Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Aurore XIII
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Aurore XIII

E l sol de la mañana se coló por las cortinas del dormitorio de Philippe, bañando la estancia con una luz cálida.

Abrí los ojos con pereza, todavía envuelta en una sensación de calma.

Mi cuerpo, aunque cansado, se sentía maravillosamente relajado, como si cada fibra hubiera sido cuidadosamente acariciada por la paz que ahora me envolvía.

Volví la cabeza y lo vi allí, a mi lado.

El duque de Orleans dormía con total placidez, completamente destapado y gloriosamente desnudo, su pecho subiendo y bajando con un ritmo tranquilo que me llenó de una inexplicable ternura.

Por un momento, me permití la indulgencia de limitarme a observarlo, admirando cada detalle de su figura.

Su cabellera de ébano contrastaba de manera fascinante con la blancura del lino de las sábanas.

Los rayos de sol jugaban con sus facciones, resaltando la finura de su mandíbula, la suavidad de sus labios, la curva de su nariz.

Era hermoso, tan hermoso que casi me dolía mirarlo, como si temiera que al hacerlo demasiado tiempo pudiera desvanecerse como un sueño al amanecer.

El contraste entre su piel clara y el negro de su cabello creaba un cuadro tan perfecto que parecía obra de un artista inspirado por la misma divinidad.

Cada línea de su cuerpo contaba una historia que deseaba conocer; cada parte de él me llamaba de una manera que jamás había experimentado antes.

Era como si el hombre que había estado en mi mente durante tanto tiempo finalmente se hubiera revelado en toda su magnífica verdad y yo necesitase mucha más de esa verdad que me fascinaba .

Me acerqué un poco a él, sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo, y no pude evitar sonreír. Allí, en esa cama, con Philippe a mi lado, el mundo exterior parecía un eco lejano, un lugar del que no tenía prisa por regresar.

Todo lo que importaba estaba aquí, en este instante, en la quietud que compartíamos.

—¿Qué estáis haciendo? —preguntó sin abrir los ojos y sobresaltándome.

—Solo os miraba.

—¿Sois una pervertida, acaso?

Lo golpeé en el hombro desnudo, provocándole una sonrisa taimada y que al fin abriera los ojos para mirarme.

—¡El pervertido sois vos!

—Presentad una queja ante la corona de Francia.

—¡Vos sois la corona de Francia! —exclamé, irritada.

Incluso después de lo que habíamos compartido la noche anterior, Philippe aún disfrutaba exasperándome. Era un verdadero experto en eso.

Solo entonces me di cuenta de que la luz del sol brillaba con demasiada fuerza. Era tarde. Era muy, muy tarde.

—¡ Sacrebleu , la misa! ¡La reina! —exclamé, levantándome de la cama de golpe.

—Al infierno con la misa —dijo Philippe.

—Sí, claro, para vos es fácil, pero os recuerdo que cierto irritante maestro de etiqueta y protocolo me aseguró la importancia de ir a la condenada misa cada día.

—¿Y luego os confesaréis, ma petite furie ? ¿Tenéis suficiente material para el cura o queréis que os dé para unas cuantas lujuriosas confesiones más?

—Sois insufrible, desde primera hora de la mañana hasta la última.

Él se echó a reír, estirándose sobre la cama como un gato. Evité mirar su cuerpo, así como también la dureza entre sus piernas con la que se había despertado. No lo conseguí del todo .

—¿Qué miráis, pervertida? —me provocó de nuevo, incorporándose sobre un codo.

—Nada que no haya visto antes.

—Vaya, vaya. Una noche en brazos de un libertino y mirad en qué descarada mujer os convertís.

Sentí ganas de coger una almohada y estampársela en la cara, pero era tarde, muy tarde, y el deber nacía con la primera luz del alba. Al menos para mí. Salí al pasillo que separaba las habitaciones del duque de Orleans de la mía y volví a sobresaltarme al toparme ahí con Bontemps.

—¡Ah! —exclamé, consciente de que me acababa de pillar saliendo de los aposentos de Philippe vestida solo con un camisón de noche.

Me quedé ahí, paralizada y sin saber qué decir, hasta que Bontemps carraspeó con incomodidad.

—¿Mademoiselle Bechard?

—Sí, eh… buenos días, Bontemps. —Miré hacia la puerta de Philippe y pude imaginarlo ahí adentro, riéndose de mí—. Monsieur tenía un ligero dolor de cabeza y mandó llamarme para ver si podía ponerle remedio. Lamentablemente, no parece haber cura para el mal que sufre el duque de Orleans.

El ayuda de cámara me miró de arriba abajo, desde mi frente hasta la punta de mis pies descalzos que asomaban por debajo del camisón.

—Comprendo, mademoiselle. Si me disculpáis… —dijo, llamando a la puerta de Philippe.

—Claro, sí.

Desaparecí en mi habitación, donde ya me aguardaba Margot.

Pensé que iba a hacerme algún comentario sobre dónde había dormido esa noche, ya que la cama estaba perfectamente hecha, tal como la había dejado la mañana anterior, pero no dijo ni una palabra al respecto.

Philippe ya me había advertido acerca de eso: los sirvientes no se cuestionaban las idas y venidas de los nobles de Versalles y, para estos, quienes les servían eran poco menos que invisibles.

Un detalle de palacio que no me agradaba demasiado y al que no me acababa de acostumbrar.

Me apresuré a presentarme ante la reina, quien no estaba de buen humor. Según me contó, se había pasado horas vomitando y con náuseas y no le apetecía salir a pasear por los jardines aquella mañana. Me informó que acudiría a misa y luego se retiraría a descansar durante el resto del día.

—Lo comprendo, majestad. Os prepararé ahora mismo un té para aliviar vuestro malestar y lo tomaréis también tras la comida y la cena. Confío en que mañana os sintáis un poco mejor.

—¿Está en peligro el pequeño príncipe? —me preguntó, temerosa.

—No lo creo, las náuseas son habituales en ciertas etapas del embarazo.

Reposad, tomad el té y comed con moderación.

Vendré a media tarde para comprobar vuestro estado, aunque dejaré indicaciones a vuestras sirvientas y damas para que os preparen más té.

Si es necesario y vuestro estado empeora, no dudéis en mandarme llamar a cualquier hora.

—Sonreí de oreja a oreja y la reina me miró con curiosidad.

—¿Qué os ocurre esta mañana, Aurore?

—Nada, majestad.

—Estáis distinta.

—No sabría deciros, majestad.

Pero sí que estaba distinta. Se me escapaba una sonrisa traidora cada vez que los recuerdos de la noche anterior asaltaban mi mente.

El sabor de Philippe, salado y dulce a la vez, en mi boca.

La intensidad de su lengua contra la mía.

La suavidad de su piel desnuda, de su cuerpo delgado y atractivo, la longitud de sus piernas enredadas entre las mías.

La forma en que sus ojos cristalinos se convertían en ascuas de fuego cuando entraba en mí.

La cadencia lenta de cada una de sus obscenas palabras. Noté la rojez aparecer en mis mejillas.

¿Cómo me había atrevido a todo aquello? ¿Cómo había sido capaz de usar aquellas expresiones de libertinaje en presencia de él, un príncipe real?

¿Cómo me atreví a realizar aquel acto con mi boca sobre su virilidad, sin vergüenza alguna y mirándolo a los ojos?

¿Y por qué, maldita sea, había disfrutado tanto de cada momento, de cada palabra, de cada caricia?

No podía negar que algo profundo y primitivo había despertado en mí al encontrarme en sus brazos; jamás había imaginado poseer tal descaro.

La vergüenza y el deseo que sentía formaban una mezcla embriagadora que me dejaba tan aturdida como fascinada.

Intenté concentrarme en las necesidades de la reina y en la conversación de la señora de Villena, pero mi mente volvía una y otra vez a Philippe, a la forma en que su cuerpo se arqueaba bajo mis manos, a cómo mi nombre escapaba de sus labios entre susurros y jadeos.

Era una nueva clase de poder, uno que no tenía nada que ver con la corte, con títulos o alianzas, sino con la manera en que podía hacer temblar a un hombre como Philippe con una simple caricia.

María Teresa me miraba con desconfianza, seguramente preguntándose por qué parecía tan ausente, por qué mis mejillas estaban teñidas de un rubor tan persistente.

Si tan solo supiera lo que había sucedido entre su cuñado y yo, cómo me había entregado completamente a él, cómo Philippe había reclamado cada parte de mí con una intensidad que todavía sentía vibrar bajo mi piel.

Procuré mantenerme impasible. No podía dejar que la reina viera más allá de la fachada que estaba esforzándome en mantener, no podía permitir que adivinara lo que realmente me ocurría, lo que Philippe había despertado en mí. Ni ella ni nadie.

—Os lo aseguro, majestad —insistí, forzando una sonrisa comedida—, no es nada importante. Solo una mala noche.

La reina asintió, sin dejar de observarme. Pareció aceptar mi respuesta, al menos por el momento. Sin embargo, yo sabía que esa mala noche era, en verdad, la mejor que había tenido en toda mi vida.

Tras acudir a misa —en la que noté la ausencia de Philippe— me encontré con una mañana libre de obligaciones, ya que solía pasarlas con la reina, bien en sus aposentos o bien paseando.

Durante las tardes, mi rutina ya estaba establecida: acudía un rato a los salones para no despertar sospechas entre la corte y luego me retiraba a mi dispensario para leer los libros que Philippe solía proporcionarme, hasta que este aparecía y paseábamos a la caída del sol.