Aurore XVI
A ún no sabía si debía o no aceptar la invitación de Philippe para abandonar Versalles por unas horas para irnos a París, cuando me crucé con Madame de Montespan. Bueno, no me crucé con ella: me había estado esperando cerca de los Apartamentos del Príncipe.
Y a juzgar por su mirada airada, su presencia ahí no auguraba nada bueno.
—¿Regresando de vuestro paseo con la reina, mademoiselle?
—Así es.
—¿Desde cuándo sois tan amigas?
Procuré mantener una expresión neutra. Cualquier señal de duda o nerviosismo podría darle una ventaja y ya sabía que con Madame de Montespan una no podía permitirse mostrar debilidad. Lucille de Valois me había advertido muchas veces sobre ella.
—Desde que la reina decidió que yo podía resultar una compañía interesante, Madame —respondí con voz firme, tratando de proyectar una seguridad que no estaba del todo segura de sentir en ese momento.
Su sonrisa se volvió más afilada.
—Comprendo. Aunque es raro que a vos, siendo amiga de Monsieur , os considere una compañía interesante, como aseguráis.
—Su voz era dulce, casi melosa, pero sus ojos brillaban con una malicia que no se molestaba en ocultar—.
Me pregunto qué tan interesante podríais resultar a otros… tal vez a su majestad, por ejemplo .
Sentí un escalofrío recorrer mi columna vertebral, pero mantuve mi expresión serena. No podía dejar que ella viera el efecto que sus palabras tenían en mí.
—Mi lealtad es para con el rey —dije, midiendo cada palabra con cuidado.
Ella soltó una risa baja, llena de una diversión cruel.
—Como la de todos nosotros, amiga mía.
No supe qué responder, así que me quedé callada, deseando que Philippe apareciera y me librase de aquella mujer. Algo que, por descontado, no ocurrió.
La Montespan abrió el abanico que llevaba entre sus dedos, sin llegar a abanicarse.
—Ocultáis algo, mademoiselle Bechard. Aún no sé el qué, pero os aseguro que lo averiguaré tarde o temprano y, cuando eso ocurra, no dudéis que llegará a oídos del rey.
Madame de Montespan no era una mujer que aceptara rivales o que permitiera que alguien más se acercara demasiado al poder que ella había conseguido acumular. No me iba a dejar en paz, no mientras Louis insistiera en mostrarse más atento conmigo en público de lo que era aceptable.
—Agradezco vuestras palabras —contesté, inclinando la cabeza—. Y os aseguro que no escondo nada.
Sus ojos me evaluaron por un momento más, como si estuviera calculando hasta dónde podía presionar antes de que yo me rompiera. Esbozó una sonrisa que era a todas luces falsa.
—Lo espero, mademoiselle. Por vuestro propio bien.
Con un movimiento elegante, se dio la vuelta y continuó su camino, dejándome con una sensación de incomodidad que no lograba sacudirme. Observé su figura alejarse y no pude evitar preguntarme hasta dónde sería capaz de llegar Madame de Montespan para recuperar el afecto de Louis.
Cuando desapareció por completo de mi vista, dejé escapar un suspiro que no sabía que estaba conteniendo. Me sentí tentada a regresar a mi habitación, encerrarme en ella y dejar que el mundo continuara sin mí, al menos por un tiempo, pero sabía que no podía darme ese lujo. No en Versalles.
La invitación de Philippe para ir a París resultó más tentadora que nunca. Quizás un respiro fuera de las intrigas de la corte me haría bien. Aunque al mismo tiempo, no podía evitar preguntarme qué consecuencias podría tener esa escapada para los dos. Si es que nos atrapaban.
Me dirigí a uno de los guardias que custodiaban la puerta principal, tras la cual se situaban los Apartamentos del Príncipe.
—Perdona, ¿cómo llego a las caballerizas reales?
—Espero que no estéis hablando en serio.
—Yo siempre hablo en serio.
—Literalmente es lo que más os cuesta hacer en esta vida, alteza: hablar en serio —me crucé de brazos, observando el precioso alazán blanco cuyo cuello Philippe acariciaba.
Vestía botas de montar altas hasta la rodilla y un sobrio y oscuro traje de caza, si bien de ninguna forma eso ocultaba lo que verdaderamente era: un príncipe.
¿Y pretendía ir hasta París a caballo, así?
Nos atracarían por el camino que cruzaba los bosques que había entre Versalles y París, en menos de lo que canta un gallo.
Luego me fijé en el pistolete que colgaba de su tahalí de cuero y en la espalda sujeta en la silla de montar. Aun así, no me quedé tranquila.
—No pretenderéis que viajemos a caballo.
—¿Y por qué no?
—Yo me había imaginado un cómodo carruaje.
—Ni que fuerais una dama —se burló.
—¡Una dama, una dama! —me puse de los nervios—. No hace falta serlo para desear viajar cómoda.
—Ah, ya entiendo. No sabéis montar a caballo.
—Pues no, no sé.
—No importa —se acercó a mí con una sonrisa maliciosa y yo di un paso atrás, aunque no lo suficientemente rápido, porque en un movimiento que no pude prevenir, me cargó a sus espaldas como si yo fuese un vulgar paquete.
—¡Alteza! —protesté, al verme en aquella indigna posición.
Pataleé y lo golpeé para obligarle a que me dejase en tierra. Él no hacía más que reírse, sin inmutarse. Cuanto más me revolvía, más lo disfrutaba Philippe. Me llevó hasta su alazán blanco y me dejó caer sobre la silla de montar.
—Ahí tenéis, mademoiselle —dijo con una sonrisa victoriosa mientras yo intentaba recuperar el equilibrio y mi precaria dignidad—. Viajaremos como Dios manda: a caballo. Es la manera más rápida de llegar a París sin levantar demasiadas sospechas.
Lo miré con resentimiento y sentí cómo la furia se acumulaba dentro de mí. Protestar no serviría de nada; Philippe estaba decidido a hacer las cosas a su manera, como siempre.
—¿Y qué haremos si nos encontramos con bandidos en el camino? —pregunté, aún algo molesta, mientras trataba de encontrar una posición cómoda sobre la montura.
Philippe soltó una carcajada, como si la idea de que alguien pudiera enfrentarse a él fuera la cosa más divertida del mundo. Montó tras de mí con una agilidad y elegancia de quien lo había hecho mil veces antes. Aunque me fastidiaba admitirlo, resultaba impresionante.
—No os preocupéis. Estoy más que capacitado para manejar cualquier situación. Además, ¿quién sería tan tonto como para atacar al hermano del rey de Francia?
No pude evitar soltar una maldición en voz baja.
Claro, porque Philippe pensaba que todos los bandidos en los bosques reconocían automáticamente a los miembros de la realeza, pero sabía que discutir con él era inútil.
De algún modo, ya me había arrastrado a esta imprudente aventura; ahora no tenía otra opción más que seguirle el juego .
Con un ligero toque de sus talones, hizo que el caballo comenzara a avanzar y pronto dejamos atrás los establos, tomando el camino real que atravesaba el bosque y que llevaba directamente a París.
No pude evitar percibir la manera en que el cuerpo de Philippe se apretaba contra el mío, ni la forma en que sus brazos se deslizaban bajo los míos para llevar las riendas, ni los escalofríos provocados por su respiración en mi cuello.
A medida que cabalgamos, el aire fresco de la mañana me ayudó a calmarme un poco, aunque aún no estaba convencida de que esta fuera una buena idea.
—Alteza —llamé, tratando de mantener un tono diplomático y evitando girarme. Si lo hacía, su rostro estaría demasiado cerca para mantenerme serena—. ¿Y si, en lugar de ir hasta París como dos fugitivos, os limitáis a dar media vuelta y aceptáis mi sugerencia de tomar un carruaje? Sería más seguro.
—¿Y perderme la diversión de teneros así, entre mis piernas? Jamás. Además, Aurore, la vida en la corte es tan aburrida que a veces necesitamos un poco de aventura.
¿La vida en la corte, aburrida? Las pocas semanas que llevaba ahí no me habían resultado nada aburridas. De hecho, echaba de menos aburrirme un poco.
No dije nada, sabiendo que ya había perdido la discusión.
Philippe disfrutaba cada vez que desafiaba las normas y el protocolo que él mismo había contribuido a crear.
Y aunque no lo admitiría en voz alta, la idea de escapar por unas horas de las intrigas de Versalles me seducía tanto como la propia compañía del duque de Orleans.
Así que, sin más protestas, me centré en no caerme del caballo. Aunque no por mucho tiempo, puesto que pronto sentí la nariz de Philippe aspirando detrás de mi oreja.
—¿Qué estáis haciendo? —pregunté, en voz baja, temiendo que mis palabras hicieran eco en el bosque inmenso que nos engullía.
—Os huelo.
—Ya sé que me estáis oliendo, alteza. Pero, ¿por qué?
Entonces, noté el bulto contra mi trasero y enrojecí al comprender que no era su pistolete lo que se me clavaba entre las nalgas.
—Alteza, estáis… ¿Estáis erecto?
—¿Cómo no voy a estarlo si tenéis vuestro culo apretado contra mi verga?
—Haced el favor de comportaros como un caballero.
—No soy un caballero.
—Pero sois príncipe de Francia.
—Un príncipe de Francia que os ha levantado las faldas y que puede hacerlo de nuevo.
—No podéis.
—En realidad, sí que puedo.
—Ya me estoy arrepintiendo de haber dejado Versalles.
Él rio. Yo no podía ignorar el latido acelerado de mi corazón ante la posibilidad de que hablase en serio. ¿Acaso quería volver a acostarse conmigo? Y si eso fuera cierto y Louis se enterase, ¿qué sería de nosotros?
—¿Qué vamos a hacer en París? —pregunté, cambiando de tema.
Philippe se inclinó hacia mí, con un tono travieso en su voz.
—Vais a descubrirlo muy pronto, pero os aseguro que será algo que no olvidaréis jamás.
Estaba claro que tenía algo planeado y no pude evitar que una chispa de anticipación se encendiera en mi interior. Sin previo aviso, Philippe clavó los talones en el caballo y el animal se disparó al galope.
—¡ Sacrebleu ! —grité, espantada, agarrándome a la silla de montar para no caer. A mis espaldas, Philippe soltó una risa de villano que se mezcló con el galope salvaje del caballo—. ¡Frenad!