Aurore XII
E sa noche no soñé, pero me desperté más agitada que nunca y el día que siguió no fue mucho mejor.
Cualquier cosa que hacía, cualquier conversación que mantenía, no lograba ocultar aquello que revolucionaba mi corazón: mañana por la noche era el baile de máscaras, y el rey aguardaba mi presencia en su cámara real.
No podía negarme. Y la verdad es que tampoco estaba segura de querer decir que no a la proposición de Louis.
Su beso había despertado cosas en mí, deseos y emociones que ni siquiera sabía que existían con tanta intensidad.
Durante años había sido una espectadora de la vida, observando desde la distancia cómo otros experimentaban la pasión y el amor.
Ahora, me encontraba en el centro de todo eso y la idea de entregarme al rey me tentaba tanto como me aterrorizaba.
Intenté concentrarme en mis deberes, pero mis pensamientos volvían una y otra vez a la misma imagen: el rey y yo, juntos, en la intimidad de sus aposentos.
¿Cómo sería? ¿Cómo sería ser deseada por un hombre como él, tan poderoso, tan acostumbrado a obtener todo lo que quería?
Y luego, esos mismos pensamientos terminaban en Philippe.
Mis sentimientos estaban divididos, atrapada entre dos hombres que no podían ser más diferentes.
Philippe, con su espíritu libre y su ingenio mordaz, ejercía sobre mí una atracción que iba más allá del deseo físico.
Me sentía segura con él, comprendida de una manera que nunca antes había experimentado.
Pero Louis, con su autoridad y su magnetismo, representaba un peligro que me atraía y me asustaba a partes iguales.
¿Qué esperaba encontrar con el rey? ¿Un amante?
¿Un protector? ¿O algo más? La idea de entregarme a él, de cruzar esa línea, era tan tentadora como aterradora.
Sabía que, una vez que lo hiciera, no habría vuelta atrás.
Ya no sería la misma Aurore que había llegado a Versalles.
El día avanzaba con lentitud y cada minuto me acercaba más a la decisión que cambiaría mi vida. ¿Sería este el comienzo de un nuevo capítulo para mí, o el final de lo que hasta ahora había conocido?
Cuando la noche finalmente cayó, me encontré sola en mi habitación, contemplando mi reflejo en el espejo.
La mujer que me devolvía la mirada parecía la misma de siempre, pero no lo era: en mi interior algo había cambiado.
Pronto me encontraría frente al rey, en una situación que apenas podía imaginar.
Mañana, en el baile de máscaras, la vida que conocía podría desvanecerse para siempre.
Y la pregunta que más me atormentaba era: ¿estaba lista para lo que vendría después?
¿Estaba lista para renunciar a lo que Philippe despertaba en mí cada vez que nos mirábamos, cada vez que hablábamos?
Lo había evitado durante todo el día, incluido nuestro paseo vespertino, y apenas habíamos intercambiado unas pocas palabras.
De repente, lo eché de menos. Lo eché de menos con toda la fuerza de mi corazón, como si estuviese a cientos de millas de distancia y no al otro lado del pasillo.
Un día sin él se me había antojado tan largo como una vida de oscuridad y fue entonces, justo entonces, cuando tomé la decisión que tendría que cambiar toda mi existencia.
Era plena noche y el palacio dormía. La corte se había retirado ya a sus respectivos aposentos cuando crucé el pasillo y entré sin llamar a la antecámara de Philippe.
Aún tenía que atravesar dos habitaciones más para llegar a su dormitorio y creí que estaba siendo sigilosa, pero claramente me equivoqué.
—Aurore, lo de colarse en mis aposentos empieza a ser una costumbre de lo más… —me guio su voz a través de la penumbra— inquietante.
Su dormitorio estaba iluminado con decenas de velas y él no se había acostado aún.
Todavía iba vestido, aunque no del todo.
Se había quitado las medias y el chaleco, así como los zapatos.
La camisa blanca estaba medio salida de su calzón y abierta por su pecho.
Me daba la espalda, bebiendo una copa de vino, y admiré la forma en que aquel cabello de ébano, largo y ondulado, caía por sus hombros.
Toda yo temblaba, incapaz de pronunciar en voz alta lo que había venido a decirle. Philippe, impaciente ante mi silencio, se giró.
—¿Ha ocurrido el dudoso milagro de haberos quedado sin lengua, ma petite furie ?
Enmudeció al descubrir que había acudido a él vestida solo con un sencillo camisón de noche que me cubría hasta los pies.
—¿Aurore? —preguntó, confuso.
—Dejadme hablar, alteza —dije, reuniendo el escaso valor que sentía. Sus ojos atravesaron los míos—. Ayer, durante la recepción, vuestro hermano me pidió que me entregara a él tras el baile de máscaras. Sé que no puedo negarme a sus deseos. Es el rey.
Philippe seguía mirándome de aquella manera. Y a mí me tembló el cuerpo entero.
—Vos dijisteis que no era un deshonor dejarse amar por el rey y estoy de acuerdo con tal afirmación. Pero… —Me detuve, tragando saliva.
—¿Pero…?
—Pero no quiero que sea él quien me desvista, ni que sus manos sean las primeras en tocar mi piel. No quiero que sea su cuerpo el que me haga conocer el placer, ni que sea él quien me posea por primera vez. Deseo que seáis vos, alteza.
Él permaneció callado y yo bajé la mirada, avergonzada por lo que acababa de confesarle. Mis ojos permanecieron clavados en el suelo mientras continuaba hablando:
—Sé que no amáis a las mujeres y soy consciente de lo que os estoy pidiendo. Solo os pido una noche. Una noche con vos —dije, temblando—. Si me rechazáis, lo entenderé y os aseguro que no habrá animosidad por mi parte.
Philippe dio un paso hacia mí. Solo uno.
Fui incapaz de mirarlo.
Entonces dio otro y uno más, hasta que su mano alcanzó mi barbilla. Sentí cómo sus dedos, firmes pero delicados, levantaban mi rostro. Mis ojos se encontraron con los suyos, esos ojos azules que parecían contener todos los secretos de la corte y, en ese momento, todos mis deseos ocultos.
—¿Por qué yo, Aurore, entre todos los hombres?
Su cercanía me hacía estremecer, pero me obligué a hablar, a dar respuesta a su pregunta.
—Porque vos me hacéis reír de una forma que nadie más en este mundo podría lograr.
Porque sois el único que me ha mostrado algo real, algo verdadero.
Porque con vos no tendría miedo. —Mi voz titubeó, luchando contra el nudo que se formaba en mi garganta—.
Porque os deseé desde el primer momento en que os vi.
Porque cada vez que mis ojos se pierden en vuestras facciones, no logro pensar en otra cosa que en la belleza que sois en vuestra totalidad.
Porque sois el hombre más fascinante, interesante y deslumbrante de todo Versalles.
Él no dijo nada. Temí perderme una vez más en aquellos ojos azules que se deslizaban por mi rostro y, ante su obstinado silencio, asumí mi derrota y mi humillación.
—Comprendo, alteza. No os molestaré más.
Di un paso atrás para alejarme de él y me giré para regresar sobre mis pasos a mi habitación, cuando su voz, ronca y autoritaria, me detuvo.
—Aurore —dijo.
—¿Sí, alteza? —murmuré.
—Desnudaos.
El aire quedó atrapado en mi pecho al escuchar su orden.
Mi corazón latía con una intensidad que amenazaba con derrumbarme ahí mismo, en medio de la penumbra de sus aposentos.
Escruté su rostro, esperando ver algún rastro de titubeo en su expresión, algún indicio de que quizás no había comprendido lo que acababa de pedirme.
Pero no había ninguna duda en sus ojos: solo una firmeza que me hacía arder por dentro.
—¿Alteza? —dije, apenas capaz de reconocer mi propia voz.
—Desnudaos —repitió, con un tono que no permitía réplica.
Su mirada era fuego y yo sentí cómo ese fuego líquido se extendía por todo mi cuerpo, consumiéndome a su paso.
Mis manos temblaban mientras alcanzaban los lazos de mi camisón.
Cada nudo que deshacía me llevaba un paso más allá del punto de no retorno.
Él permanecía allí, mirándome, esperando.
No era el rey quien me desvestía, no era un acto de poder o de dominación sobre mi alma o sobre mi cuerpo.
Era Philippe, el hombre que había despertado en mí deseos que ni siquiera sabía que tenía.
Era a quien yo había elegido para ser el primero en tomarme.
Titubeé un segundo antes de que el camisón cayera al suelo y el tacto del aire nocturno rozara mi piel expuesta.
Me sentía más vulnerable que nunca, tal y como había llegado al mundo, desnuda por primera vez en mi vida ante los ojos de un hombre a quien deseaba como no sabía que se podía llegar a desear.
Me quedé allí, sin apartar la mirada de él, esperando a que dijera algo: un halago, un rechazo. Cualquier cosa.
Philippe no dijo nada. En lugar de eso, se acercó a mí, lenta y deliberadamente, hasta que su cuerpo estuvo a solo un suspiro del mío, hasta que pude notar el calor que desprendía y ese olor suyo, tan suyo, que yo podía distinguir incluso en sueños.
—Estáis nerviosa —murmuró y el tono ronco de su voz me hizo estremecer .
Con una suavidad que no había esperado, deslizó una mano por mi cintura, trazando el contorno de mi figura.
Tenía los dedos suaves, llenos de la experiencia que a mí me faltaba, y recorrieron con profunda lentitud mis caderas y mi espalda.
Cada retazo de piel que dejaba atrás con su contacto se convertía en una chispa incandescente, encendiendo algo que no estaba segura de poder controlar.
Y entonces, sin que yo pudiera prepararme para ello, me besó.
Su boca encontró la mía con una urgencia casi desesperada, sus labios cálidos y firmes moviéndose sobre los míos con una pasión que me hizo temblar.
Sentí cómo su aliento se mezclaba con el mío, despertando una sinfonía de sensaciones que me envolvía por completo.
El toque de su lengua contra la mía era arrebatador, cada roce un nuevo fogonazo que se encendía en mi interior.