Aurore IX
T ras la misa, me apresuré a llegar a los aposentos de la reina para mi visita diaria, aunque cada paso que daba no lograba disipar la sensación de Philippe abrazándome en su cama, ni la suavidad de su contacto, ni sus palabras. Se me escapó una sonrisa sin poder evitarlo.
A medida que avanzaba por los pasillos, mi mente no dejaba de regresar a esa mañana, a la sensación de sus brazos rodeándome.
Aún podía sentir su piel contra la mía y el murmullo de su voz en mi oído.
Era imposible no sonreír al recordar su tono desenfadado y esa sonrisa suya, tan confiada, tan segura de sí misma.
Sacudí la cabeza. Debía centrarme en la razón por la que estaba aquí en primer lugar y alejarme de lo que no estaba dispuesta a confrontar tan abiertamente: todas y cada una de las sensaciones que el duque de Orleans despertaba en mí.
Al llegar a los Apartamentos de la Reina, me detuve un momento, tomándome el tiempo para inhalar profundamente y despejar mi mente.
Me aseguré de que mi expresión fuera serena antes de entrar.
Pero mis pensamientos seguían divagando, volviendo una y otra vez a Philippe, a la intimidad compartida en la penumbra de su habitación.
«¿Qué me está pasando?».
La pregunta quedó flotando, sin respuesta.
—Os noto distraída hoy, Aurore —me llamó la atención Maria Teresa.
—En absoluto, majestad —negué yo, sacudiéndome de la cabeza la imagen de Philippe sonriéndome—. Es solo que he pasado una noche revuelta, eso es todo.
—¿Por culpa de Monsieur ? —inquirió ella.
—¿Cómo decís ?
—Mi cuñado es un mal hombre, Aurore. Aún no entiendo por qué mi esposo os ha dejado a su cuidado, sabiendo cómo es.
Procuré contener mi rabia ante aquella afirmación y, por una vez, opté por quedarme en silencio mientras la reina continuaba con su diatriba:
—El duque de Orleans es la máxima desvergüenza y deshonra de esta corte que su majestad insiste en denominar como la más pura y hermosa del mundo.
—Noté cómo me hervían las orejas, algo que María Teresa no advirtió—.
No solo mi esposo consiente que su propio hermano se rodee de favoritos, sino que también permite que muestre sus invertidos afectos en público.
—Por no hablar de las pecaminosas fiestas que suele ofrecer en sus aposentos —añadió la señora de Villena. La reina asintió ante aquel apunte.
—Versalles está sucio y su alteza es el corazón putrefacto que escandaliza a toda Francia. ¿Acaso no os dais cuenta de lo que sucede a vuestro alrededor, Aurore? Monsieur no es un hombre digno de vuestra inocente compañía. Es un vulgar sodomita licencioso.
Cada palabra que salía de la boca de la reina me dolía como un veneno.
No iba a permitir que ella, ni nadie, emponzoñara la imagen que tenía de Philippe, una que mezclaba encanto, peligro y una ternura inesperada, la misma que había sentido tan claramente esa mañana cuando, saltándose todo protocolo, permitió que buscara consuelo en su compañía.
Respiré hondo para no dejarme llevar por la ira que crecía en mi pecho. Cualquier réplica imprudente podría ser desastrosa. Así que en lugar de eso, bajé la cabeza en señal de respeto, ocultando la tormenta que se desataba en mi interior.
—Majestad, agradezco vuestra preocupación por mí —dije, eligiendo cuidadosamente mis palabras—, pero os aseguro que Monsieur me ha tratado con la mayor de las cortesías. Y aunque entiendo vuestros recelos, debo juzgar a cada persona por mi propia experiencia.
La reina me miró, sus ojos oscuros fijos en los míos, buscando quizás alguna señal de debilidad o corrupción. No podía permitir que la encontrara.
—Eso espero, Aurore —respondió al fin, su tono algo más suave, aunque aún teñido de desaprobación—. Solo os pido que tengáis cuidado. En esta corte, la verdad a menudo se entrelaza con la mentira y no todos son lo que parecen.
En eso, al menos, tenía razón. Philippe era mucho más de lo que parecía.
Mientras la reina continuaba con su discurso sobre la virtud y el decoro, mi mente volvió al recuerdo de su abrazo y a la forma que tenía de reírse de todo y de todos, incluido él mismo.
Aunque intentara negarlo, la atracción que sentía por el duque de Orleans solo se hacía más fuerte con cada encuentro.
Reconocí a la reina y la acompañé en su paseo diario por el jardín.
Para mi frustración, en esta ocasión tampoco quiso llegar hasta el Gran Canal y, al regresar a sus aposentos, me obligó a rezar con ella y la señora de Villena de nuevo.
No me quedó más remedio que obedecer. ¿Cuántas veces iba a tener que rezar al día?
Era exasperante perder el tiempo de aquella manera.
Solo me extravié una vez cuando intenté regresar al dispensario, ya a la tarde.
Las horas pasaron volando mientras me sumergía en la tarea de montar mi pequeño reino de tinturas y ungüentos.
La calma del trabajo manual me permitió perderme en mis pensamientos, en la ciencia que tanto amaba.
Pronto el espacio comenzó a tomar vida propia.
Los frascos y botellas llenaban las estanterías y los instrumentos estaban organizados, limpios y listos para ser usados.
Sentí una oleada de orgullo y gratitud por este lugar que, en los próximos meses, sería solo mío.
Philippe apareció para ver cómo me iba cuando el sol ya empezaba a descender. Levanté la vista del libro que estudiaba para ver cómo él observaba el orden del lugar, hasta que al fin dijo:
—Parece que os habéis instalado rápidamente.
—Eso parece.
Se acercó a una de las estanterías para examinar el instrumental que yo había lavado y guardado con el máximo cuidado.
—¿Qué es esto?
—Son unos fórceps —respondí.
—¿Y para qué sirven? —preguntó Philippe con lo que parecía ser genuina curiosidad.
—Se utilizan para ayudar en el parto, especialmente cuando el bebé está en una posición complicada o la madre está demasiado agotada para seguir empujando.
Frunció el ceño ante mi respuesta y sus labios se curvaron en una ligera mueca de incomodidad.
—No tenía idea de que algo así existiera. Parece un instrumento de tortura.
Sonreí ante su reacción.
—Para aquellos que no están familiarizados con la medicina, muchos de estos instrumentos pueden parecer terribles, pero os aseguro que están diseñados para salvar vidas, no para hacer daño.
Philippe asintió, aun observando los fórceps con cierto recelo.
—Espero no tener nunca la necesidad de experimentar vuestro trabajo de primera mano.
—Esperemos que no.
—Vengo a informaros que he llenado vuestro armario con vestidos más castos. Espero que sean de vuestro gusto.
—Seguro que sí.
El duque de Orleans se apoyó en el quicio de la puerta, cruzado de brazos.
—Apuesto a que lleváis todo el día encerrada aquí, como un fraile estudioso.
No contesté a sus provocaciones y seguí leyendo el libro.
—¿Tendríais la gentileza de acompañarme en un paseo hasta el Gran Canal, tal y como habíamos acordado?
Pasé una página, sin mirarlo.
—Creí que debía evitar los rincones oscuros del jardín tras la caída del sol. Particularmente en compañía de un caballero.
—Por suerte, yo no soy un caballero.
—No os iréis si no claudico, ¿cierto?
—Cierto.
Y, una vez más, claudiqué ante él.
—Toda mi vida he vivido con tío Lambert.
No conozco otra cosa. De una forma u otra, siempre pensé que estaríamos juntos, incluso si yo llegaba a casarme.
No es que lo vaya a hacer, quiero decir, a mi edad es harto complicado encontrar marido, así que en parte tenía asumido que nunca me separaría de mi oncle .
—Philippe me escuchaba, sin dejar de caminar y, por alguna razón, yo hablaba y hablaba sin parar—.
Fue él quien quiso venir a Versalles y ahora es él quien se marcha y me deja sola, aquí, en un mundo del que no sé nada y en el que no encajo.
¿Es cobarde por mi parte estar asustada?
—No, no lo es —me contestó el duque de Orleans—. ¿Es eso lo que deseáis, encontrar marido?
—En verdad, no. Cuando regresamos a París, conocí a alguien.
—¿Sí?
—Sí. Tenía ganas de enamorarme, de saber qué se sentía. ¿Por qué no iba a quererlo? Llevo tantos años estudiando, que me he olvidado un poco de cuidar de mí. Pero eso ya no importa, supongo.
—El rey os otorgará un título al finalizar vuestro trabajo, si así lo deseáis y…
—¡Un título, un título! —estallé yo—. No quiero un condenado título.
—¿De verdad? —se detuvo Philippe—. ¿Y qué queréis?
La luz del atardecer se reflejaba en sus ojos azules y, por un segundo, sentí que me ahogaba en ellos.
—Ya os lo dije: regresar a París, hacer mi vida.
—No me refiero a ese tipo de deseos. ¿Qué queréis respecto a vuestro corazón?
El silencio que se instaló entre nosotros fue denso, cargado de todo lo que no me atrevía a decir. ¿Qué quería realmente? ¿Qué era aquello que me hacía sentir como si estuviera al borde de un precipicio, a punto de saltar?
Philippe me miraba con intensidad, su habitual expresión de despreocupación reemplazada por una seriedad que no le había visto antes.
—Quiero…
Las palabras se atascaban en mi garganta.
¿Cómo explicarle lo que ni yo misma entendía del todo? ¿Cómo expresarle esa mezcla de miedo y deseo, esa necesidad de sentirme viva, de ser más que la sobrina de un médico, más que una mujer sola en una corte que no entendía?
Philippe dio un paso hacia mí, acortando la distancia entre nosotros. Podía sentir el ligero aroma de su perfume mezclado con algo puramente suyo. Mis pensamientos se arremolinaron y, antes de que pudiera detenerme, las palabras salieron de mi boca.
—Quiero sentir. Vivir, experimentar. No quiero títulos ni riquezas, alteza.
Quiero saber qué es amar y ser amada, pero no de una manera convencional, no como esos matrimonios arreglados que veo por doquier.
Quiero algo real que me haga sentir viva cada día, como si el mundo se abriera ante mí con posibilidades infinitas.
Su expresión no cambió, pero sus ojos me observaron con una intensidad que me hizo tambalear.