Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Philippe VII
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Philippe VII

I nformé a Louis de todos los avances para los festejos mientras Bontemps terminaba de vestirlo para la cena.

Su pasión por controlarlo todo, hasta la más ínfima particularidad de lo que acontecía en la corte, era tan agotadora como encomiable.

Aún recordaba cómo llegó a desesperar a ebanistas, pintores, constructores y carpinteros en los primeros años de la ampliación de Versalles.

Lo supervisaba absolutamente todo. Cada detalle debía ser aprobado por él, desde un tapiz de varios metros a una moldura en la pared.

Mi hermano era incapaz de delegar. Relajarse, para él, solo era posible al final del día; se permitía entonces alejarse de los asuntos políticos que lo ocupaban durante toda la jornada y cenar con quienes hubiera elegido para acompañarle en esa ocasión.

Cuando terminé de hablar, Louis se mostró complacido con todas las preparaciones que estaba llevando a cabo para recibir a los ingleses.

—¿Qué planes tienes para esta noche? —me preguntó, cambiando de tema.

—¿Por qué? ¿Vas a obligarme a llevar a Bontemps a visitar burdeles?

—pregunté a mi vez, haciendo que al ayuda de cámara se le cayese la hebilla que intentaba abrochar en los zapatos de Louis.

Mi hermano esbozó una sonrisa silenciosa—.

Porque preferiría olisquear la ropa interior del duque de Humières y, a juzgar por su apestoso olor, diría que solo se limpia de la barbilla para arriba.

—Quédate a tomar una copa de vino conmigo .

—Qué solicitado estoy hoy, cualquiera pensaría que soy príncipe de Francia.

Bontemps carraspeó, terminó de calzar a mi hermano y nos dejó a solas. Fue el propio Louis quien sirvió un par de copas y me entregó una antes de sentarse.

—¿Cómo estás, hermano?

Aquella pregunta me sorprendió. Hacía mucho tiempo que no se preocupaba por mí. A pesar de todo su amor, los asuntos de Estado —y de faldas— ocupaban la mayor parte de la energía de Louis. Mi bienestar no era precisamente su prioridad en su ocupadísimo día a día.

—Bien, bien —respondí, un poco incómodo. No estaba acostumbrado a que nadie me hiciera aquella pregunta—. Estaba planteándome llevar a Henriette a Saint-Germain cuando termine el verano, para ver a nuestras hijas. Si nos das permiso, claro.

—Versalles no es una prisión, te lo he dicho mil veces.

—Es decir, ¿me lo permitirías?

—Estoy considerando seriamente tu proposición de querer ir al frente. En caso de que accediera a que liderases nuestros ejércitos… ¿Qué preferirías? ¿Saint-Germain o la guerra que tanto ansías?

—¿No puedo tener ambas?

—Solo dime qué preferirías.

—Iría a la guerra de buen grado si te ocupases, aunque solo fuera un poco, de la felicidad y el bienestar de mi esposa —repliqué.

—¿Eso implica que Henriette dejase Versalles durante una temporada?

—Sí. Sabes perfectamente lo mucho que le duele verte enamorado de la Montespan mientras ella ya no es el objeto de tus atenciones.

Louis no pareció afectado por aquella afirmación.

Los asuntos de pasiones, para él, se trataban de la misma forma que los de Estado: con diplomacia, ofensivas, secretos y subterfugios.

Por un segundo me sentí tentado de informarle que Henriette volvía a aceptarme en su cama y comprobar si eso lo ponía suficientemente celoso para que la reclamase como amante de nuevo, pero deseché ese pensamiento.

Solo sería una atracción fugaz, como la de un niño que se enfada si otro toma un juguete que ya no es su favorito; la abandonaría tras unas pocas semanas.

Henriette no resistiría un segundo alejamiento.

—Consideraré todas tus peticiones si consigues lo que te he pedido respecto a ese barón inglés.

—Pondré todos mis encantos en bandeja para lograrlo.

—¿Y tu amante, Thibaut? ¿No se sentirá molesto en cuanto se entere?

Me froté la sien, pensativo. Thibaut sería sin duda un problema.

No se lo iba a poder ocultar. Los secretos en Versalles duraban muy poco y él, con su tendencia al cotilleo, se acabaría enterando más temprano que tarde.

Era difícil mantener oculta una aventura cuando un puñado de nobles conviven a diario bajo el mismo techo.

De una forma u otra llegaría a sus oídos.

—Sí, seguramente sí. De hecho, estaba pensando en finalizar esa relación.

—Haré que Thibaut se aleje de la corte por un tiempo, si así lo deseas —respondió Louis—. ¿Te complacería eso?

—Supongo que lo haría todo más sencillo.

—Lo enviaré a los ducados italianos, pues. ¿Nos acompañas esta noche en la cena?

—Me temo que rechazo tu invitación. Estoy cansado tras un largo día de planificaciones y deseo guarecerme en mis habitaciones.

—Lo comprendo perfectamente —dijo, poniéndose en pie. Su discreta señal para que me retirase de su vista—. Ahora, si me disculpas, Philippe, tengo otros asuntos que atender.

Fue a darme la espalda, si bien en el último segundo no lo hizo. Me miró durante un instante antes de decirme, de forma aparentemente casual:

—Por cierto, me olvidé de contarte que he pasado un agradable rato a solas con mademoiselle Bechard esta tarde, en los jardines.

—¿A solas en los jardines, con ella? Vaya, Louis, es un nuevo récord para ti: dos días desde que Aurore ha llegado a la corte y ya estás olisqueando bajo sus faldas —solté, con una inquina mal disimulada que no supe de dónde me vino.

—No he olisqueado bajo sus faldas.

—¿Seguro que no? Te encanta follar en tus preciosos jardines.

Mis obscenidades podían divertirlo o molestarlo y, en este caso, se trató de lo segundo. Las palabras malsonantes, especialmente aquellas referidas al sexo, solían provocar ese doble efecto en él, que jamás las usaba. Sus polvos con la Montespan debían ser de lo más correctos y aburridos.

—No he hecho nada de eso con ella.

—Déjala tranquila, Louis. —Mi voz sonó más amenazante de lo que había predicho.

Él entrecerró sus ojos al percibir mi tono—.

Tus años de perseguir criadas, campesinas y plebeyas quedaron atrás.

Ella está aquí para hacer un trabajo en el que, te recuerdo, está en juego la vida de un posible heredero al trono.

Louis continuó con aquella mirada glacial. Ya no era mi hermano, sino el rey de Francia: la representación de un Estado que giraba exclusivamente a su alrededor, por la gracia de Dios.

—Retírate, Philippe.

Apreté la boca, molesto, pero me incliné ante él y me largué de ahí. Agradecí haber rechazado su invitación para cenar en su compañía. No me apetecía compartir la velada con un puñado de cortesanos intrigantes y sonrisas falsas.

Thibaut me esperaba en mis aposentos con una sonrisa ansiosa y un beso cálido que rechacé sin demasiadas contemplaciones.

—Quiero estar solo hoy —le dije y él asintió, confuso y un poco dolido por mi tono frío. Tendría que armarme de valor y ser sincero con él respecto a nuestra moribunda relación.

Ordené a mis sirvientes que preparasen un baño caliente y pronto pude sumergirme en la amplia bañera circular de mármol llena de agua, notando cómo mis tensos músculos se relajaban casi al instante.

Cerré los ojos, dejando que el calor me envolviera y despejara mi mente de las preocupaciones del día.

Justo cuando empezaba a sentirme completamente reposado, escuché a alguien llamando a la puerta de mis aposentos y luego le siguió la voz de la criatura más irritante de palacio:

—¿Alteza?

—Jesús, nunca me dejarán solo… —me lamenté en voz baja, hundiendo la cabeza en el agua.

No respondí. Aunque eso, claro está, no disuadió a Aurore Bechard.

—Sé que estáis ahí dentro, alteza. Me he cruzado con Thibaut en el salón de Apolo o en no sé cuál y me ha confirmado que esta noche habíais preferido quedaros en vuestros aposentos.

Me apreté el puente de la nariz con un suspiro. Y luego, decidí divertirme a su costa.

—Adelante, mademoiselle Bechard.

Escuché como la puerta de la antecámara se abría con un chirrido y luego el sonido de sus pasos recorriendo las habitaciones mientras me buscaba.

—Aquí, ma petite furie —le indiqué, colocando ambos brazos en el borde de la bañera.

Aurore entró sin previo aviso en el baño, decidida a estropear mi noche de soledad, si bien su enérgica disposición cambió de repente cuando sus ojos se abrieron de par en par al descubrirme desnudo en la bañera.

—¡ Sacrebleu , alteza! —exclamó, llevándose una mano a la boca. Sus mejillas se enrojecieron al instante.

—Buenas noches, Aurore —dije con una sonrisa divertida, disfrutando de su incomodidad—. ¿Puedo ayudaros en algo?

—Yo… Lo siento, no sabía que estabais así —balbuceó, a todas luces avergonzada, mientras intentaba apartar la vista de mí.

No lo consiguió del todo. Un hecho que todavía me divirtió más .

—No os preocupéis —respondí, incorporándome ligeramente, el agua goteando por mi pecho—. ¿Hay algo que necesitéis de mí?

—¿Es que no tenéis ningún tipo de vergüenza o pudor?

—No y no.

—Por favor, cubriros.

—Muy bien.

Salí de la bañera sin molestarme en taparme. Me planté delante de ella, desnudo y mojado. Aurore intentó apartar la mirada elevando sus ojos al cielo, solo para encontrarse con los míos.

—No tengo nada que no hayáis visto antes, ¿no es cierto, ma petite furie ?

—Sí, pero no así…

—¿Así, cómo?

Tras unos largos segundos logró apartar la vista de mi cuerpo, no sin antes lanzarme una última mirada furtiva, llena de curiosidad. La situación era incómoda para ella, pero yo la encontraba sumamente entretenida.

—Así, en la intimidad —respondió, en voz baja.

Parpadeé de sorpresa al comprender lo que sus palabras parecían implicar.

—Por favor, decidme que no sois virgen.

Ella aún enrojeció más.

—¿No podéis cubriros con algo? —me suplicó.

—Es mucho más divertido comprobar lo mucho que os cuesta no mirarme.

En especial de cintura para abajo. Doy gracias a Dios que el agua estaba caliente, así podéis contemplar los encantos del Ducado de Orleans…

—dije, mirando mi entrepierna y comprobando que el agua apenas había encogido mis dotes físicas— en todo su esplendor.