Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Philippe IX
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Philippe IX

P asé los siguientes días ultimando los preparativos de los festejos para recibir a los nobles ingleses.

La logística de un evento de tal magnitud requería de mi atención en cada detalle, desde la disposición de las mesas hasta la presentación de la música y las danzas que se bailarían.

Cada elección reflejaba no solo el exquisito gusto de Louis, sino también el esplendor de la corte de Versalles y, por ende, de Francia.

La responsabilidad recaía sobre mis hombros y estaba decidido a no defraudar.

—¿Cómo van los preparativos, Philippe? —me preguntó Louis durante una de nuestras reuniones matutinas, en que me recibió en su Gabinete del Consejo.

—Todo va según lo planeado —respondí—. La recepción será espectacular y estoy seguro de que nuestros invitados quedarán impresionados.

—Confío en tu juicio, hermano. —Louis me dirigió una mirada significativa.

—Te agradezco la confianza.

Él asintió, satisfecho.

—¿Qué tal fue la despedida del señor Cailloux?

—Mal. Estalló en lágrimas cuando le dije que, al regresar a Versalles, él y yo solo seríamos amigos.

—¿De veras?

—¿Te sorprende que un invertido pueda tener sentimientos?

—Claro que no. Sé que amaste mucho a ese hombre, a pesar de sus abundantes y variados defectos .

—¿Defectos?

—Vivía a tus expensas, Philippe.

No pude negarlo, pues así había sido durante los últimos años. Y, en efecto, la despedida había sido incómoda y violenta. Thibaut había llorado, suplicado y, al fin, amenazado.

—¿Te amenazó? —se sorprendió Louis cuando se lo conté.

—Me dijo que me arrepentiría de esto. —Me encogí de hombros—. No te preocupes, son palabras de despecho, nada más.

—Eso espero.

Louis había cumplido con su palabra de enviar a Thibaut lejos de Versalles, en una aparente misión diplomática a los ducados italianos.

No le quedó más remedio que obedecer. Aunque me sentí mal por su tristeza y por su rabia, su ausencia en mis aposentos fue menos fría de lo que yo mismo hubiese imaginado y disfruté de varias noches durmiendo en soledad.

Cumplí con mi palabra y con mi deber de esposo visitando cada día a Henriette, con la que pasaba un par de horas por las tardes. Tenía la esperanza de que en una de esas visitas quedase embarazada de nuevo.

Y cada atardecer, cuando el sol se ponía y la corte se preparaba para las diversiones de la noche, iba hasta el dispensario a por Aurore.

Casi siempre la encontraba con la nariz metida en algún libro, por lo que me acostumbré a llevarle algún tratado de medicina o herboristería que encontraba en la biblioteca real.

Me lo agradecía con una profunda sonrisa sincera, que provocaba siempre el mismo efecto en mí: un carraspeo incómodo y alguna frase impertinente que le hacía poner los ojos en blanco.

Luego, salíamos a pasear durante una o dos horas y hablábamos de sus viajes o de mi infancia, de sus aventuras y de las mías, de chismes de la corte y de las noticias que llegaban de París. De todo el día, aquellas horas robadas eran mis preferidas.

Yo estaba ocupado y ella también, por lo que apenas coincidimos fuera de nuestro paseo que no compartíamos con nadie.

Aurore no se prodigaba mucho en la corte, tan solo lo justo y necesario para no levantar habladurías sobre su ausencia y, cuando lo hacía, solía reunirse con Lucille de Valois.

Según me contó, compartían una buena amistad.

—Sabéis que mademoiselle de Valois es tan libertina como yo, ¿no? —la informé.

—Debe ser mi sino rodearme de personas inmorales —se limitó a decir, con una sonrisa.

Su adaptación a Versalles fue rápida y pronto comprendió las normas de etiqueta y protocolo que reinaban en ella.

Vestía con discreción y se cuidaba de acercarse a Athénaïs de Montespan o al rey, quien tampoco requirió su presencia durante aquellos días.

Posiblemente su cabeza estaba centrada en asuntos de Estado, como era habitual en él, y no en conseguir nuevas y efímeras amantes.

Algo que complacía enormemente a Madame de Montespan, quien no toleraba rivales.

Me crucé unas pocas veces con Aurore en los salones vespertinos.

La saludaba, me aseguraba que tenía todo cuanto necesitaba y luego me relajaba rodeado de un puñado de aduladores que, sabiendo que Thibaut había sido enviado lejos, querían ocupar su puesto en mi cama.

A veces, la cazaba mirándome de reojo. Otras, era ella quien me cazaba a mí.

En ambos casos, apartábamos la mirada y continuábamos con nuestras respectivas conversaciones.

A pesar de sus esfuerzos por pasar desapercibida, no lo consiguió del todo.

Sus esporádicas apariciones y sus renuncias a entablar diálogos superfluos y coquetos con la mayoría de aristócratas provocaron un efecto rebote que debería haber previsto: se convirtió, a ojos de muchos nobles, en una mujer misteriosa.

Y nada excitaba más la mente de un cortesano aburrido como la expectativa de una buena cacería.

Solo tuve que prestar atención a los rumores para averiguar que el marqués de Guiscard pretendía seducir a Aurore durante alguno de los festejos en honor de los nobles ingleses.

Ignoraba qué tipo de trato profería el marqués a sus mujeres, pero, teniendo en cuenta que Aurore estaba bajo mi protección y mi techo, me sentí obligado a hablar con él.

Encontrarlo no fue complicado. Solía jugar al billar cada noche, tras la cena, y ahí fue donde lo hallé.

—Alteza —se inclinó ante mí—, es una agradable sorpresa veros aquí. Creía que no disfrutabais de nuestros entretenimientos.

—No demasiado, me temo que jugar durante horas con majestuosos palos y bolas de considerable tamaño no se me da demasiado bien —ladeé la cabeza con una sonrisa ladina—. ¿Os importaría hablar conmigo? Solo os robaré unos minutos.

—A vuestras órdenes, alteza.

Abandonamos el salón en busca de uno de los pasillos más tranquilos. El marqués parecía intrigado por lo que tuviera que decirle.

—¿Pretendéis a mademoiselle Bechard? —pregunté a bocajarro.

Él carraspeó.

—Es una dama soltera, alteza, y sumamente interesante.

—Sí, está soltera. Y sí, es interesante, pero está bajo mi protección, Guiscard, por si no lo sabíais.

Eso significa —me acerqué a él, con las manos en mi espalda— que si osáis asaltarla contra su voluntad, seré yo mismo quien se encargue de vengar su honor.

Y os juro que no me contentaré con un simple duelo.

—Alteza, no pretendo hacerle daño a mademoiselle Bechard.

—Más os vale, Guiscard. No me gusta mancharme de sangre, pero no dudaré en hacerlo si es necesario. Tratadla con deferencia y cortesía y, si no responde a vuestros amorosos avances, buscad a otra dama a la que cortejar. ¿He sido suficientemente claro a este respecto?

—Sí, sí, alteza.

—Podéis volver a vuestros billares.

El marqués desapareció con el rabo entre las piernas y yo tomé aliento, dispuesto a regresar a mis aposentos, cuando una voz llena de inquina me detuvo.

—Debéis tener en alta estima a esa criatura tan pedestre.

Athénaïs emergió de las sombras con aquellos ojos despiertos y calculadores. ¿Me había seguido desde el salón? ¿Para qué?

—¿No tenéis una polla que chupar, Madame?

Ella, a diferencia de mi hermano, no se escandalizaba por el lenguaje soez.

—¿No podría preguntaros lo mismo, alteza? ¿O ahora disfrutáis de la compañía femenina?

—Siempre he disfrutado de la compañía femenina, pero solo de la que vale la pena. Las harpías con cara de ángel nunca han sido plato de mi gusto.

Sonrió en la penumbra.

—Qué pena… Siempre os he considerado hermoso, casi tanto como el rey.

—¿Me estáis proponiendo un ménage à trois ? ¿Nos observará Bontemps mientras lo hacemos? Tinta pinta de mirón. ¿Y quién enculará a quién?

—Yo a vos, quizá.

—Cuidado, Athénaïs, puede que os acabe gustando.

Clavó su abanico en mi pecho con aquella sonrisa maliciosa que solo ella parecía capaz de dibujar.

—Sois en verdad la honte du roi , alteza —murmuró—. Todo lo que hacéis se refleja en la imagen sagrada del rey. Vos y todo lo que os rodea sois una vergüenza, una nube oscura que pretende tapar la luz del sol que nos ilumina a todos.

—Qué conmovedor. ¿Pondréis eso en mi epitafio? Philippe I, duque de Orleans y de Anjou, honte du Roi Soleil y nube que tapa el sol. Así pasaré a la posteridad.

—Pasaréis a la posteridad como un afeminado sin gloria ni poder, solo una sombra minúscula que jamás pudo emborronar al astro solar.

—Empiezo a aburrirme de esta conversación. ¿Qué queréis?

—Si esa amiga vuestra, esa provinciana sin modales ni gusto alguno, se acerca a Louis…

—¿De verdad creéis que podéis controlar a quién mi hermano mete en la cama?

—me reí de ella—. Sois muy hermosa y afilada como una espada, pero incluso la más bella y peligrosa de las armas acaba por deslucirse.

Y, Athénaïs, vuestro reinado sobre el corazón de su majestad terminará por acabarse más pronto que tarde.

No di opción a réplica y la abandoné ahí, en las sombras.

Mi primer impulso fue ir en busca de Aurore para advertirla de las intenciones de Guiscard, pero, una vez estuve frente a su puerta, fui incapaz de llamar.

En lugar de eso, recorrí el camino hacia su dispensario, aun sin saber bien qué pretendía encontrar en ese sitio que se me antojaba extraño, con todos aquellos frascos, hierbas secas y olores a tinturas y ungüentos.

La hallé ahí, leyendo a la luz de las velas.

Despeinada y hecha un desastre tras saltarse la cena y pasarse gran parte de la noche encerrada entre sus remedios, sin duda.

Incluso así, con los cabellos dorados cayéndole de cualquier manera sobre el rostro y las manos manchadas de tinta por haber estado tomando notas, me pareció tan encantadora que esta vez quise ser yo quien la arrastrara a un oscuro rincón de Versalles para descubrir a qué sabía su cuello, su nuca, su boca.

La erección que se formó en mi entrepierna me tomó tan por sorpresa que, por un momento, me quedé ahí inmóvil, en el quicio de su puerta, sin decir nada.

—¿Qué os pasa? ¿Ha bajado Dios y os ha castigado por fin con la mudez? Eso sí sería un alivio, para variar.

Continué en silencio, cosa que alarmó a Aurore, quien levantó la vista de su libro.

—¿Qué ocurre? ¿Se trata de la reina? ¿Alteza?

—Prometedme que, en los días venideros, no os separaréis de mi lado en la medida de lo posible. Prometedme que, si lo hacéis, será con alguien de vuestro pleno agrado. Prometedme que, si os ocurre cualquier cosa que os haga daño, vendréis a mí.

Ella parpadeó, confundida por mi tono serio de voz y mi mirada fija en sus ojos.

—Lo prometo, alteza.

—A no ser… —titubeé—. A no ser que con mi única compañía tampoco os sintáis segura.

Aurore esbozó una diminuta sonrisa.

—Cuando paseamos por los jardines y cae la noche, caminamos juntos por rincones tan oscuros que apenas logro distinguir vuestra mirada.

No supe qué decir ante eso.

—Jamás me he sentido tan protegida y amparada con un hombre como en esos momentos, con vos a mi lado.

—¿Ni siquiera con el rey?

Me miró de una manera que apenas pude descifrar.

Lo hizo durante unos segundos eternos, enque el peso de unas palabras que ella no llegó a pronunciar y yo no fui capaz de entender flotaron entre nosotros, tan cargadas e intensas como los olores de los ungüentos y las tinturas del dispensario.

Abrí la boca para añadir algo más, pero, por una vez, me quedé sin palabras.

Aurore regresó a su lectura y yo hice lo propio camino a mis habitaciones.

Me pregunté si no sería demasiado tarde para visitar de nuevo a Henriette, si al hundirme entre sus piernas vería la mirada áurea de Aurore y, en ese caso, si me ahogaría en aquellos ojos que me buscaban en los salones y que siempre lograban encontrarme.

No logré hallar respuesta a ninguna de esas cuestiones.

Al menos, no esa noche.