Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Aurore XVIII
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Aurore XVIII

D ejé a Colbert durmiendo tras administrarle la infusión de ruibarbo.

Tío Lambert siempre decía que para combatir el efecto de un veneno, tan solo podías contar con dos factores: la rapidez con que se detectaba el tóxico y la fortaleza del cuerpo que debía expulsarlo.

Colbert había dejado pasar muchas horas hasta pedir ayuda y era un hombre entrado en la cincuentena.

No tenía demasiadas esperanzas puestas en su recuperación.

Regresé a mi habitación con paso cansado y sintiéndome culpable por haberme escapado con Philippe. No tendría que haberlo hecho.

Al parecer, la reina María Teresa pensaba igual que yo cuando fui a visitarla.

—Mi cuñado y vos sois la comidilla de toda la corte, Aurore —me recriminó, mientras la examinaba.

Me sorprendió saber que las noticias de nosotros dos volviendo al palacio con la cabeza baja, como dos niños pillados en una travesura, ya habían corrido por todos los pasillos y salones de Versalles—. ¿Qué hay de vuestra decencia?

—No soy una dama, así que la decencia no es algo que deba preocuparme a estas alturas. Su majestad me paga para ocuparme de vos, no de mi moralidad —repliqué, con la paciencia a punto de explotar.

La reina María Teresa entrecerró los ojos, claramente ofendida por mi respuesta. Me di cuenta de que había cruzado una línea peligrosa, pero no estaba dispuesta a disculparme.

—A veces, creo que olvidáis vuestra posición —dijo en voz baja—. No importa si no sois una dama. Vuestra cercanía a Monsieur os pone bajo el escrutinio de todos en la corte. Y, aunque digáis que la decencia no os preocupa, os aseguro que la corte de Versalles siempre la tendrá en cuenta.

No pude evitar dejar escapar un suspiro de puro agotamiento. Había estado lidiando con tanto en tan poco tiempo, y ahora, incluso la reina parecía decidida a recordarme las reglas no escritas que gobernaban nuestras vidas en aquel palacio. Estaba empezando a hartarme de verdad.

—¿Y qué es lo que esperáis de mí, majestad? —pregunté, cruzándome de brazos—. Que viva como si no existiera, en las sombras, para no molestar a nadie con mi presencia ni mis actos. ¿Eso es lo que queréis?

—Lo que quiero es que no contribuyáis a las indecencias de Versalles, si queréis servirme. Lo que hagáis en la corte, os guste o no, tendrá consecuencias.

—Me temo que ya las estoy sufriendo.

—Rezad conmigo y con la señora de Villena para purgar los pecados que hayáis cometido junto a Monsieur en París.

—¡Rezar, rezar! —exclamé, hastiada—. ¿Para qué? ¿Qué le importa a Dios que una plebeya como yo haya visitado un par de tabernas en compañía de su alteza?

Mi tono no agradó en absoluto a la reina, que me despachó con enfado, asegurándome que esa mañana pasearía en compañía de Elvira Villena.

«Pues muy bien, al diablo con todo», me repetía a mí misma mientras regresaba a mi habitación para esconderme de todo Versalles.

Excepto que no podía esconderme de él.

— Sacrebleu , majestad —me sorprendí al encontrarlo mirando a través de la ventana de mi cámara.

Louis esbozó una sonrisa contenida al verme llevar una mano al corazón por el sobresalto de hallarlo ahí.

Como era habitual en él, vestía con colores claros y luminosos y, a la luz del sol de la mañana, su casaca brocada de un bonito tono gris plateado brillaba como nunca.

Los adornos dorados destacaban sobre la tela, así como los puños bordados con opulentos volantes de encaje.

Su aire solemne y majestuoso no me dejaría de afectar nunca, comprendí.

Me incliné ante él.

—Pensaba ir ahora a vuestro encuentro —mentí.

—No sois capaz de comportaros como se espera de vos, ¿me equivoco?

Aquella pregunta me tomó por sorpresa.

—No sé qué se espera de mí, excepto cuidar de la salud de la reina y del hijo que lleva en su vientre.

—Y tampoco sois capaz de acatar las órdenes de vuestro rey.

—Que yo sepa, jamás me distéis la orden de no frecuentar la compañía de su alteza el duque de Orleans.

Louis se miró las manos repletas de anillos dorados y sonrió de nuevo.

—¿Serviría de algo prohibiros acercaros a mi hermano?

—Serviría para privarme de la única persona en Versalles con la que me siento yo misma.

—¿Qué hay de mí, Aurore?

Parpadeé con sorpresa.

—Vos sois el rey.

Asintió, apartándose de la ventana y caminando hacia mi cama, donde se sentó, sin dejar de girar los anillos que adornaban sus dedos. Yo permanecí quieta, de pie, sin saber qué hacer o decir.

—Me he acostado con cientos de mujeres a lo largo de mi vida —habló, con tono cansado—.

Sirvientas, campesinas, damas. Y siempre he tenido la sensación de que muy pocas de ellas se entregaban a mí por puro deseo.

Sabían perfectamente que estaban en la cama con el rey de Francia, pero…

¿Cuántas de ellas estaban con Louis? Simplemente con Louis.

Extendió su mano hacia mí. Dudé un instante, pero la acepté. Me atrajo suavemente hacia él y, con delicadeza, acarició mis nudillos, recorriendo mi piel con inesperada ternura.

—Estoy cansado de sentirme solo, Aurore.

—Pensé que un rey nunca se sentía solo.

—Un rey siempre está solo.

Me senté a su lado y dejé que mi mano acariciara aquel rostro tan perfecto y hermoso. Louis cerró los ojos ante mi toque, permitiendo que mis caricias lo envolvieran.

Aunque no sabía mucho de política, bien entendía que la mitad de Francia amaba a Louis XIV, mientras que la otra mitad le temía.

Siempre pensé que yo pertenecía a ese segundo grupo, pero ahora, al verlo tan vulnerable, tan humano.

.. después de haber probado el calor de su boca y la suavidad de su piel, ya no estaba tan segura de ello.

Dios mío, ¿era posible amar a dos hombres tan distintos?

Louis abrió los ojos despacio, y descubrí en ellos una mezcla de anhelo y cansancio, como si cada palabra que había pronunciado llevase siglos pesando sobre sus hombros. Llevó mi mano a sus labios, dejando un beso casi etéreo en la piel de mis nudillos.

—No quiero ser solo el rey para ti —susurró. No me pasó por alto cómo había cambiado su trato—. No quiero ser una corona, una figura distante en la corte. Quiero ser más que eso... al menos para una persona.

Me quedé sin palabras, intentando comprender lo que aquel hombre —el hombre más poderoso de Francia— me estaba pidiendo. ¿Qué podía ofrecerle yo que no tuviera ya? Él tenía el mundo entero a sus pies y, sin embargo, allí estaba, buscando algo que ni todas las riquezas ni el poder podían darle.

—No sé qué esperas de mí —murmuré con total honestidad, devolviéndole el tuteo.

Louis sonrió con una melancolía que no había visto antes en su rostro.

—No espero nada que no quieras darme.

Con esa afirmación, me liberó de una presión que ni siquiera sabía que sentía.

Su sinceridad, despojada de todo el orgullo regio que normalmente lo envolvía, lo hacía parecer más cercano, más humano.

En ese momento, sentí una profunda pasión por él.

Me acerqué un poco más y apoyé mi frente en la suya .

El silencio que compartimos fue más elocuente que cualquier conversación. Sus manos, elegantes y suaves, envolvieron las mías, y me encontré sin fuerzas para apartarme.

—¿Es esto lo que quieres, Louis? —pregunté, en un susurro—. ¿A alguien que vea al hombre detrás del rey?

Él asintió, cerrando los ojos una vez más, como si mis palabras fueran un bálsamo que llevaba demasiado tiempo buscando. Era un simple anhelo de conexión, de calidez humana, y lo deseaba conmigo.

—Eso es lo que quiero. —Su voz se quebró ligeramente. Admitir aquello le costaba, pero lo estaba haciendo—. Quiero sentirme como Louis, no solo como el rey.

—¿Quieres una confesión? —murmuré, sin separar mi frente de la suya.

—¿Es escandalosa? —sonrió, recordándome más que nunca a Philippe.

—Un poco.

Su sonrisa se ensanchó.

—El primer día que pasé en Versalles, tu hermano me advirtió de lo que podrías exigirme si te sentías atraído por mí y yo…

rechacé de lleno aquella insinuación. El simple hecho de tener que entregarme a ti por obligación me resultaba impensable —dije, y noté cómo Louis contenía el aliento—.

Pero luego, cada vez que te tenía delante y miraba más allá del rey…

aquel sentimiento empezó a cambiar. Entonces me besaste en los jardines y me pediste que acudiera a tu cama, en mitad de la noche.

Que Dios me perdone si admito que obedecí de buena gana, deseando ser besada de nuevo por ti. Por Louis.

Su mirada intensa se clavó en la mía, intentando leer cada rincón de mi alma. No había reproche en sus ojos, solo esperanza.

—¿De buena gana? —susurró, su voz ahora apenas audible, como si no terminara de creerse lo que acababa de escuchar.

Asentí. No le mentía. Sentí el calor de su cuerpo irradiar en el silencio, y me sorprendió lo fácil que era estar cerca de él cuando se despojaba de su título, de las capas que lo aislaban del mundo y lo convertían en un monarca divino.

En ese momento, Louis no era el Rey Sol, sino solo un hombre buscando refugio en mitad de la tormenta.

—Louis... —empecé a decir, pero él me interrumpió, deslizando sus manos por mi rostro.

—No digas nada —pidió—. No arruines este momento con palabras.

Sus labios encontraron los míos, esta vez con una preciosa delicadeza. La urgencia habitual del rey, el hombre acostumbrado a tenerlo todo, no estaba allí. En cambio, sentí su necesidad de ser aceptado, de ser querido, no como el monarca imponente, sino como el hombre detrás del poder.

Me dejé llevar por aquel beso, más profundo que cualquiera que habíamos compartido antes, y me dejó sin aliento porque sentía que trascendía todo lo físico que había ocurrido entre nosotros.

Había pasión, la misma que encontré en la boca de Philippe, pero también una conexión que hablaba a través de sus finos labios abriéndose paso entre los míos.

Cuando finalmente nos separamos, su frente volvió a apoyarse en la mía. Su respiración era pesada, no tanto por el deseo que lo invadía, sino por el peso emocional que llevaba consigo y que parecía haber soltado en mis brazos.

—Quiero que seas la única que vea al hombre que soy —dijo, su voz firme y ronca.

Nunca había imaginado ser más que una sombra en la vida del soberano de Francia y ahora, aquí estaba, pidiéndome ser su… ¿Su favorita?

—Y yo... no quiero verte solo como el rey.

Las palabras salieron de mis labios antes de que pudiera detenerlas, pero eran verdad. Tan verdad como el deseo que su boca sobre la mía encendía.

—Entonces, por unas horas, no seré el rey —declaró, empujándome suavemente hacia la cama.

Sus ojos, cargados de promesas, reflejaban un profundo deseo que iba más allá de los títulos y el poder.

En ese instante, la realeza se desvaneció en él y solo vi a Louis, y pude comprender por qué Philippe lo amaba con semejante lealtad.

¿Por qué yo no podía hacer lo mismo, sin traicionar lo que sentía por el hermano pequeño?