Philippe XIII
L ouis silbó largamente, complacido con la escena que Aurore y yo acabamos de protagonizar.
Parecía por completo despreocupado y, por un efímero momento, lo envidié.
Lo envidié por su poder, por su posición, por manejar el mundo con un chasquido de dedos y por su capacidad para doblegar a la corte entera a su antojo.
Siempre conseguía lo que quería, siempre.
Así había sido desde que éramos niños y así continuaba.
—Caramba, hermano, has debido de haberla molestado mucho.
—Tengo un talento especial para ello.
—¿Hay algo que no me hayas explicado respecto a tu relación con Aurore?
—Todo lo que te tenía que contar lo he hecho esta mañana, cuando me has hecho salir de la cama para ir corriendo a tus habitaciones.
Él, en cambio, nada me había contado de sus intenciones con Aurore tras el baile de máscaras, lo que no me sorprendió. Louis guardaba sus secretos y yo los míos.
Me había llamado para interesarse por mis avances por el barón Ward, así como para informarme de las últimas novedades en el conflicto franco-neerlandés.
Eso sí me sorprendió. Louis nunca me contaba nada de política y, si yo le preguntaba, solía responder con frases vagas y esquivas, motivo por el que había dejado de interesarme por conflictos políticos y religiosos para dedicarme a otros más mundanos.
Eso le complacía mucho más que mis aspiraciones militares.
Así yo podía seguir representando el papel del alegre Philippe, el frívolo libertino, el alma de la fiesta, la divertida e irreverente chispa de Versalles.
Lo que Louis no comprendía es que dentro de mí ardía una llama de rebeldía que nunca me abandonaba del todo. Al fin y al cabo, ¿acaso no era yo la honte du Roi Soleil ?
—Esta noche celebraré una fiesta en mis habitaciones, tras el baile de máscaras. Supongo que no te importará, hermano.
—Ya sabes que no —respondió él.
—Será muy escandalosa —advertí.
—No se trataría de una fiesta tuya si no fuese escandalosa.
—¿Quieres venir? —lo provoqué, aun sabiendo que él jamás accedería a esos divertimentos.
Era un mujeriego como pocos, pero en privado y a escondidas de los ojos de la corte. Su máxima perversión había sido, hasta donde yo sabía, compartir una criada conmigo. Y puede que permitir que Bontemps se la sacudiera mirando cómo su querido rey preñaba a la reina con hijos de Francia.
—Tengo otros planes.
—Ya. ¿Athénaïs de Montespan?
—Te veo a la noche, Philippe —se despidió con una sonrisa y prosiguió su paseo mientras la corte lo seguía como un rebaño obediente.
Cuando me quedé solo, volví a tomar el espadín en mis manos y contemplé el acero. Luego, miré a mi camarilla de amigos.
—Creo que llevamos mucho tiempo sin divertirnos, ¿no es así, queridos? —sonreí, ufano—. Esta noche, en los Apartamentos del Príncipe, escandalizaremos un poco a esos nobles ingleses. Y estáis todos invitados.
Había sentido la tentación de pedirle a Louis que me relevase de la misión de sonsacar información al barón inglés, si bien en el último momento me contuve.
Mi hermano hubiera sospechado al instante si me retiraba del juego: nunca le había fallado.
Nunca. Todo lo que me pedía, lo comprendiera yo o no, lo cumplía .
Así que me hice el encontradizo con el barón Ward durante los salones de la tarde y, como a la mayoría de la corte, lo encontré apostando dinero en una partida de lansquenet. Observé con discreción cómo sus ojos se concentraban en las cartas, su expresión apenas variando mientras ganaba o perdía.
Decidí que iba a correr el riesgo de invitarlo aquella misma noche y comprobar hasta dónde llegaba su sed de diversión.
—Barón Ward —lo saludé con una inclinación de cabeza cuando terminó su partida.
—Alteza —respondió él, levantándose para devolverme la reverencia.
Le hice un gesto para que viniera conmigo hacia uno de los ventanales que daban a los jardines, donde podríamos hablar con más intimidad.
—He oído rumores de que sois un hombre que aprecia la buena compañía y las noches interesantes —dije, con una sonrisa enigmática.
—No negaré mi afición por ambos —contestó, correspondiendo a mi sonrisa con una mirada llena de curiosidad—. ¿Acaso tenéis una propuesta que pueda hacer honor a esos rumores?
—Quizá. Esta noche organizo una pequeña reunión en mis aposentos, tras el baile de máscaras. Solo unos cuantos amigos íntimos, con abundante vino y buena música. Y quién sabe, tal vez algunas apuestas más interesantes que las que encontráis aquí.
El barónpareció intrigado por mis palabras.
—Suena tentador, alteza. Aunque debo admitir que lo que más me atrae es la compañía. Siempre es un placer escuchar vuestras historias… y aprender lo que podáis enseñarme.
—Os aseguro que esta noche no os arrepentiréis —aseguré, con un tono que insinuaba mucho más de lo que decía.
El barón asintió, complacido, y yo me despedí con la misma sonrisa en los labios, pero con un deje de remordimiento en la cabeza cuyo origen no supe identificar .
Mientras caminaba por los pasillos de Versalles en dirección a las habitaciones de Henriette, mi imaginación dibujó a Aurore, con su mirada de miel y su sonrisa que hacía que olvidara todo lo demás.
Aquella noche, la que había pasado con ella, era una de las pocas veces en mi vida en que había sentido que podía ser alguien más que un príncipe, alguien más que una herramienta al servicio de la corona.
No había más espacio para esos pensamientos. Esta noche me esperaba otra partida, otra jugada. Una que me permitiría ignorar que, también esta noche, Aurore caería en los brazos siempre codiciosos del Rey Sol.
—¿Qué os ocurre, Philippe?
—Nada, ¿qué va a ocurrirme?
Henriette se estaba probando diferentes máscaras para el baile, ayudada por sus damas de compañía, y sus ojos escrutadores me observaban a través del espejo en el que se miraba.
—Os conozco.
—Y yo a vos, y os aseguro que ese rojo que lleváis no os favorece demasiado.
—No se le dice eso a una dama. Ni a una esposa.
—Soy sincero.
«Excepto, en infinidad de veces, conmigo mismo», pensé, tomando una copa de vino y bebiendo de un trago todo su contenido.
—Lo preguntaré una vez más: ¿qué os ocurre?
—Y yo lo repetiré una vez más: nada.
Henriette despidió a sus damas con un gesto. Luego, se sentó frente a mí.
—¿Queréis que adivine lo que os pasa?
—Dios mío —puse los ojos en blanco—. Estoy condenado a verme rodeado de mujeres sabelotodo.
Me incorporé para alejarme de ella y me apoyé en la chimenea apagada, sin mirarla.
—No me conocéis tan bien como creéis.
—¿De veras? Entonces, no os importará que lo intente, por lo menos —dijo con un toque de diversión en la voz—.
Estáis fastidiado por algún motivo y lo único que logra fastidiaros en la vida es algo que os haya pedido el rey.
Posiblemente os molesta porque os aburre o porque va contra vuestros intereses del momento, lo que me lleva a lo que os hace brillar los ojos de esa manera.
Me atrevería a decir que se trata de un nuevo amante, teniendo en cuenta que Thibaut ya no está en la corte.
Así que estáis molesto y feliz a la vez, porque lo que os molesta se interpone en vuestra felicidad.
«De acuerdo, sí que me conoce».
—No voy a dignificar esa sarta de tonterías con una respuesta —repliqué, mirando el fondo de mi copa vacía—. ¿Y por qué de repente vos estáis tan animada?
Henriette sonrió como no lo había hecho en meses. Se acercó a mí, me quitó la copa de la mano y la tomó entre las suyas.
—Creo que estoy encinta, Philippe.
—¿Qué? ¿Tan pronto?
—Tengo una falta.
Sentí que el suelo bajo mis pies desaparecía.
Henriette, encinta. No era algo que no hubiera esperado en algún momento, pero la noticia me tomó por sorpresa, como un golpe que no había visto venir.
Miré sus ojos brillantes, su sonrisa tan inusual, y de repente me sentí incapaz de articular una palabra.
—¿No estáis… contento? —preguntó Henriette, su expresión tornándose cautelosa al ver mi extraña reacción.
—Por supuesto que lo estoy —respondí, intentando infundir calidez en mi voz—. Es solo que no esperaba que sucediera tan pronto.
Henriette soltó una risa suave, incapaz de contener su alegría .
—No puedo asegurar nada hasta que el galeno lo confirme, claro está. Aun así, tengo un presentimiento. Estoy casi segura.
Observé sus manos, que aún sostenían las mías. Este niño sería una nueva alegría para mi esposa, pero, ¿qué significaba para mí?
Me quedé en silencio y pensé en Aurore, en la pasión que había sentido con ella, en la libertad de ser simplemente Philippe en sus brazos. Y ahora, Henriette, con su sonrisa esperanzada y la posibilidad de un hijo. Mi mundo, ya de por sí complicado, acababa de volverse infinitamente más enredado.
—Philippe —la voz de Henriette me sacó de mis pensamientos—, ¿qué ocurre?
—Nada. Solo me siento triste de tener que entregar un nuevo hijo a Francia.
Henriette sonrió.
—Sé lo mucho que adoráis a nuestras hijas, pero lo que os carcome por dentro no tiene nada que ver con la paternidad. ¿Me equivoco?
No fui capaz de responder.
—Pase lo que pase, siempre estaré a vuestro lado.
—Y yo al vuestro —respondí, esforzándome por sonreír.
—¿No vais a decirme quién alegra el corazón de mi esposo? —preguntó, afectuosa.
Me quedé quieto. Henriette no se dio cuenta de mi vacilación; al contrario, parecía disfrutar de su pequeño juego de adivinanzas.
—¿De verdad queréis saberlo? —le pregunté.
—Philippe, claro que sí. ¿Cómo podría no interesarme la causa de vuestra felicidad?
—Nunca creí que os interesara lo que me hacía o no feliz.
Ella tuvo la decencia de parecer avergonzada ante mis palabras. Ambos sabíamos que no mentía a ese respecto. Henriette siempre se había centrado en su propio destino y, aunque nunca me había puesto trabas en mi vida privada, había optado por ignorar al hermano pequeño y venerar al hermano mayor.
—Lo siento.
—No importa, Minette —sonreí—. Sé que tenéis buen corazón. Demasiado bueno para una corte como la de Versalles.
—Quizá. ¿Y bien, quién es ese nuevo objeto de vuestra atención?
Me tomé un segundo para decidir si mentir o simplemente evadir la pregunta, pero su mirada me hizo desistir de ambas opciones. No era el momento para mentiras, no con ella.
—Es solo alguien que me ha recordado lo que es sentir… libertad —dije, en voz baja—. Y eso es todo lo que os diré al respecto.
Henriette levantó una inquisitiva ceja.
—¿Libertad? —repitió, intrigada—. Esa es una palabra peligrosa, Philippe.
—Lo sé —murmuré, sabiendo que con Aurore había encontrado algo que podría costarme muy caro.
Mi esposa asintió, aceptando mi reticencia por ahora.
—Sea quien sea, espero que os haga feliz. No es fácil haceros sonreír, ni tampoco conquistar el altivo y distante corazón del duque de Orleans —dijo, apretando mi mano con un gesto de afecto genuino.
—Exageráis.
—¿De veras?
Ella se dio la vuelta, probablemente satisfecha con la pequeña victoria de haberme hecho hablar, y comenzó a probarse otra máscara, su mente ya centrada en el baile para el que apenas faltaban unas horas.
Mientras la observaba, solo podía pensar en cómo los hilos de mi vida se estaban enredando más y más.
Henriette, Aurore, Louis… Todo se movía en direcciones contrarias y yo estaba atrapado en medio, sin saber cuánto tiempo más podría mantener el equilibrio.
—¿Me acompañáis en un paseo vespertino, querida?