Philippe XIV
T hibaut era un gran ayuda de cámara, pero, en su ausencia, recurrí a Margot para que me ayudase con el corpiño.
El evento de aquella noche era la excusa perfecta para que todos en la corte se escondieran tras una identidad fabricada, lejos de las convenciones que los atrapaban en el día a día.
Para mí, era mucho más: una oportunidad para recordarle a cada alma hipócrita con la que me veía obligado a convivir que Philippe de Orleans no se doblegaba ante nadie, ni siquiera ante sus propias y falsas máscaras.
Así que decidí convertirme en Afrodita. El escote del vestido era escandalosamente amplio e indecente, y el corpiño se ajustó a mi cintura hasta casi dejarme sin respiración.
Margot me ayudó con el cabello, recogiendo mis bucles oscuros en un bonito peinado.
También me maquilló, cubriendo mi piel de polvos de harina y oscureciendo mis ojos.
—¿Los labios también, alteza?
—Los labios también, querida Margot. Bien rojos.
Me miré en el espejo para contemplar el resultado final y sonreí. Iba a escandalizar a toda la corte. Justo lo que pretendía.
El baile de máscaras tenía lugar en la Galería de los Espejos, uno de los lugares favoritos de mi hermano, quien había supervisado personalmente cada uno de los espejos venecianos que la decoraban.
Aparecí ahí con la cabeza bien alta y la máscara de Afrodita cubriendo la mitad de mi rostro. ¿No querían la honte du Roi Soleil ? Pues aquí la tenían .
Cada mirada que se posó en mí fue una victoria. Los murmullos comenzaron antes de que siquiera llegase a recorrer unos pocos metros de la Galería de los Espejos y me deleité con cada uno de esos susurros escandalizados.
—¿Es el duque? —escuché a alguien susurrar.
—¡Monstruoso invertido! —exclamó otra voz más baja, cargada de veneno.
—El vicio italiano, en el mismísimo corazón de Francia —dijo otro.
No me importó. Puede que durante el día Versalles perteneciera a mi hermano, pero de noche el palacio era mío y lo gobernaría a mi manera.
Aurore se hallaba charlando con Lucille de Valois, quien iba caracterizada de la diosa Diana.
Días atrás le había preguntado en qué diosa quería convertirse y ella me respondió que en Atenea, por lo que le había proporcionado un vestido blanco, con detalles plateados que simulaban los símbolos de la diosa.
Su cabello, recogido en una trenza intrincada, caía sobre su hombro desnudo.
No podía negar lo hermosa que estaba, ni cómo esa imagen evocaba en mí recuerdos recientes, íntimos, que revolvieron mi interior.
—Alteza, ¿sois vos? —rio cuando me acerqué a ella y a su amiga.
—¿Acaso conocéis a otro como yo?
—Sabíamos que no nos ibais a decepcionar, alteza —sonrió Lucille de Valois—. Sin vos estas fiestas no serían lo mismo.
—Siempre podéis confiar en mi depravación, señoras.
—Me parece que lo estáis disfrutando demasiado —comentó Aurore, risueña.
—Por supuesto que sí —respondí con un guiño—. ¿Cómo podría resistirme a causar un pequeño alboroto?
Ella volvió a reír, un sonido claro que se alzaba por encima de los susurros del salón. Verla así, feliz y bien acompañada, me proporcionó un pequeño consuelo. Lucille de Valois se disculpó ante los dos y fue en busca de una bebida, dejándonos solos .
—No me parece justo, alteza: estáis más bello que la mayoría de damas —me dijo, sus ojos áureos brillando detrás de la máscara de Atenea.
—Pero no más que vos, ma petite furie —repliqué.
—¿Cómo de inapropiado sería que os pidiera un baile?
—Altamente inapropiado. Como vos misma.
—Lo mismo podría decir de su alteza.
El salón estaba decorado con columnas doradas que ascendían hacia los techos pintados con frescos celestiales, donde dioses y diosas nos observaban desde las alturas, y estatuas de mármol que representaban a los héroes inmortales de la mitología griega.
Entre ellas, bufones y sirvientes ataviados como faunos y sátiros se deslizaban con bandejas llenas de copas doradas con vino y pasteles decorados con frutas confitadas.
Lo había diseñado para transportar a la corte al mismísimo monte Olimpo, donde el exceso era la norma y el placer, un derecho divino, y una vez más, triunfé en mi propósito.
La corte, vestida como dioses, ninfas y criaturas mitológicas, se movía entre aquel extravagante mar de lujo, al ritmo de la música de cámara.
Cuando Aurore y yo atravesamos la galería hasta el centro del baile, todos los ojos de la aristocracia nos seguían.
Mi atuendo no dejó a nadie indiferente. La falda era amplia, recogida a un lado para dejar entrever las medias de seda que cubrían mis piernas, y el corpiño, ceñido a mi cintura, acentuaba una figura que, aunque no podía ocultar del todo mi masculinidad, jugaba con la ambigüedad que tanto disfrutaba.
Mi máscara de encaje y plumas ocultaba solo parcialmente mis rasgos, para que no quedasen dudas de mi identidad.
Louis me iba a matar por aquello, pero, ¿a quién le importaba el Rey Sol durante la oscuridad de la noche?
—Os encanta escandalizar —murmuró Aurore cuando empezamos a bailar una courante. Su voz, cargada de diversión, era como un bálsamo para mis oídos .
—No es culpa mía —respondí tras un giro, mientras nuestras manos se encontraban brevemente antes de separarse—. La reina Anne me vistió como a una niña desde que nací.
—¿De veras? —Aurore arqueó una ceja, visible bajo la delicada máscara dorada de Atenea que cubría la mitad superior de su rostro—. ¿Por qué vuestra madre os hacía eso?
Su vestido, de un tono marfil, estaba adornado con bordados en oro, y cada vez que se movía, ondeaba como las olas del mar bajo la luz de la luna. Estaba absolutamente preciosa, con aquellos ojos dorados y las mejillas salpicadas de pecas.
—Porque no quería que ni una nube se interpusiera en la luz de su brillante Dieudonné —dije, recordando con cierta amargura las muchas veces que mi madre había intentado borrar cualquier rastro de sombra que pudiera proyectar sobre la figura de Louis.
—¿Y por eso os travestía, para que Louis brillase más? —preguntó, su voz teñida de incredulidad y de una curiosidad genuina.
—Eso es.
La tomé de la cintura y la hice girar. Nuestros cuerpos se rozaron levemente, y la máscara de Atenea no pudo ocultar la chispa en sus ojos ni el rubor que subía por su cuello.
La transformación de Aurore en la diosa de la sabiduría y la guerra la hacía más mundana, más seductora que nunca.
Louis iba a disfrutar muchísimo esa noche con ella, lo sabía.
Y aunque el pensamiento de lo que le esperaba a Aurore en las cámaras del rey me carcomía por dentro, me obligué a que no me afectase.
Al fin y al cabo, también tenía mis propios planes para esa noche.
La música continuó y nosotros seguimos bailando sin parar.
Aurore reía, alegre, y el sonido de su risa, bajo la máscara de Atenea, era cálido y genuino.
Me pregunté si alguna vez volvería a escuchar esa risa después de esta noche.
Mientras danzábamos, noté las miradas de los demás invitados posándose sobre nosotros, la mayoría de ellas reprobadoras.
No pude evitar sonreír ante el escándalo que estábamos causando: dos damas bailando demasiado íntimamente, despreocupadas de los ojos ajenos que juzgaban.
—Se necesita más que unos tristes trajes para que el duque de Orleans deje de opacar a su ilustre hermano —murmuró Aurore en mi oído antes de alejarse para seguir bailando con el marqués de Guillard.
Acepté la mano de Lucille de Valois para hacerla girar y así continuamos un par de bailes más.
Me retiré de la pista cuando empezó una nueva pieza y fue entonces cuando la vi bailar con Louis.
Él había elegido presentarse como Apolo y su atuendo era deslumbrante, a la altura del dios del sol.
Su máscara estaba adornada con rayos de sol dorados que irradiaban desde su cabeza.
Su porte era majestuoso, y Aurore, tomada de su mano, parecía una ninfa cautiva bajo su poder.
Mi mandíbula se tensó al verlos juntos, moviéndose en perfecta armonía por la pista.
Ella reía, entre tímida y divertida, e incluso a aquella distancia pude ver cuánto lo estaba disfrutando mi hermano.
Ni siquiera se molestaba en disimular ni un ápice quién era el nuevo objeto de sus deseos.
¿Por qué debería? Él era el Rey Sol: no se veía obligado a esconder sus afectos ante nadie.
Los celos se agolparon en mi pecho: la imagen de ellos juntos, su sonrisa radiante y la manera en que Louis la guiaba con tanta seguridad encendieron en mí una rabia que no pude llegar a sofocar del todo.
—¡Qué escena tan encantadora! —exclamó una voz conocida a mi lado.
Me volví para encontrar a Madame de Montespan, envuelta en un vestido negro que contrastaba con las extravagancias doradas de los demás. Ella había optado por Hécate, la diosa de la magia y la brujería. Su pequeña máscara, que solo cubría sus ojos, dejaba ver la malicia en su sonrisa.
—Madame —respondí, sonriendo con la cortesía que la situación requería, aunque mi corazón rebosaba veneno—. ¿Qué os trae a mi lado esta noche?
—La curiosidad, alteza —dijo, su voz baja, solo para mis oídos—. No todos los días se ve al duque de Orleans vestido como una diosa.
—Y no todos los días una zorra se atreve a desafiar a un dios —repliqué con un tono dulce, aunque mis palabras eran tan afiladas como cuchillos.
Sus ojos centelleaban de celos y rabia, y aún lo hicieron más al ver que el rey continuaba bailando con Aurore e ignorando al resto de damas, incluida ella.
—Veo que la mosquita muerta de vuestra amiga, al final, quiere lo mismo que todas.
—¿Y qué es eso, según vos?
—Poder y riquezas.