Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Philippe XIV #2
49%

Philippe XIV #2

Reí, sardónico. Aquella mujer no entendía nada que no fuese el juego de la manipulación.

En su cabeza no era ni remotamente posible que una dama, fuese cual fuese su posición, no quisiera seducir a mi hermano por el simple placer de hacerlo.

Ella había logrado mantenerse en la gracia del rey por más tiempo del que cualquiera hubiera esperado y no había duda de que Louis la apreciaba más de lo que debía.

Quizá por eso, en parte, se sentía atraído hacia Aurore. Porque era todo lo contrario que Athénaïs de Montespan.

—Cuidado, Hécate —murmuré, acercándome a ella—. Estáis a punto de ver caer vuestro reinado.

—Oh, alteza —respondió, su sonrisa felina intacta—, vuestra amiga no es rival para mí. Y más le vale que se guarde las espaldas.

—¿Cómo decís?

—Lo habéis escuchado perfectamente.

Sin pararme a pensar dónde estaba, la agarré de la muñeca y apreté su carne blanca con fuerza. Madame de Montespan intentó zafarse con disimulo, sin lograrlo.

—Si os atrevéis a hacerle daño a Aurore Bechard de cualquier retorcida forma que vuestra maliciosa cabeza sea capaz de imaginar, juro por Lucifer y por todos sus demonios que os abriré la garganta de oreja a oreja.

—No seríais capaz —tembló Athénaïs.

—Ponedme a prueba .

La solté y me aparté de ella, furioso. Mis ojos regresaron a Aurore y Louis, justo a tiempo para ver cómo él la inclinaba hacia atrás, sus labios peligrosamente cerca de los de ella.

Ignoré el nudo que aquella imagen formó en mi estómago.

No podía permitirme el lujo de perder la cabeza ahora.

Había un asunto que requería mi atención.

Recorrí el salón en busca de mi presa. El barón Ward estaba apartado en un rincón sombrío, observando a la pareja real con curiosidad mal disimulada.

Su disfraz, inspirado en Ares, era austero y con poca gracia; quedaba claro que esa clase de divertimentos no era de su gusto.

No obstante, en una noche disoluta como era aquella, sería fácil llevarlo a donde yo quería.

Me acerqué a él con una sonrisa pícara, inclinándome en una reverencia exagerada.

—Barón —dije, permitiendo que mi voz se deslizara con suavidad hasta su oído—, parece que esta noche preferís la compañía de las sombras.

Él pareció confuso por un instante, hasta que me reconoció.

—Alteza. —Su mirada me recorrió de arriba a abajo, deteniéndose un poco más de lo necesario en mi escote—. Solo estoy disfrutando del espectáculo.

—El verdadero espectáculo está por comenzar —le murmuré, acercándome lo suficiente como para que nuestras máscaras casi se tocaran—. ¿Os gustaría acompañarme?

Vi el destello de deseo en sus ojos y supe que había ganado.

El barón era un hombre que no podía resistir la tentación cuando se le presentaba de una manera tan descarada.

Extendí una mano hacia él, que tomó sin dudarlo, y lo guié lejos de la multitud, hacia los pasillos secretos que atravesaban como venas las paredes de Versalles.

Conocía cada recoveco, cada desvío, y esa noche, los utilicé para llevar al barón a un lugar apartado, lejos de las miradas indiscretas.

No había necesidad de palabras entre nosotros; ambos sabíamos lo que veníamos a hacer a aquel sitio oculto de los ojos de la corte.

Empujé a Oliver contra una de las paredes de piedra, atrapando sus labios con los míos en un beso hambriento. La tensión que había estado acumulando durante toda la noche se derramó en ese momento, en cada mordisco que dejaba en su piel.

Él respondió con la misma avidez y sus manos rápidamente se perdieron bajo mis faldas.

—Sois un hombre escandaloso —me susurró, cuando al fin sus dedos se cerraron alrededor de mi erección.

—Siempre —respondí yo.

Mis manos se deslizaron por su pecho, sintiendo los músculos tensarse bajo mi toque.

Lo presioné con más fuerza contra la pared, devorando su boca, mientras él me acariciaba bajo las faldas.

Su respiración era pesada, casi tan agitada como la mía, y en sus ojos vi el deseo que lo consumía por la simple idea de follar conmigo, vestido como una dama.

—Alteza… —murmuró entre jadeos, tratando de tomar el control de la situación.

No se lo permití. Esta era mi caza, mi particular victoria. Mi forma de demostrarle a Louis hasta dónde estaba dispuesto a llegar por lealtad a él.

—Silencio, barón —le ordené, apretando mis labios contra los suyos para callarlo, mi lengua invadiendo su boca con una furia que nacía de todo lo que había contenido durante el baile.

La oscuridad del pasillo nos envolvía. Aquí, en estas sombras, podía ser quien realmente era, sin las máscaras que la corte esperaba que llevara.

Mis manos se movieron con rapidez, desabrochando los botones de su chaqueta, abriendo su camisa para poder sentir su piel desnuda bajo mis dedos.

Un leve olor a canela y clavo me invadió, uno que desprendía su cuello y sus manos.

Él gimió contra mis labios. Detuve el movimiento de sus manos en mi polla, sujetándole las muñecas y manteniéndolo bajo mi control.

—Esta noche sois mío —le susurré al oído, antes de morder el lóbulo de su oreja.

El jadeo que escapó de sus labios me dijo que estaba en el punto exacto donde lo quería.

—Sí… —murmuró él, con voz temblorosa .

Mi boca se deslizó por su mandíbula, besando y mordiendo el camino hacia su cuello.

El pasillo se llenó de sonidos suaves, de respiraciones rápidas y de gemidos contenidos.

Lo giré bruscamente, presionando su pecho contra la pared, mis manos viajando hacia su cintura.

Me incliné para besar la piel expuesta de su cuello.

Todo su cuerpo tembló bajo mi toque; dejó caer su cabeza hacia atrás, entregándose por completo a mí.

—Alteza, por favor… —suplicó con un hilo de voz, pero sus palabras se desvanecieron cuando mis manos comenzaron a desabrochar su cinturón con una destreza que solo la práctica y la necesidad pueden otorgar.

—¿Alguna vez os ha follado una dama, barón Ward? —susurré en su oído, malicioso, inclinándolo para tener acceso directo a su trasero—. ¿No? Bueno, pues bienvenido a Versalles.

Le bajé los bombachos, escupí entre sus nalgas y, sin decir nada más, lo tomé desde atrás.

Su cuerpo se arqueó contra el mío, su boca buscando la mía en un intento desesperado por encontrar algo de alivio en medio de la tormenta que lo consumía.

El barón se movía al ritmo que yo marcaba, y sentí el poder recorrerme, el control absoluto de la situación, y lo disfruté.

No había lugar para la duda ni para el arrepentimiento.

En estos momentos, solo existía el placer de la conquista, consumiéndome por completo.

Pero incluso en medio de esa vorágine de placer clandestino, no pude evitar pensar en Aurore, en cómo la había dejado en el salón, bailando con mi hermano.

Su risa y el recuerdo de nuestros cuerpos entrelazados la noche anterior hicieron que mis embistes en el trasero del barón inglés fueran más furiosos que nunca.

Todo fue rápido, violento, feroz. Ward lanzó un gemido de éxtasis cuando alcanzó su placer y se dejó caer contra la pared, su respiración agitada, su cuerpo temblando mientras yo me permitía mi orgasmo entre sus nalgas.

Lo sostuve por un momento, permitiéndole recobrar el aliento.

Luego lo aparté con suavidad y recompuse mis faldas y mi peinado con estoicismo .

—Espero que hayáis disfrutado de la noche, barón —le susurré al oído, plantando un último beso en su mejilla antes de alejarme.

—Alteza —dijo, recuperando la respiración poco a poco—, sois todo lo que he oído hablar de vos.

—No, no lo soy —repuse, con un deje de amargura en la voz—, pero venid a mis habitaciones esta noche. Se celebra una pequeña fiesta privada. Puede que entonces descubráis de verdad por qué en toda Europa se me conoce como la vergüenza del Rey Sol.

Me giré y caminé por el pasillo, dejando atrás al barón para regresar a la Galería de los Espejos.

Al doblar una esquina, me detuve un momento para recomponerme del todo.

Necesitaba retomar mi papel, mi máscara, antes de enfrentarme de nuevo a la corte.

Una última mirada al pasillo oscuro fue suficiente para asegurarme de que nada de lo que había ocurrido me afectaría en la superficie.

Crucé las puertas y volví a la luz y a la música. Aurore ya no estaba con Louis, sino charlando con Lucille y Henriette, quien parecía divertirse con total despreocupación. Me dirigí hacia ellas con una sonrisa en los labios, decidido a disimular el torrente de emociones que me envolvía.

Y a no pensar en lo que ocurriría cuando el baile llegase a su fin.