Aurore IX #2
—¿Creéis que ese algo está aquí, en Versalles? —preguntó, su voz ronca, cautelosa.
—No lo sé —admití—, pero no puedo evitar pensar que puede que esté más cerca de lo que creo.
Mi corazón latió desbocado, aunque no supe si se debía a la confidencia compartida o a la intoxicante cercanía de Philippe.
—Aurore —pronunció mi nombre en un susurro—. Lo que estáis buscando podría no ser lo que imagináis.
—Y, sin embargo —respondí—, no puedo evitar querer averiguarlo.
Nuestros rostros estaban a solo un aliento de distancia y sentí cómo todo mi ser se inclinaba hacia él, como si todo lo que había deseado se concentrara en ese momento. La luz del atardecer se desvanecía a nuestro alrededor, envolviéndonos en una penumbra cálida y dorada.
El mundo a nuestro alrededor se desdibujaba, dejando solo a Philippe y a mí.
—Aunque sé que no es posible.
—¿No lo es?
—No.
—¿Por qué no?
Ignoré su pregunta y reanudé el paso. La conversación se había vuelto demasiado íntima y yo, demasiado vulnerable. Era el extraño efecto que aquel hombre causaba en mí, si bien estaba dispuesta a mantenerlo a raya con todas mis fuerzas.
—¿Puedo preguntaros algo, alteza?
—Sí, porque en caso de negarme, lo haríais de todas formas. Estoy plenamente convencido de que no lograríais mantener esa boca vuestra cerrada ni aunque os fuera la vida en ello.
Me sulfuré al instante. ¿Cómo podía pasar de maravillarme con su conversación a exasperarme hasta el punto de hacerme hervir de rabia?
—¿Siempre sois así de irritante?
—Sí.
—Pues no me extraña que estéis solo.
—¿Solo?
—Sí, solo.
—Por lo menos no soy una virgen de veinticinco años.
—Prefiero ser una virgen de veinticinco años a un libertino al que no le importa con quién comparte la cama.
Ambos nos miramos, detenidos en mitad de un camino solitario en los jardines; él, con los brazos en la espalda, yo con los míos cruzados bajo el pecho.
Pensé que me iba a enviar al infierno de una vez por todas, pero lo que hizo fue echarse a reír con total franqueza.
Parpadeé, confusa por aquel sonido que se asemejaba a la alegría fresca y radiante de las muchas fuentes que había en Versalles.
Sin poder evitarlo, sonreí también. El Philippe frívolo me divertía. El Philippe altanero me encendía. Y el Philippe humano, el que tenía delante de mí, riendo despreocupado, me desarmaba.
—Debo admitir que vuestra compañía es lo más divertido que he experimentado en años.
—¿Más que vuestras famosas fiestas nocturnas?
Vi cómo la lengua de Philippe asomaba entre sus dientes, risueño.
—Ah, veo que ese rumor ya ha llegado a vuestros oídos.
—¿Es solo un rumor?
—No, la verdad es que no.
—¿Qué ocurre en esas fiestas?
Philippe me ofreció el brazo y yo lo acepté para seguir andando.
—Vuestros oídos vírgenes no están preparados para escucharlo.
—Sois tan malvado —protesté yo—. Para que lo sepáis, una vez en Constantinopla me colé en unos baños de hombres y los vi… haciendo cosas.
—¿Qué cosas?
—Cosas íntimas.
—¿Cómo lavarse los pies?
—¡Alteza!
Volvió a reírse de aquella manera. Y a mí me tembló un poco más el corazón.
—Bueno, ¿qué cosas visteis, ma petite furie ?
—Las que hacen los hombres que se sienten atraídos por otros hombres.
—Comprendo —asintió, sin poder borrar la sonrisa de su boca—. La cuestión es, Aurore, que además de ser un libertino irredimible y un villano sin causa, soy también un pervertido, pero no diré ante vos lo que ocurre en mis fiestas, así como no describiré tales actos delante de una dama como vos.
—No soy una dama.
—Dejémoslo en que son fiestas privadas, en las que hombres y mujeres…
—¿Mujeres?
—Sí, mujeres.
—Creía que vos no…
—¿Vais a dejarme terminar lo que estaba diciendo?
Callé al instante.
—Son fiestas en las que hombres y mujeres son libres de dar rienda suelta a sus deseos más íntimos sin miedo a que la Iglesia los censure.
—¿El rey ha participado alguna vez?
—No, su majestad persigue sus placeres en la más estricta intimidad y no disfruta de semejantes perversiones.
—Ah…
—Parecéis decepcionada con mi hermano.
—No, en absoluto.
—¿Lo estáis conmigo?
—No —sonreí—, en absoluto.
—Bien —se inclinó hacia mí con una sonrisa taimada—, porque, teniendo en cuenta lo mucho que he disfrutado de este pequeño paseo vespertino, no querría que me privaseis de vuestra compañía.
—No tengo intención de hacerlo. ¿Quién si no lograría exasperarme hasta el punto de la más profunda desesperación, alteza?
—Espero contar solo yo con ese indudable honor.
Negué con la cabeza. Ya ni siquiera recordaba qué quería preguntarle, pero en realidad no importaba. La simple alegría de su compañía era más que suficiente y, también, todo a cuanto podía aspirar en cuanto a Philippe de Orleans.
—Me esperan unos días de mucho trabajo —comentó—, y no voy a poder atenderos todo lo bien que quisiera hacerlo. Sin embargo, y si accedéis, os iré a buscar cada atardecer para dar un paseo. Así podéis ponerme al día de vuestros avances en la corte.
—Con una condición.
—Hablad.
—Que vos también me contaréis qué tal ha ido vuestro día.
—Con una condición —contraatacó él y yo puse los ojos en blanco—: que nuestras mutuas confidencias sean nuestro secreto.
—¿Uno más, alteza?
—Un secreto más en la corte del Rey Sol, ma petite furie . ¿No es emocionante?
Sí, lo era. ¿A quién quería engañar a esas alturas?