Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Philippe XVII
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Philippe XVII

—¿Es que nunca aprenderás, Philippe? ¿De verdad creías que ibas a poder escabullirte de Versalles otra vez sin que yo me enterase?

Louis estaba enfadado, aunque no tanto como había esperado. Más bien era una mezcla entre disgusto, tristeza y decepción: su hermano pequeño comportándose una vez más como la honte du Roi Soleil . Nada nuevo bajo el cielo para ninguno de los dos.

—Sí —contesté—. No creo que realmente te importe lo que tu hermano haga en sus noches.

—Y no me importa. Tus noches son tuyas. Siempre te he dado libertad para vivir tu vida, y lo único que te pido a cambio es que cumplas con tu papel.

—Ya lo hago. Le he dado hijas a Francia, me casé con quien me ordenaste, acepto todo cuanto dispones para mí… Sin quejarme.

—¿Sin quejarte? —rio frustrado mi hermano, poniendo los ojos en blanco y apretando las manos contra los reposabrazos de su silla favorita.

—¿No esperarás que pase siempre por el aro sin decir dos o tres palabras al respecto, no?

—No serías Philippe de Orleans si lo hicieras.

—Pues entonces deja de poner el grito en el cielo simplemente porque me he largado a París una noche sin haberte pedido permiso, Louis. ¿Por qué tienes que ser siempre tan controlador?

—¡Porque yo soy Francia! —golpeó con el puño el antebrazo de su trono y se levantó, airado—. Y todo lo que ponga en peligro el futuro de Francia me atañe y me desvela.

—Yo no soy el futuro de Francia, solo un anexo.

—No —replicó, acercándose a mí—. Si el Delfín muere y yo no tengo más varones, tú serás rey. O lo serán tus hijos, si llegas a tenerlos.

—Cuentas con una docena de niños bastardos que puedes legitimar en cuanto te plazca. No me necesitas ni a mí ni a mis descendientes para asegurar nuestro linaje.

—Sea como sea, no puedes exponerte de esa manera a los peligros, Philippe.

—¿O sea que solo temes que el futuro de Francia peligre si yo muero y no por el dolor de perder a tu único hermano?

—¿Por qué crees que son excluyentes?

—Dímelo tú.

Louis sacudió la cabeza, exasperado por mi actitud.

—Siempre te he querido, Philippe —declaró—. Desde que naciste, confié en ti.

—Discúlpame si lo pongo en duda.

—Ya, ya sé lo que opinas de mí: que soy un rey manipulador y ambicioso.

—Lo eres.

—Puede, pero que sea rey no me impide ser hermano también. Crees que no te envío a la guerra por miedo a que tus victorias y la fama que consigas con ellas me opaquen. No es cierto.

—¿No? Temes cualquier figura que pueda hacerle sombra al Rey Sol, incluida la mía.

—Eres tan avispado para lo que quieres y tan obtuso para lo que te niegas a ver —suspiró él, y en sus ojos añiles vi un profundo dolor, uno que no le había visto antes—.

No te mando a la guerra porque, si te ocurriese una desgracia, la vida sin ti sería absolutamente insoportable.

Puedo tener diez hijos varones que opten al trono de Francia, pero no puedo reemplazar a mi hermano Philippe.

No supe qué responder a eso.

—¿Qué deseas para ser feliz? —me preguntó, clavando su mirada en la mía—. Siempre has anhelado la guerra y estoy dispuesto a ceder al respecto, porque ya no soporto ver tu continua infelicidad paseando por los salones de Versalles. Así que dime: ¿quieres ir al frente?

La intensidad en los ojos de mi hermano me descolocó, algo que no sucedía a menudo.

Louis no solía mostrar vulnerabilidad ante nadie.

El Rey Sol no se quebraba, no dejaba que los mortales lo vieran dudar ni por un segundo.

Y, sin embargo, allí estaba, delante de mí, haciendo una confesión que removía los cimientos de todo lo que siempre había creído cierto de nuestra relación.

—¿La guerra? —repetí, casi incrédulo—. ¿Lo permitirías?

—Si es lo que deseas, sí —contestó con firmeza—, pero entiéndeme bien, Philippe: no es un capricho lo que te ofrezco. Estoy dispuesto a darte un mando y una campaña, no porque quiera deshacerme de ti ni porque te vea como una amenaza a mi reinado. Lo hago por ti.

Miré a Louis. El escepticismo no lograba abandonarme.

Durante años, le había echado en cara que no me permitiera destacar en el campo de batalla, siempre pensando que lo hacía por temor a que mi figura ganara popularidad o que mi éxito opacara su brillo.

Pero ahora, al escucharle, me asaltaba una duda completamente nueva.

¿Y si todo ese tiempo había estado equivocándome respecto a él?

—¿Y cuál es la trampa? —pregunté, cruzándome de brazos—. Porque con Louis, siempre hay una trampa.

Sacudió la cabeza, aunque la sombra de una sonrisa tironeó sus labios.

—No hay ninguna trampa. Te lo juro. Solo quiero que encuentres aquello que te llene, aunque eso sea entrar en el campo de batalla.

El aire en la habitación se tornó denso.

Louis me estaba dando una vía de escape, una que siempre había anhelado, pero aceptar esa oferta era también admitir que tal vez mi vida no giraba únicamente en torno a desafiarlo.

Por años había hecho de la resistencia a sus deseos parte de mi identidad.

¿Y si mi lucha no era con él, sino conmigo mismo?

—Siempre te quejas de la prisión que es Versalles —continuó Louis—. La opulencia, las reglas, las miradas de la corte. Te prometo una nueva campaña en el frente, si es lo que deseas. Pero tienes que decírmelo tú.

Por un momento, imaginé la posibilidad. La guerra, la libertad lejos de las paredes doradas de Versalles, la posibilidad de ganar gloria en el campo de batalla, en lugar de en la cama de algún noble aburrido.

¿Era eso lo que quería? Miré a Louis, sin acabar de creerme lo que me ofrecía en bandeja de plata, hasta que mi mente, ofuscada por la resaca, cayó en una nueva posibilidad, un motivo oculto por el cual mi hermano querría enviarme lejos de Francia.

—¿Me quieres alejar de París porque temes que esté involucrado con la Nueva Fronda?

—¿Lo estás? Tus continuas escapadas son, como mínimo, sospechosas. ¿Con quién te reúnes ahí?

—Con borrachos, meretrices y actores.

—¿Con nadie susceptible de estar preparando una revuelta contra la corona?

—¿Cómo puede ser que, después de todo lo que hemos vivido juntos, continúes creyendo que sería capaz de traicionarte?

—No lo creo, pero debes comprender que un rey debe desconfiar de todo y de todos.

—No de mí.

Su silencio fue más que elocuente y yo acepté la estocada con toda la dignidad posible, la cual no era mucha teniendo en cuenta que tenía resaca, apenas había dormido y mi hermano sugería que podía estar liderando la Nueva Fronda.

Me senté en un escabel y escondí la cara entre mis manos, tomándome un momento.

Louis permaneció en silencio mientras yo me recomponía, hasta que consideró que ya había tenido tiempo suficiente:

—Júrame que no eres un frondero. Júramelo por lo que más ames en este mundo.

—¡Tú eres lo que más amo en este mundo, pedazo de majadero! —estallé—. No voy a dignificar tus sospechas con ningún juramento. O confías en que no formo parte de la Nueva Fronda o no lo haces, pero no voy a jurar nada solo para dejarte más tranquilo.

Nos sostuvimos la mirada durante un largo minuto. Louis pareció aceptar, por el momento, que yo no tenía nada que ver con la Nueva Fronda y me puso una mano en el hombro.

—Está bien. Perdona por sospechar de ti. El envenenamiento de Colbert me ha trastocado más de lo que quiero admitir.

—¿Crees que podría ser obra de un frondero que vive en la corte?

—Creo que podría ser obra de uno de los múltiples enemigos que quieren ver Versalles caer en desgracia. No lo permitiré, puedes estar seguro de ello. Sea como sea, cambiemos de tema, hermano.

—Muy bien: creo que Henriette podría estar embarazada —dije lentamente y él pareció un poco sorprendido por aquella información.

—Y es… ¿Tuyo? —preguntó, cauteloso.

—Tuyo desde luego no es.

—Creía que vosotros dos ya no… ya no teníais esa intimidad.

—Henriette deseaba ser madre de nuevo —me limité a contestar—. Quiero confirmar su embarazo y esperar a que este llegue a buen término. Luego, puedes enviarme a la guerra.

—¿Es eso lo que quieres?

Por una vez, bajé mis ojos hasta el suelo. Porque pensé en Aurore y en la simple idea de dejarla atrás para irme a luchar al frente. El pensamiento era insoportable.

—No lo sé —me sinceré.

—Entonces, ¿qué es, Philippe? Dímelo. Porque no quiero seguir viéndote como un alma en pena por mis salones.

—Solo quiero ser libre —dije al fin, en un susurro—. Libre de las expectativas, de ser tu sombra, de todo lo que la corte espera de mí.

Louis asintió, y por primera vez en mucho tiempo, parecía que comprendía de verdad lo que yo estaba diciendo.

—La libertad no es algo que puedas encontrar en la guerra, ni tampoco huyendo a París cada vez que el aburrimiento te consume. No obstante, te prometo que buscaré la manera de dártela. Aunque sea en el pequeño espacio que tenemos dentro de estas paredes.

Me quedé en silencio, sin saber qué decir. Era la primera vez que Louis no intentaba controlarme, que no trataba de moldearme a su conveniencia. Al menos, aparentemente. Sabía que detrás de ese ofrecimiento se escondía el perpetuo miedo a que su hermano se levantase en armas contra él.

—Piensa en ello, Philippe. En lo que realmente quieres —dijo—. Si es la guerra, te la concedo. Si es algo más, haré lo que esté en mi poder para que lo tengas. Pero, por favor, no sigas enfrentándome como si todo lo que hago fuera una conspiración en tu contra. Estoy cansado de perder a mi hermano.

Asentí, sin saber qué más decir.

—Respecto a tu relación con Aurore… —soltó, poniéndome en inmediata tensión—. Nunca preví que estrecharíais lazos como lo habéis hecho.

—¿De qué hablas?

—¿Crees que puedes engañarme?

—Aurore y yo compartimos muchas cosas, pero no lo que tú crees.

En el rostro de Louis se dibujó una expresión que yo conocía muy bien; era la misma que ponía cuando veía a través de todas mis fachadas.

—¿Ah, no? —dijo.

—Somos amigos.

—¿Te estás enamorando de ella?

Aquella pregunta me golpeó como una bofetada. Aurore me había sorprendido, confundido, irritado, intrigado de maneras que ni siquiera mis aventuras más desenfrenadas habían logrado. Pero, ¿enamoramiento? Esa palabra estaba fuera de lugar en mi vocabulario habitual.

—No digas tonterías —contesté con sinceridad—. ¿Enamorarme de Aurore? Nunca.

—Bien. Porque me he dado cuenta de cómo te mira ella.

«¿Cómo me mira Aurore?», parpadeé, confuso.

—Quizá sea mejor trasladarla de los Apartamentos del Príncipe —sugirió—. No fue justo por mi parte responsabilizarte de su presencia en Versalles.

—No, no la traslades. Su presencia en mis habitaciones me hace…

—¿Sí? —enarcó una ceja mi hermano, esperando mi respuesta.

—Feliz. Somos amigos, disfrutamos de nuestra mutua compañía. Y juré protegerla mientras estuviera en la corte. No pienso faltar a mi palabra.

Louis me miró con esa expresión severa que solía usar cuando estaba sopesando un asunto importante.

Podía ver cómo su mente medía las consecuencias de lo que estábamos hablando.

La idea de trasladar a Aurore parecía una estrategia para evitar que algo más se desarrollara entre nosotros, y ese simple pensamiento me molestó.

—Así que feliz, ¿eh? —repitió, como si saboreara la palabra, tanteando su verdadero significado.

—Sí —dije con firmeza—. No hay muchos en Versalles con los que pueda ser yo mismo. Aurore es diferente. No la veo como tú crees.

Louis suspiró y sus ojos se suavizaron por un momento. A veces era fácil olvidar que, debajo de todo ese aire de divinidad, había una persona.

—Si te hace feliz, entonces que sea así. Por el momento, al menos —concedió—. Pero recuerda esto: la felicidad es efímera en nuestra posición. Lo que hoy te da alegría, mañana puede ser la fuente de tu desgracia.

Louis había aprendido esa lección de la manera más dura, viendo cómo aquellos que una vez lo habían rodeado con sonrisas y promesas le clavaban cuchillos por la espalda.

Nuestro tío Gastón había liderado la Fronda que casi acabó con su reinado cuando apenas era un crío y la aparición de una Nueva Fronda lo inquietaba, porque su desconfianza nunca había dejado de crecer alrededor de los nobles sobre los que reinaba.

—Lo mismo te digo respecto a Athénaïs de Montespan. No te ama. Nunca lo ha hecho.

—¿Crees que no lo sé?

—¿Y por qué estás con ella?

—Quizá ya no quiera estar con ella.

Louis se dirigió hacia la puerta, pero se detuvo antes de salir, girándose para mirarme una última vez.

—He compartido cama con Aurore —me informó, y yo mantuve el semblante lo más indiferente posible ante aquella declaración que no me había esperado recibir—. Y, si ella consiente, pienso volver a hacerlo.

Sentí una oleada de rabia subir por mi pecho mientras escuchaba el sonido de sus pasos alejándose, pero no supe discernir si el origen de aquella ira era la desconfianza de mi hermano hacia mí o la afirmación rotunda de que pensaba convertir a Aurore en su nueva favorita.