Aurore XX
C ausamos algo parecido a un escándalo cuando entramos en los salones de la forma en que lo hicimos: yo, en medio de los dos hermanos, mi brazo enredado en el de Philippe a la derecha y en el de Louis a la izquierda.
La corte entera nos observaba con ojos curiosos, algunos escandalizados, otros desaprobadores.
Nadie, ni siquiera los más osados cortesanos, se atrevía a cuestionar abiertamente lo que esa imagen representaba, pero los susurros comenzaron a recorrer el Salón de la Guerra como una ráfaga de viento a nuestro paso.
No me importó: estaba rodeada de los dos hombres que volvían mi cabeza del revés y, en aquel momento de incertidumbre, no quería separarme de ninguno de ellos.
—¿Os gusta hacer que hablen? —me susurró Philippe, sus labios tan cerca de mi oído que sentí el calor de su aliento sobre mi piel.
—No tanto como a vos, estoy segura —respondí con una sonrisa.
Louis, por su parte, mantenía la compostura regia, si bien noté cómo se estaba divirtiendo provocando los rumores que levantábamos con aquella imagen nuestra. Su semblante era impenetrable, pero conocía al rey lo suficiente para saber que le complacía la atención, aunque no tanto como a Philippe.
—No les hagáis caso —murmuró Louis, dirigiéndose a mí, pero también a Philippe—. La corte siempre tiene algo de qué hablar. Hoy somos nosotros, mañana será algún escándalo menor.
—¿Y tú crees que esto es un escándalo menor? —Philippe rio suavemente, con la mirada fija en los ojos curiosos que nos seguían—. Aurore, la gente se preguntará si preferís al rey o al hermano.
Me reí entre dientes. No podía negar que, en el fondo, estaba disfrutando con aquella situación. Aunque solo fuese un poco.
—¿Y si opino que no es cuestión de elegir y que quiero estar con ambos?
—Pasáis demasiado tiempo con el libertino de mi hermano —susurró el rey, negando con la cabeza.
—Al parecer, no el suficiente —replicó Philippe con su característica insolencia, esbozando una sonrisa que sabía perfectamente cómo irritar a Louis.
El rey paseó la mirada por el Salón de la Guerra, captando el eco de los murmullos y miradas a su alrededor.
La corte, hambrienta de drama, se regodeaba en cada gesto entre nosotros.
Me quedé entre ambos hermanos, sintiendo el tirón invisible que los mantenía enfrentados incluso cuando compartían el mismo espacio.
Era imposible ignorar cierta tensión entre ellos. ¿Sería por mi culpa?
Entonces, con todos los ojos de Versalles fijos en él, Louis se inclinó ante mí y besó mi mano con una lentitud que a nadie pasó desapercibida. El roce de sus labios en mis nudillos se me antojó hecho de fuego.
—Las cartas me esperan, mademoiselle Bechard —se despidió de mí, no sin lanzarme un sinfín de promesas con la mirada. Yo seguía colgada del brazo de Philippe y ambos hermanos cruzaron los ojos—. Cuida de ella, hermano.
—Siempre.
Observamos cómo el rey tomaba asiento junto a Madame de Montespan y otros nobles para iniciar una partida de cartas.
Gran parte de la corte se arremolinó a su alrededor para observar el juego, pero Philippe aborrecía ese tipo de divertimentos y yo, simplemente, prefería sucompañía, así que nos alejamos del Salón de la Guerra en dirección a aquellos que sabíamos que se mantenían solitarios y en silencio .
—Espero que la devoción de mi hermano os complazca.
—Lo hace —asentí, sin soltarme de su brazo—. Aunque no tanto como pasar unos minutos al lado de su alteza.
—No es necesario mentirme.
—No os he mentido jamás.
Philippe se detuvo para mirarme.
—Una vez os dije que no quería perderos en brazos de mi hermano. Y vos me contestasteis que…
—Que no me perderíais. Que puede que mi cuerpo pertenezca al rey, pero que mi alma y mis deseos siempre serán vuestros.
—Entiendo que solo eran palabras pronunciadas en el fragor de…
Le cubrí la boca con la mano y sus ojos buscaron los míos, confusos.
—No fueron palabras pronunciadas en el fragor de nada.
—No os creo —murmuró a través de mis dedos.
—Entonces no me queda otro remedio que demostrarlo con actos.
Sustituí mi mano por mi boca y Philippe se quedó inmóvil cuando mis labios rozaron los suyos.
Por un breve instante pensé que se apartaría, pero en lugar de eso, sus manos se deslizaron hacia mi cintura, atrayéndome más cerca de él, mientras su boca reclamaba la mía con verdadera ansia.
Philippe transformó rápidamente ese suave beso en llamas que ardían contra mis labios.
Su boca atrapaba la mía con urgencia desesperada, dejándome claro lo que él no podía poner en palabras.
Su lengua se entrelazó con la mía y sentí cómo su cuerpo me buscaba, como si el simple contacto a través de la ropa que nos separaba las pieles no fuera suficiente.
Una de sus manos se deslizó por mi espalda, presionándome con fuerza, mientras la otra ascendía hasta mi nuca, enredando sus dedos en mi cabello con un deseo que me tambaleó entera.
Mi piel ardía: cada caricia suya encendía en mi interior un deseo febril que hacía que todo lo demás se desvaneciera. No había palacio, no había rey. Solo estábamos Philippe y yo, atrapados en ese beso que lo decía todo, que rompía las barreras que habíamos levantado durante tanto tiempo.
—Ahora, decidme que no sois mía —susurró contra mis labios, su respiración entrecortada.
En sus ojos brillaba un anhelo que no había visto antes.
Sentía su respiración irregular contra mi piel, la cercanía de su cuerpo haciéndome perder el control de mis propios pensamientos.
Siempre había sido suya, desde el mismo momento en que puso un pie en mi casa y cambió mi vida por completo.
Y a pesar de ello, ¿cómo podía rendirme de nuevo ante él sin perderme a mí misma?
Intenté alejarme de Philippe, pero no me lo permitió y mis escasas defensas se tambalearon aún más cuando naufragué en su mirada.
—Os iréis y me dejaréis así, sin admitirlo —murmuró, con sus labios apenas separados de los míos, como si estuviera a punto de besarme otra vez—. ¿Verdad?
—Nunca he dejado de ser vuestra —susurré, antes de que su boca capturara la mía de nuevo.
Su beso fue entonces más urgente, más reclamante, y me dejé llevar, rendida ante la fuerza de su deseo que arrasaba con cualquier pensamiento racional que pudiera cruzar por mi mente.
Su respiración agitada acabó por derrumbar mi última defensa y, sin pensar en nada, confesé la pura y genuina verdad—: Fui vuestra desde que entrasteis en mi casa y me arrastrasteis a Versalles.
—Aurore, maldita sea.
Sus manos no se detuvieron esta vez. Me sujetó por las caderas y me apretó contra las suyas, nuestros cuerpos buscándose el uno al otro.
Sentí el latido acelerado de su corazón, la firmeza de sus manos que me mantenían anclada en el momento y su beso, feroz y apasionado, que me hacía olvidar todo lo demás, todo lo que nos rodeaba y nos ponía en continuo peligro de ser descubiertos.
Me subió a la mesa que presidía aquel salón y supe lo que pretendía hacer por la forma en que me miraba. Enrojecí ante aquella desvergüenza que solo él se atrevería a llevar a cabo.
—Cualquier persona podría aparecer y vernos…
—Los ojos están para ver. Que vean, pues.
—Alteza.
—No —negó él, recorriendo con su boca mi mandíbula, mi cuello, el inicio de mis pechos—. Dilo.
Se me escapó un gemido al notar cómo sus manos me levantaban la falda del vestido hasta dejar mis muslos al descubierto.
Si alguien entraba en aquel mismo momento y nos encontraba así, con él entre mis piernas y la falda arremolinada en mis caderas…
íbamos a ser expulsados de Versalles antes de la llegada de un nuevo amanecer.
O algo mucho peor. Pero, en aquel instante en que me ardía la piel y el duque de Orleans conquistaba mi boca, mi cuerpo y mis sentidos, nada me importaba más que volver a ser suya.
—Dilo, Aurore.
—Soy solo tuya, Philippe.
—Y yo soy solo tuyo —declaró, haciendo que toda yo me estremeciera.
¿Hablaba de verdad? ¿Era tan solo posible que Philippe sintiera lo mismo que yo?
Se desabrochó el calzón sin dejar de mirarme.
Yo tampoco podía apartar la vista de su rostro, que acaricié hasta apartar aquellos mechones negros como la noche que caían por su frente.
Puede que su hermano fuese el Rey Sol, pero Philippe siempre sería el príncipe de la oscuridad. Y yo quería naufragar en ella.
Deslizó sus manos bajo mis caderas y me las levantó de golpe, por lo que tuve que agarrarme a los bordes de la mesa para no caerme.
Un gemido ronco salió de entre sus labios cuando empujó dentro de mí, encajando toda su longitud en mi interior.
Me obligó a mantener los muslos bien separados para hundirse más en mí, una vez y luego otra.
—Soy capaz de compartirte con mi hermano —dejó caer en mi oído mientras me penetraba—. Lo que no soporto es saber que lo eliges a él.
—Nunca, nunca a él antes que a ti —le juré, jadeando por la indescriptible sensación de volver a sentirlo entre mis piernas, dentro de mí, en mis brazos .
Me aferré a él cuando noté que me llevaba hasta el borde de la mesa y que trazaba la curva de mis caderas con sus dedos.
Me desgarró la parte de arriba del vestido, haciéndome lanzar un grito de sorpresa cuando pellizcó ambos pezones con sus dedos, provocándome una sacudida de placer y dolor que se mezclaron deliciosamente.
Mi interior se contrajo alrededor de su dureza, pidiendo más.
Philippe gruñó, sustituyendo sus dedos por su boca para devorarme los pechos con fruición, enajenado y conducido por su propio placer, y aquel contacto húmedo en mis senos acabó por hacerme perder la poca cordura que me quedaba.
Era vagamente consciente de que estaba en un salón público, sobre una mesa, con el duque de Orleans empujando entre mis piernas y con mis pechos al aire y atrapados por su boca, pero me traía sin cuidado.
Había deseado que esto ocurriera de nuevo y, ahora que lo tenía, me daba igual cómo y dónde. Solo quería que durase para siempre.
Las manos de Philippe se cerraron con fuerza sobre mi trasero y me levantó con furia, apartándose de la mesa hasta que noté que mi espalda chocaba contra uno de los tapices de los salones. Gemí al notar cómo se hundía del todo en mí y me vi atrapada entre la pared y su cuerpo.
—Grita.
—Nos escucharán —jadeé.
—Grita o no seguiré follándote.
Y grité cuando lo sentí empujar hacia arriba, abriéndose paso muy, muy dentro de mí. Apreté mis piernas alrededor de su cintura y quise enterrar la cara en su hombro para tratar de ahogar mis gemidos de placer, pero Philippe no me lo permitió.
—Quiero ver cómo te corres, ma petite furie —murmuró, sonriendo sobre mi boca—. No me niegues ese placer.
—Soy incapaz de negarte nada, Philippe. Nada, nada, nada.
Acompañé sus impulsos con los movimientos de mis caderas, lo que le arrancó un hondo gemido de placer y provocó que su penetración tomase más velocidad, más violencia, más intensidad.
No pude controlar el grito animal que surgió de mi garganta cuando los dedos de Philippe se clavaron en mis nalgas y me empotró brutalmente contra la pared.
Ambos nos dejamos llevar por el ritmo desesperado, por las respiraciones aceleradas, por la boca de uno que buscaba la del otro.
Y, una vez más, enajenada por lo que Philippe provocaba en mi persona y por la escasa decencia que aún me quedaba, murmuré en su oído un esperado:
—Nunca dejes de follarme, Philippe.
Él gruñó, intensificó las estocadas y sus preciosos ojos azules se clavaron en los míos, atrapándome en aquella mirada tan intensa. Entonces me llegó el clímax, brutal y desgarrador, que él acompañó con el suyo apenas unos segundos después.
Me mantuvo así, alrededor de su dureza, durante un par de minutos, mientras recuperábamos el aliento y nos perdíamos en nuestros respectivos rostros.
Lo vi tragar saliva, como si estuviera confundido por lo que acababa de pasar entre ambos y, por un momento, temí que se arrepintiese de todo.
Pero luego sonrió, de aquella forma en que solo sabía hacerlo él, y yo me perdí en la manera descarada en que se curvaba su boca.
—Puede que tu hermano sea el Rey Sol, pero cuando tú sonríes, Philippe, iluminas todas las estrellas en la noche más oscura.
Él dejó escapar una suave risa ante mis palabras.
Sus ojos seguían clavados en los míos. Lentamente, su mano subió hasta mi rostro y me acarició la mejilla con delicado afecto.
El contraste entre la pasión de lo que acabábamos de compartir y la ternura de ese gesto me hizo contener la respiración.
El silencio se hizo más denso, lleno de sentimientos que flotaban en el aire y que no me atreví a interpretar.
Lo vi tragar saliva, como si estuviera lidiando con un dolor que llevaba tiempo queriendo exteriorizar, pero no sabía cómo.
Permanecí cerca de él, sin moverme, sintiendo el calor de su piel, la proximidad de su aliento.
Y entonces lo vi claramente. Lo vi en la forma en que sus ojos se oscurecían con incertidumbre y deseo, en la manera en que sus labios apenas se curvaban en una sonrisa dichosa: existía algo más profundo y que no era meramente físico entre él y yo.
Lo supe sin necesidad de que lo dijera. Lo comprendí en la manera en que su mano temblaba al tocarme, en la mirada que me lanzaba, absolutamente vulnerable de verdad por primera vez desde que nuestros caminos se habían cruzado.
No hacía falta decir nada y, sin embargo, lo dijo:
—Te quiero, Aurore Bechard. Aunque nunca pueda tenerte.
Y nada fue igual tras aquella confesión, aquel secreto que nos veríamos obligados a guardar a ojos del mundo que nos rodeaba.