandonar los Apartamentos del Príncipe para trasladaros a los míos.
Me puse rígida como una tabla de madera.
Louis ya había sugerido un par de veces que era ridículo tener que atravesar medio palacio para llegar a mi habitación o yo a la suya, y que sería mucho más cómodo para ambos si me instalaba en la bonita cámara adyacente a la chambre du roi .
La de la favorita del rey. Que, para mortificación mía, quedaba justo al lado de las habitaciones de la reina.
Yo había eludido sus insinuaciones de la forma más sutil posible. Por nada del mundo quería alejarme de los Apartamentos del Príncipe, ni de Philippe. Al igual que él, apreciaba la valiosa intimidad que aquel ala del palacio nos daba a ambos. En Versalles, aquel era uno de los bienes más preciados.
—Quiero una respuesta en breve, Aurore.
Y después de decir eso, sin apartar la mirada de mí, golpeó el suelo con el tacón de su zapato, justo frente a la puerta del Gabinete del Consejo.
Era la señal exclusiva, usada solo por él y Philippe, para que los guardias que esperaban al otro lado abrieran la puerta.
De esta manera, el rey podía seguir su camino sin tener que rebajarse a la trivialidad de girar un pomo.
Lo escuché marchar para continuar con sus obligaciones reales mientras yo me quedaba sola en el lugar desde el que se gobernaba toda Francia.
Me sentí como una figura abandonada en el centro de un escenario vacío, el eco de sus pasos aún resonando en las paredes que me rodeaban.
El peso de la soledad se asentó sobre mis hombros, mientras la sala, antes vibrante con la presencia del rey, ahora se mostraba desolada y fría.
La enormidad del poder y la responsabilidad que albergaba aquel lugar me resultó asfixiante y me recordó lo insignificante que yo era, en realidad.
El silencio que quedó tras la partida de Louis me parecía una cruel advertencia de mi propia vulnerabilidad en el epicentro del poder francés.
Quizá Philippe tuviera razón en sus temores, quizá yo no veía a Louis como realmente era y el afecto que sentía por el rey nublaba mi ya de por sí tambaleante entendimiento. ¿Cuánto iba a poder mantener aquella farsa que me atrapaba entre ambos hermanos?