Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Aurore XII #2
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Aurore XII #2

Me perdí en ese beso, como si el tiempo se hubiera detenido y solo existiera el ardor de nuestro encuentro, el de mi cuerpo desnudo y expuesto y el suyo, aún vestido, apretado contra el mío.

La caricia de su boca exploraba la mía y cuando sus manos se aferraron a mi cuello, acercándome aún más a él, como si quisiera fundirse conmigo en ese instante, noté cómo entre mis piernas estallaban las llamas del deseo más descarnado.

Su beso salvaje arrasó con cualquier recuerdo de besos pasados que yo hubiera experimentado, incluido el que me había dado su hermano la noche anterior.

Los labios de Philippe borraron memorias y miedos y lo llenaron todo de él.

Se separó fugazmente de mi boca, dejándome sin aliento y deseando más, mucho más.

Sus ojos acariciaron mi piel expuesta como nadie lo había hecho.

Se detuvieron en mi cuello, en mis pechos, en mi vientre, en mi pubis, en mis piernas, en mis pies y luego volvieron a subir por mi cuerpo hasta encontrarse con los míos.

No supe de dónde me salió el valor: esta vez fui yo quien buscó su boca con desesperación, mientras mis dedos se hundían en aquel cabello sombrío.

Necesitaba su contacto, su sabor, su firmeza.

Necesitaba sentir todo lo que quería sentir, consciente de que aquella sería mi única noche con él y que luego yo pertenecería al rey de Francia.

Philippe clavó los dedos en mis caderas y me arrastró con él, sin dejar de besarme.

Me enlazó la cintura y, en un movimiento que apenas pude percibir, barrió con el brazo que tenía libre todos los documentos, tinteros y plumas que descansaban sobre un buró cercano, para luego subirme al mueble sin vacilaciones.

Solo entonces despegó la boca de la mía y dio un par de pasos atrás para contemplarme en mi desnudez.

—¿Qué estáis haciendo? —pregunté, con las mejillas enrojecidas, aunque no supe si había sido por el beso previo o por la forma en que sus ojos aturquesados se habían oscurecido y se perdían en mi cuerpo exhibido.

—Abrid las piernas.

—Alteza… no creo que esto sea lo que os he…

—He dicho que abráis las piernas —me ordenó, la voz ronca y grave.

Con una profunda vergüenza, levanté la vista al techo y obedecí lentamente, separando una rodilla de la otra. No quería averiguar si lo que veía le repugnaba.

—¿Por qué? —pregunté, a punto de gritar de frustración ante su silencio.

—Porque quiero mirar.

—No creo que haya nada digno de mirar.

—Estamos en un profundo desacuerdo.

Busqué sus ojos. Él buscó los míos.

—Entonces yo también quiero ver —solté.

Ladeó la cabeza, divertido.

—¿Y qué queréis ver?

—A vos. Todo vos —respondí, tragando saliva.

La sonrisa de Philippe fue aquella tan suya, una en la que se mezclaban la malicia y la diversión. Mi mirada no se perdió detalle de lo que ocurrió a continuación y, por un segundo, me olvidé de que la que estaba desnuda ahí, subida sobre un mueble y abierta de piernas, era yo.

Philippe se llevó la mano derecha al cuello de la camisa y tiró de un lazo para terminar de abrirla hasta su ombligo.

Luego, se la sacó por la cabeza y la lanzó a sus espaldas, sin dejar de mirarme a los ojos.

El cabello negro se desparramó por su pecho níveo, delgado, en el que unos suaves músculos se marcaban: los de sus pectorales, los de su vientre, los de sus caderas estrechas, los de sus brazos.

Tenía una piel tan blanca, tan sedosa y hermosa, que sentí deseos de alargar la mano y acariciarla.

Era, a mis ojos, el hombre más bello que había visto nunca y sentí que se me llenaba el pecho de impaciencia y de deseo por tocarlo, por que él me tocara.

Pensé que se quitaría también el calzón, pero no lo hizo.

En vez de eso, volvió a acercarse a mí y sus manos rodearon mi cara para volverme a besar, si bien esta vez fue un encuentro lento, candente, en que su lengua se deslizó de mi boca hasta mi cuello.

Me estremecí entera al sentir su aliento descender por mi garganta y noté entre mis piernas una humedad desconocida que me mojaba entera.

Hubiera enrojecido ante aquello si no hubiera percibido cómo la mano derecha de Philippe se desplazaba hasta aquel punto, hasta la entrada a mi cuerpo, y separaba los labios de mi vagina para explorar a su gusto.

Deslizó el dedo índice por toda mi intimidad, empapada y dispuesta, y se le formó una sonrisa contra mi piel al notarme calada de mis propios fluidos.

—¿Os han hecho alguna vez esto? —me preguntó en un susurro áspero, regresando a mi rostro para dejar un leve beso en mi boca.

—¿El qué? —logré responder a duras penas.

Philippe volvió a sonreír, apoyó su frente contra la mía y hundió el dedo índice en mi interior con una deliberada lentitud que me hizo sofocarme al notar aquella intrusión que no había esperado.

Lo introdujo hasta el final, despacio, para que mi cuerpo sintiera cada uno de los centímetros de aquel dedo largo y elegante.

Para que yo jadeara de sorpresa ante la deliciosa invasión.

Para que el placer me inundara sin previo aviso cuando buscó con el pulgar el pequeño montículo que coronaba mi vagina y empezó a acariciarlo en suaves círculos.

Todo mi cuerpo respondió al instante. Un escalofrío delicioso, que empezaba justo donde él me penetraba con su dedo y que ascendió por mi vientre hasta llegar a mi cabeza, me hizo gemir y arquearme, buscando que su índice se hundiera más en mí. Más profundo, más rápido. Más. Simplemente más.

Me agarré a sus hombros desnudos, sintiendo que toda yo resbalaba y me caía hasta un agujero negro donde solo primaban los sentidos que él despertaba con aquel contacto, con cada caricia, con cada suave penetración de su dedo, con cada firme toque que hundía en mi cuerpo.

—Alteza —tan solo fui capaz de decir.

Con su frente aún apoyada en la mía, me besó largamente antes de susurrarme, apenas despegando sus labios de mis labios:

—Llámame Philippe.

Clavé las uñas en sus hombros cuando noté que añadía otro dedo y que entraba dentro y fuera de mí una y otra vez.

Sacaba ambos dedos del todo y luego, sin dejar de mirarme a los ojos, los hundía otra vez entre mis piernas.

Un gemido que no reconocí como propio salió de mi boca, gutural y profundo, y arqueé mi cuerpo en busca del suyo con desesperación feral.

—Philippe —murmuré, perdida del todo. Su nombre se ahogó entre mis jadeos, flotó en el aire de la habitación y se disolvió entre la luz de los candelabros, hasta llegar a sus oídos, hasta sus dedos y hasta su cuerpo, y volvió al mío, que se convirtió en esquirlas de fuego cuando él aumentó la velocidad.

Buscó mi boca, que yo le ofrecí. Me convertí en desesperación y en sollozos ante lo que me estaba haciendo—. ¿Qué me ocurre?

—Nada que no deba ocurrir —me prometió y luego ordenó con la voz ronca—: Córrete.

Me sujeté a su cuello, hundí mi cabeza en su cabello, me empapé de su olor y del tacto de su piel, y entonces ocurrió: un estremecimiento que no supe de dónde venía ni hacia dónde iba, un gemido que me ahogó, un placer desmesurado que me nubló la vista y que me hizo temblar entera durante unos pocos segundos que me parecieron eternos.

La oscuridad de la noche quedó velada por un fogonazo de luz tras mis ojos y gemí.

Gemí largamente mientras me deshacía en los dedos y en la boca de Philippe, quien me sostuvo con firmeza conforme me consumía en sus brazos.

Lo miré a los ojos, con la respiración agitada, superficial. Sonrió. Yo también lo hice, confusa.

—¿Qué ha sido eso? —pude preguntar tras un minuto de silencio en que solo se nos escuchaba respirar, uno en la boca del otro.

—Un orgasmo, ma petite furie .

—¿Un orgasmo?

—No me digas que con tanto conocimiento médico que atesoras en esa cabecita tuya, no sabes lo que es un orgasmo.

—Claro que lo sé —dije, sin poder soltarme de su abrazo—. Pero no creí que sería así.

—Si no estás satisfecha, devuélvemelo —me tomó el pelo él.

—No es eso. —Estaba tan confusa por lo que me acababa de ocurrir que apenas podía pensar con claridad—. Es que… no es lo que yo os había pedido.

—Tutéame por ahora, Aurore —me dijo, riendo—. Estás completamente desnuda y en mis brazos.

Me puse roja como una manzana madura ante aquel comentario despreocupado.

—No sé si voy a ser capaz.

—Entonces, tendré que asegurarme de seguir haciendo que te corras hasta que me tutees.

—Sois un pervertido, hablando así —protesté.

Él se lamió los labios.

—¿Te molesta?

Enrojecí aún más y respondí en voz muy baja:

—No, al contrario…

—Bien. Porque aún no he terminado de cumplir con lo que me has pedido que haga contigo .

Me levantó del buró sin esfuerzo y me depositó en el suelo como si yo fuera una simple pluma que no pesase nada.

Temí que me fallaran las rodillas, pero no ocurrió.

Me quedé ahí de pie, sin saber qué hacer, e instintivamente llevé mi mano derecha a mis pechos y la izquierda a mi pubis para taparme.

Philippe me lo impidió tomándome de ambas muñecas.

—No —dijo, simplemente.

Pensé que me arrastraría hasta su cama para colocarse encima de mí, pero, una vez más, descubrí que cualquier presunción que pudiera hacer acerca del comportamiento de Philippe de Orleans sería errónea.

—Antes has dicho que querías verlo todo.

Tragué saliva.

Y tragué más saliva cuando se llevó los pulgares a los bordes de su calzón y empujó la tela hacia abajo, lenta y provocadoramente, midiendo mi reacción conforme la prenda se deslizaba por sus caderas y resbalaba por sus muslos, hasta caer a sus pies.

Hasta quedar completamente desnudo ante mis ojos hambrientos de él.

—Sé que ya me habías visto así, aquella noche en la bañera —comentó, divertido—, pero esta vez… esta vez sí que puedes ver los encantos del ducado de Orleans en todo su esplendor.

—Philippe, por favor.

—Cada vez que dices mi nombre, Aurore, se me pone más dura —soltó.