Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Philippe I #2
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Philippe I #2

Para variar, parecía que esa mujer era capaz de ver a través de todas mis capas.

Me quedé en silencio un momento, contemplando el horizonte como si la respuesta estuviera oculta en la luz del atardecer.

La sensación de engañar a Louis era una punzada que no dejaba de doler, si bien había aprendido a convivir con ella.

Lo que compartíamos los tres era complicado y enredado, pero de alguna manera, funcionaba.

—Sí, me duele —admití al fin—, pero no de la manera que esperaría. No es tanto el engaño lo que me pesa... sino la verdad. Él es parte de esto y ninguno de nosotros puede realmente ser libre de todo lo que nos une.

Aurore se acercó, colocando una mano sobre la mía. Sus dedos eran cálidos, firmes, y por un instante sentí que podía apoyarme en ella, que con solo su presencia podía soportar cualquier peso. Pero al mismo tiempo, ese contacto solo me recordaba la realidad de nuestra precaria situación.

—No puedo evitar pensar que todo esto podría explotar en cualquier momento —continué—. Y cuando lo haga, ¿quién se llevará la peor parte? ¿Él, vos o yo ?

Ella me miró con una comprensión que, de alguna manera, me resultaba aún más difícil de soportar.

—Alteza, esta es una situación extraña —dijo—. Si hay algo que sé de vos y de Louis, es que ambos sois fuertes... de una manera que otros no pueden entender. Y que os amáis profundamente el uno al otro. ¿No creéis que sería buena idea explicarle lo que ocurre entre nosotros?

—No. Mi hermano no sabe compartir nada, mucho menos conmigo.

—Si le confesáramos todo, quizá los tres podríamos llegar a alguna especie de… entendimiento.

—¿Entendimiento, ma petite furie ? En el mejor de los casos, ambos acabaríamos encerrados en la Bastilla y, en el peor, perderíamos nuestro cuello.

No quise decirlo, pero el agonizante empeoramiento de la salud de Colbert no ayudaba a que Louis estuviera más tranquilo.

El ministro llevaba semanas debatiéndose entre la vida y la muerte y su ausencia ya había sido notada en los salones.

La corte murmuraba y ni siquiera el Rey Sol podía acallar tales rumores.

Lo último que necesitaba mi hermano era que Aurore y yo nos presentáramos ante él para confesar que nos veíamos a escondidas. Ni hablar.

—No puede ser tan grave.

—Vos no conocéis a mi hermano de verdad.

Negó con la cabeza.

—A veces creo que no veis a Louis como realmente es.

—¿Y cómo debería verlo? —pregunté, con una pizca de irritación contenida.

Aurore siempre tenía esa manera de señalar las cosas que yo no quería confrontar, de empujarme a enfrentar verdades que prefería evitar.

—Como a vuestro hermano. El hombre que os quiere, incluso si no sabe cómo expresarlo de la forma correcta.

En cualquier otra corte, alguien con vuestras inclinaciones a amar a los hombres hubiera sido expulsado del lado del rey, y su majestad no solo os mantiene cercano, sino que os demuestra públicamente su favor.

Le trae sin cuidado que la gente os llame la honte du Roi Soleil .

Simplemente, le da igual, porque por encima de todo, sois su hermano. Su única familia verdadera.

—¿Y cómo lo justificáis? —repliqué—. ¿Cómo justificáis que yo tenga que vivir a su sombra, mientras él lo tiene todo? El poder, la admiración y ahora, incluso, una parte de lo que debería ser mío. Vos.

Aurore suspiró, retirando su mano de la mía.

—Louis no me "posee". No soy un trofeo ni una concesión.

—Me cuesta tolerar que os entreguéis a él de forma…

—¿De qué forma? ¿Libremente?

—Sí.

—No importa cómo me entregue a él. Lo que tenemos, vos y yo, lo que compartimos, es nuestro. No depende de su majestad. Pero si no podéis reconciliaros con vuestro propio hermano, esto siempre estará condenado a ser una batalla entre los tres.

—No es tan simple —murmuré, mirando hacia el suelo—. Nunca lo ha sido con Louis. Cada vez que le cedo algo, él me arrebata más. Compartir no está en su naturaleza.

—Quizás porque nunca le habéis dado la oportunidad —replicó ella—. Siempre lo habéis visto como una amenaza, como alguien que os eclipsa.

—Él también me ve así —protesté.

Aurore me ignoró.

—Tal vez Louis, el hombre y no el rey, no sea tan distinto de vos. Tal vez él también esté atrapado por el papel que debe desempeñar.

Me quedé en silencio. Había algo en lo que decía que me retorcía por dentro porque, en el fondo, sabía que tenía razón. Y odiaba cuando tenía razón.

—Odiáis cuando tengo razón, ¿a que sí?

—No tanto como cuando me obligáis a ser racional e íntegro. ¿Qué hay de divertido en eso ?

Se rio, colgándose de mi brazo, y retomamos el paseo justo en el momento en que vimos acercarse a Louis, rodeado de un pequeño grupo de nobles. Entre ellos, Madame de Montespan.

—Hermano, mademoiselle Bechard —nos saludó Louis, sonriente—. ¿Por qué siempre insistís en esconderos entre los jardines durante el paseo de la tarde?

—¿Escondernos? —respondí, esbozando una sonrisa—. Solo preferimos la tranquilidad de los jardines a las intrigas de la corte. Aunque, al parecer, incluso aquí es imposible escapar de los rayos hirientes del Rey Sol.

Aurore me dio un ligero codazo para que dejase de soltar impertinencias. Pude sentir la tensión en su brazo mientras Louis se acercaba a nosotros.

—No tienes por qué esconderte de mí, mi querido hermano, al contrario —dijo—. Me halaga saber que buscas refugio en los mismos rincones que yo.

Su tono era ligero, pero había algo en sus palabras que me hizo tensarme.

Louis no era ajeno al afecto amistoso que Aurore y yo nos profesábamos, pero como siempre, lo que pensase o dejase de pensar al respecto se lo quedaba para él.

Estaba seguro de que no podía ni sospechar lo que Aurore y yo compartíamos, convencido como estaba de mis gustos personales .

Pero sí sabía que ella confiaba en mí mucho más que en él y que la relación que manteníamos era mucho más íntima a nivel emocional.

—¿Nos acompañáis, entonces, majestad? —preguntó Aurore, rompiendo el incómodo silencio que se había formado entre nosotros.

—Nada me gustaría más —dijo Louis, sonriendo—, pero me temo que mis deberes me llaman, como siempre, mademoiselle Bechard. Tal vez esta noche, en la cena, podamos continuar hablando.

Y con una última mirada, que parecía atravesarme, Louis se despidió, llevándose consigo a Madame de Montespan y a su séquito. Mientras los veía alejarse, el peso de lo que Aurore había dicho antes me aplastaba aún más.

—Nunca estaré libre de él, ¿verdad? —murmuré.

Aurore apretó mi brazo con suavidad, sin decir nada. Ambos sabíamos la respuesta.