Philippe VIII
L a puerta de mi dormitorio abriéndose me puso en inmediata alerta: tenía un sueño ligero e intranquilo, y la pasada noche, después de que Aurore se fuera abruptamente, me había quedado despierto horas y horas, sin saber por qué.
—¿Quién anda ahí? ¿Thibaut? —pregunté a la penumbra que aún envolvía la habitación. Ya era de día, pero las pesadas cortinas mantenían la luz lejos de mi dormitorio.
Una figura se recortó en la puerta y me incorporé, intentando vislumbrar quién se había colado en mis aposentos. No solía dormir armado porque yo no era nadie en Versalles, así que no tenía enemigos reales, pero guardaba un par de puñales en el secreter de mi antecámara.
—No —respondió una voz femenina—. Soy yo, alteza.
Suspiré y puse los ojos en blanco al reconocerla.
—¿No sabéis llamar, Aurore?
—Perdonad… no sabía a quién acudir.
Noté que la voz se le rompía.
—¿Qué ha ocurrido?
Con un sollozo apenas contenido, Aurore se subió a mi cama, dejó caer la cara en la almohada y ahogó un diminuto conato de llanto.
—Estoy sola, alteza. Sola de verdad.
—¿Qué estáis diciendo?
—Os pediría que me abrazarais si no fuera contra el protocolo.
Abrí las sábanas de la cama y la cubrí con ellas .
El calor de su cuerpo invadió el mío cuando la rodeé con mis brazos y de inmediato sentí cómo Aurore se tensaba por una cercanía que no había esperado.
Sus sollozos se aplacaron de inmediato. Su respiración, en cambio, aún era irregular, como si estuviera luchando por mantener el control.
La suavidad de su piel y el ligero temblor que recorría su cuerpo me hicieron consciente de lo vulnerable que se sentía en ese momento.
Acerqué mi rostro al suyo, sintiendo su aliento cálido sobre mi pecho. Sus manos buscaron aferrarse a la tela de mi camisa de dormir, pero no encontraron nada: dormía desnudo y aquella revelación le hizo dar un respingo.
—Estáis…
—Desnudo —completé yo—. Aunque ya no hay nada que no viérais anoche.
—No debería estar aquí —dijo, confusa, aunque no hizo el más mínimo intento de alejarse—. Pero… no sabía dónde más ir.
—Callad —le susurré, acariciando suavemente su espalda, sintiendo cómo su tensión empezaba a ceder poco a poco—. No pasa nada. Me gusta que las damas se me cuelen en la habitación a hurtadillas. Es toda una novedad.
Ella rio un poco, muy bajito.
Mi mano comenzó a acariciar su cabello, apartando suavemente los mechones que caían sobre su rostro.
Podía sentir la fragilidad de su estado emocional, que se reflejaba en su manera de aferrarse a mí, como si yo fuera su única ancla en un mar de incertidumbres.
Sentí un impulso protector que no había experimentado antes.
Quizás fue el sonido quebrado de su voz, o la forma en que su cuerpo se acurrucó contra el mío, pero en ese momento, nada más importaba.
No obstante, su cercanía y el contacto íntimo de nuestra piel comenzaban a encender un anhelo más profundo en mí. Su fragancia, la suavidad de su tacto bajo mis manos, todo me estaba llevando al borde de algo peligroso que sabía que no debería desear .
Aurore parecía cada vez más consciente de nuestra proximidad. Su respiración se agitó y mi corazón se aceleró. Tenía su cuerpo pegado al mío, un refugio que era tan tentador como prohibido.
—Alteza —susurró mi título, apenas un murmullo tímido que se perdió en la penumbra que nos rodeaba—. No debería… no deberíamos…
—No voy a arrebataros la virginidad, si eso es lo que os preocupa —bromeé, aunque mis propias palabras me sonaban vacías, porque todo en mí la deseaba en ese momento, más que cualquier otra cosa.
—Sois terrible.
El calor de su piel, el roce de sus piernas contra las mías y la manera en que su pecho se levantaba y caía con cada respiración agitada me estaban descentrando.
Estaba completamente desnudo bajo las sábanas y la conciencia de su cuerpo tan cerca del mío, de la vulnerabilidad compartida, encendía en mí un fuego que luchaba por controlar.
«No voy a hacer nada», me juré.
No rompería esa frágil confianza que había depositado en mí, por mucho que mi cuerpo gritara lo contrario. La estreché con más fuerza, como si así pudiera ahuyentar sus miedos y, al mismo tiempo, los deseos que ardían en mi interior.
Ella se acurrucó más cerca, apoyando su cabeza contra mi pecho y, poco a poco, su respiración comenzó a calmarse.
Sería tan fácil cruzar esa línea, tan fácil ceder al deseo que latía bajo la superficie; tan sencillo como levantarle la barbilla y hundir mi boca en la suya, hasta lograr que le temblasen las piernas y se humedeciera entera para mí.
Sin embargo, me mantuve firme, luchando contra cada impulso que me instaba a inclinarme y reclamar esos labios que sabía que nunca debería tocar.
Porque la deseaba. La deseaba con cada fibra de mi ser de una forma totalmente irracional.
Y también sabía que no tenía ningún derecho a tocarla.
Así que me quedé allí, sosteniéndola en mis brazos, mientras el deseo y la necesidad de protegerla se enfrentaban en un duelo silencioso dentro de mí.
—¿Siempre os despertáis tan tarde? —preguntó, rompiendo el silencio.
—¿Conocéis algún libertino madrugador?
—No.
—Pues ahí tenéis la respuesta —dije y luego comprobé que la mañana ya estaba demasiado avanzada—. Y, hablando de cosas impuras y sucias, deberíais ir a misa.
Ella se incorporó levemente, sorprendida.
—¿A misa?
—Aquí tenéis la lección protocolaria de hoy: cada día, la corte debe acudir a misa a las diez en punto.
—Pensaba que la lección protocolaria de hoy sería la de no colarse en la cama de príncipes reales.
Esta vez fui yo quien se rio. Estaba claro que Aurore ya se sentía más ella misma. Aunque no por eso se había separado ni un centímetro de mí.
—Podéis colaros en mi cama siempre que os sintáis sola, triste o… inquieta.
—¿Inquieta? —se escandalizó ella.
—Nunca he desvirgado a una doncella, pero prometo esforzarme, llegado el momento —respondí con una sonrisa maliciosa, disfrutando del rubor que coloreó al instante sus mejillas.
Me miró, escandalizada por mis palabras, y también con un destello de curiosidad en sus ojos que no podía ocultar.
—No sois nada discreto, alteza —murmuró, mientras se separaba lentamente de mí.
—Discreción no es precisamente mi virtud más destacada —admití, siguiéndola con la mirada mientras ella se sentaba al borde de la cama, arreglando la ropa que llevaba puesta, evidentemente incómoda por la situación.
La observé en silencio mientras intentaba recomponer su apariencia y me pregunté qué pasaba por su mente en ese momento.
La mezcla de inocencia y deseo que emanaba de ella era tan cautivadora como peligrosa y me encontraba en un dilema: querer protegerla y al mismo tiempo desear llevarla a un mundo donde las reglas eran menos estrictas y los placeres más intensos.
—La misa, mademoiselle —le recordé—. Si no os apresuráis, llegaréis tarde y ya sabéis cómo murmura la corte cuando alguien no sigue las normas.
—¿Y vos? —preguntó, girándose para mirarme, con con la diversión brillando en sus ojos—. ¿No pensáis asistir?
—Oh, claro que sí. Pero, a diferencia de vos, no tengo que preocuparme por llegar a tiempo —respondí con una sonrisa perezosa, disfrutando del lujo de no tener que seguir todas las reglas al pie de la letra.
Aurore se levantó finalmente de la cama, aunque con cierta reticencia.
Tal vez la cercanía que habíamos compartido había despertado algo en ella que no terminaba de comprender.
Y aunque debía dejarla ir y permitir que olvidara ese pequeño desliz de colarse en mi dormitorio, no pude evitar añadir una última provocación.
—Recordad, Aurore: mi cama siempre está abierta para vos. Ya sea por consuelo, por curiosidad… o por cualquier otra cosa que os inquiete.
Ella se giró hacia mí, indignada, pero antes de que pudiera responder, me levanté sin ningún tipo de pudor.
—¿Os veo en misa, pues?
Aurore sacudió la cabeza, apartando la vista de mi cuerpo expuesto.
—¿Cuántas veces en un día tendré que veros desnudo, alteza? —exclamó.
—Todas las que queráis, ma petite furie —respondí, risueño—. Al fin y al cabo, me debo al pueblo de Francia.
Acudir a la Capilla Real de Versalles era una obligación para toda la corte católica, entre cuyos miembros me veía obligado a ser incluido.
Creía en Dios, pero los curas me repelían, si bien aquello era un dato que me guardaba para mí.
A mi lado, Aurore no parecía precisamente complacida de tener que perder el tiempo escuchando sermones en latín.
Mi hermano, como rey, no tenía por qué mezclarse con su corte para escuchar misa. Él atendía a solas desde el único palco situado en el piso superior, desde el que nos observaba a todos y cada uno de nosotros.
—¿De veras tengo que venir aquí cada día? —me susurró Aurore.
—Sí, me temo que sí.
—Tengo mejores cosas que hacer que escuchar a un cura.
—Cuidado, ma petite furie . Os tomarán por hereje.
Ella calló, tozuda. Esta vez fui yo quien se inclinó en su oído.
—Tengo un día muy ocupado hoy y supongo que vos también, pero… ¿Qué os parece si al atardecer me acompañáis en un paseo y me contáis por qué esta mañana os sentíais tan desdichada?
—No creo que os interese saberlo.
Esbocé una sonrisa.
—¿Acaso no os juré cuidar de vos?
Cruzamos nuestras miradas justo cuando la corte empezaba a moverse para recibir el sacramento de la comunión.
—Sí… —contestó en un susurro, como si aceptar mi protección en voz alta la hiciera sentir aún más vulnerable. Era fascinante cómo, a pesar de su fortaleza, había momentos en los que dejaba entrever una profunda fragilidad e inocencia.
—Entonces, al atardecer. Vos y yo —dije con una sonrisa suave.
No respondió, pero pude ver cómo se ruborizaba ligeramente, desviando la mirada hacia el altar, donde los cortesanos ya se estaban alineando para recibir la comunión.
Su incomodidad me divertía y enternecía al mismo tiempo.
Era como si, por primera vez, se diera cuenta de que no estaba tan sola en este nido de víboras llamado Versalles.