Philippe X
E l barón Ward era algo mayor de lo que había imaginado.
Admitía que su aspecto resultaba imponente, más por la distinción que transmitía su porte que por la moda inglesa con la que vestía, que yo encontraba tan desabrida. Debía de ser unos diez años mayor que yo y sus ojos, aunque serenos, denotaban una astucia y una experiencia que me intrigaban.
Al cruzar la mirada con él, sentí una ligera punzada de excitación en el estómago.
Estaba acostumbrado a leer a las personas con relativa facilidad, pero había algo en la manera en que el barón me observaba que me hizo sentir que él también estaba jugando su propio juego, uno en el que no sería tan sencillo sacar ventaja.
Me vi obligado a dejar a Aurore a cargo de Lucille de Valois y me deslicé entre los invitados hasta llegar a Oliver Ward.
—Es un honor teneros aquí en Versalles, barón Ward —dije, inclinando ligeramente la cabeza en un gesto de respeto.
—El honor es mío, alteza —respondió él con una voz grave y bien modulada, haciendo una pequeña reverencia—. Francia siempre ha sido un lugar de fascinación para mí. Y ahora, contemplando Versalles en toda su gloria, comprendo aún más el poder que vuestro reino ejerce sobre toda Europa.
—Versalles tiene esa habilidad de conquista —comenté, sonriendo—, pero su verdadero encanto reside en los hombres y mujeres que lo habitan. Es nuestra misión hacer que cualquier invitado se sienta como en casa, aunque... tal vez con un poco más de lujo.
El barón soltó una risa baja, apreciando la broma, si bien su mirada me evaluaba, como si quisiera descubrir qué tipo de hombre tenía frente a él.
—Reconozco que he oído hablar de vos, alteza.
—¿Cosas buenas o cosas malas? —coqueteé, sin soltar mi copa de vino.
—Ambas, si os soy sincero. ¿Qué hay de verdad en las cosas buenas?
—Posiblemente son ciertas.
—¿Y las malas?
—Esas, barón… os aseguro que sobrepasan cualquier verdad.
Él esbozó una sonrisa, aquella que reservan los hombres que disfrutan del ingenio de un digno oponente. Sus ojos se entrecerraron un poco, como si estuviera estudiando hasta dónde podía llevar el juego conmigo.
—Eso os hace un hombre interesante, alteza —dijo, con una voz tan controlada como sus emociones—. En mi experiencia, las verdades más fascinantes son las que la gente teme revelar.
No pude evitar pensar en cada vez que hablaba con Aurore, la forma en que me sentía, las sonrisas que lograba arrancarme y, sin saber bien por qué, me sentí incómodo en aquella farsa que tenía que llevar a cabo para seducir al barón.
Como si estuviera traicionando algo que yo mismo había proclamado sagrado.
«Tonterías», me dije, sacudiendo la cabeza y obligándome a centrar toda mi atención en el hombre que tenía enfrente.
—¿Os referís a la reputación o a los secretos? —pregunté, inclinándome un poco hacia él, dejando que mi tono se volviera más confidencial.
—¿Acaso no son la misma cosa? —replicó él—. Lo que la gente llama reputación es solo un reflejo de los secretos que intentan ocultar .
—Quizás tenéis razón, barón —respondí—, pero entonces me pregunto, ¿qué os ha traído a Versalles? ¿Es curiosidad por descubrir secretos ajenos o hay algo más que os ha impulsado a cruzar el canal?
—Digamos que he venido a comprobar si las historias que se cuentan sobre esta corte son tan intrigantes como dicen.
—Y, ¿vuestras primeras impresiones? —inquirí, bajando la voz lo suficiente como para que la conversación se volviera aún más privada, a pesar del bullicio a nuestro alrededor.
—Prometedoras —contestó él, sin apartar la mirada de la mía—. Vuestro hermano es un hombre muy interesante.
—Solo a ratos —sonreí, ladino.
Pareció ligeramente interesado en aquella afirmación, pronunciada de forma superficial, pero yo no seguí por esos derroteros.
Tanto Louis como yo conocíamos lo que se decía de nosotros por toda Europa: yo codiciaba su trono y él debía mantener a raya mis aspiraciones.
Era mentira, claro. Un embuste que ambos alimentábamos de forma consciente porque era un buen as en la manga que usar a nuestra conveniencia.
Siempre era más fácil hacer hablar a alguien en contra de Louis XIV si ese alguien creía que quien tenía enfrente quería usurparle el trono.
Sin embargo, era una confianza que había que construir poco a poco para que el engaño fuera absoluto. La primera semilla ya estaba plantada en el barón Ward. Era tarea mía regarla hasta que floreciese.
—Sea como sea, espero que Versalles no os decepcione —dije, con una sonrisa ligera—. Y si en algún momento necesitáis un guía para desentrañar sus misterios, estaré más que dispuesto a ayudar.
—Lo tendré en cuenta, alteza —respondió el barón, devolviéndome la sonrisa. Sus ojos seguían evaluándome con una pizca de desconfianza, pero también de interés.
Nos separamos poco después, él integrándose en la conversación con otros nobles y yo volviendo a mi papel.
Noté que Aurore, que hablaba con Lucille de Valois, miraba al barón inglés con curiosidad.
No me sorprendió. El barón tenía ese aire autoritario que solía atraer a hombres y mujeres, si bien no pude evitar sentir un pequeño atisbo de malestar ante aquella mirada curiosa de Aurore.
La música sonaba, la gente reía, charlaba y comía, y Louis, en el centro de todo, parecía disfrutar del poder desplegado en su nombre.
Se le daba muy bien interpretar su papel en ocasiones como aquella y sus ojos controlaban todos los movimientos, todos los corrillos de nobles y damas, todos los platos que se retiraban, todas las copas que volvían a llenarse.
Sí, el control absoluto de Versalles era su gran talento.
Estaba seguro de que me habría visto acercarme al barón y que me mandaría llamar al día siguiente para mantenerlo informado de mis avances.
A medianoche llegaron los fuegos artificiales. Empezaron en la Orangerie y fueron iluminando todos los jardines en una explosión de pólvora, llegando hasta el Gran Canal, mientras los músicos no dejaban de tocar.
Aurore, que no me había vuelto a dirigir la palabra en toda la velada, se acercó a mí. Contemplaba los fuegos artificiales con genuina maravilla. Los reflejos que estos provocaban en su rostro la hacían parecer una adolescente fascinada por el espectáculo que se desarrollaba ante sus ojos.
—He visto muchos prodigios a lo largo de mi vida, pero esto, alteza… —dijo, sonriendo—. Esto es lo más fascinante que he contemplado nunca.
—Estoy de acuerdo —respondí, sin dejar de mirarla. Ella no se percató de cómo mis ojos recorrían sus suaves mejillas y la tersura de su cuello—. ¿Ya no estáis enfadada conmigo?
Su mirada abandonó la contemplación de los fuegos y se posó en mí.
—Me resulta muy difícil mantenerme enfadada con vos cuando os tengo enfrente.
—¿Enfrente… y desnudo?
—Especialmente desnudo.
Sonreí, ufano.
—Sabía que habíais echado un buen vistazo.
—Puro interés anatómico.
—Eso dicen todas.
La hice reír. Y poner los ojos en blanco. También dejó ir un suspiro de frustración.
—No hay día en que no me consigáis enervar de una forma u otra.
—Lo mismo os digo, ma petite furie —me incliné hacia ella, con las manos unidas tras mi espalda—. Y aquí va un secreto: a mí también me resulta muy difícil mantenerme enfadado con vos cuando os tengo enfrente.
—¿Enfrente… y desnuda? —me la devolvió ella, inalterable.
—Especialmente desnuda —dije y noté cómo mi voz sonaba enronquecida.
Se cruzó de brazos, de aquella manera suya tan poco distinguida, como una dama jamás lo haría.
—¿Le echaríais un buen vistazo?
—Puro interés anatómico —confirmé yo.
—Eso dicen todos.
Fui a replicarle cuando unos pasos a nuestras espaldas nos interrumpieron y la voz de mi hermano se coló entre ambos.
—Hermano, mademoiselle Bechard.
—Buenas noches, majestad —lo saludamos a la vez, separándonos ligeramente el uno del otro, como si nos hubieran descubierto haciendo algo prohibido.
Louis nos miró a ambos, perspicaz, con una media sonrisa.
—Una noche fantástica, Philippe. Mi enhorabuena.
—Gracias —me incliné yo.
Sabía que esa simple frase sería todo agradecimiento público que recibiría por las molestias de organizar sus fastuosos festejos.
—¿Me permites robarte la compañía de mademoiselle Bechard?
—Claro.
Aurore me suplicó con una silenciosa mirada que no me fuese, que no la dejase a solas con él, pero mi hermano era el único hombre del cual yo no podía protegerla en ningún sentido.
Me esforcé en repetirme a mí mismo que no me afectaba verlos desaparecer en la negrura de los jardines de Versalles.
La vi buscarme una última vez con los ojos antes de alejarse definitivamente de mí.
Antes de regresar a la fiesta, me pregunté si Aurore no confiaba en mi hermano... o en ella misma.