Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Philippe XVIII
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Philippe XVIII

—¿Qué habéis hecho esta vez, Philippe?

—¿Qué os hace pensar que he hecho algo? —me escandalicé y, ante mi tono irritado, Henriette se echó a reír.

—¿Y cuándo no hacéis algo? Dejadme adivinar: organizasteis una fiesta en la que corrió el vino y los cuerpos desnudos y la reina se ha enterado y ha pedido vuestra excomunión.

—María Teresa pediría mi excomunión solo por mirarle el culo a un mosquetero.

—Es por esa Aurore, ¿verdad? Supe que era importante para vos cuando insististeis en presentármela.

—No he venido para que sigáis hablándome de asuntos profundos y sentimentales, sino para disfrutar de vuestra compañía.

—Como queráis. Me acabaré enterando tarde o temprano, aunque viva recluida y no me prodigue por los salones.

Puse los ojos en blanco.

—Muy bien, Minette . Resulta que Aurore y yo nos largamos a París, y puede que la haya arrastrado a sitios poco recomendables durante toda una larga noche de disoluto, depravación y libertinaje.

—¿Y…?

—Y puede que eso haya exasperado a mi real y muy soberano hermano.

—¿Por qué estáis tan enfadado?

—No lo estoy. Tengo resaca, por si queréis saberlo.

—Estáis absolutamente furioso con Louis .

No iba a admitirlo ante ella, pero sí, lo estaba.

Quizá porque por fin había decidido comportarse como un hermano y tomar en cuenta mis deseos, quizá porque había declarado su intención de seguir acostándose con Aurore, cuando yo había rezado para que fuese un capricho de una sola noche, quizá porque yo tendría que seguir cumpliendo sus órdenes por mucho que intentase rebelarme contra él, quizá porque una ínfima parte de él aún creía que sería capaz de traicionarlo.

Quizá porque, a pesar de todo eso, no podía evitar quererlo.

—¿Os han confirmado los galenos el embarazo? —cambié de tema.

Henriette sonrió, feliz, y se acarició el vientre por encima del corpiño.

—No es necesario que me confirmen nada. Una mujer puede saberlo sin ayuda de los médicos.

—¿Y cómo lo sabéis?

—Tengo los mismos síntomas que con Marie Louise y Anne Marie. Seguro que es una niña, Philippe.

Me arrodillé ante ella y la besé en ambas manos, feliz por su felicidad.

Para mí la paternidad era una obligación y, a la vez, una fuente de dicha.

Henriette y yo amábamos a nuestras hijas, cada uno a nuestra manera.

Mi esposa siempre aseguraba que eran lo mejor que había salido de nuestro matrimonio y yo estaba de acuerdo con ella.

Cada vez que visitábamos Saint-Germain, no podía evitar abrazar a Marie Louise y colmarla de besos.

Henriette siempre me acusaba de sentir debilidad por ella y no por la pequeña Anne Marie.

No podía negarlo. También me acusaba de no comportarme como un príncipe con nuestras hijas, porque insistía en jugar con ellas durante horas, saltando al estanque de los jardines o enseñándolas a cabalgar como muchachos.

Según Henriette, ningún noble hacía eso con su progenie.

—Una tercera hija será una bendición. Especialmente si es tan bonita y dulce como su madre .

Mi esposa se sonrojó ante aquellas palabras, lo que me hizo sonreír. La besé en la frente.

—¿Creéis que podríais pedirle a Louis que me dejase ir a Saint-Germain con nuestras hijas hasta que diera a luz? No soporto Versalles ni un día más.

Dejé ir un suspiro.

—Puedo intentarlo, aunque ya sabéis lo que piensa al respecto.

—Si alguien puede hacerle cambiar de opinión, sois vos.

—¿Querríais que os acompañase a Saint-Germain? —pregunté, apretando sus manos entre las mías.

—Algo me dice que precisamente ahora no os queréis alejar de la corte. —La miré, sin comprender a qué se refería—. Os vi bailar con ella, Philippe. Y juro por Nuestro Señor que llevaba años sin veros reír así.

—Exageráis, Minette .

—Os conozco desde que erais un niño irritante y afectado.

—Lo mismo digo.

Me incorporé y me coloqué bien la casaca y las mangas que sobresalían de ella.

—En fin, ¿queréis acompañarme a misa? Tengo mucho que confesar tras una noche en París.

—Sois incorregible de verdad.

Louis nunca faltaba a misa. Jamás.

Toda la corte estábamos acostumbrados a que él se situase en el único palco de la capilla, a solas, viendo cómo todos y cada uno de nosotros obedecía sus órdenes y tomábamos la comunión.

—¿Está su majestad enfermo? —me preguntó Henriette.

—Estará enredado entre las afiladas piernas de Athénaïs de Montespan .

Mi esposa me dio un suave golpe en el brazo para que me callase y luego señaló a sus espaldas con un leve ademán de la cabeza. Miré por encima de mi hombro. Ahí estaba la Montespan.

—Pues entonces debe estar planeando una nueva invasión en las Provincias Unidas.

Pero sabía que no se trataba de nada de eso.

Mi hermano llevaba una vida ordenada, regida por el protocolo que me había obligado a redactarle y que yo me había tomado como una broma pesada suya.

Él no; lo cumplía a rajatabla, convencido de que dar ejemplo era la mejor forma de inspirar a sus conspiranoicos y aburridos nobles a hacer lo mismo.

Que un asunto lo alejase de su rutina diaria era una extraña excepción.

La intuición me dijo que dudosamente estaría afectado por el envenenamiento de uno de sus ministros de confianza.

No lo encontraría llorando en su cámara real.

Para Louis, la vida siempre continuaba. Y con toda probabilidad estaba continuando junto a la compañía de Aurore, ya que ella también se había ausentado.

Cuando la misa terminó, estaba decidido a meterme en la cama para dejar que la resaca desapareciera del todo, pero Oliver Ward se acercó a mí al salir de la capilla real.

—No os vi anoche en el ballet, alteza.

—Decidí que no tenía ganas de ver a mi hermano disfrazado de Apolo bailando un pasacalle.

—Pues estuvo magnífico.

—Siempre lo está, es uno de sus muchos dones.

—¿Qué planes tenéis para esta tarde?

Lo miré, ligeramente interesado en lo que pudiera proponerme.

—Quizá pasarme horas y horas perdido en vuestro trasero, barón —lo provoqué, y él sonrió.

—Eso es muy escandaloso.

—No tanto como vos cuando os bajo los calzones.

Oliver soltó una carcajada, mientras los pocos cortesanos que salían de la capilla nos lanzaban miradas furtivas de desaprobación. Me trajo sin cuidado. El escándalo era casi una moneda de cambio en la corte de Versalles y yo siempre me aseguraba de tenerlo en abundancia.

—Sois incansable, alteza —replicó él, inclinándose ligeramente hacia mí con una sonrisa que dejaba claro que no estaba para nada ofendido por mi lengua—, pero me temo que hoy no será el día en que os deleitéis conmigo. Tengo otros compromisos más urgentes.

—Una lástima. —Me hice el desinteresado, aunque sabía que su juego de desaires solo me incitaba más. A Oliver le gustaba que lo persiguieran, pero nunca lo admitía en público—. Supongo que tendré que entretenerme de otra manera, entonces.

—Siempre podéis visitar a vuestro hermano —sugirió él, con un tono que no pudo ocultar su picardía.

Puse los ojos en blanco y me acerqué más a él, bajando la voz.

—¿Y qué diversión encontraría en eso? No necesito que Louis me sermonee sobre cómo debería comportarme o con quién debería acostarme.

Oliver sonrió de nuevo, pero esta vez había un brillo de interés en sus ojos. Sabía algo, algo que probablemente yo también debería saber.

—Reuníos conmigo en el pabellón de caza antes del atardecer, y venid solo.

—Eso suena a conspiración —dije, ladeando la cabeza.

—O a una cita secreta, quizá.

Sin decir una palabra más, me di la vuelta y salí del salón.

Mi mente era una vorágine de pensamientos contradictorios.

¿Qué necesidad tendría Oliver de citarme en el pabellón de caza?

¿Para qué? El envenenamiento de Colbert era aún un secreto y nadie lo sabía, y aunque Oliver se hubiese enterado, ¿en qué le afectaría a él?

Me sentí enredado en una telaraña de la que nunca podría escapar.

Una que me oprimía y me obligaba a interpretar un papel que yo jamás había pedido.

Llegué a mis aposentos con la cabeza aún dando vueltas, no solo por mi fugaz visita a París y la divertida compañía de Aurore, sino también por la conversación que había tenido con Louis.

Me contemplé en el espejo de pie veneciano que había en mi vestidor.

La superficie me devolvió mi reflejo, pero no contestó ninguna de las preguntas que bullían en mi mente.

Me dejé caer en una silla, con el corazón dividido entre la lealtad a mi hermano y el creciente deseo de proteger lo que tenía con Aurore, fuera lo que fuera.

«¿Qué me has hecho, ma petite furie ? ¿En quién me has convertido?».