Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Aurore XII #3
41%

Aurore XII #3

—Sois un depravado —me quejé, aunque en realidad no era un reproche.

La visión de su miembro, duro y erecto, era cautivadora y mi vientre volvió a despertar ante aquella imagen, ante la diversión que fluía en su voz y en sus sucias palabras y ante su cuerpo, tan desnudo como lo estaba el mío.

—Lo soy. Y, en parte, por eso estás aquí conmigo. ¿Me equivoco?

—No, no os equivocáis.

—Y por eso te has corrido antes.

Lo miré a los ojos, desafiante. ¿Quería jugar a incomodarme? ¿Eso lo excitaba? Bien, pues de ese juego podíamos participar los dos, por lo que repliqué:

—Sí, Philippe, por eso me he corrido antes. Contigo.

Su mirada chispeó de pura diversión y alargó la mano para tirar de mí hacia él, hasta que mi cuerpo chocó contra el suyo. Noté su dureza en mis muslos y aquel contacto me hizo gemir.

—¿Sigues confiando en mí? —murmuró, besándome.

—Siempre.

Sentí que podía hacer conmigo lo que quisiera y, en el fondo, anhelaba que lo hiciera.

Deseaba conocer todo lo que sus manos, su boca y su cuerpo podían ofrecerme.

Deseaba todo de Philippe: la incorrección y la delicadeza, la perversión y la urgencia, la intimidad y la diversión.

Él pareció comprender el torbellino de sentimientos que me poseía y tiró de mí hacia el diván que descansaba en mitad de su dormitorio, frente a la cama.

Se tumbó cuan largo era, con un pie estirado sobre la mullida superficie y el otro apoyado en el suelo.

El cabello negro contrastando contra la piel blanca de su pecho y su boca entreabierta se me antojó la visión más bella del mundo.

Me alargó una mano, incitadora.

—Ven —dijo.

Tomé su mano y él me la apretó en un gesto de profundo cariño. ¿Cómo podía ser así? ¿Sucio y delicado a la vez? Me iba a volver loca y yo abrazaría esa locura cada día de mi vida si el destino me lo hubiera permitido.

—Siéntate encima de mí —indicó, tomándome por las caderas al ver que vacilaba.

—¿Yo, encima? —pregunté.

—Sí, tú encima. Yo te ayudaré a que no te duela.

—¿Me dolerá?

—Solo un poco. Iremos poco a poco y, si notas el dolor, serás tú quien controle la situación.

—¿Y tú…?

—Yo me encargaré de guiarte .

Sus palabras me calmaron y me subí a horcajadas encima de él, sentándome sobre sus muslos.

Mis ojos, traicioneros, buscaron su miembro, erguido y listo, que palpitaba contra mi estómago.

¿Yo había provocado esa excitación en él?

Lo miré a los ojos, buscando una contestación.

Philippe pareció comprender lo que mi mirada preguntaba en silencio.

Su beso, profundo y largo, fue la única respuesta que obtuve, la única que necesitaba en aquel momento.

Me tomó por los muslos para incorporarme un poco y colocarme sobre su dureza, que noté cómo se apoyaba en mi entrada resbaladiza.

Era larga y tan hermosa como el propio Philippe.

Deseaba tocarlo como él me había tocado a mí, aunque no sabía cómo debía hacerlo.

No tuve tiempo de pedirle permiso para acariciarlo, porque con sus manos fue empujándome lentamente hacia abajo. Hacia él.

—Mírame —murmuró y yo obedecí, perdida en su mirada y en la sensación que se abría paso en mi carne mientras Philippe entraba en mi cuerpo, poco a poco, pulgada a pulgada—. Solo tienes que subir y bajar a tu propio ritmo y parar si te duele.

—Yo… no sé si sabré —dije en un susurro.

—¿Me deseas, Aurore?

—Sí. Te deseo muchísimo. Más que a nada en el mundo.

—Entonces, escúchame. Y escúchame bien. —Su voz ronca se coló en mis oídos y su cuerpo se fue hundiendo en el mío—.

Esto es lo que he deseado hacer contigo desde hace semanas.

He querido follarte así desde que pusiste un pie en Versalles.

Quiero verte desnuda, tumbada sobre mi cama, con las piernas abiertas de par en par y enterrar mi boca en tu coño hasta que te vuelvas a correr como has hecho antes.

Quiero controlar cada gemido, cada grito, cada insulto, cada estremecimiento que salga de tus labios.

Jadeé, deseando que continuara hablando mientras me penetraba.

Guiaba el movimiento de mis caderas con sus manos, haciendo que subieran y bajaran poco a poco sobre él.

Su carne dura se abría paso en la mía y podía sentir cada milímetro de su miembro entrando donde nunca nadie había entrado.

No me dolía, al contrario: era el placer más delicioso, más íntimo, más obsceno, que jamás había experimentado.

—¿Y qué más? —me atreví a preguntar en un murmullo vergonzoso.

—Quiero follarte la boca para que te calles de una vez, ponerte de rodillas y hacer que esos labios encuentren el camino a mi polla.

Cogerte de esos bucles rubios que me vuelven loco, retorcerlos en mi mano y entrar en ti hasta llegar a tu garganta y que llores de puro placer.

Quiero correrme en esa boca que me llama Philippe cuando solo yo se lo permito; quiero que las comisuras de tus labios rebosen de mí. Eso es lo que quiero.

Sus manos soltaron mis caderas y, sin darme cuenta, me encontré moviéndome sola sobre él. Me apoyé en sus hombros y me dejé caer entera sobre su miembro con un gemido gutural.

—Dios mío, Philippe —solté, incapaz de entender todo lo que mi cuerpo estaba sintiendo. Volví a levantarme hasta que sentí que me quedaba casi vacía y volví a sentarme de golpe sobre él.

Esta vez, fue Philippe quien gimió, quien echó la cabeza hacia atrás y quien suplicó:

—No pares, Aurore.

—Philippe… —murmuré, sin detenerme.

—Úsame. Vamos, hazlo.

Sus manos rodearon mi cintura y me apretaron la piel, arrancándome un gemido de puro placer cuando aumenté la velocidad y él levantó las caderas para acompañar mi ritmo, que cada vez iba más deprisa.

Sus ojos se volvieron dos esquirlas negras y su piel se erizó cuando se incorporó y me enlazó por la cintura.

Noté un leve conato de dolor en mi interior, uno fugaz y pasajero que me hizo gimotear ligeramente.

Philippe lo cubrió con un beso húmedo, salvaje y profundo, y el dolor se esfumó tan rápido como había venido.

Dios, la sensación de tenerlo dentro de mí era indescriptible.

Me sentía completamente llena de él, embriagada por su sudor y por la suavidad de su piel contra la mía.

Envolví su cintura con mis piernas y Philippe me apretó contra él, gimiendo cada vez más ronco, cada vez más profundo, y supe que, al igual que yo, estaba a punto de alcanzar su éxtasis.

Lo tomé del cabello negro para levantarle el rostro y mirarlo a los ojos. Quería ver su expresión de placer, del placer que yo le proporcionaba, para que comprobase hasta qué punto él me lo proporcionaba a mí.

Me aferré a sus hombros y él hizo lo mismo con sus manos en mi cintura.

La imagen de Philippe cubierto de sudor, con la boca entreabierta por el placer y la piel desnuda contra la mía, fue el último estímulo que necesité para alcanzar el cielo.

Sentí que mi cuerpo se desesperaba, que una oleada de luz me sacudía, que me deshacía en diminutas motas y me recomponía a la vez.

Mi vientre palpitó y se sacudió, enviando relámpagos a través de mi columna vertebral, desatando una febril tormenta en mi nuca que me hizo retorcerme en brazos de Philippe, ahogada en gemidos que no parecían míos.

Fue entonces cuando él hizo lo mismo en un resuello ronco contra mi cuello, sin soltarme las caderas y murmurando mi nombre una y otra vez.

—Philippe —me acabé de deshacer yo entre sus brazos y él me aferró, me besó la piel del cuello y entre los pechos, conduciendo los últimos retazos de mi orgasmo hasta que se disolvieron y pudimos mirarnos a los ojos.

Me sentí más feliz que en toda la vida al comprobar cómo su sonrisa, aquella tan genuina y que yo sabía que solo reservaba para unos pocos, iluminaba su rostro.