Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Aurore XIII #2
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Aurore XIII #2

Decidí que bien podía adentrarme a solas en los jardines de Versalles, de los que siempre había disfrutado en compañía.

Hacía un día magnífico para ello: radiante, con una ligera brisa veraniega y el sol brillando sin nube alguna en el horizonte.

Estar a solas me permitiría, también, recrear todos y cada uno de los detalles de la noche que había pasado con Philippe.

Me resultaba delicioso que ese fuera nuestro más prohibido secreto.

Que nadie de la corte sospechara que el duque de Orleans y yo hubiéramos compartido la cama.

Me hacía sonreír una y otra vez, como una boba.

Aun con toda la belleza que me rodeaba, mi mente estaba en otro lugar, recordando las caricias, los besos y la intimidad que se había forjado entre Philippe y yo.

Mientras rodeaba la Fuente de Latona, perdida en mis pensamientos, una voz me sacó de mi ensimismamiento.

—Mademoiselle Bechard, qué agradable coincidencia encontraros aquí —dijo Louis, acercándose a mí.

Hice una reverencia, ocultando mi sorpresa y, por qué no decirlo, mi nerviosismo. Si alguien podía leer en mis ojos que ya no era doncella, estaba segura de que sería el Rey Sol.

—Majestad, el honor es mío —respondí, con una media sonrisa.

—No os he visto desde la misa de esta mañana —continuó el rey, sonriendo con esa mezcla de encanto y autoridad que le era tan natural—. Me preguntaba si aceptaríais acompañarme en un paseo. El día es hermoso y la conversación agradable siempre es bien recibida.

No podía negarme y tampoco podía evitar el miedo que se instaló en mi pecho ante la idea de estar a solas con él. Louis hizo un gesto a sus acompañantes para que caminaran por detrás de nosotros y echamos a andar en dirección al Gran Canal .

—¿Disfrutasteis de la recepción? —preguntó, cortés.

—Sí, majestad. Fue magnífica.

—Me alegro de que Versalles sea de vuestro agrado.

—Es un lugar único, sin duda.

—Quiero comunicaros que vuestro tío Lambert está ya plenamente instalado en Saint-Germain y, según me han informado, contento con sus tareas asignadas.

La verdad es que no había pensado en tío Lambert en varios días y me sentí mal por ello.

—Os lo agradezco, majestad. Es la única familia que me queda en el mundo.

—Independientemente de si la reina tiene o no un embarazo exitoso, vuestra posición aquí, en Versalles, puede quedar asegurada —me dijo, con la voz suave y modulada.

—¿Asegurada, majestad?

Lo miré de reojo. Él me observaba, tranquilo.

Bajo la luz del sol, Louis brillaba como nunca entre sus sedas de colores vivos.

Aquella mañana vestía una preciosa casaca bordada en hilo dorado con motivos astrales, a juego con sus medias, y su aspecto era tan imponente como de costumbre, si bien a mí me afectó de forma más intensa: la vehemencia de sus ojos claros no dejaba lugar a dudas de lo que esperaba de mí esa noche, tras el baile de máscaras.

—Os daré un título que os permitirá vivir en la corte de pleno derecho.

—No quiero un título —respondí, quizá demasiado efusivamente.

—¿No? ¿Y qué queréis?

Habíamos llegado a la explanada del Gran Canal y mis ojos descubrieron entonces a Philippe.

Estaba despojado de su casaca y de su chaleco y su camisa aparecía cubierta de sudor, pegada a su piel.

Se hallaba practicando con la espalda, rodeado de sus habituales aduladores y de un par de los nobles ingleses recién llegados.

Sabía que, a diferencia de Louis, Philippe era amante del ejercicio diario y de mantenerse en forma.

Disfrutaba pasando horas afilando su destreza con el espadín, perfeccionando cada movimiento de esgrima, tal vez soñando con esa guerra a la que Louis se negaba rotundamente a enviarlo, mientras yo rezaba en silencio para que jamás tuviera que ir.

Nunca lo había visto durante sus mañanas de entrenamiento; aquella era la primera vez.

Fui incapaz de apartar la vista de él. Llevaba el largo cabello recogido en una coleta baja, con solo unos pocos mechones sueltos sobre su rostro despejado.

Me recordó fugazmente a cuando anoche lo tuve debajo de mí, cogiéndome por las caderas, dejándome que lo usase para mi placer, guiándome hasta su dureza, con la cara ligeramente sudorosa y despejada, como la que lucía ahora.

—Mi hermano parece estar disfrutando de su entrenamiento —comentó Louis, sin dejar de observarme—. Y vos también.

Sentí cómo el calor subía a mis mejillas, pero no podía dejar de mirar a Philippe. Su habilidad con la espada no era lo único que me llamaba la atención: era la intensidad con la que se movía, como si cada golpe fuera una forma de liberar un dolor que lo atormentaba por dentro.

Louis se detuvo y, al girarse hacia mí, su mirada me atravesó.

—Siempre he admirado la dedicación de Philippe a los placeres de la vida —dijo, con una sonrisa que me hizo estremecer—. ¿Vos no?

Su tono era cortés, pero la insinuación subyacente me dejó helada.

—No sabría deciros, majestad, no conozco tanto a Monsieur como vos —respondí.

—Mi hermano siempre ha deseado destacar en el ámbito militar, ¿no os lo ha contado?

Antes de que pudiera responder, Philippe, habiendo terminado su duelo, se acercó a nosotros. Su cuerpo aún relucía por el esfuerzo y, aunque intentaba mantener la calma, su presencia me provocaba un sinfín de emociones apenas controlables.

—Hermano —saludó Philippe, inclinando la cabeza, antes de dirigirse a mí con esa mirada que conocía tan bien—. No esperaba encontraros aquí.

—El destino a veces nos ofrece agradables sorpresas — respondió Louis, sin apartar la vista de mí—. Mademoiselle Bechard ha tenido la amabilidad de acompañarme en un paseo.

La tensión en el aire era palpable, aunque quizá solo la notaba yo. Louis me miraba como si quisiera leer mis pensamientos, mientras Philippe, con el desafío escrito en sus ojos azules, parecía debatirse entre su rol de hermano del rey y algo mucho más personal que atravesaba su ser.

—¿De veras? —soltó el duque de Orleans, apoyando la espada en el suelo.

Reconocí aquel tono de voz que usaba siempre que iba a soltar alguna de las suyas y me puse en inmediata tensión ante lo que estaba a punto de salir de su boca—.

Creí que habíais pasado una noche de lo más agitada, mademoiselle Bechard.

Por descontado, enrojecí al instante.

—¿Es eso cierto? —preguntó el rey, mirándome con curiosidad.

—Bueno, ha sido una noche de dormir poco, sí —confirmé yo, fulminando con la mirada a Philippe.

A él le brillaban los ojos de pura diversión.

—¿De dormir poco? —rio—. Hermano, deberías haber visto cómo se retorcía sobre la cama.

Esta vez la preocupación brilló en la mirada del rey, lo cual no hizo más que aumentar mi cólera y la rojez de mis mejillas.

—¿No os encontrabais bien, mademoiselle?

Fui a responder, pero Philippe se me adelantó:

—Digamos que tenía sofocos y buscó mi ayuda para aplacarlos.

—Sí —dije—. Y debo decir que el duque de Orleans puso todo su empeño en hacer de mi noche una menos intranquila, pero sus conocimientos anatómicos no dieron fruto en mis dolencias.

La lengua de Philippe asomó entre sus labios, burlándose de mí. Quise arrancarle el espadín y clavarlo en uno de sus bonitos ojos azules. El izquierdo o el derecho, me daba igual.

—Ya sabes lo mal que se me da curar los males femeninos, hermano .

Louis nos miró a ambos, en silencio. ¿Se había vuelto loco Philippe? ¿Por qué me decía que lo ocurrido entre nosotros era un secreto que no debía salir jamás a la luz y ahora jugaba a eso, frente al hermano que me reclamaba para sí? Ojalá hubiera podido saltarme el protocolo y pisarle un pie.

No iba a ser tan ingenua de creer que Louis no podía sospechar nada. No era precisamente conocido por su estupidez, todo lo contrario. La forma en que su mirada se desplazaba a su hermano y a mí hablaba por sí misma.

—¿Es esta una riña entre buenos amigos, mademoiselle Bechard, o debo mandar apresar a mi hermano por molestaros con sus formas? —comentó, divertido.

Esta vez quien enrojeció —aunque solo levemente— fue Philippe, lo que me complació sobremanera.

—Por mí lo podéis mandar a remar a galeras, majestad.

El rey se echó a reír ante mi contestación y, tanto la corte que había caminado tras de él como los amigos que entrenaban con Philippe, lo imitaron. El duque de Orleans me atravesaba con su mirada, que yo le devolvía sin apenas pestañear.

—Dado que me he recuperado por completo de mi agitada noche, majestad —comenté, sonriendo al rey y mordiéndome el labio inferior—, debo admitir que ardo en deseos de disfrutar del baile de máscaras que se celebrará hoy. Y de todo lo que venga después.

Dije esto último mirando a Philippe, quien clavó más el espadín en el césped. El rey me tomó de la mano para besarme con suavidad en los nudillos. Le brillaba la mirada de anticipación por mis declaraciones.

—Admito que me siento tan impaciente como vos por el baile de esta noche, Aurore.

Miré una última vez al duque de Orleans antes de recoger las faldas de mi vestido y largarme por donde había venido. Si yo era un peón más entre la rivalidad de ambos hermanos y se divertían a mi costa, ¿por qué no iba yo a hacer lo mismo?

«Porque lo que Philippe despierta en ti nada tiene que ver con un juego».