Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Aurore VIII
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Aurore VIII

M antener una conversación con Philippe semidesnudo y todavía húmedo era una de las cosas más complicadas que había llevado a cabo en mi vida. Intentaba no mirarlo, pero cada vez que él se movía o sonreía, sentía que mi resolución flaqueaba.

No es que fuera la primera vez que veía a un hombre desnudo —las imágenes de los baños de Constantinopla se repetían a menudo en mi cabeza, cuando me acostaba y me permitía fantasear con escenas que jamás me atrevería a confesarle a nadie—, pero nunca de aquella manera: a solas, encerrada en una lujosa habitación, en un ambiente privado, de noche y…

con la belleza etérea y a la vez salvaje de Philippe.

La mayoría de nobles entrados en años llevaban abultadas pelucas.

En cambio, gran parte de los hombres jóvenes, como el duque de Orleans o el rey mismo, preferían lucir su propio cabello.

Largo y atado con una cinta, corto por los hombros y bien rizado, o en infinitos y elegantes bucles sueltos, como Louis y Philippe.

En el caso de este último, su cabello de ébano enmarcaba su rostro de una forma embrujadora.

Un embrujo que se magnificaba en las distancias cortas.

Su lengua viperina no ayudaba. Tampoco su cuerpo, delgado, fino, de piernas largas y blancas cubiertas por un suave vello oscuro.

Tenía la piel más aristocrática y bella del mundo, en mi ignorante opinión.

Una que yo deseaba tocar y que jamás me estaría permitido hacerlo .

Finalmente, Philippe agarró unos calzones oscuros y se los puso, aunque sin las medias debajo que normalmente le cubrirían de rodillas para abajo.

—¿Así está mejor? —preguntó con una sonrisa traviesa.

Yo hubiera añadido una camisa blanca de lino en la parte superior, porque su torso expuesto y húmedo no ayudaba a tranquilizarme, pero era una mejora para evitar que mis ojos se desviaran a su trasero o a su entrepierna.

—Mucho mejor, gracias —respondí.

Acepté la copa de vino que me ofreció y tomé un pequeño sorbo. Él se había tumbado en la cama, indolente, con el brazo detrás de su nuca y me miraba.

—¿Venís o no venís?

—¿A la cama, con vos?

—Por experiencia propia sé lo incómodo que puede resultar sentarse en un escabel —golpeó con suavidad el lado libre de la cama. Agarré la copa de vino, me levanté y me senté junto a él, guardando prudencialmente las distancias.

—Quisiera saber más sobre vuestra relación con el rey y cómo manejáis las expectativas de la corte —dije, intentando enfocarme en algo más serio para distraerme de la tensión que sentía a su lado.

Philippe miró hacia el baldaquino del dosel que protegía su cama.

—Mi hermano y yo siempre hemos tenido una relación complicada, aunque cordial. Él siempre tuvo claro cuál era su papel como monarca… yo, no tanto.

—¿Os gustaría participar en la política del reino? —pregunté, curiosa.

—Si os soy sincero, no lo creo. Dudo de estar hecho para la clase de maquinaciones e intrigas con las que Louis se enfrenta y se enreda a diario. Soy más un hombre de acción que de situación. Él es todo lo contrario.

—¿Y cómo os las arregláis para mantener vuestro equilibrio entre lo que deseáis y lo que se espera de vos ?

—Con mucha paciencia —dijo, con una leve sonrisa—. A veces, uno debe sacrificar sus propios deseos por el bien de Francia, ¿no es cierto?

—Supongo que sí.

—Otras veces, es posible encontrar una manera de satisfacer ambas cosas.

—¿Os referís a vuestra relación con Thibaut? —inquirí, aún con más curiosidad—. ¿Cómo encaja él en todo esto?

Philippe suspiró, pasando una mano por su cabello húmedo.

—Es complicado. En la corte, todas y cada una de las relaciones personales siempre están entrelazadas con la política y el poder.

—La nuestra, no —señalé. Él me miró, interrogante—. Vos no sois político y yo no busco poder.

—Cierto —me concedió—, pero sigo siendo un príncipe real. Si lo deseara, podría colmaros de joyas, títulos, propiedades…

—No deseo nada de eso.

—¿Y qué deseáis?

Nadie me había preguntado nunca eso. Ni siquiera tío Lambert. Mi opinión sobre lo que quisiera yo o dejase de querer no tenía demasiada importancia para él. Ni para nadie, siendo honesta.

—Para empezar, regresar a París. Establecerme ahí por mi cuenta. Seguir aprendiendo. Y quizá, continuar viajando. Sería emocionante conocer el Nuevo Mundo.

—¿Y dejarlo todo atrás?

Me encogí de hombros.

—¿Vos no habéis pensado alguna vez en dejarlo todo atrás? —pregunté, mirándolo a los ojos.

—En contadas ocasiones, sí, pero suelo llegar a la misma conclusión: mi lugar está aquí, en Versalles. Mi linaje conlleva que siempre esté unido a la corona. Tengo un deber que cumplir. Un papel que se espera de mí.

—Debe ser agotador vivir así.

Philippe no contestó a eso y nos quedamos en silencio por un momento. Una vez más, volví a sentir aquella extraña conexión con el duque de Orleans. Una que jamás hubiera esperado sentir. Una que no sabía cómo manejar. Una que debía obligarme a reprimir.

—Aurore —dijo, rompiendo el silencio—. ¿Cómo os sentís realmente con respecto a mi hermano? Sed sincera conmigo.

La pregunta me tomó por sorpresa y me encontré buscando las palabras adecuadas que describiesen la verdad que ocurría en mi interior cuando tenía cerca al rey.

—Es difícil de explicar. Siento admiración y recelo a la vez. No quiero ser una muesca más en su historial de conquistas, pero tampoco puedo negar que su atención me halaga. No soy de piedra, supongo.

—Supongo que no.

El duque de Orleans se acomodó en la cama, estirándose cuan largo era, y su cabello oscuro se desparramó sobre las sábanas blancas.

—Venid aquí.

—Ya estoy aquí.

—Me refiero a aquí.

Me moví un poco, hasta quedar más cerca de Philippe. Alargó una mano para apartar un mechón de cabello de mi rostro y yo me quedé muy quieta, tan paralizada como un animal asustado ante un cazador. Sentí que me perdía en aquellos ojos azules.

Y, por un extraño momento, creí que él se perdía también en los míos.

—Entiendo el arrebatamiento de mi hermano —murmuró.

—Alteza…

—Callad por una vez, Aurore —me soltó. Cerré la boca de inmediato—. Si llegase el momento de que Louis os llevase a su cama… no hay nada de indecoroso en ello. No seréis menos honorable por dejaros amar por el rey de Francia.

«¿Y si no quiero que sea el rey de Francia quien me ame?», pensé, con mi corazón galopando desbocado. Podía oler el jabón en la piel fresca de Philippe, así como saborear la forma sensual de sus labios. Si me inclinase un poco, podría llegar a rozarlos y…

—¿Y qué hay de mis sentimientos? — respondí, tan turbada como confusa por su proximidad—. ¿Acaso no importan?

—¿Qué sentimientos, ma petite furie ?

Parpadeé y de pronto me sentí mareada, incapaz de proseguir con la conversación, incapaz de soportar aquella cercanía suya, incapaz de contenerme si pasaba un segundo más a su lado.

—Es tarde y necesitáis descansar —dije, incorporándome de golpe para alejarme de él—. Buenas noches, alteza. Y gracias, de nuevo, por todo.

Me quedé en la puerta por un momento antes de abandonar sus aposentos, observando su figura en la cama. Él me sonrió, triste.

Entré en mi habitación, cerrando la puerta detrás de mí, y me dejé caer en el lecho, exhausta y confundida. Tan solo deseé que los sueños con Philippe me dejaran en paz aquella noche, pero nadie escuchó mis ruegos y el duque de Orleans reinó durante mis escasas horas de descanso.

La mañana llegó con una inesperada bruma que envolvió los jardines de Versalles.

Aproveché las tempranas horas y mi insomnio para pasear por ellos antes de que la corte se apoderara de cada uno de sus rincones.

Puede que la soledad y la belleza verde que rodeaba el palacio me ayudasen a serenarme, puesto que mi noche había sido ocupada por los ojos añiles de Philippe de Orleans.

Bontemps me encontró sentada frente al Estanque de Neptuno, cuyos mecanismos todavía no se habían activado y permanecía silencioso, con sus aguas calmadas y sin movimiento.

—Mademoiselle Bechard, acompañadme, por favor.

El ayuda de cámara del rey me llevó por una zona del palacio que todavía no conocía.

Entramos en uno de los edificios adyacentes, de los que eran de servicio.

Quedaba cerca de los Apartamentos del Príncipe, si no recordaba mal.

Pronto volvimos a salir al exterior, aunque no estábamos en la puerta principal del palacio, sino en una por la que llegaban las provisiones y los trabajadores.

No entendí para qué me había traído hasta ahí, hasta que el sonido de una calesa acercándose capturó mi atención. Traté de discernir los detalles a través de la niebla que parecía no querer disiparse. Reconocí al instante al hombre que descendía del carruaje que se había detenido frente a nosotros.

—¡Tío Lambert! —exclamé, feliz.

Apenas hacía unos días que no lo veía, pero sentía que había transcurrido toda una vida desde la última vez que habíamos estado juntos.

—¿Cómo estás, querida sobrina?

—Bien, pero… ¿Qué haces aquí, oncle ?

—Traigo lo que has solicitado —me respondió, señalando el carruaje repleto hasta arriba de cajas de madera de diversos tamaños.

Un grupo de sirvientes se apresuró a descargarlas.

Cada una estaba meticulosamente etiquetada con el contenido: frascos, morteros, instrumentos quirúrgicos y otros implementos necesarios para mis preparaciones.

Tardé un momento en comprender que el rey había cumplido con su palabra de trasladar todas mis cosas al palacio.

—Llevad todo a la habitación que hemos preparado para mademoiselle Bechard.

La delicada operación estuvo en todo momento supervisada por Bontemps, al que me acerqué para comunicarle mi más profunda gratitud por aquel gesto.

Mientras los sirvientes transportaban las cajas, Bontemps, tío Lambert y yo caminamos juntos por los pasillos hasta la pequeña habitación destinada a convertirse en mi dispensario.

—Espero que este espacio sea adecuado para vos —dijo el ayuda de cámara, abriendo la puerta y permitiéndome entrar primero.