Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Philippe XI
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Philippe XI

L os vi salir del jardín e incorporarse a la fiesta. Mi hermano besó la mano de Aurore con galantería antes de regresar junto a uno de sus ministros, Colbert, para retomar la conversación.

A Madame de Montespan no le había pasado desapercibido nada de lo que había ocurrido. Era buena disimulando, pero por dentro debía arder de furia.

Me acerqué a ella con una copa de vino y una sonrisa maliciosa.

—¿Qué tal vuestra noche, Athénaïs? ¿Lo estáis pasando bien?

Ella mantuvo la calma, esforzándose en conservar la cordialidad, al menos por una vez.

—Ha sido una bella recepción y una espectacular fiesta, alteza.

—Más para unos que para otros, seguramente.

Madame de Montespan entrecerró los ojos y una sonrisa tensa se dibujó en sus labios. El brillo en su mirada delataba su ira contenida.

—Sin duda es una velada fascinante.

Le tendí la copa, saboreando su incomodidad mientras ella la aceptaba con una ligera inclinación de cabeza.

—Una palabra interesante para describir una noche como esta. Aunque algunos podrían encontrarla... inquietante —dije, con la intención clara de provocarla.

Ella bebió un sorbo del vino, sosteniendo mi mirada.

—Las noches en Versalles siempre tienen sus sorpresas, ¿no es así? —replicó ella, sin perder la compostura, aunque sus dedos apretaron la copa con un poco más de fuerza .

—Me pregunto, Athénaïs, ¿qué otras sorpresas nos deparará esta velada?

—En Versalles, siempre hay sorpresas, alteza. Solo queda ver quién está preparado para ellas.

Nos miramos un momento más, la tensión entre nosotros a punto de estallar, antes de que ambos nos giráramos hacia la multitud. La fiesta continuó a nuestro alrededor como si nada hubiera pasado.

—¿Por qué siempre tienes que molestar a Athénaïs, hermano? ¿No tienes suficiente con Bontemps? —me preguntó Louis, colocándose a mi altura.

—No soporto los moscones interesados que se mueven a tu alrededor, eso es todo.

—¿Moscones interesados? —rio él.

—En geopolítica eres un ser despiadado y frío, pero en relaciones personales, Louis, creo que aún no sabes distinguir entre quienes te aman por ti mismo y aquellos que solo buscan poder a través de tu corazón.

—¿Y en cuál de esos bandos situarías a Aurore Bechard?

La mención de Aurore me puso en inmediata tensión, aunque me esforcé en disimular.

—¿Por qué? ¿Ya has conseguido meter la cabeza entre sus piernas?

—No, aún no.

—Aún no —repetí yo, concentrando mi mirada en el vino tinto que sostenía en la mano. Louis sonrió, notando el leve temblor en mi voz, algo que me irritó todavía más.

—Te sorprende mi honestidad, hermano —dijo, su tono casi divertido—, pero Aurore no es como las demás. Es… diferente.

—¿Diferente? —Mi voz salió más áspera de lo que pretendía—. ¿Qué quieres decir con eso?

—Que es genuina. No está aquí por títulos, ni por riqueza. Es una mujer que ha llegado a Versalles por su propio mérito y eso es algo que respeto.

Lo miré de reojo, sin poder evitar la sensación de celos que me envolvía. No solo por lo que Louis sentía hacia Aurore, sino porque ella parecía despertar en él una consideración que raramente otorgaba a nadie.

—¿Y eso qué significa para ti? —pregunté, forzando la indiferencia en mi tono.

—Significa que, por primera vez en mucho tiempo, deseo hacer las cosas bien. Quiero que Aurore confíe en mí, Philippe.

Louis, el hombre que siempre conseguía lo que quería con un simple gesto, estaba dispuesto a ganarse la confianza de Aurore. Y yo, por primera vez, no sabía si podía soportar verlo triunfar en aquel cometido.

—Buena suerte con eso, hermano —murmuré, vaciando mi copa en un solo trago—. Te hará falta.

Me observó en silencio, como si intentara descifrar lo que se escondía tras mi indiferencia fingida. No estaba seguro de si lo había logrado, pero algo en su mirada me dijo que no se lo había tragado del todo.

—Sabes que siempre cuento contigo —declaró.

—Por supuesto —dije—. Siempre.

Nos quedamos en un incómodo silencio por un instante, hasta que Louis, dando un paso atrás, decidió volver al centro de la fiesta, donde su corte lo aguardaba, siempre ansiosa por complacerlo.

Lo observé alejarse con una sensación amarga revolviéndose en mi estómago, y mi mente regresó a Aurore.

A su expresión cuando mencionó estar sola, a la desesperación en su voz cuando buscó refugio en mis brazos.

Y ahora, Louis hablaba de ganarse su confianza.

Como si eso fuera a borrar la diferencia de poder que siempre existiría entre ellos.

Como si él, con su posición de rey, no pudiera aplastarla con un solo gesto.

Una parte de mí, la que siempre había sido consciente de las intrigas en Versalles, me gritaba que me alejara de todo esto.

Que dejara que Louis se hundiera solo en sus propias complicaciones.

Pero otra parte, la más silenciosa y oscura, sabía que Aurore estaba empezando a ocupar un lugar en mi mente que no había previsto.

Apreté la copa vacía en mi mano, intentando deshacerme de esas emociones confusas.

Deseé más que nunca que Louis accediera a mandarme a la guerra para alejarme de Versalles de una vez por todas.

—Debe ser difícil para un príncipe real no participar de la política de vuestro hermano —comentó el barón, caminando a mi lado.

Me había hecho el encontradizo con él durante el paseo matutino de la corte por los jardines, tras la misa.

Aurore había respondido con monosílabos a mis intentos de conversación y luego había desaparecido a toda prisa para atender a la reina.

Me sentía inquietantemente molesto por aquella actitud y había buscado despejarme en un paseo solitario cuando había visto a lo lejos a Oliver Ward.

Tenía una misión que cumplir para Louis y me obligué a centrarme en ella.

—Participar en la política de su majestad no es tan diferente de ser arrastrado por una corriente imparable —respondí con un tono ligero, ocultando mi verdadera frustración—. La clave está en aprender a nadar con elegancia, incluso si se trata de aguas turbulentas.

El barón sonrió, aunque no estaba seguro de si se había creído del todo mi respuesta.

—Y aun así, elegís permanecer cerca —comentó, observándome con interés.

—La familia, barón, es una obligación ineludible —repliqué, esquivando la verdadera pregunta que se escondía tras su comentario.

Mientras caminábamos, los jardines de Versalles se extendían a nuestro alrededor en todo su esplendor: una hermosa jaula para todos nosotros .

—La familia es, sin duda, una gran responsabilidad —admitió él, mirando a lo lejos, hacia donde Louis paseaba rodeado de su séquito—, pero no puedo evitar preguntarme si no es también una carga, especialmente cuando las expectativas son tan… elevadas.

Sentí una punzada de irritación ante sus palabras, aunque intenté no dejarla ver. No era ningún secreto que mi relación con Louis era complicada, pero no me gustaba que alguien más lo señalara tan abiertamente.

—Las expectativas lo son todo en la corte, barón —dije, sonriente—. Cada uno tiene su manera de sobrellevarlas.

Ward me observó con una expresión difícil de descifrar.

—¿Qué opina vuestro hermano de la Nueva Fronda?

—Lo mismo que opino yo: simples rumores infundados.

—Hay ciertos panfletos en París que parecen indicar lo contrario.

—Tonterías —afirmé yo—. Nadie se atrevería a levantarse en armas contra mi hermano.

—Excepto toda Europa.

—No hablemos de política, barón —intenté cambiar de tema—. ¿Ya tenéis disfraz para el baile de máscaras?

—Reconozco que no soy muy amante de ese tipo de eventos.

—¿Por qué? ¿No os gusta divertiros en la fría Inglaterra?

Él sonrió.

—Sí, aunque prefiero la caza. ¿Qué me decís, alteza?

—¿Queréis organizar una partida ahora?

—¿Qué otra cosa tenemos que hacer en esta ociosa mañana?

Contuve un gesto de fastidio. Solía ocupar mis mañanas ejercitándome en la explanada del Gran Canal junto a mis amigos y, siempre que podía, evitaba las cacerías a las que solía acudir mi hermano.

Matar animales por diversión no era mi idea de pasar una jornada divertida, pero supuse que sería bueno para ganarme la confianza del inglés.

—Claro, barón Ward. ¿Conocéis ya el pabellón de caza? —dije, señalándole el camino.