Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Aurore XV #2
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Aurore XV #2

Entonces, deslizó sus manos hasta mi trasero y me atrajo hasta su boca, que hundió entre mis pliegues húmedos sin dejar de mirarme.

El contacto de su lengua en mi intimidad lanzó un temblor a mis piernas y, cuando empezó a lamerme con la misma lentitud con la que me había desvestido, mi cuerpo respondió al instante, enviando oleadas de humedad y excitación por toda mi espina dorsal.

De pie, en aquella precaria postura, con el rey arrodillado ante mí y devorándome con su boca y su lengua, sentí que me desvanecía.

Cada vez que su lengua me recorría en largos lametazos que terminaban en mi punto más sensible para trazar ahí pequeños y lentos círculos, mi piel se erizaba más y más y las piernas no parecían capaces de sostenerme.

Gemí, sorprendida por la intensidad de aquella sensación que Louis despertaba en mi entrepierna, en la que desplazaba la lengua a su placer.

Me abría los labios de par en par, se separaba unos milímetros, lo justo para dejarme sentir su respiración en aquel punto tan sensible, y luego volvía a jugar a humedecerme entera hasta que gemía y me retorcía suplicando más.

Quería ser llenada, quería que sus dedos entrasen en mí, quería que me tumbase sobre la cama de una vez y me penetrara con aquella misma lentitud y cadencia que ejercía entre mis muslos.

—Dios mío —alcancé a murmurar, enredando mi mano en su cabellera castaña y apretando su cara contra mí. Sin darme cuenta, empecé a mover las caderas al mismo ritmo que él marcaba y sentí que sonreía contra mi piel al percatarse de que me deshacía en su lengua—. ¿Qué me estáis haciendo, majestad?

—Preparándoos para mi propio placer.

—¿Por qué? —pregunté, antes de que se me escapara un largo gemido cuando él dejó ir un rápido lengüetazo en el nudo de nervios que coronaba mi vagina. Me tambaleé al sentir el relámpago de profundo placer que eso me provocó.

Louis se relamió de gusto ante mi reacción y tuvo que sujetarme por los muslos para que no me desvaneciera.

—¿Y por qué no? ¿Acaso no somos famosos los franceses por nuestras perversidades en la cama? ¿O creéis que mi hermano tiene el monopolio de la indecencia en mi corte?

Quise contestar, pero no pude. Louis abrió los pliegues de mi sexo por completo ante él.

Por puro instinto traté de cerrar las piernas.

Me lo impidió, sujetándome firmemente por los muslos.

Ahogué un grito al notar cómo enterraba de nuevo su boca en mí y me arqueé, dejando que él saboreara cada jadeo y sollozo que salía de mis labios, cada uno de mis espasmos, mientras deslizaba su lengua dentro de mi apretado interior y la subía con lentitud a lo largo de la hendidura.

Cuando chupó mi clítoris con ahínco, creí que me iba a desmayar.

Mis gemidos crecieron, abrumada por aquel placer obsceno, por la necesidad de que no se detuviera jamás.

Mi cuerpo quería alejarse de aquella fuente de placer y tortura, pero Louis no me dejó ir y sus manos se cerraron sobre la carne de mis muslos para obligarme a mantenerme inmóvil .

El placer se volvió por completo insoportable. Quería sujetarme a algo, a lo que fuese, y retorcerlo; apenas logré apoyarme en los hombros de Louis.

Solo entonces, con un último y rápido lametazo, me estremecí entera, me contraje toda yo y un calor líquido como la lava se desbordó en mí, en el epicentro de mis piernas.

El orgasmo, furioso y calmado a la vez, envió réplicas de placer a través de cada uno de mis nervios y Louis acompañó cada estocada de éxtasis con los movimientos de su lengua hasta que, incapaz de sostenerme ni un segundo más, me derrumbé en sus brazos.

Él me tomó en ellos, deshecha como una muñeca de trapo, y sus ojos azules me dijeron todo cuanto necesitaba saber.

Sonrió y me tumbó en la cama con ternura, solo para separarse unos pocos pasos y contemplarme ahí, desnuda, rendida y sofocada por el orgasmo que había arrasado mis sentidos.

Reuní fuerzas para incorporarme sobre mis codos y poder observar cómo se quitaba la camisa y se deshacía del calzón. Estaba duro, excitado, con la punta roma de su erección húmeda y lista para mí.

Sentí un estremecimiento en la nuca mientras contemplaba la magnífica belleza que el cuerpo de un hombre desnudo y excitado podía alcanzar.

—¿Y me preguntáis por qué os he hecho lo que os acabo de hacer? —dijo, acariciándose a sí mismo con parsimonia, sin dejar de mirarme—. Para teneros justo así: con las mejillas encendidas, los labios entreabiertos, los pechos hinchados de deseo y vuestra entrada, húmeda y lista para mí.

—¿Veis cómo os gusta jugar conmigo, majestad? —lo provoqué.

Sonrió.

—Soy un hombre al que le gusta correr riesgos, mademoiselle.

Y, sin previo aviso, volvió a agarrar mis muslos y tiró de mí para atraerme hacia él, que aún estaba de pie al borde de la cama.

Deslizó sus manos bajo mis rodillas y me obligó a abrirme de piernas por completo.

Se cogió la erección por la base y restregó la punta húmeda por toda mi abertura todavía mojada por su saliva y mis fluidos, demorándose un momento para apretar con su miembro solo un poco, sin llegar a entrar en mí.

—Estáis corriendo un riesgo muy grande ahora mismo —gemí, impaciente.

Intenté adelantarme para que entrase en mí de una vez, pero él tiró sus caderas hacia atrás y chasqueó la lengua.

—Creo que no recordáis en presencia de quién estáis —dijo, volviendo a presionar su dureza en mi entrada, introduciéndose tan solo un poco para proceder a alejarse de mí—. Olvidáis que, aunque interrumpáis en mis reuniones oficiales con toda vuestra furia, yo sigo siendo el rey de Francia.

Exhalé cuando entró en mí con un golpe seco y se quedó ahí, mirándome a los ojos.

Acarició mis muslos cuando empezó a empujar lenta y profundamente en mi interior, moviendo las caderas a un ritmo tan delicioso como profundo.

Me cogió de la cintura y me apretó contra él, jadeando de excitación.

Se irguió cuan alto era sin dejar de entrar y de salir de mí y todo mi cuerpo se retorció ante aquella invasión en la que Louis parecía deleitarse.

Vi cómo la piel de sus brazos se cubría de un fino sudor y cómo sus ojos azules se oscurecían conforme me penetraba y yo me rendía al poder que cada una de sus embestidas ejercía sobre mis sentidos.

Dios mío, ¿cómo podían ser dos hermanos tan diferentes?

¿Cómo conseguían ambos hacerme llegar a ese paroxismo en el que mi cuerpo me traicionaba y se contraía y pedía más?

Mis manos retorcieron las sábanas y rogué que me hiciera suya del todo.

No sé qué palabras usé ni si insulté y condené a todo el maldito reino de Francia, pero sé que él sonrió y aumentó el ritmo hasta volverlo apresurado, hasta que me rendí a su persona por completo.

Solo entonces, cuando me supo vencida, se tumbó encima de mí y atrapó mi boca con la suya en un beso profundo y poderoso que disparó aún más mi placer.

Me aferré a él, perdida, y envolví su fina cintura con las piernas para permitirle que siguiera tomándome como él quisiera.

No me importaba, siempre y cuando me liberase de aquella locura que me invadía y que parecía no querer abandonarme.

Su boca abandonó mis labios y se centró en mi pecho derecho, que lamió y succionó con deleite, sin dejar de entrar y salir de mi interior y, al fin, la combinación de su penetración, sus manos y su boca hicieron que mi espalda se arquease y lanzase un último gemido, un último estertor que me llevó al máximo placer.

—Maldita sea —murmuré y él cubrió mi boca malhablada con su mano, sin detener sus movimientos. Eso solo logró que mi placer aumentara y que me acompañase en nuevas y pequeñas oleadas que empezaban justo en el punto en el que Louis entraba y salía y terminaban en mi nuca.

—¿Queréis más? —preguntó, entre jadeos.

—¿Planeáis matarme? —aullé.

Él se rio bajito y aquella sonrisa… aquella sonrisa despreocupada, juvenil, era la misma que la de Philippe.

Confusa, me aferré a Louis y cerré los ojos.

No pareció importarle, pues cubrió mis pechos de besos antes de salir rápidamente de mí y terminar en mi vientre con un gemido profundo y satisfecho.

Luego, se derrumbó a mi lado, con la respiración tan agitada como la mía. Me miré el estómago, cubierto de él. Era una sensación tan extraña como deliciosa.

—Siento el desastre —se disculpó, pasando un brazo por debajo de mi cuello—. ¿Os molesta?

—No —respondí, sin mentir—. ¿Es para evitar tener más bastardos indeseados?

Louis sonrió antes de besarme en los labios. Su fino bigote me hizo suaves cosquillas.

—¿Cómo sois tan lista, Aurore?

—Leo mucho.

Se echó a reír y me estrechó más contra él. Buscó un pañuelo de seda bajo su almohada y me limpió la piel del vientre con una ternura que me sorprendió, hasta que quedé limpia y seca .

—No tenéis que marcharos, si eso es lo que estáis pensando —me dijo con suavidad.

—No pensaba en eso.

—Pues veo dudas en vuestros ojos. ¿Acaso os he hecho daño?

—No, majestad, para nada. Ha sido…

¿Cómo había sido? Diferente, con un punto de autoridad.

Calmado y a la vez intenso. Louis no era salvaje como Philippe, ni locuaz en sus palabras, pero sí lo suficiente para recordarme que ambos hermanos compartían más rasgos de los que quizá ni ellos mismos eran conscientes, pero ese sería un secreto que no pensaba compartir con nadie más que conmigo.

Otro secreto que me guardaba solo para mí.

—Ha sido placentero.

—También lo ha sido para mí —sonrió, dejando un perezoso beso en mis labios.

Yo me acurruqué contra él. Louis, a diferencia de Philippe, tenía un suave vello oscuro en su pecho, poco abundante, pero lo suficiente para darle una apariencia más masculina que la de su hermano pequeño.

Sin embargo, la belleza de Philippe tenía algo de sobrenatural, como si lanzara embrujos traicioneros, etérea y a la vez salvaje, como la de un precioso arcángel.

«La de un arcángel pervertido y libertino», sonreí, sin querer.

—¿Os sentís feliz?

—Sí, creo que sí.

Y, una vez más, me felicité por no verme en la necesidad de mentirle al rey.