Aurore VIII #2
No era una habitación demasiado grande, pero estaba bien iluminada y ventilada, perfecta para mis necesidades.
Miré alrededor, tomando nota de cada rincón.
Había una mesa larga, ideal para preparar mis ungüentos y tinturas, y varias estanterías para colocar mis suministros. Era más de lo que podía haber esperado.
—Es perfecto, Bontemps. Gracias —dije.
—He ordenado a los sirvientes que se mantengan alejados de esta estancia, pero, de todas maneras, os pido cuidado y discreción, mademoiselle Bechard.
—Por supuesto.
—Desde aquí, solo tenéis que tomar el pasillo a la derecha y os encontraréis de vuelta rápidamente en los Apartamentos del Príncipe. Es poco probable que os crucéis con nadie, ya sea de la corte o del servicio.
Asentí y rogué por no perderme.
Bontemps nos dejó solos para regresar a sus labores.
Me acerqué a la mesa y comencé a desempacar algunas de las cajas, organizando mis frascos y herramientas con una meticulosidad casi ritual.
El orden, en mi oficio, era vital. Tío Lambert, que compartía aquella obsesión conmigo, me ayudó y aprovechamos para charlar como siempre hacíamos mientras ordenábamos y limpiábamos nuestros enseres.
—¿Cómo te va la vida en palacio, Aurore?
—Bien —respondí, comprobando que ningún frasco se hubiera roto en el corto trayecto de la villa hasta palacio—. Es todo nuevo y extraño para mí, pero Philippe ha sido muy atento conmigo.
—¿Philippe? —se detuvo tío Lambert.
—El duque de Orleans.
—¿Por qué le llamas Philippe? Si alguien te escucha dirigirte así a Monsieur …
—Aquí no hay nadie, tío.
—En un lugar así, siempre hay oídos ajenos escuchando.
Negué con la cabeza.
—Su alteza real —proseguí, con rintintín— ha sido tan amable de cederme una de sus habitaciones y de mostrarme las vicisitudes de Versalles. Sin él, no habría logrado sobrevivir ni un día aquí.
—Espero que se esté comportando decentemente contigo. Monsieur tiene cierta fama…
— Monsieur no ha hecho nada que me incomode —repuse.
Excepto salir desnudo de una bañera, insinuar que me azotaría el trasero con gusto e insistir en mantener una conversación conmigo tal y como llegó al mundo, claro.
—¿Es él quien te ha vestido así?
—¿Como una dama? Sí, ha sido gentileza suya conseguirme estos vestidos.
No puedo ir como una aldeana si quiero hacerme pasar por una aristócrata de la corte.
Además —me detuve en mitad del que sería mi dispensario—, si tanto quieres vigilar mi moral, ¿por qué no te mudas a Versalles?
Puede que el rey te diera cobijo, si se lo pides.
—Ya que sacas el tema…
Su tono de voz me alarmó. Era el mismo que había utilizado para anunciarme que nos trasladábamos a Versalles. Es decir, el tono de voz que ponía cuando iba a decirme algo que sabía que no me iba a gustar.
—Su majestad me ha ofrecido un puesto como galeno en el palacio de Saint-Germain, para velar por la salud del Delfín y el resto de sus hijos.
—¿Qué? —me escandalicé—. ¿Me haces trasladarme aquí para luego huir como una rata a la otra punta del país?
—Baja la voz, Aurore. Y Saint-Germain solo está a tres horas de Versalles.
—¡A tres horas, a tres horas! —exclamé, furiosa—. Tío Lambert, no puedes dejarme sola aquí.
«Aquí, con Philippe de Orleans», completó la frase mi mente traicionera.
—Sobrina… tienes veinticinco años. Sabes moverte por el mundo. No me necesitas.
—Pero si hace cinco minutos me estabas intentando proteger de Monsieur .
—Eso es diferente.
—No, no lo es.
—Tal vez, cuando termines con tu trabajo aquí, hayas conseguido un marido …
—No quiero un marido.
—Puede que incluso un título.
—Tampoco quiero un título.
Tío Lambert suspiró, derrotado por mi tozudez.
—Pues en ese caso, en cuanto el rey lo permita, puedes solicitar tu traslado a Saint-Germain y vivir conmigo de nuevo.
No supe qué decir a eso. ¿Volver a vivir con tío Lambert era lo que verdaderamente quería? ¿En otro palacio, en otra corte, con otras normas? ¿Y lo que le había dicho a Philippe la noche anterior, sobre instalarme en París, ejercer la medicina, viajar tal vez?
—Ya veremos —dije, sin comprometerme—. ¿Cuándo te marchas?
—Esta misma tarde.
—¿Esta misma tarde?
Todo ocurría tan deprisa. El control de mi vida se me escapaba de las manos y me sentí muy sola. Tío Lambert me puso una mano en el hombro en un triste intento de consolarme.
—Solo estoy a tres horas de camino. Si necesitas cualquier cosa, mándame llamar y acudiré.
—Sí, claro, seguro que puedes abandonar el cuidado del Delfín para venir corriendo en mi ayuda —solté, sarcástica—. Bueno, no te demores más aquí, oncle . Debes tener muchas cosas que empaquetar aún.
Su abrazo fue leve, fugaz. Tío Lambert nunca había sido hombre de prodigar afectos físicos y aquellas muestras de cariño fraternal lo podían llegar a incomodar mucho.
Vi cómo se marchaba a través del único ventanal de mi dispensario y cómo atravesaba las verjas doradas de Versalles.
Tras unos minutos, su figura se perdió en dirección a la villa.
Realmente, me había quedado sola. Sola de verdad.