Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Philippe XVI
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Philippe XVI

P or supuesto, protestó y maldijo, pero se cambió de ropa.

La encontré especialmente encantadora con aquellos pantalones y aquella chaqueta de corte humilde. No pude evitar sonreír cuando la vi luchar para esconder todos aquellos rizos rubios, espesos y abundantes, bajo un gorro.

—De verdad, lo que hago por vos no está escrito en ningún sitio —se quejó.

—Vamos, ma petite furie , el tiempo apremia.

Me cambié la ropa de montar por un traje sencillo y me até el cabello en una coleta baja, ante su fastidiada mirada.

—¿No me vais a decir a dónde vamos?

—Claro que sí: vamos al teatro y luego la noche parisina nos arrastrará a donde ella quiera, como lo hace una mujer hermosa.

—Vaya, qué poético. ¿Estáis borracho?

—Aún no.

La compañía de Molière nos recibió con vino y alegría, y yo saludé personalmente a cada uno de sus miembros, recordándoles que en pocos días los esperaba para una representación en Versalles.

Aurore, a mi lado, sonreía y observaba todo con aquellos ojos curiosos.

Le conté que solía ejercer de mecenas de varias compañías teatrales de la ciudad y que por aquel motivo se me recibía con semejante trato.

—Dudo que sea solo por el dinero que aportáis, alteza —dijo, con una media sonrisa.

—¿Y por qué otro motivo tendría que ser ?

No me contestó, y disfrutamos de la representación de El impostor en el mismo teatro del Palais Royal . Aurore rio y aplaudió, encantada, y yo también lo hice.

Luego, nos perdimos en los barrios bajos de París, entre copas de vino y risas que resonaban por las estrechas callejuelas de Le Marais.

El bullicio de la ciudad se mezclaba con la música que brotaba de las tabernas y Aurore, a mi lado, reflejaba una alegría despreocupada, tan parecida a la mía.

La noche veraniega, con su aire cálido y la promesa de aventuras, nos envolvía con su encanto y yo me sentí feliz de estar ahí, con ella.

—Aurore, admitidlo —le dije, con una sonrisa juguetona mientras bebía de mi copa en una de las tabernas a las que la llevé—. Os lo estáis pasando bien. París de noche tiene algo que ni Versalles puede igualar.

Ella, tras un sorbo de su propio vino, me lanzó una mirada inequívoca: esa que tantas veces había visto cuando planeaba decir algo que me iba a fastidiar.

—Os concedo que la compañía es inusual —respondió—, pero no dejaré que os llevéis el crédito completo, alteza. La magia de París no está en su príncipe más extravagante, sino en el hecho de que aquí no llega el control completo del rey de Francia.

—Es cierto. Aquí no somos nobles.

—Solo Aurore… y Philippe.

—Dos almas perdidas en la ciudad —completé. No se me había pasado por alto la manera en que había pronunciado mi nombre, algo que yo no le había permitido jamás… excepto en la única noche que habíamos compartido.

La arrastré de una taberna a otra, observándola mientras su mirada absorbía las luces titilantes de las farolas, los reflejos de los adoquines mojados y los rostros de los transeúntes que, al igual que nosotros, disfrutaban de la libertad de la noche.

París se ofrecía a nosotros como una amante caprichosa, impredecible y tentadora.

Y yo, como siempre, estaba dispuesto a dejarme llevar por todos sus caprichos .

—Vamos a un lugar que os va a encantar —le dije de repente, tomando su mano y tirando de ella.

—¿Otra sorpresa escandalosa y poco adecuada para la presencia de un príncipe? —dijo con reprobación, aunque la chispa de curiosidad en sus ojos era innegable.

—Siempre —repliqué, guiándola por un callejón que se abría a una plaza más pequeña y menos transitada. Frente a nosotros, se erigía un edificio modesto pero elegante, con una puerta de madera oscura.

—¿Dónde estamos?

—En uno de mis lugares favoritos —respondí con un guiño—. Un pequeño salón privado. Aquí, a nadie le importa quién eres, ni de dónde vienes, ni a dónde vas.

—Ni lo que haces, supongo —añadió ella, pícara.

Entramos y el ambiente cálido y cargado de humo de las pipas nos envolvió de inmediato.

El salón estaba repleto de gente, pero no de la nobleza ni de cortesanos, sino de artistas, poetas y filósofos.

Era un lugar donde el arte y las ideas fluían libres, lejos de las restricciones de la corte.

Un par de músicos tocaba en un rincón, y el aroma a tabaco y especias se mezclaba con las notas dulces del vino barato.

—No tenía idea de que frecuentabais lugares como este —comentó Aurore, observando el entorno con asombro—. Aunque supongo que debí imaginarlo, claro.

—Hay mucho que no sabéis de mí —le respondí, divertido—. Y eso lo hace aún más interesante, ¿no?

Nos sentamos en una esquina apartada, rodeados de divanes tapizados en terciopelo rojo.

Aurore me observaba, claramente disfrutando de esta nueva faceta que le estaba mostrando.

Pedí vino, tabaco, dos pipas y una botella de aquel licor de ajenjo que se bebía en los barrios bajos y que los parisinos llamaban le rêve vert .

—¿Qué es?

—Una bebida que provoca locuras.

—Bastantes locuras me ocurren ya a vuestro lado sin necesidad de probar bebidas prohibidas .

Pero tomó un buen trago y luego la enseñé a fumar en pipa.

Me lo estaba pasando en grande a su lado y creí que ella también.

No parecía importarle estar en un tugurio de mala muerte donde su reputación femenina podía ponerse en entredicho.

Era extrovertida por naturaleza, además de curiosa, y disfrutaba entablando conversación con extraños.

Al cabo de un rato, cuando el licor de ajenjo empezó a afectarla, se acurrucó a mi lado, con la cabeza apoyada en mi pecho, mientras yo me desabrochaba la camisa y seguía fumando.

—Contadme algo de vos, Aurore —dije de repente—. Algo que nunca le hayáis contado a nadie.

Ella me miró con los ojos entrecerrados, sopesando si confiar en mí o no. Después de un largo silencio, dejó escapar un suspiro y tomó otro trago de su vino tinto.

—¿Algo que os guste o algo que os moleste?

—Ambos.

—Cuando tío Lambert me contó que mi madre había muerto en el parto, me obsesioné con ello.

Sobre todo al darme cuenta de que quizá yo no sería huérfana si alguien con los conocimientos adecuados la hubiera atendido.

Creo que eso despertó mis ganas de ayudar a otras mujeres embarazadas y de aprender más allá de los conocimientos de mi tío.

A la gente le trae sin cuidado si una mujer muere en el parto, pero a mí sí me importa, porque mi vida hubiera sido muy distinta si mi madre no…

Se le quebró la voz y no siguió hablando. Busqué su mano.

—Siento lo de vuestra madre, aunque, en parte, si ella no hubiera muerto, vos jamás seríais como sois ahora. Sin esa muerte no seríais la médico que sois hoy.

—Es cierto.

«Y nuestros caminos jamás se hubieran cruzado», le dije, solo con los ojos.

—Ahora contadme algo que me vaya a molestar. —Choqué la copa de vino con la suya.

Ella bebió un largo trago antes de contestarme :

—Vuestro hermano me hizo una cosa que yo jamás pensé que era posible.

—¿Y qué es esa cosa?

—No me hagáis decirlo.

—No me hagáis emborracharos más para acabar de soltar vuestra lengua.

—Bueno, yo… sabía que se podía dar placer con la boca a los hombres.

—Enrojeció entera y no pude evitar sonreír al ver cómo destacaban sus pecas contra el rojo de sus mejillas—.

Lo vi en el Imperio otomano, en unos baños.

Y una vez también se lo vi hacer a una prostituta, en una calle de Viena, pero no sabía que podía ocurrir al revés.

Necesité un par de segundos para comprender a qué se refería.

—Me gustó —confesó en voz baja, avergonzada—. Intenté cerrar las piernas porque creí que me iba a desmayar.

Estallé en risas histéricas.

—¡No os riáis de mí!

—Dios mío, es que sois increíble, Aurore.

—¡He dicho que no os riáis de mí!

Pero yo no podía detener mis carcajadas y ella empezó a golpearme en el hombro, molesta.

Al menos hasta que la atrapé de la cintura y la obligué a sentarse en mi regazo.

El calor del lugar la había hecho quitarse el gorro y su cabellera rubia se desparramaba por sus hombros.

Estaba preciosa vestida de hombre y no pude evitar deslizar un dedo por el sencillo lazo delantero de su camisa. Tiré de él hasta deshacerlo.

—¿Qué hacéis? —se alarmó.

—Puede que mi hermano os comiera el coño y os hiciera disfrutar, pero vuestro primer orgasmo con un hombre siempre será mío. Y eso me ha hecho recordar un hecho imperdonable.

—¿Qué hecho imperdonable?

Descubrí su seno derecho, pequeño y coronado por un pezón que ya estaba duro, demandante de atenciones.

—El de descuidar vuestros pechos mientras os follaba.

—Alteza, esto no es una competición entre vuestro hermano y vos —susurró, pero no pudo continuar cuando deslicé la lengua por aquel diminuto pezón.

—¿No lo es, ma petite furie ?

Mis labios rodearon su pezón, que se endureció aún más bajo el asalto de mi lengua. Aurore cerró los ojos y arqueó la espalda, buscando el contacto de mi boca contra su piel, y un leve gemido escapó de su garganta.

—Decidme que os gusta.

—Me gusta —murmuró.

—¿Me deseáis?

—Sí.

—¿Más que al rey?

La rojez de sus mejillas aumentó y yo me relamí los labios, apretando sus caderas y su pelvis contra la mía. Me encontró duro, dispuesto, y aún enrojeció más al notar cómo su cuerpo despertaba al mío.

—Más que al rey…

—Llámame Philippe.

—Philippe —pronunció mi nombre, agitándose de puro deseo entre mis brazos.

—Bien —la tumbé sobre el diván, apartándola de mí, y volví a mi copa de vino—. Solo quería confirmar que, a pesar de su corona, la humedad entre vuestras piernas aún lleva mi nombre.

Pensé que me iba a arrancar los ojos por aquello, pero la bebida había hecho mella en ella y se echó a reír, incorporándose.

—Lo cual también confirma que sois un villano.

Cuando finalmente salimos del salón clandestino, el aire frío nos golpeó, pero no logró apagar el calor del alcohol que habíamos consumido ni del momento íntimo que habíamos compartido.

Nos quedamos un momento en silencio, observando las estrellas que apenas se asomaban entre las nubes y el humo de la ciudad.

Versalles quedaba tan, tan lejos de nosotros que me permití el lujo de fantasear con una vida que no fuera la mía.

Una en la que yo no era príncipe de Francia, una en la que Aurore no se hubiese convertido en la amante de mi hermano.

Una vida en la que la corte no me mantuviera atrapado hasta el día de mi muerte.

—Deberíamos regresar —dijo Aurore, aunque su tono dejaba entrever que no estaba del todo segura de querer hacerlo. Se lo estaba pasando bien, demasiado bien. Al igual que yo.

—¿Regresar? —respondí, divertido—. La noche aún es joven.

—Hemos bebido demasiado. París puede ser peligroso.

—No me digáis que creéis en esa tontería de la Nueva Fronda.

—No, pero…

Me acerqué un poco más a ella, hasta que nuestras miradas se encontraron.

—No temáis. Mientras estéis conmigo, la única cosa peligrosa que tenéis que enfrentar... soy yo.

Ella soltó una risa breve y sus ojos se suavizaron, revelando una chispa de emoción que apenas lograba contener. Tuve ganas de besarla ahí, en mitad de la calle.

—Vais a ser mi perdición, alteza —dijo, sacudiendo la cabeza.

—Y vos, la mía —respondí, inclinándome para besarle suavemente la mano, antes de sonreírle con la arrogancia que tanto la irritaba.

Nos alejamos del bullicio del centro de la ciudad, dejando que las sombras de París nos envolvieran.

No recuerdo mucho más, excepto que continuamos bebiendo y visitando tabernas y locales de baja estofa, donde las prostitutas y los chaperos se movían a placer.

Aurore no se escandalizó por nada de lo que vio; tampoco cuando besé a mujeres y hombres por igual.

En algún momento de la noche mis recuerdos empezaron a emborronarse.

Recuerdo besarla a ella también e intentar meter la cabeza entre sus piernas tras haber caído ambos al suelo, bajo una mesa, así como sus risas mientras me apartaba e intentaba huir de mí.

Recuerdo su mano perdida en mi cabello y cómo me deshizo la cola baja para peinarlo con sus dedos.

Recuerdo sus brazos alrededor de mi cuello y su risa en mi oído, así como la mía en el suyo .

Poco antes del amanecer regresamos al Palais Royal tambaleándonos, cantando una canción obscena, enlazados por la cintura, completamente borrachos y con las ropas hechas un desastre.

Y cuando despertamos, descubrimos la cara de Bontemps a plena luz del sol, mirándonos con una profunda y auténtica desaprobación.