Philippe I
—Enhorabuena, alteza: estáis embarazada —le confirmó Aurore a una sonriente Henriette, quien buscó mi mano para apretarla con emoción—. Creo que de unos dos meses, posiblemente un poco menos.
—¿Has escuchado, Philippe?
—Sí, Minette . ¿Estáis segura, Aurore?
Ella desechó la muestra de orina que había examinado y asintió.
—Claro, alteza. ¿No habéis visto la prueba que le he hecho?
—Para mi desgracia, sí —repuse yo—. Y ha sido sumamente desagradable veros realizándola.
—No tan desagradable como vuestros inoportunos comentarios al respecto —replicó Aurore, poniendo los ojos en blanco.
—Basta, vosotros dos —nos cortó Henriette—. No es momento para vuestras peleas. No sé cómo lo aguantáis, mademoiselle Bechard.
—Yo tampoco.
Se me escapó una sonrisa. Aún se me daba bien irritar a Aurore. Increíblemente bien, de hecho.
—¿Habéis manchado o sangrado estas semanas, alteza?
—No, me encuentro muy bien —comentó Henriette, incorporándose de la cama—. Todavía me cuesta asimilar que no sois una dama…
—Creedme, no estoy orgullosa de la farsa que su majestad me obliga a llevar.
—Me lo puedo imaginar.
—Sí, bueno… —intervine yo —. Mi hermano insiste en que la verdadera identidad de Aurore permanezca en secreto, así como sus dones y… virtudes.
Aurore me fulminó con la mirada.
—Y confiad en mí, Minette , Aurore tiene muchas y muy variadas virtudes.
Si las miradas matasen, yo estaría ya muerto, pero se me escapaba la risa. Esta vez fue Henriette quien puso los ojos en blanco.
Como mi esposa tenía una falta en su sangrado mensual, decidí pedirle a Louis permiso para que Aurore la visitase y confirmase el embarazo.
Mi hermano, quien estaba de buen humor a pesar del rápido empeoramiento de la salud de su ministro Colbert, me lo había concedido.
Así que ahora Henriette ya sabía por qué Aurore vivía escondiendo quién era, algo que la había sorprendido mucho.
—¿Aún seguís queriendo trasladaros a Saint-Germain?
—pregunté, inquieto. La idea de tener que llevarla y dejarla ahí no me agradaba demasiado, pero no me quedaba otro remedio.
Así lo quería ella y así lo había concedido Louis.
Y, siendo sincero conmigo mismo, el château de Saint-Germain era más seguro que Versalles.
Además, estaría igual de bien atendida que aquí.
—Sí, alteza, nada me gustaría más. Quiero dar a luz ahí, junto a nuestras hijas.
—¿Es seguro para ella viajar? —me dirigí a Aurore, quien se lavaba las manos apartada de nosotros, para darnos un poco de intimidad.
—Se encuentra bien y no ha sangrado. No hay motivos para que su embarazo peligre más aquí que ahí. Además, es un viaje muy corto hasta Saint-Germain.
—Vuestro tío está residiendo ahí, ¿no es cierto?
—Sí, aunque tío Lambert no es un experto en embarazos, ha tratado a muchas mujeres encintas.
Si os quedáis más tranquila, le escribiré una carta con unas cuantas recomendaciones respecto a posibles complicaciones.
Y en cualquier caso, si me necesitáis, alteza —se dirigió a mi mujer con una sonrisa—, acudiré tan rápido como sea preciso .
Henriette sonrió, apretando mi mano con ternura mientras hablábamos de sus deseos de trasladarse a Saint-Germain.
Yo, sin embargo, no podía dejar de sentirme inquieto ante la idea de tenerla tan lejos, aunque fuera solo por unos meses.
A pesar de la calma de Aurore y de las palabras reconfortantes que acababa de escuchar, algo en mi interior seguía debatiéndose ante la idea de dejarla ir.
Tal vez era simplemente el hecho de que Henriette estuviera embarazada de nuevo o tal vez era la idea de perderla, aunque fuera por poco tiempo.
Era una de las pocas personas en Versalles que nunca me juzgaba.
Mientras Aurore terminaba de lavarse las manos, observé a Henriette, tan radiante, tan serena, como si no hubiera otra preocupación en su mundo aparte del nuevo hijo que crecía dentro de ella. Me obligué a relajarme.
—Será mejor que os preparéis para el viaje cuanto antes —murmuré, sin querer insistir demasiado, pero incapaz de ocultar del todo mi inquietud—. Y sabed que os visitaré a menudo. No quiero que estéis sola allá.
Henriette rio, rozando mi mejilla con los dedos.
—No estaré sola, Philippe. Nuestras hijas estarán conmigo. Y si todo va bien, en unos meses tendremos una nueva vida entre nosotros. ¿No estáis emocionado?
Le devolví la sonrisa, pero no pude evitar dirigirle una última mirada a Aurore.
A pesar de su carácter imperturbable, confiaba en ella más de lo que estaría dispuesto a admitir en voz alta.
Sabía que, si algo iba mal, haría todo lo que estuviera en su mano por salvar a mi esposa y a nuestro futuro hijo.
—Claro que lo estoy.
—Pues sonreíd más, Philippe, estáis mucho más guapo cuando lo hacéis.
—Bien, entonces —dije con más seguridad de la que realmente sentía—, que todo esté dispuesto para el viaje a Saint-Germain. Saldremos en dos días .
Henriette me besó en la mejilla, feliz, y Aurore y yo abandonamos sus aposentos en dirección a los jardines para nuestro habitual paseo vespertino.
—Estáis inquieto —dijo, rozándome de forma furtiva mi mano con la suya.
—Tengo muchas cosas en la cabeza últimamente, como para sumarle un embarazo de Estado como el de Henriette.
—¿Vos y yo… somos una de esas cosas?
Sonreí, mirando hacia el Estanque de Neptuno, donde nuestros pasos ociosos nos conducían. Me detuve un momento, mientras mis ojos seguían fijos en el agua, brillando bajo los últimos rayos de sol.
—De todas las cosas que me preocupan, vos sois la que más felicidad me provoca.
Aurore se mantuvo en silencio, pero podía sentir la intensidad de su mirada clavada en mí.
Esa complicidad que siempre existía entre nosotros ahora parecía palpitar con una fuerza aún mayor.
No nos habíamos vuelto a separar desde aquel arrebato en el Salón de Venus y nuestros encuentros clandestinos, a pesar del peligro que representaban para ambos, no hacían más que confirmar lo que yo ya sabía: perderla no era una opción.
No podía renunciar a la dicha que su compañía provocaba en mí.
Y aunque debía compartirla con mi hermano, no me importaba. Estaba acostumbrado a compartir con él todo cuanto amaba. Él, en cambio, no.
—¿Os provoco felicidad? —preguntó finalmente.
—Sí —admití—. Hay días en los que siento que todo me ahoga. Mi hermano, la corte, los compromisos que mi posición me exige. Y luego estáis vos.
Aurore esbozó una sonrisa, como si hubiera estado esperando esas palabras desde hacía tiempo. Se acercó un poco más, su mano rozando la mía con disimulo para que nadie pudiera darse cuenta de la furtiva caricia.
—Alteza, lo que siento por vos no tiene nada que ver con la política, ni con el deber, ni con el protocolo que nos rodea —dijo, sin titubeos—.
Os amo. No por lo que representáis, ni por lo que podéis ofrecerme.
Os amo por quien sois cuando todo el esplendor de Versalles se apaga. Cuando el príncipe deja paso al hombre.
Mi corazón se contrajo al escucharla y quise besarla ahí, rodeados de nobles que disfrutaban del aire cada vez más fresco de la noche.
Por descontado, me contuve y dejé que fueran mis ojos los que acariciaron sus labios.
Era cierto que todo había cambiado entre nosotros tras aquella noche, tras lo que nos dijimos.
Ahora nuestros ojos se buscaban en cada salón y nuestro secreto era solo nuestro.
Su mirada risueña hablaba por ella y mi sonrisa apenas perceptible lo hacía por mí.
Puede que por las noches Aurore tuviera que acudir a la cama de mi hermano, pero luego me buscaba a mí.
Mi hermano podía besarla a plena luz del día si quería.
Nosotros debíamos permanecer al amparo de las sombras de la noche.
De madrugada se escurría dentro de mi cama y me susurraba que le hablase, que le dijese todas las perversidades que cruzaran por mi mente, que fuese duro, que fuese tierno, que la llevase al cielo porque eran mis manos las que la hacían temblar, agitarse como una hoja al viento.
Y yo, aun sabiendo que estaba tocando lo que no me pertenecía, lo que Louis reclamaba como suyo, me veía cada noche perdiéndome en ella, en su cuerpo, en su risa, en su olor, en su sabor. ¿Cómo podía renunciar a Aurore? Su sola presencia me hacía feliz.
Escucharla quejarse, hablar demasiado alto, acusarme de irritarla, amonestarme por tocarle el trasero cuando paseábamos por los jardines, arrastrarla tras un sendero para arrodillarme ante ella y devorarla entre sus piernas hasta arrancarle un orgasmo.
Todo eso me hacía feliz. La vez que, durante un baile, me arrastró a un pasillo de servicio y me desabrochó el calzón para meterse mi polla en su boca, hasta que terminé corriéndome entre sus labios, casi consiguió hacerme perder la cabeza.
Ambos volvimos al baile juntos, ella colgada de mi brazo con una sonrisa satisfecha, como si nada hubiera ocurrido .
—Sois una pervertida —susurré, antes de entregarla en brazos de Louis para que bailara con él.
—Mirad quién fue a hablar, el príncipe de todas las inmoralidades —me la devolvió.
Los tres convivíamos en aquel frágil equilibrio.
Estaba dispuesto a aceptar que nos habíamos convertido en un improbable —y ligeramente incestuoso— ménage à trois .
Por primera vez en la vida, no me importaba demasiado compartir parte de mi dicha con Louis.
Porque él era feliz, Aurore no se sentía atrapada entre la lealtad a su rey y su amor por mí, y yo aceptaba que lo que existía entre ella y yo… siempre sería algo prohibido.
Eso no significaba que de vez en cuando viniesen a mí los remordimientos y las dudas.
—Os duele engañar a vuestro hermano, ¿no es cierto?