Philippe XV
L a fiesta terminó al amanecer, justo cuando el sol empezaba a asomar por el horizonte, y los jadeos fueron sustituidos por los ronquidos de la decena de cuerpos que se habían desplomado por el suelo y los divanes de mi antecámara.
Envuelto en un batín, mis ojos se detuvieron un momento en Oliver Ward, quien dormitaba en una butaca.
Tomé una copa de vino, cansado. La bebida había corrido libremente entre mis amigos, así como la música y la risa.
Despaché a los músicos, que llevaban horas tocando con los ojos cubiertos por pañuelos para no ser testigos de escenas impúdicas, y me quedé solo con todos aquellos cuerpos masculinos, desnudos y satisfechos.
Había sido una fiesta como cualquier otra, como tantas que había dado a lo largo de mi vida, pero ahora, con la salida del sol, me sentí distinto.
Vacío, superficial, frívolo.
—Desde luego has honrado la fama de Philippe de Orleans —me felicité en voz alta.
—Ya lo creo —respondió a mis espaldas la voz de la criatura más irritante de palacio.
No me giré para recibirla.
—¿Qué hacéis aquí?
—Vengo a veros, alteza.
—No es un buen momento, puesto que mi intención es acostarme.
—¿Puedo dormir con vos?
Aquella pregunta me sorprendió y esta vez sí que me volví. Aurore vestía el mismo vestido que había lucido en el baile de máscaras, si bien su trenza se había deshecho y sus rizos caían sobre sus hombros, libres, hasta llegar al final de su espalda. Su semblante era sereno y tranquilo.
—¿Por qué?
—Porque os he echado de menos —dijo, simple y honestamente.
No supe qué decir. Su mirada se desplazó al barón Ward y luego de vuelta a mí. Sorteó dos cuerpos desnudos hasta llegar a mi altura, me quitó la copa de vino de la mano y me arrastró al dormitorio.
—Sé que no volveréis a yacer conmigo y lo acepto —comentó, quitándose los zapatos y deshaciéndose del vestido hasta quedar en ropa interior—, pero me gusta estar con vos. Durmiendo, hablando, paseando. No me importa. Simplemente disfruto de vuestra compañía.
—¿Y quién os dice que el sentimiento es mútuo?
Sin pedirme permiso se tumbó sobre mi cama y sonrió.
—Porque si no lo fuera, ya me habríais echado.
—Sois una sabelotodo.
—Y vos un incordio.
Sabía que no iba a librarme de ella, así que suspiré y me tumbé a su lado. Busqué en su rostro alguna pista de cómo había transcurrido su noche; solo encontré paz y sosiego. Supuse que Louis la había tratado bien. Aún no conocía a una amante suya que dijese lo contrario.
No pude evitar que Aurore me enlazase la cintura con su brazo y que apoyase la cabeza en mi hombro, así como tampoco pude evitar devolverle el gesto.
—¿Y bien? —pregunté, ardiendo de curiosidad—. ¿No vais a inflar mi ego diciéndome que soy mejor en cuestiones amatorias que el Rey Sol?
—No, no os lo voy a inflar. Las rivalidades de hermanos son vuestras, no mías.
—Qué fastidio. Al menos, confirmadme que no os ha hecho daño.
—Vuestro hermano es un hombre gentil y con eso termina esta conversación .
Suspiré, cansado.
—¿O sea que el barón Ward? —preguntó, curiosa—. Nunca pensé que fuera el tipo de hombre que os gusta.
—¿Qué sabréis vos de eso?
—He visto a Thibaut. Creo que os gustan los hombres de vuestra misma edad, de belleza delicada y con tendencias más… femeninas. ¿Me equivoco?
No, no se equivocaba, pero me negué a confirmarlo.
—El barón Ward, además de ser mayor en edad que vos, tiene una apariencia un poco brusca. Muy varonil y tosca.
—De vez en cuando me gusta la variedad —me limité a contestar.
—¿Ha llegado para sustituir a Thibaut?
—Nadie sustituye a nadie. Y, de todos modos, ya no amaba a Thibaut. O por lo menos no como debería haberlo amado. Ese sentimiento expiró hace meses.
—Comprendo. ¿El corazón del duque de Orleans está libre, debo suponer?
—Libre como un pájaro.
Ella no respondió nada a eso y ambos contemplamos la salida del sol a través del ventanal, yaciendo juntos en la cama. Cuando el primer rayo de sol iluminó su rostro, noté que se estremecía.
—¿Volverá el rey a reclamar mi presencia?
—No lo sé. ¿Deseáis repetir?
—¿Queréis la verdad o una mentira?
—Creo que ya me conocéis lo suficiente para saber que siempre preferiré la verdad, por muy incómoda o dolorosa que esta sea.
—Entonces, os diré que una parte de mí quiere regresar a lo que ha ocurrido esta noche.
—¿Y la otra parte?
Levantó la cabeza para buscar mis ojos.
—La otra parte tan solo desearía que las circunstancias fueran diferentes —dijo .
Pero no lo eran. Ella siempre sería súbdita de Louis, y yo, el hermano destinado a vivir a la real sombra que su dorada silueta proyectaba. Ninguno de los dos podía cambiar eso.
—Huyamos a París —solté, sin pensar.
—¿Cómo decís?
—Solo por una noche.
—No puedo hacer eso. Tengo que visitar a la reina cada mañana.
—Nos marcharemos hoy después de que paséis a verla y volveremos a Versalles antes de que empiece un nuevo día. Nadie sabrá que nos hemos ido.
—Os habéis vuelto loco de remate, alteza.
—Iremos a la ópera, al teatro, a los bajos fondos…
—¿A los bajos fondos? —rio ella.
—Quiero ver dónde vivíais antes de llegar aquí.
—Pero, alteza…
—Reuniros conmigo en las caballerizas reales tras cumplir con vuestras obligaciones —la interrumpí.
—Ni siquiera sé dónde están las caballerizas reales.
Esta vez fui yo quien se echó a reír.
Encontré a Louis en su habitación, sentado en aquel trono suyo y mirando por la ventana, como solía hacer en los pocos minutos de ocio de los que gozaba durante su jornada diaria.
No era habitual que viniera a verlo sin invitación previa y ambos lo sabíamos, pero él no dijo nada al respecto y yo tampoco lo hice.
—Buenos días, Philippe —me saludó—. He escuchado ya varias quejas de damas escandalizadas respecto al ruido que salía ayer de tus aposentos, así que imagino que tu fiesta fue apabullante.
—Lo fue. ¿Y tú, quedaste satisfecho anoche?
Mi hermano me observó, entrecerrando levemente los ojos. Su rostro era tan inescrutable como el de una estatua de mármol. No dijo nada.
—Con el baile de máscaras, me refiero —aclaré yo, con las manos a mi espalda.
—Fue magnífico, si bien nunca dudé de tu capacidad para deslumbrar a toda la corte. Solo quisiera que, la próxima vez que insistas en vestirte como una mujer, lo hagas en otro tipo de evento.
—Puede que tenga que obedecerte en todo, pero lo haré a mi manera —repliqué y luego levanté el mentón—. Siempre.
—Todo lo que haces, pública y privadamente, se refleja en mí. Y yo soy Francia.
—Yo soy Francia, yo soy el Estado —recité, poniendo los ojos en blanco—. ¿Es que nunca te aburres de repetirte esas cosas? ¿Nunca te cansas?
—¿Crees que es fácil ser el rey?
—Prueba a ser el hermano segundón e invisible del rey por un día y luego me cuentas.
Louis sacudió la cabeza. Ambos sabíamos que cuando me ponía impertinente, nada podía detenerme. Una vez me había dicho que, molesto, podía llegar a ser como un barco sin timón que se dirigía de cabeza a chocar contra un acantilado. No le faltaba razón.
El silencio se alargó entre nosotros. Yo aproveché para acercarme a la bandeja de naranjas que tenía en un bufete cercano y cogí una. Louis observó cada uno de mis movimientos hasta que al fin dejó escapar un suspiro no exento de frustración.
—Sabes que no estoy aquí para discutir tus.
.. gustos personales , Philippe —dijo, eligiendo cuidadosamente sus palabras—.
Lo que me preocupa es el impacto que tus decisiones tienen en la imagen de la corona.
¿Sabes cuántos embajadores y dignatarios europeos estaban presentes en ese baile?
Todos ellos vinieron buscando confirmación de nuestra fortaleza.
Ver a un príncipe de Francia vestido como una cortesana no es precisamente la clase de mensaje que quiero transmitir.
Sonreí con una satisfacción maliciosa, deleitándome en su evidente decepción.
—Si te preocupa tanto la imagen de la corona, quizá deberías preocuparte más por cómo la llevas tú —repliqué, lanzando la naranja al aire y atrapándola de nuevo con un movimiento despreocupado—.
Yo simplemente hago lo que se espera de mí, Louis.
Soy el oscuro contraste necesario para que puedas brillar más intensamente.
Sus ojos azules, tan parecidos a los míos y, sin embargo, tan distintos, me estudiaron con una fría intensidad.
—No sé si haces todo esto por desafío o por aburrimiento, Philippe, pero si crees que puedes utilizar tus salidas de tono para avergonzarme o socavar mi autoridad, estás muy equivocado.
—Cuando uno se acerca demasiado al sol, se acaba quemando, lo sé —dije, sin inmutarme y sin dejar de lanzar la naranja al aire—, pero a veces, hermano, es la única manera de sentir algo en este palacio helado.
Louis se quedó en silencio y, por un instante, vi un destello de algo en sus ojos, algo que rara vez permitía salir a la superficie: comprensión, tal vez. O tal vez solo era una ilusión mía, deseando ver una grieta en su armadura impenetrable.
—Francia necesita estabilidad, Philippe, además de un rey fuerte y una corte unida. Cualquier cosa que pueda perturbar eso, cualquier cosa que pueda ser usada contra nosotros, debe ser erradicada antes de que crezca. Espero que entiendas lo que te estoy diciendo.
Me quedé quieto, observando cómo su mirada se endurecía una vez más, volviendo a ser el rey implacable que todos conocían. ¿Era esa una referencia velada a la Nueva Fronda? ¿Una advertencia de que sospechaba que yo formaba parte de esa conspiración?
—Lo entiendo perfectamente —respondí con un tono seco—, pero también espero que entiendas, Louis, que no soy solo una extensión de tu voluntad. Soy tu hermano. Y aunque me delegues a la sombra, seguiré siendo una parte de ti, de esta corte y de Francia, nos guste o no.
Me lanzó una mirada cargada de veladas advertencias. Esbocé una sonrisa victoriosa y decidí cambiar de tema.
—Por cierto —dije, con un tono falsamente desenfadado—. Te gustará saber que mis encantos de desviado siguen en plena forma y que ayer me follé al barón inglés. Varias veces.
Hizo una mueca de disgusto ante mis últimas palabras y disfruté viendo cómo mi comentario lo incomodaba, mientras seguía girando la naranja entre mis dedos.
—¿Y bien? —inquirió, decidido a no dejarse escandalizar.
—La corte inglesa parece estar convencida de que la alianza entre Francia e Inglaterra es vital para contener las ambiciones de las Provincias Unidas en Europa.
Sin embargo, se rumorea que el rey español, ese niño enfermizo que llaman El Hechizado, no verá el próximo invierno.
Si eso llega a ocurrir, tu frágil alianza con Inglaterra podría desmoronarse, ya que dicen que el rey inglés tiene la intención de reclamar la corona española para sí, a pesar de tu matrimonio con María Teresa.
—Gracias por tu servicio, Philippe.
—¿Deseas que siga fornicando con Oliver Ward?
—Sí, pero con discreción.
—Así se hará, majestad.
—¿Te veré en un rato en misa?
—Sí, tengo muchos pecados que expiar esta mañana.
Me miró una última vez antes de desaparecer por la puerta, dejándome solo en su habitación, con la naranja aún en la mano, y me quedé allí, en silencio, escuchando el eco de sus pasos alejándose.
El aire en la sala se sentía más pesado, como si las palabras que habíamos intercambiado hubieran llenado el espacio con un peso invisible.
Louis tenía razón en muchas cosas, pero nunca podría ser lo que él quería que fuera.
No sin perderme a mí mismo en el proceso.
Con un suspiro me acerqué a la ventana abierta, dejando que la brisa fresca me despejara la mente.
El sol ya estaba alto en el cielo, brillando como siempre.
Solté la naranja y la vi rodar por el suelo hasta detenerse junto a la pared.
Afuera, la corte seguía con su rutina diaria, completamente ajena a las tensiones que se cocían bajo la superficie.
«Que Louis sea el sol de Francia, si así lo desea», pensé para mí. «Yo seré la noche que cubre sus sombras».
No me importaba cuánto Louis intentara moldearme o controlarme. Yo seguiría siendo Philippe, con todo lo que eso implicaba. Y si eso significaba seguir escandalizando a la corte y desafiando las expectativas de todos, entonces que así fuera.
La vida era demasiado corta para vivirla según las reglas de otro.