Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Aurore XI
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Aurore XI

—La reina solo tiene buenas palabras hacia vos.

—La reina es muy amable. Solo hago mi trabajo lo mejor que sé —respondí.

No sabía qué hacer con las manos, así que las entrelacé delante de mí.

Louis caminaba tranquilo y relajado, y a unos pasos de nosotros, dos guardias nos seguían para protegerlo de cualquier posible ataque.

Nos adentramos en el Bosquete del Delfín que, aunque también estaba iluminado con algunas lámparas, permanecía en una agradable semioscuridad, en contraste con la fiesta que se desarrollaba alrededor de la Fuente de Latona.

—Hace años tuve un sueño —dijo Louis—. Uno que me mostraba el lugar más hermoso de la tierra, en el que las aguas brotaban sin cesar y los árboles y los parterres florecían y llenaban el aire de sus fragancias.

Un lugar que se erigiría como un templo moderno, semejante a aquellos que los antiguos griegos levantaron para sus dioses.

Yo lo escuchaba, sin atreverme a interrumpir.

—Tuve ese sueño aquí, cuando Versalles era solo un pabellón de caza y todo esto era terreno pantanoso, cubierto de bosque y maleza. Desde entonces, me obsesioné con crear aquello que había visto en mi sueño.

—¿Y… lo conseguisteis? ¿Es Versalles igual que lo que soñasteis?

—Casi —sonrió él, con un ligero deje apenado en su voz—. Tardé en darme cuenta de que la gente que habitaría el palacio de mis sueños lo convertirían, prácticamente a diario, en una pequeña pesadilla.

—Pues echadlos a todos a la calle —solté, sin pensar, lo que hizo reír al rey—. Disculpad mis formas.

—No hay nada que disculpar. Ya os dije que, en un ambiente más íntimo, erais libre de mostrar vuestra verdadera naturaleza.

Indicó con un leve gesto a sus guardias que se mantuvieran alejados cuando llegamos frente a la gran fuente circular situada en el centro de la arboleda.

Louis se sentó en uno de los bancos de mármol que había alrededor de la fuente y yo permanecí de pie, sabiendo que Philippe no iba a poder protegerme del rey.

La cuestión es que tampoco yo tenía claro si quería que alguien me protegiera de él.

—¿Cuánto tardasteis en ampliar el pabellón de caza? —cambié de tema.

—¿De veras os interesan estos asuntos?

—Me interesan muchas y muy variadas materias, majestad. Soy curiosa por naturaleza.

—Sentaos a mi lado y quizá satisfaga esa curiosidad vuestra.

Supe por su tono de voz que no se refería a contestar preguntas sobre el diseño de los jardines o las estructuras de los salones.

Vacilé. Nunca había ido más allá con un hombre porque, estúpida de mí, siempre creí que acabaría conociendo a alguien a quien verdaderamente amara y respetara, alguien que me hiciera sentir viva cada día, que me hiciera estallar en carcajadas, que me desafiara en cuerpo, alma y mente.

Miré el banco de mármol donde el rey esperaba a que tomase asiento y en ese momento pensé en Philippe, con su encanto y sus ojos que parecían leerme el alma.

Aunque me atraía intensamente, una parte de mí sabía que cruzar esa línea con él significaría perder más de lo que había perdido en toda mi vida.

Era un príncipe real, sí, pero también era un hombre marcado por sus propias pasiones y complicaciones, además de un deseo que yo no iba a poder llenar .

Y ahora estaba aquí, frente al hombre más poderoso de Francia, un rey que, con solo una palabra, podía otorgar cualquier deseo o destrozar cualquier sueño.

Louis tenía un aura que era imposible de ignorar, una mezcla de poder absoluto y una vulnerabilidad bien escondida que me atraía de una forma que no quería admitir.

Él no era Philippe, no jugaba con mis emociones de la misma manera, pero había en su mirada una promesa que despertaba mi curiosidad y, quizás, algo más profundo que me costaba reconocer.

¿Qué me estaba deteniendo realmente? ¿Era el miedo a perder mi virginidad en un acto impulsivo?

¿O era el temor a lo que ese acto podría desencadenar?

No era una niña soñadora; sabía que el amor y la pasión no siempre iban de la mano.

Había visto ya suficiente en la corte y en mi propia vida como para entender que las relaciones entre hombres y mujeres eran complejas, a menudo basadas en poder, deseo y en una necesidad que trascendía el simple afecto.

No obstante, una parte de mí seguía aferrada a la idea de que mi primer amante debería ser alguien que me mirara como si fuera lo único que importara en el mundo, alguien que me respetara tanto como me deseara.

¿Podría Louis ser ese hombre? Algo me decía que no, no lo sería.

Podría compartir con él noches apasionantes y conversaciones interesantes, si bien en Versalles solo había un hombre que desafiase mi espíritu y mi cuerpo, mi mente y mi corazón.

Pero ese hombre, cuya presencia me hacía sentir tan protegida como agitada, solo amaba a otros hombres.

En el fondo de mi alma, deseaba ser suya. Y yo sabía que él nunca podría ser mío.

En cambio, el rey que tenía frente a mí era un hombre que me deseaba. De una forma fugaz, quizás, posiblemente superficial, pero en aquel instante, yo era el centro de sus deseos. Y era halagador sentirse así por una vez en la vida.

Su mirada me decía que sabía lo que estaba pensando, que entendía mis dudas y que, de alguna manera, ya había decidido por mí.

—Sentaos a mi lado, Aurore —repitió, su voz baja y persuasiva .

No sonó como una orden, pero yo bien sabía que lo era.

Mis piernas se movieron antes de que mi mente pudiera tomar una decisión consciente y, sin darme cuenta, estaba sentada junto a él.

El mármol se sentía frío bajo mis muslos protegidos por el vestido de seda y percibí el contraste con el calor que emanaba de su cuerpo cercano al mío. No sabía qué decir, cómo comportarme.

Mi corazón latía con fuerza y, por un momento, pensé que él podría oírlo.

—No debéis temerme —dijo—. No soy un hombre que toma lo que no se le ofrece voluntariamente.

—No os temo, majestad —mentí. La verdad era que sí le temía, pero no de la manera en que se teme a un enemigo. Le temía porque sabía que, si quería, podría hacerme desear lo que él quisiera ofrecerme.

Sonrió, una sonrisa que poco tenía que ver con la que esbozaba Philippe, pero que no dejó de ser encantadora a su propia manera. Estaba claro que eran hermanos de sangre.

«Este no es momento para pensar en el duque de Orleans», me dije, obligándome a centrar mi atención en Louis, quien me miraba fijamente, como si pudiera leer cada uno de mis pensamientos, como si supiera que estaba luchando contra algo que, en el fondo, ya había decidido.

—Me preguntabais sobre el pabellón de caza que fue Versalles un día —dijo, cambiando de tema, aunque su tono tenía aún ese aire íntimo—. Fue un trabajo largo que valió la pena. No es tan distinto de lo que estamos haciendo ahora aquí para estar a la altura de lo que merece Francia.

—¿Y qué es lo que merece Francia, majestad? —pregunté.

—Francia merece lo mejor de mí. Lo mejor de todos nosotros —respondió. Su mirada me decía que no estaba hablando solo de su país. Se inclinó un poco hacia mí, lo suficiente como para que su aliento cálido rozara mi mejilla—. Vos también merecéis lo mejor, Aurore .

Aquella vez mi nombre en sus labios sonó diferente, más íntimo, más posesivo.

Un escalofrío recorrió mi espalda y, por un instante, me pregunté qué sentiría si me dejara llevar, si cediera a esa atracción que había estado ignorando con tanto esfuerzo.

Pensé en Philippe, en sus ojos maliciosos y en la forma en que me hacía reír.

Louis se parecía a él, pero no era él. A Philippe nunca podría tenerlo y a Louis… sí.

—Sé lo que queréis de mí, majestad. No soy tan ignorante como para desconocer lo que ocurre entre un hombre y una mujer en la intimidad.

Él me escuchaba, atento.

—Pero, con el debido respeto, majestad… no tengo ninguna experiencia en asuntos de alcoba.

Ninguna —insistí, para que quedara claro—.

Sé que disfrutáis de la compañía de las mujeres y del placer que estas os entregan, y tenéis un sinfín de damas en la corte, infinitamente más bellas y experimentadas que yo, que os complacerían en la cama.

Yo… solo sería un lastre, una patética aprendiz en un juego que no sé cómo jugar —finalicé, bajando la mirada, avergonzada de mi patética confesión.

Louis permaneció en silencio durante un segundo. Parecía estar considerando cada una de mis palabras.

—Aurore —susurró al fin—, ¿creéis que lo que busco es solo un pasatiempo fugaz, un entretenimiento carnal sin más?

No respondí de inmediato, pues la verdad era que no sabía qué esperar de él. Había oído rumores, claro, historias de sus conquistas y de su insaciable apetito por la compañía femenina, pero estar aquí, frente a él, era una experiencia completamente distinta a cualquier cosa que hubiera imaginado.

—No os lo reprocharía, majestad —respondí—. Sois un hombre poderoso y no sería extraño que buscaseis algo simple, sin complicaciones. Pero yo… mi falta de experiencia haría que todo esto se volviera mucho más complicado para mí.

Louis sonrió en la penumbra y su mano buscó la mía, hasta acariciar mis dedos .

—La inocencia que teméis que sea vuestra debilidad —habló, dejando que sus dedos se entrelazasen con los míos—, no es para mí un motivo de rechazo.

No busco en vos lo que puedo encontrar en tantas otras.

Si así fuera, habría acudido a cualquier dama de la corte.

Lo que me atrae hacia vos es precisamente lo que os hace diferente, lo que os hace única a mis ojos.

Mi corazón dio un vuelco. No era lo que esperaba escuchar y, quizá por eso, me sentí aún más vulnerable ante él.

Louis era un rey acostumbrado a conseguir lo que quería y, por un momento, me pregunté si esto no era más que otra táctica para ganarse mi confianza, para hacerme bajar la guardia y ceder a sus pretensiones.

—No soy un hombre sin deseos —continuó—, pero sí soy alguien que sabe valorar lo que es especial, lo que es auténtico. No os subestiméis; vuestra falta de experiencia no es un defecto en absoluto. Al menos, no para mí.

Aquella afirmación sembró dudas en mis propias certezas. ¿Era realmente un hombre que veía más allá de lo superficial, que buscaba algo más profundo? ¿O simplemente era un maestro en el arte de la seducción, capaz de decir lo que fuera necesario para lograr su objetivo?

—Os prometo —dijo, acercándose más, su boca muy cercana a la mía, su voz acariciándome el oído—, que no os haré nada que no deseéis que os haga.

Quería creerle, quería confiar en que era sincero. Una voz dentro de mí me decía que tuviera cuidado, que no cayera tan fácilmente en sus encantos. Estaba atrapada entre el deseo y la razón, entre la tentación y el miedo a lo desconocido.

—Os agradezco vuestras palabras, majestad —respondí, titubeante—, pero no puedo evitar sentir que, aunque vuestras intenciones sean nobles, el camino que proponéis podría llevarme a un lugar del que no sé si podré regresar.

Louis sonrió, como si comprendiera más de lo que yo misma entendía .

—Entonces, Aurore, caminaremos con cuidado. No quiero ser la causa de vuestra desgracia, sino alguien que os ofrezca algo que, tal vez, no esperabais encontrar.

Mis pensamientos eran un torbellino confuso y agitado. Sentí cómo la brisa nocturna acariciaba mi piel, intentando apaciguar el calor que se estaba acumulando en mi interior.

No podía apartar la mirada de él. Sus ojos, reflejando las luces suaves de los jardines, parecían contener todo lo que estaba por venir.

Me sentí atrapada en la distancia escasa que nos separaba y esa no era en absoluto una sensación desagradable.

Se acercó más y mi respiración se volvió más lenta, más profunda ante su proximidad.

Cada movimiento suyo disparaba el pulso bajo mi propia piel.

Louis levantó la mano y, por un instante, sentí su toque antes de que sus dedos rozaran mi mejilla.

El contacto fue tan delicado como el roce de un pétalo. Contuve un suspiro.

Era vivamente consciente de cada centímetro que él acortaba entre ambos.

—Aurore... —Su voz era un susurro, un murmullo que se perdió en la noche y en lo más profundo de mi cuerpo.

No me permití pensar en Philippe.

La mano de Louis se deslizó lentamente por mi mandíbula y se detuvo en mi barbilla, levantándola ligeramente hacia él.

No me resistí. Una especie de hechizo me mantenía atada a ese instante, incapaz de moverme, incapaz de pensar en otra cosa que no fuera la cercanía de sus labios.

Todo a mi alrededor desapareció, dejándonos a él y a mí en una burbuja que parecía contener todo el universo.

Louis inclinó su cabeza hacia la mía y nuestros labios se encontraron en un beso tan suave y delicado que me hizo estremecer.

Fue un toque efímero, un roce que encendió un fuego en mi interior, un fuego que me recorrió entera, desde la punta de los pies hasta mi nuca.

Cerré los ojos y me dejé llevar, sintiendo cómo cada parte de mí se rendía ante la intensidad contenida en ese breve contacto.

El beso fue tan fugaz como un latido, pero en esos instantes, sentí que los jardines de Versalles habían enmudecido.

Cuando Louis se apartó, lo hizo con lentitud, como si no quisiera romper el encanto que él mismo había creado.

Abrí los ojos y me encontré con su mirada, tan cercana y tan profunda que sentí que podía ver a través de mí y leer cada pensamiento que yo escondía.

Excepto aquellos que dedicaba a Philippe.

Louis sonrió y sus dedos dejaron de sostener mi barbilla, pero la sensación de su toque permaneció ahí, como hierro candente.

—Venid a mí tras el baile de máscaras —murmuró él, su voz baja y ronca, llena de promesas que se desplegaban ante mí.

—¿Majestad? —inquirí, aún sin saber qué sentir o qué pensar tras el beso que él había dejado sobre mis labios.

—Creo que ya conocéis el pasadizo que lleva a mi habitación, ¿no es cierto?

No dije nada. No habría sido capaz de hacerlo incluso si hubiera querido.

Porque en lo único en lo que podía pensar era en Philippe.