Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Aurore XVII
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Aurore XVII

E n algún momento de nuestro sueño etílico, abracé a Philippe y apoyé la cara en su espalda y él ronroneó, satisfecho por mi cercanía. O puede que fuera al revés.

Soñé con él, de todas formas. Soñé con la manera en que se había metido uno de mis pechos en su boca, en público, aunque a diferencia de lo que había ocurrido en ese salón, en mi sueño había llegado hasta el final ahí mismo, también en público.

Y no me importó en absoluto formar parte de aquel libertinaje sucio y descarnado del que Philippe hacía gala sin vergüenza alguna.

Aún estaba arrullada por aquel maravilloso sueño cuando escuché su voz:

—Dios mío, Bontemps, no quiero saber cuánto tiempo lleváis ahí vigilándonos como un tarado.

«¿Bontemps? ¿Qué pinta Bontemps en mi sueño?», alcancé a pensar.

Luego abrí un ojo. Y al abrir el otro, pegué un grito.

—¡ Sacrebleu ! —exclamé, al ver al ayuda de cámara del rey frente al lecho de Philippe.

Volví a gritar al darme cuenta de que estaba parcialmente desnuda.

Me cubrí con las sábanas a toda prisa. Necesité unos pocos segundos para recordar que no estaba en Versalles, sino en el Palais Royal y que había dormido junto a Philippe, quien también estaba parcialmente desnudo, pero que, al contrario que yo, no parecía sobresaltado por la presencia de Bontemps. Solo fastidiado.

—Un carruaje os espera para llevaros a ambos de vuelta a Versalles. Os ruego un poco de premura al respecto.

—¿Es que su majestad no puede tolerar mi ausencia durante unas pocas horas?

—se quejó Philippe, ignorando la orden de Bontemps y estirándose en la cama como un felino perezoso e insubordinado—.

Ya que estáis aquí, he comprado una caja de licor de ajenjo clandestino.

Dad la orden de llevarlo a los Apartamentos del Príncipe y de dejar varias botellas en mi gabinete.

Bontemps hizo caso omiso de aquella indicación.

Yo permanecía callada, sin saber qué decir, cubriéndome el pecho con la sábana.

El ayuda de cámara se fijó entonces en mí y su mirada, desaprobatoria, fue suficiente para hacerme sentir profundamente avergonzada por haber sido descubierta en aquella situación tan comprometida.

—De su alteza el duque de Orleans puedo esperarme cualquier cosa, pero vos, mademoiselle Bechard, estáis bajo órdenes directas de su majestad. Confiaba en una conducta más apropiada de vuestra parte.

Antes de que pudiera contestar a eso, Philippe se levantó como un rayo de la cama y atrapó a Bontemps por el cuello, sin preocuparse de su propia desnudez. El ayuda de cámara lanzó un leve grito de sorpresa e intentó zafarse de aquella garra que le apretaba la garganta, sin conseguirlo.

El agarre y la furia de Philippe parecían hechos de puro hierro cuando escupió estas palabras:

—A mí puedes decirme todas las bajezas que quieras, Bontemps, pero juro por toda Francia que si vuelves a dirigirte a ella así, yo mismo me encargaré de que aparezcas muerto en una celda de la Bastilla.

—¡Alteza! —hablé por fin—. Por favor, soltad a Bontemps.

La ira de Philippe se reflejaba en sus ojos aguamarina y en los músculos tensos de sus brazos, y vi que necesitó de toda su fuerza de voluntad para dejar ir al ayuda de cámara.

Bontemps boqueó, recuperando el aliento y la compostura con la mayor rapidez posible.

Ignoró la figura furiosa del duque de Orleans para dirigirse de nuevo a mí.

—Daos prisa, mademoiselle Bechard. Se requieren vuestros servicios en palacio.

—¿Qué ha ocurrido? ¿La reina? —me alarmé.

—No. —Bontemps se acarició la dolorida garganta y luego añadió—: Colbert ha sido envenenado.

—¿Colbert? ¿Uno de los ministros de su majestad? —le pregunté a Philippe una vez que estuvimos en el carruaje de regreso a Versalles y este avanzaba a toda prisa hacia el palacio.

Él se masajeó la sien, fastidiado, mirando el paisaje que dejábamos atrás conforme atravesábamos los espesos bosques que separaban París de Versalles.

—No conozco a otro Colbert.

—¿Y cómo sabía Bontemps dónde estábamos?

—Y yo qué sé —repuso Philippe, de visible mal humor. O puede que fuese la resaca. O ambos.

No dije nada más, puesto que mi propio nerviosismo me impedía ser más empática con él.

Si el rey estaba enfadado por nuestra huida, Philippe saldría airoso de su real furia.

Pero yo... tenía serias dudas al respecto.

Al fin y al cabo, estaba en Versalles para cuidar de la reina, no para irme de juerga con el duque de Orleans.

Bontemps me llevó directo a la habitación de Colbert en cuanto llegamos a palacio, situada en la planta baja de uno de los edificios laterales.

El ministro estaba solo, sin galenos reales a su alrededor.

La ausencia del rey me sorprendió, si bien Philippe me informó que, en caso de enfermedad de cualquier tipo, la presencia de su majestad estaba prohibida por protocolo, para preservar su salud e integridad.

Lo primero que me llamó la atención al reconocer a Colbert fue el fuerte olor a canela que su aliento despedía. Tenía el pulso débil y lento, además de sufrir de vómitos espesos y mucho dolor muscular.

—Señor Colbert, ¿recordáis haber comido algo con un sabor extraño anoche?

—Comí lo que todo el mundo, mademoiselle Bechard. —Su confusión fue visible al ver que me habían traído a su lado para tratarlo, pero continuar con la farsa que me convertía en una dama no era ahora mi prioridad.

—¿Tomasteis una comida o bebida con sabor a clavo, canela o alguna especia dulce?

—No, mademoiselle, no que yo recuerde.

—¿Cuándo empezasteis a sentiros mal?

—Al cabo de un par de horas tras finalizar el ballet que ofreció su majestad a los nobles ingleses. Sentí un fuerte dolor en el vientre y luego empecé a vomitar.

Se retorció de dolor y pidió una bacinilla para seguir devolviendo.

Cuando terminó, estaba incluso más pálido y ojeroso.

Tenía los músculos rígidos, la respiración irregular y padecía leves espasmos.

Los envenenamientos no eran mi especialidad, puesto que eran poco habituales entre el pueblo llano, pero aun así no me costó reconocer los síntomas.

—¿Y bien? —preguntó Bontemps a mis espaldas.

Dejé a Colbert en su lecho y me acerqué al ayuda de cámara, que había permanecido apartado del enfermo, junto a un silencioso y malhumorado Philippe.

—Sí, ha sido envenenado —confirmé.

—¿Con qué?

—Diagnosticar un envenenamiento es fácil.

Identificar el veneno, no. De hecho, suele ser imposible porque la mayoría tienen síntomas similares.

Lo único que puedo hacer por él es provocar el vómito para purgar su cuerpo y administrarle una infusión de ruibarbo para intentar que absorba las toxinas .

—Hacedlo —me ordenó Bontemps y luego se volvió hacia Philippe—. Y vos, alteza, más vale que vayáis a ver a su majestad. Os espera en la chambre du roi .

—Nada me apetece más —soltó Philippe con ironía—. ¿Estaréis bien, Aurore?

—Sí, alteza, no os preocupéis por mí.

Philippe cruzó una mirada conmigo que significaba mil cosas. Yo asentí con la cabeza para que se fuera tranquilo y, tras un titubeo, abandonó la habitación.

Me quedé a solas con el pobre Colbert y Bontemps.

—¿Sospecháis ya de alguien?

—Me temo que eso es confidencial —me contestó Bontemps.

No dije nada. Los rumores sobre aquella Nueva Fronda que amenazaba con destronar a Louis XIV para sentar a otro rey en su lugar cada vez eran más persistentes y ya habían alcanzado los salones de Versalles, por descontado.

¿Era un peligro real, que se había colado entre los habitantes de palacio?

¿O se trataría del ataque aislado de unos cuantos hugonotes descontentos?

Lo cierto es que desconocía la complicada política a la que jugaba el rey y aquella vulnerabilidad repentina me preocupó.

Quizá su vida estaba en peligro y el simple hecho de verle sufrir, o de perderlo, me hizo palidecer.

Y si Louis estaba en peligro, quizá lo estaba también Philippe.

Eso me hizo palidecer todavía más.

—¿Queréis un consejo, mademoiselle Bechard? —interrumpió el ayuda de cámara el hilo de mis lúgubres pensamientos.

—¿Lo quiero?

—Elegid mejor a quién prodigáis lealtad. Monsieur no es nadie en Versalles.

—Excepto el hermano del rey —espeté yo, molesta por su tono altivo y por lo que implicaban sus palabras.

—El Rey Sol es quien os puede iluminar desde hoy hasta el fin de vuestros días.

«¿Y si con quien quiero pasar el resto de mis días es con el príncipe de la noche?»

—El rey ilumina a toda Francia, Bontemps, incluida yo. Y ahora, si me disculpáis, debo ir a mi dispensario inmediatamente si queremos ayudar al ministro.

—Os acompaño.

—Estupendo.

—Y luego, rendiréis cuentas ante su majestad.

—Estupendo también.

—No le he contado que os encontré una mañana saliendo en camisón de las habitaciones de Monsieur , ni tengo pensado detallarle cómo os he hallado a ambos en la cama hoy, pero no dudéis que lo haré si elegís el bando equivocado.

—No he hecho nada deshonroso y mi conciencia está muy tranquila.

¿Lo estaba, en verdad?