Aurore XV
N o podía creerlo: me había vuelto a perder. ¿Cómo era posible? Llevaba semanas viviendo en Versalles, casi un mes, y me había vuelto a desorientar.
¿Ese era el Salón de Júpiter o el de Mercurio?
Tenía que ser el de Júpiter; el de Mercurio daba a los aposentos de la reina, ¿no?
La realidad es que no tenía ni idea. Los salones parecían cambiantes cuando el día dejaba paso a la noche y me vi a mí misma inspeccionando ridículamente las paredes en busca del pasillo oculto que llevaba a la chambre du roi .
—¿Le estáis haciendo un reconocimiento a la pared, mademoiselle Bechard? —dijo la voz de Philippe a mis espaldas.
Me giré, mortificada. El duque de Orleans, aun vestido de Afrodita y rodeado de sus amigos, me miraba con no poca disimulada diversión.
—No, alteza. Solo admiraba… los tapices.
La camarilla que lo acompañaba rio ante mi enésima muestra de extravagancia. Philippe solo sonrió, comprendiendo que me había vuelto a perder.
Se dirigió a sus acompañantes:
—Ya conocéis el camino a los Apartamentos del Príncipe, caballeros. Empezad la fiesta sin mí.
Su pequeña corte se alejó entre risas y, cuando nos quedamos solos, Philippe se limitó a empujar la pared que tenía a mis espaldas para abrir el pasadizo oculto que yo llevaba minutos intentando hallar.
— Allez , Aurore. Id y complaced a mi hermano.
La oscuridad del pasillo se me antojaba eterna y vacilé antes de dar el primer paso hacia lo que me esperaba al otro lado.
Una parte de mí deseaba que Philippe me tomase de la mano y me llevase con él a esa fiesta suya que daba en los Apartamentos del Príncipe. La otra parte de mí estaba deseando encontrarse con el rey. ¿En qué me había convertido? ¿En una libertina? ¿O siempre había sido así?
—¿Me juzgáis, alteza?
—Jamás juzgaría a nadie por seguir sus deseos.
—Yo…
—No es necesario negarlo: deseáis a Louis y es natural hacerlo. No todas las mujeres tienen la oportunidad de disfrutar de las atenciones de mi hermano. —Me tomó de la mano y me obligó a echar a andar hacia el pasillo silencioso—. Amad al rey y él os amará a vos.
Lo miré una última vez. No había más que pudiera decir y me adentré en el corredor. Philippe cerró la puerta a mis espaldas; escuché los pasos de sus tacones alejándose en dirección a sus aposentos y, tras doblar un par de esquinas, me encontré deslizándome en la solitaria cámara real.
A la luz de las velas, la habitación parecía distinta a aquella única vez en que me había enfrentado a Louis. Sentía que desde entonces habían transcurrido años.
Fui a quitarme la máscara de Atenea, cuando la voz del rey me lo impidió:
—No lo hagáis. Dejadme contemplaros tal cual estáis ahora.
—Majestad —murmuré, enfrentándome a su mirada.
En la intimidad, aun ataviado como Apolo, Louis era tan magnífico y seductor que tuve que contener el aliento al verlo.
Sin la luz del día reflejada en su cabello, este parecía tan oscuro como el de Philippe, y su mirada azul era tan intensa como la de su hermano; aquella similitud entre ambos hombres me hizo flaquear.
Louis se acercó a mí y yo, sin pretenderlo, di un paso atrás .
—¿Me teméis?
—No —respondí, sincera—. Solo temo no estar a la altura de vuestros deseos, majestad.
—Me cuesta imaginar a Aurore Bechard sintiendo miedo de algo. Sobre todo teniendo en cuenta que tuvisteis la audacia y el valor de venir a increparme a mi propio Gabinete del Consejo.
—No estoy acostumbrada a tener que responder ante nadie.
—¿Ni siquiera ante el rey de Francia?
Lo miré a los ojos a través de la máscara que aún cubría parte de mi rostro.
—Ni siquiera ante el rey de Francia.
Él rio y, con aquel sonido, todo pareció relajarse un poco. Se quitó la máscara y la lanzó sobre un bufete cercano. Fui a hacer lo mismo, pero me lo impidió con un leve gesto.
—¿Me permitís?
—Claro —murmuré, cuando se situó a mis espaldas y noté su respiración en mi cuello.
Sus dedos, hábiles y firmes, se deslizaron por el borde de mi máscara. El calor de su aliento en mi nuca me hizo estremecer y sentí que mi respiración se volvía más errática. Cuando al fin me quitó la máscara y la colocó con cuidado sobre el bufete, me dejó expuesta.
Louis se acercó aún más a mi cuello. Mi piel se erizó cuando colocó ambas manos en mi cintura y sus labios casi rozaron mi oreja.
Y me susurró:
—Sé cómo miráis a mi hermano, Aurore.
El roce de su voz me hizo temblar. Me giré lentamente para enfrentarlo, notando cómo su mirada se tornaba más oscura, más intensa, como si pudiera leer cada pensamiento que yo ocultaba en mi mente.
—¿Cómo decís? —pregunté.
Una sonrisa traviesa apareció en sus labios mientras se inclinaba hacia mí, su rostro a pocos centímetros del mío. Sus manos, con una delicadeza sorprendente, tomaron mis mejillas y me obligaron a mirarlo a los ojos.
—No es la primera vez que una dama cae bajo su embrujo.
—No soy una dama. Y no he caído en un embrujo. Mucho menos en el de Philippe.
—¿Philippe? ¿Sabe él que le llamáis así?
—¿Me habéis traído aquí para hablar del duque de Orleans o para…?
—¿O para qué…?
Sus palabras eran un susurro intoxicante y su proximidad me hizo desear rendirme completamente a ese juego de seducción que parecía tejer entre nosotros.
Mi corazón latía desbocado y me descubrí deseando saber más de él.
La idea de entregarme a ese instante de pasión inexplorada me resultaba cada vez más irresistible.
¿Qué clase de mujer era yo, que había dormido la noche anterior con un hermano y ahora deseaba al otro?
Quería descubrir en qué se diferenciaría Louis de Philippe.
Si el rey sería ardiente como el duque de Orleans, si me arrollaría con su pasión o se mostraría tierno y tímido.
Ambos hermanos eran muy parecidos físicamente, un detalle que me hacía temblar las piernas, pero su carácter no era el mismo.
Louis era un animal político, estratégico, calculador; Philippe no, él se dejaba guiar por su descaro y sus pasiones, por la guerra que se desataba en su interior.
Louis planeaba batallas; Philippe las libraba.
—¿Para qué, Aurore? —repitió, ante mi silencio.
—Para tomarme en vuestra cama.
—¿Quién dice que os quiero tomar en la cama?
De acuerdo, ese atrevimiento sí lo compartía con su hermano menor.
—¿Qué queréis de mí, pues, majestad?
Sus ojos brillaron con un destello de triunfo mientras se acercaba aún más a mí y comprendí que, ahí donde Philippe arrasaba, Louis seducía. Era un hombre de estrategia que se deleitaba con todo aquel juego al que parecía someterme y yo… yo lo estaba disfrutando.
—Que no me mintáis —dijo y su voz volvió a ser la del hombre autoritario que gobernaba Francia con mano inclemente.
—No os he mentido jamás .
Dejó un suave beso en la base de mi cuello, que envió escalofríos por todo mi cuerpo. Noté cómo su mano se desplazaba hasta los lazos de mi corpiño. Empezó a tirar de ellos lentamente, mirándome a los ojos. Yo no podía apartar la mirada de la suya, incapaz de moverme.
Su experiencia desnudando mujeres quedó clara: se tomó su tiempo, como quien desenvuelve un dulce y alarga el proceso, sabiendo que la recompensa aguardaba al final.
No me besó en ningún momento y una parte de mí quiso que lo hiciera, que rompiera la tensión que estaba construyendo con cada pieza de mi vestido que hacía caer al suelo.
Las yemas de sus dedos recorrían cada pedazo de piel que sus manos dejaban al descubierto, desnudándome poco a poco.
Lo hacía sin prisa: acarició mis caderas, mi cintura, el contorno de mis pechos, mi trasero, desplazando su mirada de mi rostro a mi cuerpo.
Cuando logró arrancarme un jadeo de pura anticipación, vi cómo se le levantaban las comisuras de los labios en una sonrisa satisfecha.
—¿Mentíais cuando me asegurasteis que teníais poca experiencia con los hombres? —dejó caer en mi oído, antes de despojarme de mi última prenda y dejarme completamente desnuda ante él.
—No —respondí, feliz por no tener que soltar un embuste al mismísimo rey.
Esta vez fue su turno de librarse de su propio traje: dejó caer la casaca al suelo, luego el chaleco y el jabot.
Cuando se quedó simplemente con la camisa interior, se sentó en el borde de la cama con una copa de vino en la mano.
Me hizo un gesto para que me acercase a él y eso hice, hasta situarme entre sus piernas ligeramente abiertas.
Sus manos subieron por mis muslos y levantó la cara para mirarme.
—¿Mentís cuando decís que no os atrae mi hermano?
Tragué saliva.
—Sí.
—No os preocupéis —me dijo—. Ambos estamos acostumbrados a competir .
No dije nada. ¿Qué podría pronunciar ante aquello? No sabía cómo sentirme, excepto curiosa. La piel me ardía, febril, como si clamase ser acariciada con más intensidad.
—Y, al contrario de lo que piensa Philippe, nunca me ha importado compartir nada con él.
Ante mi sorpresa, Louis tomó mi rodilla por la parte inferior y me hizo levantar la pierna hasta apoyarla en el borde de la cama.
Se tomó un momento para contemplar toda mi intimidad, expuesta y con los rizos rubios ya húmedos por sus caricias, por su presencia, por los leves roces de sus labios en la nuca; no pude evitar jadear.
Sabía que Louis no era como Philippe, que no pronunciaría en voz alta ninguna barbaridad como sí lo había hecho su hermano sin timidez alguna, pero la forma en que me miraba, en que sus ojos resbalaban por mi cuerpo sin necesidad alguna de tocarme, se sentía tan intensa, tan íntima, que mi deseo no hacía más que aumentar, junto con la necesidad de ser tocada por él.
—¿Jugáis conmigo, majestad? —reuní el valor para hablar.
Louis sonrió.
—¿Eso creéis?