Aurore X #2
Nos instalamos en el Salón de la Guerra, donde se llevaría a cabo una recepción antes de los primeros divertimentos de la tarde.
Las conversaciones se reanudaron con un aire de cotilleo y capté las primeras impresiones de los cortesanos respecto a los recién llegados.
Philippe, aunque tenía una gracia natural para conversar y para resultar encantador si así se lo proponía, se mantenía a mi lado.
—¿No debería estar vuestra esposa con vos en una ocasión así?
—Henriette prefiere la soledad de un tiempo a esta parte. Sin embargo, se unirá a nosotros en el baile de máscaras.
—Espero conocerla. Solo he escuchado cosas buenas de ella.
—Cualquier cosa buena que hayáis escuchado de ella, será la pura verdad.
Aquella frase, dicha con una profunda convicción, aguijoneó algo en mi estómago y mis manos se cerraron alrededor de la copa de vino que Philippe, galante, me había traído.
—¿La amáis?
Me miró, sorprendido, aunque enseguida repuso su semblante.
—Es mi deber procurar su bienestar.
—No os he preguntado eso.
—Este no es el momento.
—Ni el lugar, supongo —añadí yo.
—Suponéis bien.
Molesta, me acerqué a una mesa lateral en la que se servían vinos y bebidas refrescantes, además de una infinita cantidad de tartas de todos los colores y sabores.
Busqué con la mirada a Lucille de Valois para averiguar qué le habían parecido los nobles ingleses, cuando se aproximó a mí el marqués de algo que no recordaba.
—Mademoiselle Bechard, ¿me permitís deciros que hoy estáis especialmente encantadora?
Tuve que tragar a toda prisa el trozo de pastel que estaba comiendo para poder responder.
—Gracias, señor marqués —contesté, sin saber qué más decir.
—Vuestra llegada a Versalles ha sido como la de una estrella que ilumina la noche más oscura, transformando la penumbra en un cielo lleno de esperanza y encanto.
Hizo un esfuerzo por no reírme ante aquello y por mantener la compostura.
—Vaya, nunca me habían comparado con un objeto astronómico.
—¿Cómo? —pareció confundido el marqués por mi respuesta.
—Nada, nada, señor.
Me tomó de la mano y me acarició los nudillos, y yo me tensé ante aquel contacto que me pilló desprevenida.
—Quiero que sepáis que tengo el permiso de Monsieur para intentar llegar a vuestro corazón.
—No me digáis —me tensé aún más. Miré por encima del hombro del marqués, buscando a Philippe—. No sabía que Monsieur era el dueño y señor de mi corazón para entregarlo a su voluntad.
—Mademoiselle Bechard, no pretendía ofenderla.
—No lo habéis hecho. Vos no.
—¿Me concederéis una danza durante el baile de máscaras?
—Claro, señor marqués.
Me incliné y regresé junto a Philippe, quien departía con un hombre de gesto serio al que había visto por los salones, pero con quien nunca había cruzado unas palabras. El desconocido me saludó con un leve ademán y nos dejó solos.
—Ese era Gérald de la Reynie, capitán de los mosqueteros del rey y supervisor de la seguridad del palacio.
—Me importa un carajo quién sea Gérald de la Reynie, alteza —espeté—. ¿De verdad le habéis dado permiso a no sé qué marqués para cortejarme?
Philippe me miró, sin inmutarse.
—He hecho mis averiguaciones respecto al marqués de Guiscard. Al parecer, es un hombre atento con una dilatada experiencia en doncellas vírgenes. Estaréis bien con él.
Se me pusieron coloradas hasta las orejas.
—No necesito nada de esto.
—¿Preferís al rey?
—No prefiero a nadie —mentí, aún roja como la grana—. Y vos no podéis disponer así de mí.
—En realidad, sí que puedo.
—Si vuelvo a escuchar esa frase vuestra, os juro que…
El regreso de los reyes y sus invitados me impidieron continuar, ya que Philippe me ofreció de nuevo su brazo para acercarnos a ellos y yo tuve que comportarme como la dama que no era.
La tarde avanzó con una serie de entretenimientos que incluyeron música, bailes y juegos de salón.
Los ingleses parecían bastante impresionados con el nivel de detalle de todo aquello que Philippe había organizado para ellos, así como el resto de la corte.
Me vi forzada a sonreír, a entablar conversaciones que no me interesaban y a debatir sobre el peligroso ascenso de los hugonotes y sobre los alarmantes panfletos de la Nueva Fronda.
Y tal como le había prometido, apenas me separé de Philippe en toda la jornada.
A medida que la noche se acercaba, la tensión en el aire parecía intensificarse, aunque no supe discernir el motivo. Lo único que sabía es que estaba agotada; quería irme a dormir. Y aún estaba furiosa con Philippe por haberme entregado en bandeja de plata al marqués de Guiscard.
Cuando llegó la hora del banquete, nos dirigimos a los jardines, donde las mesas estaban dispuestas con una suntuosidad que solo Versalles podía ofrecer. Philippe tomó su lugar cerca del rey y yo me senté junto a él.
Alrededor de la Fuente de Latona se distribuían bufetes repletos de comida, con formas extravagantes, como colinas de montaña y pequeños bosques.
Cada uno de ellos brillaba en colores diferentes.
Incluso yo quedé impresionada por lo que había dispuesto Philippe, que sonreía muy satisfecho al ver que todo salía conforme había planeado.
Por un momento, me olvidé de que estaba ofendida con él.
—Es increíble lo que habéis logrado.
—Tengo muchos y múltiples talentos. Algunos públicos y otros no tan públicos —me respondió, secándose la comisura de la boca con su servilleta.
—¿Como el de casamentero?
—Vamos, ma petite furie —giró la cabeza para mirarme, mientras bebía una copa de vino tinto—. No tenéis que casaros con el marqués de Guiscard. Solo se trata de un poco de diversión.
—No estoy aquí para divertirme.
—Pero no pasa nada si lo hacéis. El rey os lo permite.
—¿Y qué hay de vuestra diversión ahora que Thibaut no está en Versalles?
—Oh, eso. No os preocupéis por mí. También tengo un talento especial para buscar mis propias diversiones.
Tuve que hacer un verdadero esfuerzo para ignorar el aguijón de celos y tristeza que aquella frase, aparentemente despreocupada, provocó en mi corazón. Ojalá hubiera podido confiarle a Lucille de Valois todo aquello que me agitaba por dentro, pero no podía.
Lo que Philippe de Orleans despertaba en mí era otro secreto que debía guardar, y así sería para siempre.