Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Aurore XIV
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Aurore XIV

I ntenté centrarme en los apuntes que estaba tomando, pero cada vez que mojaba la pluma en el tintero y mis ojos se fijaban en la espesa negrura de la tinta, recordaba a Philippe y me enfurecía más. ¿Cómo podía un solo hombre ocupar tanto espacio en mi mente, arrebatándome la tranquilidad?

Me obligué a escribir, mas las palabras se deslizaban por el papel como sombras, sin forma ni sentido.

Mis pensamientos regresaban a la manera en que sus manos habían recorrido mi cuerpo, a cómo su boca había reclamado la mía con una pasión que aún sentía en la piel.

Junto a esos recuerdos vino también la amargura de saber que yo no era la única en su vida.

¿Cómo podría serlo? Era un príncipe rodeado de amantes masculinos que harían cualquier cosa por un momento a su lado, por una pizca de poder e influencia.

Las promesas veladas de Louis me confundían aún más. Sabía lo que su majestad esperaba de mí tras el baile de máscaras. Y sin embargo, lo único que deseaba era huir, alejarme de las intrigas de la corte, de las demandas del rey y del doloroso deseo que sentía por Philippe.

Las puertas de mi dispensario se abrieron de golpe, pero yo no levanté la vista del pergamino, molesta por la intromisión.

—No —me limité a decir.

—¿No? —preguntó él.

—No.

Supe que se había apoyado en el quicio de la puerta, probablemente con los brazos cruzados bajo el pecho.

No lo miré para comprobarlo. Si lo hacía, si me ahogaba en sus ojos azules, se me pasaría el enfado y no quería.

No esta vez. No después de lo que habíamos compartido y la forma en que me había tratado esa mañana, frente a su hermano.

El rostro de Philippe tenía el hechizo suficiente para que yo me olvidase de todo lo que en él me exasperaba y no pensaba caer de nuevo en semejante embrujo.

—Ni siquiera sabéis lo que os venía a preguntar.

—Claro que sí —dije, sin dejar de escribir—. Venís a preguntarme si quiero pasear con vos.

—Vaya, parece que hoy todo el mundo cree conocerme mejor que yo.

No dije nada y continué con mi tarea, ignorándolo.

—¿Me acompañáis a los jardines o no?

—No.

—¿Y si os digo que es una orden?

—Vos no me podéis dar órdenes.

—En realidad, sí que puedo.

Si volvía a escucharle la frasecita de marras, le iba a tirar el tintero a la cara.

Aparté la pluma, eché arena fina sobre el pergamino y soplé suavemente, muy tranquila.

Esta vez sí me enfrenté a él. Tal y como había supuesto, estaba apoyado en el quicio con los brazos cruzados.

Y tal como yo había vaticinado, su bello rostro me golpeó con el mismo embrujo de siempre.

Sin embargo, me obligué a no claudicar y entrelacé mis dedos sobre la madera del escritorio.

—Iré… si me pedís perdón.

Philippe soltó una risa sardónica.

—Soy príncipe de Francia, duque de Orleans y de Anjou: no tengo que pedir perdón a nadie.

—Como si sois Carlomagno. Pedidme perdón.

—No.

—Sí.

Puso los ojos tan en blanco que temí que se quedara ciego.

—Tenéis una alta capacidad para agotarme, ma petite furie .

—Sí, lo sé, ayer mismo lo comprobé cuando os tenía debajo de mí.

Apretó los labios.

—¿Y qué más comprobasteis?

—Muchas más cosas que no os contaré, puesto que insistís en comportaros como un cretino vanidoso y en no pedirme disculpas.

Esta vez, se movió en lentos pasos hasta quedar a la altura de mi escritorio y se inclinó sobre él, apoyándose con ambas manos para poder escrutar mi rostro. Sus ojos atravesaron los míos.

—Lo siento, Aurore —dijo, en voz baja.

—¿Y qué más?

—Supongo que soy un cretino vanidoso.

—Sí, lo sois. —Esta vez fui yo quien se incorporó y se inclinó hacia él—. ¿Por qué anoche, en vuestra cama, me dijisteis que lo que ocurrió entre nosotros era un secreto y solo unas pocas horas más tarde, hacéis insinuaciones muy poco disimuladas enfrente del rey? ¿Por qué, alteza?

—Quizá porque durante toda mi vida se me ha obligado a quedar por debajo de mi hermano y a entregarle todo aquello que él deseara, incluso aunque fuera mío. Y tal vez me he cansado de darle todo cuanto tengo.

Aunque no quería, se me ablandó un poco el corazón. Había un dolor subyacente en aquellas palabras y sabía cuánto le costaba a Philippe mostrarse vulnerable.

—Os dije que no perderíais mi amistad.

—No es vuestra amistad lo que temo perder, Aurore.

—Philippe…

Él ladeó la cabeza de aquella manera que me volvía loca, a medio camino entre el interés y la displicencia.

—No me llaméis por mi nombre o juro por Dios que esta noche entraréis en la chambre du roi con mi simiente derramándose por vuestros muslos.

El rubor cubrió todo mi rostro. Tuve la tentación de pronunciar otra vez su nombre en voz alta, de provocarlo para que cumpliera su amenaza. Pero sabía que si Philippe de Orleans volvía a tomarme, yo no lograría el valor suficiente para entregarme a su hermano.

Y, de repente, me sentí triste.

—No me apetece pasear hoy, alteza, lo siento.

—¿Y si os digo que quiero presentaros a alguien muy importante para mí?

Aquello despertó mi interés.

—¿A quién?

Henriette de Inglaterra nos esperaba en el parterre sur.

La cuñada del rey y esposa de Philippe estaba de pie, rodeada de flores que realzaban su gracia natural.

Su vestido verde pálido ondeaba suavemente con la brisa y sus ojos me recibieron con evidente curiosidad.

Era una mujer muy hermosa, de figura grácil y piel aterciopelada, con una nariz respingona y los ojos claros.

No resultaba difícil comprender por qué Louis la había tomado como amante.

— Minette —saludó Philippe, su tono más suave que de costumbre—, me gustaría presentarte a mademoiselle Aurore Bechard.

Ella me sonrió con una amabilidad que no esperaba. No sentí que hubiera ningún rastro de rivalidad entre nosotras; solo amaba a Philippe como un amigo y yo… yo no.

—Mademoiselle Bechard, he oído mucho sobre vos —dijo Henriette, su voz musical acariciando mis oídos—. Philippe no cesa de hablar de vuestra inteligencia y espíritu.

—Vuestra alteza es muy generosa, si bien dudo que el duque de Orleans haya dicho demasiadas bondades respecto a mi persona —respondí, inclinando ligeramente la cabeza en un gesto de respeto—. Es un honor conoceros.

Un destello de complicidad brilló en sus ojos.

—Es cierto que su alteza puede ser muy peculiar en su forma de hablar, pero también os aseguro que si os ha traído aquí, ante mí, es porque realmente significáis algo para él.

Las palabras de Henriette hicieron que mi corazón se encogiera. La idea de que Philippe me hubiera presentado a su esposa para incluirme en ese pequeño círculo de personas a quienes él valoraba era tan inesperada como desconcertante.

—Su alteza y yo somos… buenos amigos —respondí, incapaz de decir más sin traicionar la verdad que ardía en mi interior.

—¿De Saint-Cloud, no es cierto? —se interesó Henriette, echando a andar.

Yo la seguí y Philippe hizo lo propio, detrás de nosotras.

—Sí, de Saint-Cloud.

—Un château precioso. Su alteza solía llevarme ahí todos los veranos. Aunque jamás me incluyó en sus escandalosas veladas nocturnas —dijo, divertida, mirando a su marido por encima del hombro.

Él chasqueó la lengua.

—Aún estoy a tiempo de incluiros a ambas en una de mis fiestas.

Henriette sonrió, meneando la cabeza.

—Hay algo que me gustaría mostraros, algo que tal vez solo vos podríais apreciar.

Asentí, aceptando la invitación. ¿Qué podía ser tan importante como para que la antigua amante del rey y esposa de Philippe deseara compartirlo conmigo, una desconocida?

Nos adentramos en los jardines. La conversación fluía de manera natural entre nosotras, aunque éramos de mundos distintos. Henriette se interesó por mis viajes y yo le hablé de Madrid y de Londres. Ella me contó que hacía años que no ponía un pie en su Inglaterra natal.

Philippe permanecía atento a nuestra charla, en silencio. Me pregunté qué estaría pasando por su mente en ese momento.

Llegamos a una pequeña fuente escondida entre los setos. Henriette se detuvo y señaló hacia una estatua en el centro de la fuente: una figura femenina tallada en mármol, con una expresión de dolor y anhelo.

—¿Os gusta la mitología griega, Aurore?

—Sí, me encanta.

—Entonces sabréis quién es Ariadna.

Asentí.

—Abandonada por Teseo, pero redimida por Dionisio.

—Siempre me ha parecido una figura trágica, pero también llena de esperanza —suspiró Henriette—. Su historia me recuerda que, a veces, lo que perdemos nos lleva hacia algo mejor.

No supe cómo interpretar sus palabras. ¿Acaso trataba de decirme algo sobre mi relación con Philippe, sobre lo que podría esperar de él? Miré al duque de Orleans, buscando respuestas en su rostro, pero él se limitó a observarme, sus ojos cargados de emociones que no podía descifrar.

—¿Qué opináis, mademoiselle Bechard? —preguntó Henriette.

—Supongo que, a veces, es necesario perder algo para poder ganar otra cosa —respondí.

Henriette asintió, satisfecha con mi respuesta. Su mirada se volvió hacia Philippe, como si lo desafiara a contradecirme.

—¿Y vos, esposo? —preguntó suavemente—. ¿Qué pensáis de Ariadna?

Philippe se tomó un momento antes de responder, su mirada pasando de la estatua a mí y luego a Henriette.

—Ya sabéis lo que opino de la mitología griega —repuso, con fastidio.

Henriette rio.

Y en ese momento, comprendí que mi relación con Philippe, con Louis y con todo lo que representaban, estaba a punto de cambiar para siempre.

—¿Os veré a ambos esta noche en el baile de máscaras?

—Por supuesto, Minette .

—Claro, alteza.

—Será divertido, ¿verdad? —dijo, con la mirada perdida en un ensueño y la mano acariciándose el vientre. Yo había visto ese gesto en cientos de embarazadas—. Bien, pues hasta la noche. Madamoiselle Bechard, esposo —inclinó la cabeza y emprendió el camino de regreso a palacio.

Ambos la vimos marchar en silencio. Cuando nos quedamos solos, miré a Philippe.

—Está encinta, ¿verdad?

—Eso cree ella. No está confirmado.

—¿De cuánto?

—Apenas unas semanas.

—Creía que vos y ella…

—No es lo que creéis, ni lo que estáis insinuando. Cumplo con mi deber de esposo de vez en cuando, eso es todo.

—Jamás me atrevería a reprocharos nada. Solo intentaba comprender cómo es estar atrapado en un matrimonio político.

—Es como vivir en una cárcel en la que no hay barrotes ni cerradura alguna. ¿Responde eso a vuestras dudas?

—Sí, supongo que sí.

Philippe echó a andar y yo hice lo propio, a su lado. Conforme el sol se ponía, yo sentía más nervios en la boca del estómago. En unas horas, tendría que recorrer los pasillos ocultos de Versalles y presentarme en la habitación del rey. ¿Qué sería de mí entonces?

—Alteza… ¿Cambiará vuestra opinión de mí esta noche?

Su mirada fue indescifrable.

—No. No hay mayor honor que dejaros amar por el rey de Francia.

—El honor, el honor… —mascullé yo—. No hablo de honor.

El duque de Orleans se volvió hacia mí, y lo que vi en sus ojos hizo que mi corazón se detuviera por un instante. Su rostro, normalmente tan controlado y enmascarado, mostraba ahora una grieta en esa fachada impenetrable.

—¿De qué habláis entonces, Aurore? —preguntó, controlando la irritación de su voz.

Tomé una respiración profunda, intentando reunir el valor que sentía desvanecerse con cada segundo que pasaba.

—Hablo de nosotros —susurré—. De lo que ocurrió anoche. De lo que seré para vos después de que vuestro hermano me reclame como suya.

Philippe me miró en silencio durante lo que pareció una eternidad, mientras mis palabras penetraban en su coraza. Luego, lentamente, levantó una mano y acarició mi mejilla con la yema de los dedos. Su toque era tan suave que casi me hizo cerrar los ojos.

—Lo que ocurrió entre nosotros no cambia porque paséis con él esta noche —dijo—, pero sabed que no puede repetirse jamás. Si mi hermano se enterase… ambos caeríamos.

El dolor en su voz fue palpable y supe que esta confesión le costaba más de lo que quería admitir.

Sentí una oleada de afecto y desesperación, y la necesidad de consolarlo, de decirle que no me entregaría a Louis si él me lo pedía, me invadió.

Pero antes de que pudiera abrir la boca, Philippe dio un paso atrás, como si la proximidad entre nosotros lo estuviera consumiendo.

—El rey es mi hermano, Aurore —continuó, en un tono más frío—. No tengo más opción que aceptar sus deseos, igual que vos.

No pude evitar el dolor que se instaló en el fondo de mi alma. Las palabras de Philippe eran sinceras. Esta noche, lo que yo haría en brazos de Louis lo cambiaba todo.

—De todas formas, vos misma lo dijisteis: solo se trataba de una sola vez, de un acuerdo entre dos amigos. ¿No es así?

—Pero yo… —susurré, más para mí que para él—. No seré la misma después de esta noche, alteza. Sé que no.

—Entonces decidme, ¿qué pretendéis que haga? —preguntó, con una desesperación controlada—. ¿Queréis que me enfrente a mi hermano? ¿Que le diga que no tome lo que por derecho le pertenece? Sabéis tan bien como yo que eso sería un desastre para ambos, pero sobre todo para vos.

Negué con la cabeza, sabiendo que no podía pedirle algo tan imposible .

—No, no deseo nada de eso.

Philippe me observó por un largo momento y luego, sin previo aviso, me tomó en sus brazos y me envolvió en un abrazo que parecía ser su única manera de expresar todo lo que sentía. No dije nada, simplemente me dejé mecer por él, sintiendo el calor de su cuerpo.

Tuve que hacer un verdadero esfuerzo para separarme de Philippe. Necesitaba poner distancia entre nosotros antes de que mis emociones me traicionaran por completo.

—Debería regresar y prepararme —dije, tratando de mantener mi voz firme—. El baile está a punto de empezar.

Él asintió, sus ojos volviendo a esa fría impenetrabilidad que tan bien conocía. Antes de que pudiera alejarme, tomó mi mano y la llevó a sus labios, besándola con suavidad.

—Solo prometedme algo, Aurore.

—¿El qué?

—Que disfrutaréis de todo cuanto ocurra esta noche.

—No sé si puedo prometer algo así.

—Intentadlo.

Tragué saliva.

—Lo prometo.

Y antes de que pudiera decirme nada más, regresé a palacio.