Aurore X
—¿Creéis que debería acudir a la recepción de esta noche, Aurore?
La reina esperaba mi opinión y yo sabía que lo que le contestaría no le iba a gustar precisamente.
—No hay razón para que no lo hagáis. Un embarazo no es una enfermedad. Lo único que os pido es que no os excedáis ni con la bebida ni con la comida y que bailéis con moderación. Por lo demás, sois libre de ir.
María Teresa dejó escapar un suspiro. La conocía ya lo suficiente para saber que no disfrutaba de esos actos sociales en que debía ejercer un papel en el que no se sentía cómoda.
Quizá era por la presencia ineludible de Athénaïs de Montespan o tal vez por la cordial frialdad con la que la trataba Louis en cada breve encuentro que compartían.
El rey acudía a sus habitaciones cada día para hacerle, tan cortés como distante, siempre la misma pregunta:
—¿Cómo se encuentra hoy la reina de Francia?
—Bien, majestad —contestaba ella indefectiblemente.
Y luego:
—¿Cuida Aurore de vos?
—Sí, majestad.
Entonces Louis se inclinaba sobre su mejilla, en la que depositaba un escaso beso y desaparecía hasta el día siguiente.
No era cruel con ella, pero para toda la corte estaba claro que la trataba como a una hembra para la cría y eso era todo.
Y la reina, además, no era especialmente querida en Versalles.
Yo misma admitía que era de escasa conversación y que, cuando hablaba, lo hacía para compartir sus sentimientos religiosos o para departir sobre pasajes de la Biblia, algo que a mí me aburría hasta el hastío.
A pesar de ello, no era una mala mujer; tan solo tímida y piadosa, un alma vulnerable atrapada en un matrimonio de Estado, y la compadecía por ello.
—¿Y si mentís a su majestad y le aseguráis que es mejor que yo no aparezca?
—No creo que mentir al rey sea una buena idea —le dije.
—Los ingleses odian cualquier cosa española —se lamentó.
Yo le apreté la mano.
—No tanto como nos odian a los franceses.
Ella sonrió un poco, acariciándose el vientre, que empezaba a mostrar una bonita redondez. Se encontraba mejor y la hinchazón había bajado, tanto en el útero como en las piernas. Se movía con más energía y sus mejillas volvían a estar sonrojadas. Eran buenas señales.
—¿Mi cuñado os trata con decencia?
—Sí, no tengo quejas de Monsieur .
¿Cuántas veces iba a tener que responder a esa pregunta?
— Monsieur —comentó, abanicándose el rostro para espantar el calor del verano— es dado a ciertas fiestas privadas que os aconsejo encarecidamente evitar si no queréis formar parte de las muchas desviaciones impías que ocurren en Versalles.
Invita tanto a hombres como a mujeres, por lo que vuestra decencia no está a salvo con él.
¿Y por qué me repetía una y otra vez lo de las fiestas de Philippe? Parecía obsesionada con esos eventos y, desde que me había instalado en Versalles, el duque de Orleans se había mostrado comedido al respecto. Quizá porque estaba ocupado con los festejos que darían inicio en breve.
—Sois muy amable de preocuparos por mi decencia, majestad.
—¿Bajaréis conmigo al Patio de Mármol para recibir a los ingleses? Llegarán en breve.
Eso me recordó la promesa hecha a Philippe de no separarme de él, lo que incluía el recibimiento de la corte. Tenía que ir a cambiarme de ropa o me retrasaría.
—No puedo, majestad, su alteza me ha pedido que lo acompañe y le he dado mi palabra de que acudiría a su lado. ¿Me dispensáis?
—Os podéis retirar, Aurore.
Margot ya me esperaba en los Apartamentos del Príncipe con vestido, zapatos y joyas preparados para mí.
Me ayudó a desabrocharme el corpiño, a peinarme y a cambiarme, pero me negué a que me colocara los zapatos.
Siempre lo intentaba y yo siempre la despachaba diciendo que podía ponerme sola los condenados zapatos.
Seguramente pensaría que le había tocado en gracia una dama de lo más zafia.
Philippe me esperaba frente a la puerta de los Apartamentos del Príncipe.
Llevaba en el cuello el mismo broche con el blasón del ducado de Orleans que lucía el día en que lo conocí.
Una cinta azul ribeteada de oro cruzaba su pecho sobre una casaca de un bonito gris oscuro, que llevaba abotonada y de la que salían mangas blancas de encaje.
Nunca lo había visto vestido oficialmente como un príncipe de Francia y su aspecto me resultó tan imponente como elegante, a pesar de saber que él odiaba el color azul real que llevaba sobre su pecho. Jamás lo lucía si no era por pura obligación, como en aquel momento.
—Estáis… formidable —lo alabé.
—Lo mismo digo, ma petite furie . ¿Vamos?
Descendimos por la Gran Escalera de los Embajadores, yo colgada de su brazo, escuchando el rumor de la corte reunida en la entrada de Versalles.
—¿Qué se espera hoy de nosotros?
—Poca cosa. Nuestro papel es permanecer a un lado, en silencio, y dejar que sus majestades se encarguen de recibir a los ingleses. Solo en caso de que se dirijan a nosotros podemos hablar. ¿Seréis capaz de hacerlo?
—¿De permanecer callada?
—Exacto.
—No puedo prometer nada .
Philippe sonrió, sacudiendo la cabeza. Me pregunté si echaba de menos a Thibaut, quien se encontraba ausente de Versalles, y si habría buscado ya un sustituto en su cama.
—¿Y a quién tenemos el placer de dar la bienvenida? —pregunté, en un intento de borrar de mi cabeza la imagen de Philippe, desnudo, enredado con otro hombre.
—Si no recuerdo mal, son el duque y la duquesa de Ashford, la vizcondesa viuda de Trentham, el marqués de Pembroke y el barón Ward. —Me recitó los nombres con displicencia, excepto el último, en que su voz cambió de forma apenas perceptible.
—¿Qué pasa con el barón Ward?
—¿Qué pasa con el barón Ward? —repitió, sin mirarme.
—Habéis vacilado un poco antes de decir su nombre.
—No es cierto.
—Sí que es cierto.
Él soltó un par de maldiciones entre dientes, lo que me complació.
—Cuando tenéis que nombrar a alguien que os provoca un sentimiento contradictorio, vuestra voz se vuelve un poco más ronca.
—No es cierto —insistió.
—Sí, sí que es cierto.
—Haced el favor de comportaros —me advirtió, tirando ligeramente de mi brazo, cuando salimos al exterior.
Me llevó hacia un lateral del Patio de Mármol, en primera fila de la corte, y me soltó para llevar sus manos a la espalda.
Adquirió aquel porte regio, oficial, de auténtico príncipe y yo no pude menos que admirar cómo era capaz de meterse en su papel en apenas unos pocos segundos—.
Ni se os ocurra cruzar los brazos como es vuestra costumbre.
—Sois verdaderamente cargante cuando os toca ser el príncipe de Francia —murmuré.
—¿Qué otras cosas soy, cuando no me toca ser el príncipe de Francia? —respondió en un tono de voz bajo, aunque pícaro.
—Muchas otras que no os diré ahora.
—Suena prometedor.
—¿Quién es ahora el que no se comporta? —le di un suave codazo para que se callara y él dejó escapar una carcajada sutil.
Noté cómo los nobles de nuestro alrededor nos censuraban con la mirada.
La comitiva inglesa llegó al patio de Versalles, escoltada por una cuadrilla de guardias que hicieron resonar sus botas sobre el empedrado.
Los carruajes se detuvieron y, uno a uno, los nobles ingleses fueron descendiendo, asistidos por lacayos.
El murmullo de la corte se hizo más pronunciado.
La curiosidad y la expectación flotaban en el aire.
La reina y el rey, magníficos en sus atuendos de gala, se adelantaron para recibir a los ilustres invitados.
La reina llevaba un vestido de terciopelo azul oscuro, adornado con bordados dorados y perlas, que relucía bajo la luz del sol.
Su embarazo ya había sido anunciado a la corte, puesto que era de difícil disimulo en su figura.
Louis, imponente a su lado, llevaba una casaca bordada en hilos de plata.
Los nobles ingleses hicieron una reverencia profunda al ver al rey y la reina, un acto de respeto que fue cuidadosamente observado y devuelto con igual gracia.
Me fijé en el barón Ward, cuya presencia parecía causar una leve perturbación en Philippe.
Era un hombre de unos cuarenta años de apariencia severa, con ojos oscuros y penetrantes que examinaban cada detalle a su alrededor.
—Bienvenidos a Versalles —los saludó el rey con una sutil sonrisa—. Es un honor para nosotros recibir a tan distinguidos invitados en nuestra corte. Espero que vuestra estancia aquí sea placentera y memorable.
—Deseamos que disfrutéis de las festividades que hemos preparado en vuestro honor. La hospitalidad francesa os hará sentir como en casa —añadió la reina.
El duque de Ashford, actuando como portavoz del grupo, respondió con cortesía :
—Majestades, es un privilegio estar en vuestra esplendorosa corte. Apreciamos profundamente vuestra hospitalidad y esperamos con ansias las festividades.
La comitiva comenzó a avanzar hacia el interior del palacio y Philippe y yo los seguimos en silencio, manteniendo el papel que se esperaba de nosotros.
Sin embargo, mi mente divagó sobre la tensión sutil que había percibido en Philippe al mencionar al barón Ward.
¿Sería un antiguo amante suyo? No parecía ser el tipo de hombre de los que se solía rodear.
El inglés aparentaba ser demasiado severo y rígido para los gustos relajados de Philippe, por no hablar de la diferencia de edad entre ambos.
Mientras avanzábamos tras los reyes y sus invitados por la Gran Escalera de los Embajadores, Philippe murmuró en mi oído:
—¿Recordáis vuestra promesa?
—La recuerdo —respondí.
—La costumbre es que ahora sus majestades muestren a los invitados parte de Versalles, mientras la corte aguardamos su regreso.