Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Aurore XVI #2
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Aurore XVI #2

Por supuesto, no me hizo ni caso. Manejaba las riendas con maestría y reía y reía en mi oído.

Se lo estaba pasando de muerte y, tras unos minutos de puro terror, logré relajarme al comprobar que era un jinete más que experimentado y que no corría peligro de caerme y romperme una pierna.

Me limité a dejarme llevar por la impredecibilidad de Philippe .

Entrar en París a caballo junto a un príncipe era muy distinto a hacerlo en un carromato repleto de trastos.

Los ojos de quienes abandonaban o llegaban a la capital a través de la puerta Saint-Antoine se volvieron hacia nosotros, pues, aunque Philippe había dejado en Versalles cualquier símbolo que lo reconociera como duque de Orleans, su ropa y su porte eran suficientes para identificarlo como un noble de alto rango.

Además, según me había contado él mismo, su presencia en París era más que habitual y su rostro no era del todo desconocido entre sus calles.

Era asiduo a la ópera y a las representaciones de teatro de todo tipo, además de frecuentar locales de ocio nocturno poco recomendables.

Él no se inmutó ante ninguna de las asombradas miradas que lo observaban al pasar, pero yo sí. No estaba acostumbrada a recibir tanta atención y quise desaparecer.

—¿Qué va a pensar el pueblo, si nos ve así?

—Deberíais haber aprendido ya esa lección de mi hermano: lo que piense el pueblo de Francia no importa.

—Muy bonito.

Pensé que Philippe cruzaría el Sena para llegar al Palais Royal , que le pertenecía solo a él, o al palacio del Louvre, que era donde había pasado gran parte de su adolescencia, pero viró su caballo hacia el Quartier Latin .

—¿Qué hacéis?

—Quiero ver dónde nacisteis.

—¿Por qué?

—Porque sí.

A veces era un hombre imposible. Imposible de verdad.

—En el Quartier Latin, vuestra presencia destacará tanto como un diamante en medio de un estercolero.

Lo escuché reír a mis espaldas.

—Muy bonito —repitió mis palabras.

Y, por descontado, ignoró cuando seguí protestando sobre su insistencia en acercarnos a mi antiguo distrito.

Mis miedos dejaron de tener tanto peso cuando me vi de nuevo en las calles que me habían visto nacer y crecer, antes que tío Lambert empaquetase nuestras pertenencias y empezáramos a viajar de punta a punta de Europa.

Los ojos de los transeúntes se clavaban en nosotros. Solo la montura del caballo valía más que el sueldo de todo un año de aquellos que una vez fueron mis vecinos. Y la forma en que Philippe cabalgaba, con la espalda recta y la mirada altiva, no dejaba lugar a dudas de quién se trataba.

—¡Mirad! En ese edificio nací yo, tras la Sorbona —exclamé y Philippe detuvo el caballo en mitad de la calle, sin importarle a quién molestaba con aquel gesto—. Vivimos pocos años aquí; apenas tengo recuerdos de nada. En el último piso, justo ahí.

Philippe apoyó su mentón en mi hombro, escuchando en silencio.

Observaba el edificio que yo le señalaba con una expresión de interés inusual.

Era extraño verlo así, tan quieto y contemplativo.

Su habitual actitud de arrogancia y despreocupación había desaparecido, al menos por un momento, mientras atendía a mi historia.

—Mi madre murió en el parto y mi padre, en el frente. Alguien buscó a tío Lambert y le entregó una niña lloriqueante con la que no supo qué hacer. Aún doy gracias que no me dejase en un orfanato o en un convento. ¿Os imagináis? Ahora estaría rezando salmos. Qué aburrimiento.

Su mentón seguía apoyado en mi hombro y, aunque no podía verle el rostro, sentía que no se perdía detalle de mis palabras.

—¿Cómo era vivir aquí? —preguntó finalmente, sin el tono sarcástico al que estaba acostumbrada.

—Pobre —respondí, sonriendo un poco—. Muy pobre. Todo era frío, oscuro y miserable. Tío Lambert hacía lo que podía, pero la vida en París no era fácil para los que no nacían con privilegios. Sigue sin serlo.

—No puedo imaginaros aquí, entre estas calles —comentó—. No estáis hecha para la pobreza.

—Vamos, alteza —respondí, tratando de disipar la seriedad que había caído entre nosotros—. No me linsojeéis tanto, que no os pega.

Philippe rio con suavidad y se separó de mí, volviendo a su postura altiva sobre la montura.

—Mi vida ahora sería mucho más aburrida sin vuestra irritante presencia. Y eso es algo que no puedo tolerar.

—Vaya, ahora me siento especial —dije, poniendo los ojos en blanco con una sonrisa.

Philippe chasqueó la lengua y giró el caballo.

A pesar de su fachada siempre despreocupada, podía notar que le había afectado lo que le había contado.

Tal vez le resultaba incómodo enfrentarse a la realidad de que no todos compartían su vida de privilegios.

O quizá simplemente no le gustaba ver que había cosas en el mundo que no podía controlar a su antojo.

—¿A dónde vamos ahora? —pregunté, mientras él controlaba las riendas del caballo, haciéndolo avanzar.

—Al Palais Royal —respondió.

Me quedé en silencio mientras cabalgábamos, observando las calles del Quartier Latin desvanecerse a nuestras espaldas.

No podía evitar pensar en lo extraña que era mi vida ahora, entrelazada con la del duque de Orleans, un hombre que, aunque me enojaba, frustraba y, a veces, incluso me hacía dudar de mis propias decisiones, me mantenía cautiva por propia voluntad.

Sentí como la alegría rebosaba en Philippe conforme nos adentramos en el París que él conocía y amaba.

No dudó en mostrarme los primeros avances de la construcción del Hôtel National des Invalides y en contarme que había sido él quien le había sugerido a Louis la necesidad de contar con una residencia para los soldados inválidos, heridos o sin hogar.

—Nunca me dio crédito por ello, claro, pero no me importa —me dijo—. Creo que era lo correcto no dejar a los soldados de Francia desvalidos tras luchar por su patria.

—¿Tanto ansiáis la guerra, alteza?

—¿Qué tiene que ver eso con lo que os acabo de contar?

—Nadie que no tenga alma de soldado habría sugerido jamás la construcción de Los Inválidos.

Philippe no contestó a eso hasta al cabo de un rato, cuando ya llegábamos al Palais Royal .

—Tenéis que entender que cuando yo llegué a este mundo, Louis ya estaba destinado a ser el rey.

Todos los esfuerzos educativos se centraron en él, no en mí.

A nadie le importaba Philippe, pues Philippe no era nadie.

Me enseñaron a leer y escribir, poco más.

Fui yo quien, por voluntad propia, se escapaba al patio de armas y suplicaba ser instruido en el arte de la espada.

También fui yo quien buscó tratados de estrategia bélica y quien se los estudió una y otra vez.

Estaba convencido de que, si Louis podía brillar como rey, yo podría hacerlo llevando a Francia a la gloria en el campo de batalla.

—Pero su majestad jamás os ha permitido dirigir un ejército.

—No —chasqueó la lengua Philippe—. Tiene miedo de poner soldados bajo mi mando.

—¿Por qué?

—Por si me levanto en armas contra él y consigo robarle el trono.

—Pero vos no tenéis ningún interés en eso.

—No, no lo tengo. No obstante, mi hermano tiene su propia manera de pensar y de hacer las cosas. Y yo tengo que adaptarme a ellas.

—Pero… ¿Por qué? —volví a preguntar, negando con la cabeza—. ¿Por qué tenéis que obedecerle siempre?

—Él es el rey, ma petite furie .

En el Palais Royal nos recibieron con poca sorpresa.

Debían estar acostumbrados a las fugaces e improvisadas visitas del duque de Orleans, aunque no a verlo llegar de la mano de una mujer que no fuese su esposa Henriette.

Pero, como era habitual entre los sirvientes, ninguno dijo nada a ese respecto.

No pude evitar preguntarme cuán asfixiante le debía resultar a Philippe la corte de Versalles, si necesitaba escapar cada poco tiempo de ella.

Era cierto que, en mi opinión, el lujo exacerbado y las continuas fiestas no compensaban la falta de intimidad del palacio, así como tampoco sus habladurías y conspiraciones.

—¿Es aquí donde venís para escapar del control de su majestad? —le pregunté mientras él me conducía a sus antiguos aposentos.

—Aquí o al château de Saint-Cloud.

—¿Cómo es?

Él pareció sentirse alegre de poder hablar de aquel lugar y le brillaron los ojos de ilusión al hacerlo.

—Imaginaos lo más bello que hayáis visto en Versalles —dijo, lanzándose sobre el lecho de su dormitorio con la mirada perdida—. ¿Lo tenéis en mente?

—Sí, lo tengo en mente —contesté, sin dejar de mirarlo. Lo que Philippe no imaginaba es que, para mí, lo más bello de Versalles nada tenía que ver con sus jardines, sus cuadros o sus molduras doradas.

Se apoyó sobre sus codos, observándome desde su cómodo lugar.

—Saint-Cloud es diferente —habló, soñador—. Es mi refugio, lejos del control del rey y de los ojos de la corte. Tiene jardines más pequeños, un río que atraviesa la propiedad y me permite cabalgar sin que nadie me observe, estancias llenas de plantas y flores…

—Suena precioso.

—Lo es. Allí soy libre.

Había en su tono una tristeza apenas perceptible que me hizo sentir un atisbo de compasión.

A pesar de toda su libertad aparente, la opulencia de la corte y sus lujos, Philippe estaba siempre bajo las sombras: la de su hermano, la de las expectativas.

Aquella presión constante parecía consumirlo, empujándolo a buscar refugio en las cosas más simples y, a veces, en los placeres más arriesgados.

—Algún día, tenéis que ver Saint-Cloud —añadió—. Os llevaré.

—¿Os gustaría enseñármelo?

—Me complacería, ma petite furie —dijo con una sonrisa pícara—. Allí no tendréis que fingir que sois una dama ni esconderos de nadie.

Me acerqué a la ventana del dormitorio y miré hacia el jardín interior del Palais Royal . Pensé en lo diferente que era mi vida antes de llegar a Versalles. Tan complicada ahora, con secretos entretejidos, lealtades divididas y la constante sensación de estar bailando sobre una cuerda floja.

—¿Sabéis qué es lo que más envidio de vos? —dije, sin mirarlo—. Vuestra capacidad para no preocuparos por lo que los demás piensen.

—Os equivocáis —replicó—. A mí me importa demasiado lo que piensan... al menos las personas correctas.

Giré la cabeza y lo vi allí, con esa expresión indescifrable que tanto me descolocaba. Por un momento, la distancia entre nosotros se volvió un abismo, que se esfumó enseguida cuando Philippe, con una chispa pícara en sus ojos, abandonó la cama y abrió uno de los baúles de la habitación.

—¿Os vais a cambiar de ropa? —pregunté, curiosa.

—Sí, y vos también.

—¿Yo? ¿Por qué?

—Porque os voy a convertir en un anodino mozo.