Philippe XII
N o sé cómo logramos desplazarnos del diván hasta la cama tras aquello. Recuerdo cómo reía ella y cómo reía yo cuando nos dejamos caer sobre el mullido lecho y nuestras piernas se enredaron.
—¿Siempre sois así de obsceno?
—Que yo recuerde, hace unos minutos disfrutabais plenamente de mi obscenidad.
—Eso no responde a mi pregunta.
La besé y la apreté contra mí. Me sentía liviano, tanto como una pluma flotando en el aire, como si un peso invisible se hubiera desvanecido de mis hombros.
No podía dejar de sonreír al notar cómo el diminuto pie de Aurore me acariciaba la pierna arriba y abajo, distraídamente, en un gesto íntimo y calmado del que ni siquiera parecía darse cuenta.
—No, no siempre soy así.
—Yo tampoco —bromeó ella y luego su rostro mutó a uno de preocupación—. ¿Queréis que me vaya ya? No quiero que…
—Dios mío, ¿es que nunca sabéis cundo debéis callar, Aurore? Dejad vuestro trasero aquí, donde debe estar.
—Sois un…
—¿Un qué?
—Muchas cosas que no diré por todo lo que acabamos de compartir.
Me tumbé sobre mi espalda, riendo, y la atraje hacia mi cuerpo.
—Sería la primera vez que no decís lo primero que se os pasa por la cabeza .
Permanecimos en un cómodo silencio durante unos minutos. Ella seguía acariciándome con el pie y yo recorría el contorno de su espalda desnuda, con la vista fija en el baldaquino del dosel de la cama.
—Todas las cosas que me habéis dicho antes —empezó a hablar, buscando mis ojos con los suyos—. ¿Son ciertas?
—No acostumbro a mentir en la cama.
—Pero vos y las mujeres… no…
—¿En todos vuestros viajes no habéis conocido a nadie que disfrutase acostándose con hombres y con mujeres? —la interrumpí.
—La verdad es que no.
—He tenido varias amantes femeninas a lo largo de mi vida, especialmente en la adolescencia, pero a los veintiuno, cuando se me obligó a casarme con Henriette y a dar príncipes a Francia, aborrecí compartir cama con las mujeres y me incliné más hacia los hombres.
Con ellos no había obligación alguna: solo libertad y placer, y me sentía mucho más cómodo con ellos.
Eso no significa que, solo de vez en cuando, buscase los brazos de alguna dama, pero fueron momentos anecdóticos.
—¿Y con vuestra esposa?
—Con Henriette siempre he sido respetuoso y he cumplido con lo que se me pedía, al igual que ella. Fue más un trámite que otra cosa, si bien intenté que no fuese terrible para ella, a pesar de estar acostándose con el hermano equivocado.
Aurore titubeó, parpadeando deprisa.
—¿Con el hermano equivocado?
—Louis y ella han sido amantes durante años hasta hace relativamente poco.
—¿Y eso no os molesta?
—¿Por qué debería? Os recuerdo que en un matrimonio de Estado no hay lugar para el amor. Jamás me he inmiscuido en sus relaciones íntimas y a ella le han traído sin cuidado todas mis indiscreciones .
—Comprendo. Aun así, compartir a vuestra mujer con vuestro hermano…
—¿Acaso no lo estoy haciendo ahora? —le dije, tomándola por la barbilla.
Ella se sonrojó.
—Esto es solo un acuerdo de una noche, una petición que os he hecho y a la que vos habéis accedido.
«No quiero que sea solo una noche. No quiero que seas de mi hermano. No quiero que vayas a su cama y olvides lo que has sentido aquí, conmigo», pensé con amargura.
—¿Es muy indiscreto e inapropiado si os pregunto qué debo esperar del rey en temas de alcoba?
La pregunta disparó un profundo malestar en mi interior y sentí ganas de alejarme de ella, pero comprendí sus dudas y miedos. No quería dejar que se metiera en su cama sin saber cómo era Louis.
—Mi hermano no es un hombre cruel con sus amantes.
Hasta donde yo sé, le gusta seducir con palabras e ir poco a poco.
Es un estratega nato, tanto en política como en la cama.
Disfruta con mujeres que lo desafíen en todos los sentidos y se deja amar con facilidad, devolviendo el placer que se le da.
Os tratará bien. Dejaos llevar por él, sentíos libre de hacer lo que os apetezca y Louis se sentirá más que generoso con vos.
—De acuerdo, pero… ¿Me hablará como vos lo habéis hecho? —Una sombra de duda planeó sobre su voz.
—No —negué con rotundidad—. No le gustan las charlas impúdicas. Quedaos tranquila en ese aspecto.
Aurore deslizó la mano por mi pecho, deleitándose con cada centímetro de piel que acariciaba.
—Cuando vos me hablabais así, alteza… —se detuvo, vergonzosa, y mis ojos se deslizaron por su rostro—.
Mi excitación no hacía más que aumentar.
Con cada palabra vuestra, mi cuerpo temblaba y se deshacía.
Me gustaba vuestra voz, diciendo todas esas indecencias y la forma en que me mirabais al pronunciarlas.
No dije nada. No podía dejar de mirarla. Atrapé la mano que me acariciaba el pecho y me la llevé a la boca, depositando un beso lento en sus nudillos.
—No quiero perderos en brazos de mi hermano.
Sus dedos me acariciaron la mejilla.
—No me perderéis. Puede que mañana mi cuerpo pertenezca al rey —bajó la voz, temblorosa—, pero mi alma y mi deseo siempre serán tuyos, Philippe.
Mis labios se quedaron detenidos sobre la piel de sus manos y, por un segundo, sentí que me ahogaba en sus ojos de miel.
—Aurore…
—Para mí, él es el hermano equivocado.
Apenas puedo describir lo que provocaron aquellas palabras en mí. Olvidé quién era yo. Olvidé al príncipe de Francia. Olvidé al duque de Orleans y de Anjou. Olvidé a Henriette, a Thibaut, a Louis. Lo olvidé todo y solo fui Philippe, junto a Aurore.
La besé con furia renacida, con una desesperación que no supe de dónde me vino, cargado de un deseo que no había sentido antes. Su boca respondió con la misma pasión, como si ambos estuviéramos buscando en el otro una liberación que habíamos anhelado durante demasiado tiempo.
Mis manos recorrieron su piel y mi aliento devoró su fragancia.
Su respiración se aceleraba a medida que la acercaba más a mí, hasta que no quedó espacio alguno entre nuestros cuerpos.
Era como si el tiempo se hubiera detenido y no existiera nada más que nosotros dos, envueltos en una vorágine de emociones que amenazaba con consumirnos y con hacer arder la cama que nos cobijaba.
Aurore se aferró a mis hombros, sus dedos enterrándose en mi carne, mientras mi boca dejaba un rastro de besos ardientes por su cuello, por su clavícula.
La necesidad de poseerla, de hacerla mía en todos los sentidos, se apoderó de mí de una manera que nunca había experimentado.
Me incorporé para contemplar su cuerpo con mis ojos hambrientos.
Ella jadeó, pero no se apartó, dejando que mis manos la reclamaran .
Nos miramos por un instante, nuestras respiraciones entrecortadas llenando el silencio de la habitación. Me apartó el cabello de la cara para observar cada uno de mis rasgos, con una sonrisa que solo pude definir como feliz.
—Sois el hombre más bello que jamás he visto y, si dispongo de una sola noche que pasar a vuestro lado, deseo disfrutar de vos. Complaceros.
—Ya me complacéis —dije, negándome a aceptar lo que sus palabras insinuaban.
—No. Quiero tocaros como vos lo habéis hecho antes conmigo. Aunque no sé cómo hacerlo.
Tomé su mano y la guié hasta mi pecho, sintiendo cómo sus dedos temblaban al contacto con mi piel. El calor de su toque me recorrió como un incendio incontrolable. En ese momento no existía nada más en el mundo para mí que su presencia.
—No hay nada que debáis hacer más que ser vos misma —susurré, mi boca rozando la suya—. Vuestra sola existencia me complace más de lo que podéis imaginar.
Ella me miró, sus ojos brillando con determinación y vulnerabilidad.
Sus dedos empezaron a explorar mi cuerpo, primero con timidez, pero luego con una creciente confianza.
El rastro de sus caricias era como un mapa de fuego dibujado sobre mi piel, cada tímido toque enviando olas de placer a través de mí.
—Guiadme, alteza. Enseñadme cómo os gusta.
—¿De verdad lo deseáis?
—Más que nada —declaró ella—. Y habladme… por favor.
—¿Que os hable… cómo?
—Cómo lo habéis hecho antes.
—¿Como un sucio libertino?
Asintió, sonrojada. Aquella mujer iba a matarme, con aquella mezcla de inocencia y perversión que asomaba en su mirada.
—Sigue bajando.
—¿Hasta dónde?
—Sabes perfectamente hasta dónde —le dije—. Hasta mi polla .
Aquella palabra pareció acabar de encenderla y obedeció.
Su boca, cálida y suave, siguió el camino que sus manos habían trazado, dejando un rastro de besos que encendían todo mi ser.
Mi control, que normalmente era férreo, comenzó a resquebrajarse bajo su toque.
Cuando llegó a mi entrepierna, me tomó entre sus manos, acariciando el glande con el pulgar, repartiendo suavemente la humedad que ya se había acumulado en la punta.
Sus ojos iban desde mi dureza hasta mi cara, como si quisiera la confirmación de que lo hacía bien.
Estuve a punto de perder cada ápice de control al ver cómo me miraba.
—Abre la boca, saca la lengua y deslízala desde abajo hasta la punta —le indiqué, intentando controlar los jadeos que pugnaban por salir de mis pulmones—. Y, si te atreves, métela en la boca.
—¿Entera?
—¿Podrás? —la desafié yo.
Me miró antes de dudar un segundo, abrir la boca y deslizar la lengua a lo largo de mi carne tensa.
Cerró los labios alrededor de mi circunferencia y succionó suavemente en la punta.
La sensación de tenerla ahí, chupándomela, disparó una salvaje oleada de placer en mí.
Tuve que agarrarme de las sábanas. Especialmente cuando me recibió del todo en su boca húmeda.
Enredé mi mano en sus rizos rubios y empecé a marcar un ritmo lento, que le dificultaba un poco la tarea de meterla entera en la boca. Jadeó, con los ojos encendidos y clavados en mí. Y yo pensé que era la imagen más bonita que había visto en muchos años.
Se la sacó de la boca, de la que le salía un poco de saliva.
—Me gusta —se limitó a decir.
—¿Qué es lo que te gusta?
—Tu sabor. Tu suavidad. Lo dura que la tienes.
Gemí de pura sorpresa cuando se la metió de golpe y hasta el fondo de su boca, sin previo aviso.
Se me nubló la vista, se me tensó el cuerpo entero bajo su tacto, mi respiración se aceleró y se volvió irregular.
Ahogué una maldición llena de palabrotas cuando noté que mi glande chocaba contra el fondo de su garganta, mientras su lengua seguía recorriéndome entero, sin parar de chupar y de succionar cuando llegaba a la punta.
Aurore alzó sus ojos para observar mis reacciones con un gesto malicioso.
Se me contrajeron los músculos del abdomen y le sujeté con más fuerza la cabeza contra mi polla.
Ella rodó su lengua a mi alrededor y sus manos buscaron mi trasero para levantármelo y que mi dureza se clavase aún más en su garganta.
Me estaba arrebatando los sentidos poco a poco.
—Si sigues así, terminaré en tu boca y no quiero —logré murmurar, notando cómo el orgasmo empezaba a acumularse en mis caderas y la voz se me quebraba por el deseo.
—Antes has dicho que sí querías.
—No soy un hombre de palabra —le dije.
La arranqué con ferocidad de mi entrepierna, tumbándola sobre la cama con violencia y abriéndole las piernas de golpe.
—¡Eh! —intentó protestar cuando me tumbé encima de ella y la besé, enardecido.
—Estoy a punto de correrme, de volverme loco, de hacerte daño. Quiero follarte y hacerte el amor, dejarte hambrienta y saciarte a la vez.
—Hazlo —declaró Aurore, buscando con la mano mi polla y colocándola en su entrada. Estaba húmeda, preparada, y lo estaba por y para mí. Sus ojos brillaron de puro deseo—. Tómame y hazme tuya, Philippe.
Me bastó un golpe certero para penetrarla en toda mi longitud, abriéndome paso a través de su carne prieta, tan estrecha como mojada.
Aurore se retorció y enredó sus piernas en mis caderas.
Dejó escapar un jadeo ahogado de protesta ante la repentina invasión, pero sus ojos brillaban de pura lujuria.
Salí despacio de su interior y, tensando las caderas, comencé a introducirme en ella, retirándome hacia atrás para volver a sumergirme en su coño en un balanceo controlado.
Me dejé llevar por la sensación que me provocaba aquel ritmo cadencioso de mi cuerpo contra el suyo, tan delicioso e insuperable que temí derramarme en su interior a las pocas embestidas.
—Dime cuánto te gusta —exigí, sin dejar de entrar y salir de ella—. Dime que ni siquiera el rey de Francia te follará así.
—Eres un engreído, un sucio y vil…
Le callé la boca con un beso que Aurore me devolvió, desesperada por el placer que se acumulaba en su cuerpo y que no parecía saber cómo controlar.
Reí en voz baja y aumenté el ritmo de las embestidas; nos ahogamos el uno en el otro, llenamos la habitación de nuestros jadeos, sus suspiros mezclados con mis gemidos.
Cada movimiento nos acercaba más, borrando las líneas que nos separaban, fundiéndonos en un solo ser.
Le levanté las caderas, cogiéndola por el trasero para que la unión de nuestros cuerpos fuera más profunda.
Aquel movimiento fue demasiado para ella.
Se arqueó cuando el orgasmo llegó, violento y profundo, desde sus entrañas.
Lo noté en las paredes de su interior, que se empezaron a contraer de una forma frenética alrededor de mi erección y entonces me aferré a Aurore cuando mi propio clímax me alcanzó y barrió todo mi entendimiento.
—Philippe —murmuró, aún atrapada en mí y yo en ella.
Nos quedamos allí, entrelazados, nuestros cuerpos exhaustos, sudorosos y temblorosos.
—¿Estás bien? —la miré, dejando un suave beso entre sus pechos.
Tenía el pelo revuelto y la mirada encendida, como si no comprendiera del todo lo que acababa de suceder entre nosotros.
No respondió con palabras, pero el modo en que se aferró a mí, como si fuera su ancla en un mar agitado, me dijo todo lo que necesitaba saber.
En ese momento, supe que habíamos emprendido un camino del que no había retorno y no lo habría querido de otra manera.
—Este será nuestro secreto.
—¿Uno más, alteza? —respondió.
—Uno y mil más, ma petite furie .