Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Aurore XIV
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Aurore XIV

L a visión de Louis desnudo aún me subyugaba.

Era imposible negarlo. Su majestuosidad y la seguridad en sí mismo no desaparecían cuando la última pieza de ropa abandonaba su piel.

Su cuerpo conservaba esa elegancia natural que le confería no solo su estatus, sino la absoluta certeza de que era el centro del universo para todos los que lo rodeaban.

Incluso en los momentos más íntimos, Louis proyectaba ese aura de poder imbatible.

—¿Qué ronda tu mente? —me preguntó, apartándome un rizo rubio de la cara. Me besó levemente en los labios, haciéndome cosquillas con su fino bigote.

No podía contarle que me sentía culpable por sentir lo que sentía por su hermano, ni por el deseo que su carácter arrogante, licencioso y pendenciero despertaba en mí.

Tampoco que, en un arrebato de locura, me había entregado a él y le había jurado que mi alma sería suya.

¿Cómo podía explicarle todo eso a Louis y continuar afirmando que me sentía plenamente a gusto a su lado?

Había secretos en la corte que él nunca conocería, aunque fuera el Rey Sol que iluminase hasta el último rincón del palacio.

—Háblame de Versalles —dije, en cambio.

Al contrario de Philippe, a Louis no le parecía mal el tuteo y no se había molestado en corregir la forma de tratarlo, siempre y cuando se usase en un ámbito completamente privado. Nadie podía escucharme llamarlo por su nombre.

—No, háblame tú de Versalles .

Enredó un dedo en mis mechones y su mirada añil recorrió mi rostro.

—¿Yo, de Versalles? ¿Qué sé yo de tu precioso palacio?

—Muchos nobles lo consideran una prisión, aunque yo nunca quise que se convirtiera en eso. Lo concebí como un hogar para toda la aristocracia.

—No mientas —me reí, cruzando mi pierna por encima de su estómago, y mi descaro lo hizo sonreír una vez más—. Sé que querías tenerlos a todos aquí, controlados y distraídos en bailes, juegos de salón, banquetes y fuegos artificiales.

—Esas palabras suenan mucho a mi hermano —contestó, alargando la mano para recuperar la copa de vino que descansaba en la mesita de noche y que había dejado ahí mientras hacíamos el amor.

Louis había vuelto a sorprenderme con aquella mezcla de ternura y control que destilaba todo él.

Se había tomado su tiempo para acariciarme entera, para preparar mi cuerpo, para hacerme temblar las rodillas, para llevarme al punto de no retorno y que yo le suplicase piedad.

Había tomado mi mano y la había besado antes de entrar en mí, con mis piernas en sus hombros.

Había sido arrebatador; tuvo que cubrir mi boca con la suya para evitar que mis gemidos llegasen más allá de los Apartamentos del Príncipe.

—¿Te molesta mi amistad con Monsieur ?

—No pretendo inmiscuirme en vuestra relación, desde luego —murmuró—.

Mi hermano es infeliz por naturaleza, siempre lo ha sido, y admito que muchas veces he sido causa y partícipe de su infortunio.

Pero a veces Philippe parece olvidar que no nació plebeyo, sino príncipe de Francia.

Ni él, ni yo, ni siquiera Dios puede cambiar eso.

Me mordí la lengua para no decirle que estaba en sus manos concederle a su hermano lo que más deseaba: una campaña militar y vivir en Saint-Cloud, alejado de la corte.

No sería yo quien le insistiera para que mandase a Philippe a un lugar tan peligroso como la guerra.

Aquel simple pensamiento, el de imaginarlo lejos, en un frente, rodeado de cañones y pólvora, me sumía en una desesperación inconsolable y rezaba para que Louis jamás le concediese ese deseo malsano de destacarse al mando de los ejércitos franceses.

—No hablemos más de él —declaré, apoyándome en su pecho.

Porque sentía que si seguíamos hablando de Philippe, sería incapaz de disfrutar de la compañía de Louis.

—Está bien. Dime, Aurore, ¿cuál es tu lugar favorito de Versalles?

—Adivina.

—Los jardines —rio él—. O la Galería de los Espejos.

—Ese es el tuyo.

—Cuéntame cuál es, pues.

—En verdad tengo varios. Me encanta el Gran Canal. Y también la chambre du roi , pero solo si tú estás en ella. Solo tú —le dije, lo que le provocó una sonrisa—. Y también hay un objeto que adoro.

—¿Un objeto?

—Un cuadro que hay en el salón de Hércules.

—¿El de Zeus?

—Te equivocas de nuevo: el de Hades llorando por Perséfone.

Louis frunció el ceño, risueño.

—¿Te gusta la mitología?

—He leído la Metamorfosis de Ovidio al menos una decena de veces.

—Yo también —confesó Louis—. Recuérdame que un día de estos te acompañe a la biblioteca. Hay cientos de libros que seguro querrás leer. Puede que incluso podamos leerlos juntos.

Su entusiasmo me enterneció.

—Nada me encantaría más.

—Hace años que no leo por placer. Ante mis ojos solo pasan tratados, informes, negociaciones, discursos, acuerdos, convenios. Cuando era más joven me pasaba el día leyendo a los clásicos, pero ahora… Ahora simplemente no tengo tiempo para ese tipo de ocio.

—¿Cuál es tu ocio?

—Bailar, a veces. Escuchar música y cerrar los ojos, olvidarme de que el palacio de mis sueños se ha ido convirtiendo en uno de pesadilla.

Pasear por la Galería de los Espejos, sin nadie.

Ni Bontemps, ni guardias, ni ministros. Solo yo y lo que los espejos tengan a bien reflejar.

— Louis suspiró, y su mirada se perdió en algún lugar lejano—.

A veces pienso que me he convertido en mi propia prisión.

Lo miré, sintiendo una punzada de lástima por el hombre que tenía frente a mí. Era raro ver a alguien tan poderoso confesando tanta vulnerabilidad, pero era aún más raro que se lo permitiera a sí mismo.

Me acerqué un poco más a Louis y mis dedos rozaron el dorso de su mano.

—El rey de Francia siempre es el centro de todo, pero eso no significa que no puedas encontrar pequeños espacios para ti —le susurré—. Espacios donde solo seas... tú.

Louis me observó en silencio durante unos pocos segundos.

—¿Y tú? —preguntó con una leve sonrisa—. ¿Qué eres cuando nadie está mirando?

La pregunta me pilló por sorpresa. Esa no era una cuestión que esperase de nadie. Especialmente de él.

—Yo... —comencé, sin saber muy bien cómo responder—. A veces siento que soy tantas cosas para tantas personas, que me olvido de lo que realmente soy.

Louis me miró con un arrebato que hizo que mi piel se erizara y quise besarlo.

Quise besarlo con aquella misma intensidad con la que su mirada me atravesaba.

Y lo hice. Él pareció encantado con aquel impulso que me llevó directamente a sus labios y a sus brazos.

Advertí que sonreía entre beso y beso, y cuando sonreía de esa manera, parecía más Louis que nunca, y menos Rey Sol. Me gustaba mucho más así.

—O sea, el cuadro de Hades llorando por Perséfone. ¿Por qué? —Volvió al tema que habíamos abandonado en cuanto me volví a acurrucar en sus brazos. Pasé la mano por el suave vello de su pecho y aspiré el aroma que su cuerpo desprendía. Era diferente al de Philippe: más masculino, más duro.

Y me gustaba casi por igual .

—Supongo que me atraen los hombres con cierta oscuridad en ellos y las mujeres que saben apreciar esa negrura y aprenden a amarla —murmuré, mientras mis dedos seguían delineando su piel—.

La historia de Hades y Perséfone es una de oscuridad y luz.

Él, el eterno hermano segundón, el solitario; ella, la primavera, que por amor decide vivir en su reino sombrío.

Y que, a pesar de todo, se queda a su lado.

Louis me escuchaba con suma atención.

—Pero no es una historia de amor —dijo—. Perséfone no eligió a Hades. Él la tomó.

—No, al principio no fue una historia de amor —admití, con una sonrisa—. Pero luego Perséfone encontró en Hades algo que nadie más le ofrecía. Una oscuridad que, de alguna manera, la completaba. Ella no fue la misma después de conocerlo.

—¿Eso es lo que ves en mí? —preguntó, con una nota de incertidumbre en su voz—. ¿A Hades? ¿El dios que arrebata y encierra?

Acaricié su rostro con ternura.

—No, tú eres Apolo —respondí honestamente—. Y también un hombre que lleva el peso de un reino sobre sus hombros, alguien que está dispuesto a hacer lo que sea necesario para proteger lo que ama, incluso si eso significa sumergirse en las sombras del inframundo para lograrlo.

Louis suspiró, cerrando los ojos por un momento.

—Siempre pensé que el poder traía consigo libertad —murmuró—. Lo que no me dijeron es que también te aísla. Que todo lo que tocas lo posees, pero nunca te pertenece de verdad.

Incliné la cabeza, dejando que mis labios rozaran su oído. Su piel se erizó ante aquel contacto.

—Tal vez Perséfone nunca eligió a Hades al principio —susurré—.

Pero al final, ella siempre volvía a él, una y otra vez.

Y él la dejaba ir por amor. Cada año, durante seis meses, donde ella deseaba estar.

Debes amar a alguien de verdad para elegir dejarlo ir, a pesar de que su ausencia te destrozará .

No dijo nada. Las palabras quedaron suspendidas entre nosotros y poco a poco Louis cerró los ojos y se abandonó a un corto sueño que yo velé.

Me quedé despierta viendo cómo dormía, pensando en todo aquello que había de Louis en Philippe y viceversa, en todo cuanto podía amar de ambos y viéndome incapaz de renunciar a la admiración de uno y el fuego del otro.

Philippe jamás me amaría de la forma en que yo deseaba ser amada.

Siempre sería esclavo de sus pasiones. Y Louis jamás sería mío, pues su alma, su cuerpo y todo su ser pertenecían a Francia entera.

Y entre ambos hermanos, estaba yo, perdida del todo, entre el amor por el reino del Inframundo gobernado por Hades y la luz que irradiaba en la superficie y que esperaba la llegada de la primavera.

Aquella tarde Philippe no vino en mi busca para nuestro paseo y yo tampoco lo esperé. Acepté la invitación de Lucille de acompañarla a los jardines y paseamos juntas por la Orangerie durante las horas crepusculares.