Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Philippe VII #2
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Philippe VII #2

Me llevé la mano entre mis muslos, ante su mirada escandalizada.

—Alteza, por favor.

—Aunque deberíais verme en otras circunstancias más propicias para disfrutar de su total… magnitud.

—Alteza, os lo ruego.

—No es que tenga un tamaño descomunal —continué, cada vez más divertido ante su reacción—, pero os aseguro que en los momentos álgidos nadie se ha quejado de mi poll…

La rojez furiosa de Aurore alcanzó sus cejas. Me estaba divirtiendo de lo lindo.

—¡Philippe!

—No os he dado permiso para llamarme así —le advertí—. Puedo haceros azotar el trasero por faltarme al respeto. Para vos soy “alteza”. Siempre. ¿He hablado suficientemente claro?

Esta vez se le pusieron rojas hasta las orejas.

—¿Me haríais azotar por un desliz, alteza?

Deslicé los ojos por su rostro ofuscado, deleitándome en su enfado.

—Os haría azotar por muchas razones distintas. No pongáis esa cara de consternación: puede que bajo según qué circunstancias fueran golpes lo suficientemente suaves y medidos como para haceros disfrutar de ellos y pedirme uno o dos más.

—Sois un villano.

—Solo en la intimidad, ma petite furie .

—¡Alteza! —me golpeó con el puño cerrado en el hombro, ante lo cual yo solté una carcajada cargada de iniquidad—. Sois incorregible.

—Fundamentalmente cuando estoy desvestido.

—Os ruego un poco de pudor.

—¿Acaso os resulta tan perturbador ver a un hombre desnudo?

Esta vez ella no respondió. Me cubrí con un batín que no me molesté en abrochar y me dirigí a mi dormitorio. Una vez ahí, tomé un puñado de uvas frescas, me recliné en un diván de terciopelo y miré a Aurore, que me había seguido con las mejillas aún encendidas por la vergüenza.

—Todavía se os ve… todo —repuso.

—Pues no miréis.

—Es difícil no mirar.

—Repetiré mi pregunta anterior: ¿Tan perturbador os resulta ver a un hombre desnudo?

—No es eso... —empezó a decir, pero se detuvo, mordiéndose el labio inferior.

—¿O acaso es mi desnudez la que os incomoda en particular? —pregunté, levantando una ceja.

Ella respiró hondo, tratando de conservar la calma.

—Simplemente no esperaba encontraros así, alteza. Es todo —respondió, con algo más de firmeza en su voz.

—Entiendo. Pero os aseguro que no hay nada que temer. Al fin y al cabo, solo somos dos amigos conversando, ¿verdad? —dije, añadiendo un toque de provocación a mi tono.

Aurore me miró, sus ojos llenos de confusión, aunque también de curiosidad. Esta situación la había tomado por sorpresa y no estaba segura de cómo reaccionar.

—Sí, claro —dijo, forzando una sonrisa—. Amigos.

—Y los amigos hablan.

—Supongo.

—Bien —dije, metiéndome otra uva en la boca—. O sea que sois virgen.

—Eso no os concierne.

—Bueno, si alguna vez queréis probar los placeres de acostaros con un hombre…

Me miró, alarmada, abriendo mucho aquellos ojos redondos de color miel.

—¿Sí…?

—… tengo un par de recomendaciones de nobles especializados en desvirgar doncellas inocentes —terminé la frase.

Puso los ojos en blanco, se llevó las manos a sus caderas y tomó aliento.

—Solo venía a deciros que no podéis tratarme como lo habéis hecho esta mañana.

—¿Os referís a cuando os he salvado de que mi hermano se enfureciese más con vos?

—Sí. Es decir, no —soltó, clavando su mirada en mi rostro—. Puede que seáis el duque de Orleans y príncipe de Francia, pero eso no os otorga poder sobre mí. No podéis darme órdenes.

—En realidad, sí que puedo.

Aurore me ignoró.

—Pues no aceptaré ninguna orden vuestra.

—Muy bien. ¿Algo más?

—No.

Se dio media vuelta, dispuesta a irse y a dejarme tranquilo de una vez, cuando regresó a mi lado.

—De hecho, sí necesito algo más de vos.

Esta vez fui yo quien puso los ojos en blanco al ver que agarraba un escabel y lo colocaba frente a mí, evitando mirar mi cuerpo expuesto.

—Estoy muy agradecida por vuestra generosidad. No solo por cederme una habitación en los Apartamentos del Príncipe, sino por la ayuda de Margot, los vestidos, las joyas… Es mucho más de lo que necesito. Gracias.

—De nada. Me alegra saber que estáis contenta con los arreglos.

—Pero… ¿Podría pediros que me trajerais vestidos un poco menos provocadores?

—¿Menos provocadores? —me reí yo—. No hay ningún problema con esos vestidos. Son la última moda en la corte.

—Me da igual que sean la última moda. No tengo intención de seducir a nadie enseñando mis pechos y mucho menos…

—¿Y mucho menos…?

—No quiero que vuestro hermano, quiero decir, su majestad, se fije en mí.

—Me temo que es tarde para eso. ¿O debo recordaros vuestra escenita de esta mañana? ¿O vuestro paseo privado por los jardines?

—¿Cómo os habéis enterado de eso?

—Él mismo me lo ha contado.

Aurore se quedó callada por un momento, sorprendida y, quizás, un poco avergonzada. Yo continuaba disfrutando de la situación, viendo cómo intentaba recomponerse.

—Lo que ocurrió esta mañana fue un error por mi parte —dijo al fin. Su voz sonaba firme aunque sus mejillas seguían sonrojadas—. No debí interrumpir al rey durante su reunión. Y respecto al paseo por los jardines… bueno, no era mi intención atraer su atención de esa manera.

—En Versalles todo lo que hacéis tiene repercusiones.

Y debo admitir que vuestra espontaneidad es tan refrescante como peligrosa —me incliné ligeramente hacia adelante, mirándola con intensidad—.

Su majestad es un hombre acostumbrado a obtener lo que desea.

Si ha puesto sus ojos en vos, no será fácil desviar su atención.

—No quiero ser un peón en sus juegos de alcoba —aseguró ella—. Solo quiero hacer mi trabajo, ayudar a la reina y vivir en paz.

—¿Vivir en paz, aquí? —me burlé.

—Alteza, no quiero convertirme en amante del rey —suplicó y, por un momento, sentí compasión por ella.

Decidí que ya me había divertido suficiente a su costa. Al menos por hoy.

—¿Por qué no? Tiene fama de complacer a sus mujeres durante horas, además de ser un buen conversador. Si de lo que os gusta conversar es de política exterior y conflictos religiosos con los hugonotes, claro. ¿Acaso mi hermano no os resulta atractivo?

Vi cómo apretaba los labios.

—El rey es un hombre muy atractivo.

—Eso dicen todas las damas de la corte.

—Pero eso no significa que quiera meterme en su cama.

—Entiendo vuestra posición, pero os debo advertir que rechazar al rey no será una opción llegado el momento.

No es un hombre que acepte un no por respuesta.

Cuanto más lo apartéis y os hagáis la difícil, más irresistible le resultaréis.

Para él todo es un juego. Un juego en el que siempre termina ganando.

—Entonces, ¿qué sugerís que haga? —preguntó ella, sus ojos llenos de preocupación.

—Mantened vuestra distancia cuando podáis, pero no os hagáis ilusiones respecto a disuadir al rey.

—¿Sería posible ausentarme de los festejos que estáis preparando para esos nobles ingleses?

—Lo dudo mucho.

No dijo nada. Se limitó a asimilar mis palabras.

Su expresión era seria, pensativa. Ojalá hubiera podido engañarla y decirle que Louis se fijaría en cualquier otra, pero conocía bien los gustos de mi hermano y ella, con aquel carácter desafiante, lo intrigaba.

Y seguiría intrigado por ella hasta que lograse meterla en su cama.

Suspiré, absorbido por aquellos ojos confusos.

—Os dije que estabais bajo mi protección.

No os separéis de mí durante los festejos, especialmente en aquellos que ocurren en el exterior del palacio.

El rey no es el único experto en apartar a las damas de la multitud para arrastrarlas a los rincones más oscuros del palacio.

Y respecto a los vestidos, hablaré con Margot.

Veremos qué podemos hacer para que os sintáis más cómoda.

—Gracias —respondió ella, visiblemente aliviada—. Os dejo para que os vistáis y descanséis.

—Podéis quedaros conmigo un rato, si no tenéis sueño.

—Lo haré si os ponéis algo de ropa encima.

—¿Ahora suelta órdenes a quién, ma petite furie ?

Y, al fin, Aurore soltó una pequeña risa que me hizo sonreír.