Philippe XIV
O liver Ward me esperaba en el pabellón de caza, desierto a esa hora de la tarde en que la mayoría de la corte pasaba el tiempo en los salones jugando a las cartas, bebiendo vino y cotilleando.
—¿Y bien? ¿Por qué me habéis citado aquí, barón? No es que no disfrute fornicando al aire libre; de hecho, es una de mis muchas desviaciones, si bien considero la comodidad de un lecho mucho más práctica para las cuestiones amatorias.
—No os he traído aquí para eso —replicó, y luego me miró con una chispa de deseo mal disimulada—. O no solo para eso.
—Estoy intrigado. ¿Queréis primero el placer o el deber?
Él sonrió, agarrándome por la casaca y atrayéndola hacia su cuerpo para besarme con verdadera ansia.
—¿Sabéis? Nunca he conocido a alguien tan libre como vos.
—La gente insiste en ponerme esa etiqueta y, sinceramente, soy una de las personas menos libres de Versalles.
—¿Y querríais serlo más?
—¿Quién no querría, barón?
—Entonces, quizá os interese lo que quiero hablar con su alteza.
—Soy todo oídos.
Miró a su alrededor para confirmar que estábamos solos. Yo ya sabía que así era. Nadie iba al pabellón de caza durante las tardes, ya que las cacerías solían organizarse por las mañanas. A aquellas horas no había ni un alma por ahí, excepto un par de sirvientes.
—Antes de llegar a Versalles nos detuvimos unas cuantas noches en París. Nos reunimos con algunos terratenientes parisinos que aún no han sido invitados a instalarse aquí, en la corte de vuestro hermano. Y hablaban de cosas peligrosas, a mi parecer.
—¿Qué clase de cosas peligrosas?
—De las ambiciones de su majestad de obligar a todos los nobles franceses a abandonar sus tierras y propiedades para trasladarse a Versalles y así ser controlados por el Rey Sol. Esas pretensiones no son bien recibidas en las cortes europeas.
—Creedme, tampoco en Francia —dije, ladeando la cabeza con interés, dispuesto a interpretar mi papel de príncipe descontento con las políticas de su hermano—.
Nuestro pueblo está agotado de pagar impuestos para sufragar las guerras expansionistas de mi hermano y nuestros nobles están cada vez menos dispuestos a obedecer sus órdenes.
—Se dice que hay monarcas que estarían dispuestos a pactar una paz con Francia… si quien se sentase en su trono no fuese Louis XIV.
—Mi hermano es joven y goza de buena salud. Es poco probable que veamos el fin de su reinado en breve. Y si os referís al Delfín… es solo un niño, no puede reinar aún.
—Nadie piensa en el Delfín.
Oliver me soltó y dio un par de pasos atrás, volviéndose a asegurar de que nadie nos escuchaba. Su inquietud era más que visible.
—Su alteza es consciente, como yo, de que el reino está… inquieto —comenzó, con un ligero titubeo.
—Eso no es novedad. Francia siempre está inquieta, barón.
—Pero no siempre ha estado tan desgastada —replicó—. La gente murmura en las calles y en los salones.
—¿De veras?
—Se rumorea que el rey no puede mantenerse en el trono eternamente. Hay quienes creen que el próximo paso lógico es que vos toméis su lugar. Al menos de eso habla esa Nueva Fronda: de que Francia necesita un rey que inspire de nuevo, alguien que sea… diferente.
—Me temo que la monarquía no se hereda por simpatía o popularidad —respondí con una ligera carcajada, aunque en mi interior comenzaba a sentir una leve tensión por aquella conversación—. La Nueva Fronda debería saberlo.
—No podéis negar que vos, más que nadie, tenéis el derecho y el carisma para hacerlo realidad —me dijo, alargándome un papel que acepté con fastidio.
Lo leí en silencio.
¡Venid, venid a la Corte maldita!
Que el príncipe de las sombras trama su cita,
con veneno en copas, susurros y arte,
¡El Sol se desmorona y Versalles arde!
Cada día más se acerca la caída.
El príncipe desde la jaula de hierro clama justicia.
La Nueva Fronda susurra traición,
y el Rey Sol se apaga... ¡Ardiendo en pasión!
Bajo esas palabras había un símbolo: una F clavada sobre un sol sangrante. Miré a Oliver con calculada indiferencia.
—¿Qué significa esto?
—Que sois el príncipe de las sombras, ¿no es cierto? —respondió de inmediato, acercándose a mí de nuevo—. No me sorprende tal rumor. Vos tenéis tantos derechos sobre el trono como Louis, y quizá hasta más, si se piensa en quién tiene el favor del pueblo.
Tuve ganas de echarme a reír. Yo no contaba con el favor del pueblo, que me llamaba la honte du Roi Soleil , ni de los nobles más poderosos, que me llamaban cosas peores, ni tampoco del ejército francés, que nunca había tenido bajo mi mando a pesar de reclamarlo desde hacía años.
Mi única carta era aquella mentira que tanto Louis como yo alimentábamos: que éramos rivales por el poder de Francia y que vivíamos en plena tensión cada día de nuestra vida.
Ese secreto nos había servido de mucho en el pasado y nos seguiría sirviendo en el futuro, a juzgar por lo que Oliver Ward estaba insinuando .
Lo miré con cautela, consciente de que cualquier palabra que dijera en ese momento podría ser utilizada en mi contra, pero también intrigado por lo que podría obtener de seguirle el juego.
—Pongamos que soy ese príncipe de las sombras. ¿Qué ganáis vos si yo subo al trono?
—Alteza, yo…
—¿Sois un espía, Oliver? ¿De vuestra natal Inglaterra? ¿O quizá de España y de las Provincias Unidas? Reconozco que siento aborrecimiento por todo lo inglés, pero simpatía por ese niño hechizado al que llaman rey en Madrid, aunque el simple hecho de mirar su retrato me provoque arcadas.
—No soy ningún espía, pero no me costaría estar a vuestro lado en un supuesto cambio de poder. Al fin y al cabo, quizá haya algo de razón en eso que dice la Nueva Fronda: puede que el tiempo del Rey Sol se esté apagando.
Comprendí entonces lo que quería de mí: asegurarse un sitio privilegiado si, por casualidad, yo fuese el siguiente rey.
—Aprecio la confianza, barón —dije con una sonrisa fría—. Quizá algún día os confirme si soy o no ese príncipe de las sombras. Por ahora, deberíais saber que me gusta combinar los negocios con el placer.
Lo empujé al interior del pabellón mientras me desabrochaba la casaca y él sonrió, cómplice de lo que estaba a punto de ocurrir entre nosotros.
—¿Un rebelde? —preguntó Louis, escéptico, leyendo el panfleto que me había entregado Ward.
Ambos estábamos frente a la habitación de Colbert, aguardando a que Aurore nos informase de su evolución.
Louis, por protocolo, no tenía permitido entrar en una estancia donde el aire estuviese contaminado por ninguna toxina que pudiera poner en peligro su vida, pero quería informarse de la salud de su ministro.
—No estoy seguro. Puede que solo busque un puesto de poder a mi lado en caso de que la Nueva Fronda pretenda sentarme en el trono.
—¿Según Ward eso es lo que busca la Nueva Fronda? ¿Convertirte a ti en rey?
—La verdad es que no lo sé —admití—. Aunque bien es cierto que te estás granjeando el odio de la mitad de la nobleza francesa al obligarlos a abandonar sus tierras para vivir en Versalles, así que muchos otros pueden aspirar a arrebatarte el trono.
Louis pareció pensativo, sopesando aquella nueva información.
—¿Qué hay de los otros nobles ingleses que acompañan a Ward?
—Hasta donde yo sé, solo están de paso por nuestra corte, pero quizá deberías poner a Gérald de la Reynie a investigarlos.
—No. Si Ward quiere ser un espía, que espíe. No será el primero, ni el último que pone sus ojos y oídos al servicio del rey Charles —dijo Louis, y luego añadió—: Además, el capitán de mis mosqueteros tiene una misión más importante ahora mismo entre manos.
—¿Cuál?
—Averiguar quién ha intentado socavar mi gobierno envenenando a Colbert.
—Buena suerte con eso, Gérald —sacudí la cabeza.
—Y Aurore lo ayudará.
—¿Aurore? —pregunté, incrédulo—. No la pongas en peligro, ¿qué sabe ella de investigaciones?
—Es más lista que todos mis galenos juntos.
—Vaya, verdaderamente estás encaprichado de ella.
Chasqueé la lengua y Louis sonrió, poniendo una mano en mi hombro.
—Puede que sea algo más que un simple capricho.
Fui a responder cuando en aquel momento la puerta se abrió y apareció Aurore, con su vestido cubierto de sangre y el rostro serio. Del interior de la habitación de Colbert salió un efluvio enfermizo, que hizo que diese un paso atrás. Louis se mantuvo quieto en el sitio.
—¿Y bien?
—Creo que lo han envenenado, como temíamos —afirmó ella.
—¿Cómo está Colbert? —preguntó Louis.
—Solo queda esperar, majestad. Lo único que puedo hacer por él es ayudarlo a purgar el veneno. Pero si tomó gran cantidad, y todo parece indicar que así fue, no creo que logre sobrevivir.
Louis asintió, preocupado, y luego se esforzó en esbozar una sonrisa.
—¿Podéis hacer algo más por Colbert en estos instantes?
—Me temo que no, majestad, le he administrado un calmante para que su cuerpo reposara. Ahora está durmiendo.
—Entonces dejadlo bajo supervisión de un galeno real y venid con nosotros. Lleváis toda la tarde trabajando.
—Creo que me debería cambiar el vestido antes de aparecer en los salones, ¿no creéis? —sonrió, mirando su ropa sucia.
—Desde luego, mademoiselle. Os acompañaremos a los Apartamentos del Príncipe y aguardaremos a que os adecentéis para las diversiones nocturnas.
Yo no había dicho ni una palabra; me había limitado a escuchar la formal conversación entre Louis y Aurore, un poco apartado.
No se me pasó por alto la forma en que a mi hermano le brillaban los ojos cuando la miraba, ni la manera en que a ella se le escapaba una leve sonrisa al hablar con él.
Bajé la mirada al suelo. Al final, Aurore había caído bajo los encantos del Rey Sol.
Él siempre había sido la estrella alrededor de la cual todos gravitábamos, y yo solo era el planeta más cercano, condenado a quemarme por su resplandor.
Mientras esperábamos a que Aurore se cambiara de vestido, Louis paseó por mis aposentos. Era extraño verlo ahí. Casi nunca iba a verme a los Apartamentos del Príncipe y su presencia en mis habitaciones se me antojó fuera de lugar.
—¿Qué es lo que te inquieta, Philippe? —Su voz era suave, conciliadora, aunque sabía que él nunca preguntaba por la simple amabilidad de hacerlo—. ¿Acaso te molesta que haya compartido mi cama con ella?
Me negaba a darle la satisfacción de ver cómo me afectaba. Aurore había comenzado a ocupar un lugar cada vez más profundo en mi mente. Aunque ni él ni nadie podía saberlo. Apenas lograba admitirlo yo mismo.
—Me molesta que sigas pensando que todo te pertenece —respondí. No podía estallar frente a él. Eso sería darle más poder del que ya tenía sobre mí—. Ella no es tuya. Ninguno de nosotros lo es.
Dio media vuelta y yo me quedé de pie, inmóvil.
—¿Crees que juego con Aurore?
—Sí. Entre nosotros ha florecido una bonita amistad, pues no tiene a nadie más en el mundo, excepto a su tío, por lo que temo que le rompas el corazón.
—Lo que siento por Aurore es especial, si eso te tranquiliza.
—Al menos hasta que te aburras de ella y pases a la siguiente.
Él sabía que yo tenía razón; quizá por eso cambió de tema, como siempre hacía cuando lo que se hablaba ponía en duda su íntegra moral cristiana.
—Antes me has pedido permiso para llevarte a Henriette a Saint-Germain. Te lo concedo. Puedes acompañarla, si lo deseas. Asegúrate de que esté cómoda y vuelve a Versalles con la máxima premura.
—¿Le permitirás quedarse en Saint-Germain hasta dar a luz?
—Sí —afirmó—. Si bien luego deberá regresar aquí. Y debes comprender que accedo a esta irregularidad solo por el afecto que te tengo a ti.
—¿Y a ella?
—Ella fue mi primer amor. Siempre será así, y una parte de mí siempre la amará —respondió, diplomático.
—Supongo que debo contentarme con eso.
—Hay muchas cosas con las que deberías contentarte y no lo haces.
Me acerqué a él, con las manos a mi espalda.
—¿Alguna vez has temido de verdad que te pueda despojar del trono para ocuparlo yo?
—Cada día de mi vida desde que me coronaron —admitió—. Temo que en cualquier momento la gente descubra que Philippe de Orleans es más inteligente, capaz y carismático que el Rey Sol que los gobierna.
—Y más divertido —añadí, provocándole una sonrisa.
Así era nuestra relación y siempre lo sería. Nos amábamos y nos temíamos, y cada vez que intentábamos alejarnos el uno del otro, acabábamos más unidos que nunca. Nadie, a veces ni siquiera nosotros mismos, comprendía el frágil lazo que nos unía y nos desesperaba.
—Y más divertido —confirmó—. Hablando de diversión… ¿Hay un nuevo favorito en tu vida?
—No.
—¿Seguro?
—He estado demasiado ocupado para fijarme en nadie.
La aparición de Aurore, nuestros continuos enfrentamientos y los paseos que compartíamos habían ocupado toda mi mente.
«Y también los recuerdos de la única noche que fue tuya», me dijo una voz traicionera, que opté por ignorar.
—El barón inglés al que debo engatusar y mantener seducido ocupa gran parte de mi tiempo —mentí con todo el descaro que fui capaz de fingir—. Y evitar que Aurore acabe metida en problemas también es una tarea a jornada completa.
Louis sonrió.
—Esta tarde he recibido una airada visita de María Teresa quejándose de la actitud impía de Aurore. Al parecer, se ha negado a rezar con ella para purgar cualquier pecado que haya podido cometer junto a ti, en París.
No pude evitar reírme. Casi pude escuchar a Aurore soltar a la reina un “¡Rezar, rezar! ¿Para qué?”. No era precisamente una mujer piadosa; cada vez que tenía que ir a misa lo hacía mascullando entre dientes, lo que siempre me divertía.
—Creo que necesitaría más de un rezo para expiar todo lo que Aurore y yo hemos hecho esta noche en París. —Intenté provocarlo, pero mi hermano se limitó a sacudir la cabeza.
—Me conformo con que no vuelvas a ponerte en semejante peligro.
—Y yo me conformo con saber que mantienes a María Teresa y a Athénaïs de Montespan alejadas de Aurore Bechard.
—Tienes mi palabra, y ahora, creo que es hora de recoger a nuestra dama.