Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Aurore XIV #2
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Aurore XIV #2

No sabía si la podía considerar una verdadera amiga —Philippe me había repetido por activa y por pasiva que no debía confiar del todo en nadie de la corte—, pero me sentía a gusto a su lado.

No formaba parte del círculo de confianza de Madame de Montespan, cosa que me aliviaba, pues las miradas de la favorita del rey parecían asesinarme cada vez que me cruzaba con ella en los salones.

Además, Lucille era despierta y divertida, y se abandonaba lo justo a los chismorreos que tanto parecían divertir a otras damas.

Era dos o tres años más joven que yo y pertenecía a la nobleza más baja.

No era mucho más rica de lo que lo era yo, aunque eso ella no podía saberlo, claro.

—Lucille, ¿creéis que se puede amar a dos hombres a la vez?

—Amiga mía, ni siquiera creo que se pueda amar a un hombre a la vez.

Su contestación me hizo estallar en carcajadas y me detuve para admirar el atardecer sobre los jardines de Versalles. Lucille de Valois también lo hizo.

—El amor es una trampa de la que ninguna de nosotras escapa indemne —dijo ella—. Amamos la idea del amor, pero rara vez amamos a los hombres tal y como son. Y cuando lo hacemos… Entonces estamos perdidas.

Sonreí ante su contestación. Miré hacia el horizonte, hacia los interminables jardines que parecían extenderse más allá del mundo conocido, buscando alguna respuesta en el dorado del cielo.

—Y vos, Lucille —dije—. ¿No habéis sentido nunca ese conflicto? Entre lo que queréis y lo que debéis hacer.

En lugar de responder de inmediato, Lucille se detuvo junto a un naranjo y acarició una de sus hojas con delicadeza, como si estuviera escogiendo con cuidado su respuesta.

—Lo he sentido, sí. Cada vez que mi hermano Stéphane me recuerda que debo casarme, yo insisto en desobedecerlo. Al final, en Versalles solo hay un conflicto que importe: el de sobrevivir o rendirse.

—Supongo que sí.

—Los hombres nos ven como piezas en su tablero, y poco más. Por eso el amor es un lujo que pocas pueden permitirse... y menos en la corte del Rey Sol.

La seriedad en su voz me hizo estremecer. Entre sus palabras pude ver un destello de una verdad que prefería no confrontar con nadie, ni siquiera conmigo. No insistí para no incomodarla.

—Así que —continuó, volviéndose hacia mí con una sonrisa—, no os torturéis demasiado con esa pregunta. Al final del día, no es esa cuestión la que debéis plantearos.

—¿Y cuál es?

—¿Os hace feliz amar a los dos? ¿Sois capaz de amarlos por igual? Y, lo más importante —se inclinó hacia mí, batiendo su abanico con picardía—: ¿Os complacen ambos en la cama?

Me eché a reír, sin contestar.

—Ah, ya veo que sí. Afortunada de vos, mademoiselle Bechard.

Sus palabras, tan ciertas como dolorosas, se me grabaron a fuego en el corazón mientras las sombras comenzaban a alargarse sobre los jardines.

¿Amaba a Louis? ¿Amaba a Philippe? ¿O simplemente era otra pieza más atrapada en este tablero, intentando encontrar su lugar en un juego del que nunca supe las normas?

—No me diréis quiénes son vuestros dos amantes, ¿no?

—No.

—Pero uno es su majestad, sin duda.

—Yo…

—Oh, vamos, no lo neguéis. Todos os vimos bailar juntos en el baile de máscaras. Desde entonces, Athénaïs de Montespan está tan furiosa que no necesita colorete en sus mejillas.

—Lucille.

—Solo confirmadme lo del rey. ¡Dadme ese placer!

Suspiré, divertida, y me crucé de brazos.

—Sí, uno es el rey.

—¡Lo sabía! Los salones van llenos de ese rumor —se alegró ella—. ¿Y cuál es el otro? ¿El marqués de Guiscard?

—No voy a contestar a eso, Lucille.

—Está bien. —Se abanicó con una sonrisa pícara—. ¿Es buen amante el Rey Sol? Louise de la Vallière asegura que tiene un arte incomparable en los placeres más… orales.

—Tampoco voy a contestar a eso.

—Por favor, necesito un poco de chismorreo. Mi amante actual es un auténtico patán en ese aspecto. No sabría qué hacer con la lengua ni aunque le dictase un poema al oído con instrucciones detalladas.

—Eso os pasa por enredaros con un inglés. Todo el mundo sabe lo pésimos amantes que son.

—Es cierto, admito que tengo gustos peculiares —replicó ella, y luego abrió mucho la boca de pura sorpresa—. Un momento, ¿cómo sabéis que mi amante es inglés?

—Ah —me reí—. Los rumores corren en todas direcciones, Lucille.

Ambas estallamos en carcajadas y me tomó del brazo para continuar el paseo.

—Quizá debería pedirle a Monsieur que nos invite a una de sus escandalosas fiestas. Así mi inglés aprendería un par de trucos a la francesa. ¿Qué opináis?

—Opino que si acudís a una de las fiestas de Monsieur , tened por seguro que vuestro inglés saldrá de ahí con un sinfín de nuevas perversiones que aplicar en la cama.

—¡Estupendo!

La alegría despreocupada de Lucille me hizo sonreír. Ella no tenía más responsabilidades que vivir la vida, escuchar chismes y divertirse con su nuevo amante, cuyo nombre ni siquiera conocía. En cambio, mi vida se complicaba más y más a cada día que pasaba.

Tenía la desasosegante sensación de que, en cualquier momento, perdería por completo las riendas que la controlaban.