Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Aurore VII #2
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Aurore VII #2

No pude evitar comparar la forma en que el rey me llamaba por mi nombre a como lo había hecho Philippe la noche anterior, inclinándose hacia mí, dejando ir cada sílaba con una cadencia lenta, íntima.

Louis tenía una manera especial de hablar, una combinación de autoridad y suavidad que me resultaba cautivadora.

Era difícil no sentirse atraída por él, incluso sabiendo que no debía alentar sus atenciones.

Podía sentir la intensidad de su mirada sobre mí, como si quisiera leer mis pensamientos más profundos y traspasar todas mis defensas.

Me forcé a concentrarme en el entorno, en las luces que danzaban sobre el agua y en el murmullo distante de la corte, pero la proximidad del rey era imposible de ignorar.

Su presencia me hacía sentir vulnerable.

Me estremecí sin poder evitarlo.

—¿Tenéis frío?

—Bueno… —Vacilé, si n saber cómo explicar el origen real de mi estremecimiento.

Los dedos de Louis acariciaron la piel expuesta de mis antebrazos. Quise dar un paso atrás para no darle a entender que aprobaba aquel gesto, pero lo cierto es que el contacto era agradable y la presencia del rey, en aquel ambiente íntimo, capturaba toda mi atención.

La forma en que me miró, en que brillaron sus ojos, encendió todas mis alarmas.

Debería haber buscado una excusa para escabullirme y hacerle entender que no estaba interesada, pero ahí estaba, con los pies clavados en el suelo y perdida en aquellos rasgos que eran tan iguales a los de Philippe y, a la vez, tan distintos.

Pensar en el duque de Orleans me hizo estremecer de nuevo.

Louis soltó una risa suave y, sin decir nada más, se quitó su casaca de terciopelo y la colocó sobre mis hombros. La calidez de la prenda y el gesto en sí me hicieron sentir aún más confundida.

—Gracias, majestad. Sois muy considerado.

—Es lo mínimo que puedo hacer —respondió, cálido.

Intenté recordar mi misión en la corte, sin conseguirlo: los pensamientos sobre Philippe y la extraña atracción que el rey ejercía sobre mí bailaban una danza cruel dentro de mi cabeza.

—Aurore, debo confesaros algo —dijo Louis de repente, su rostro iluminado por las decenas de pequeñas lámparas de aceite que ya brillaban a nuestro alrededor.

—Sí, majestad —respondí, tratando de mantener la compostura.

—Desde que llegasteis a Versalles, he sentido una curiosidad por vos que no he experimentado en algún tiempo.

Reconozco que mi primer pensamiento cuando habéis irrumpido en el Gabinete del Consejo esta mañana ha sido el de azotaros —mis mejillas se volvieron de color grana ante aquella frase—, pero soy un profundo admirador de la pasión.

Y vos sin duda tenéis una que os hace destacar.

Aquella declaración me sorprendió y, aunque sabía que debía ser cautelosa en cada paso que daba, no pude evitar sentir un ligero y traicionero orgullo por haber captado la atención del hombre más poderoso de Francia.

Luego pensé en lo complicado que sería dejarme amar, ni que fuese por una noche, por Louis XIV y me obligué a mantener la distancia.

—Majestad, me halagáis con vuestras atenciones —dije, eligiendo mis palabras con cuidado para no ofenderlo—, pero debo recordaros que estoy aquí para cumplir con mis deberes y no para buscar favores, por muy honorables y privilegiados que estos sean.

Louis asintió, con una expresión pensativa en su rostro.

—Lo entiendo. No obstante, deseo que sepáis que siento… cierta predisposición hacia vos.

Se me hizo un nudo en el estómago. La situación se estaba volviendo más complicada de lo que había anticipado en un corto periodo de tiempo. ¿Cómo iba a sobrevivir seis meses así? Estaba bien perdida.

—Os agradezco vuestra honestidad, majestad. Y prometo que serviré a la reina con la más profunda de mis lealtades —respondí, tratando de desviar la conversación hacia terrenos más seguros.

Louis sonrió, satisfecho con mi contestación, y volvió a ofrecerme su brazo. Continuamos nuestro paseo, pero esta vez el silencio entre nosotros estaba cargado de un agradable cosquilleo del que ambos éramos demasiado conscientes.

Finalmente, me devolvió al salón donde la corte seguía disfrutando de su ocio vespertino, pero antes de cruzar el umbral, resguardados de los cientos de ojos que se posarían en nosotros en breves segundos, Louis me miró con una intensidad que me hizo comprender que este era solo el comienzo de lo que él esperaba que se convirtiese en algo más.

Sí, estaba perdida.

—Espero que disfrutéis de lo que queda de la noche —dijo, tomando mi mano entre la suya. Se inclinó lentamente, sin apartar sus ojos de los míos, como si quisiera asegurarse de que entendiera la profundidad de ese gesto .

Sus labios rozaron mis nudillos con una suavidad casi etérea, prolongando el contacto lo suficiente como para que la calidez de su aliento y la textura de su boca quedaran impresas en mi piel.

Fue un beso lento, cargado de una promesa implícita.

La presión ligera de sus labios transmitía un deseo contenido, un galanteo que desbordaba las formalidades y entraba en el terreno de lo personal.

Sentí mi corazón acelerarse, consciente de que ese simple gesto tenía el poder de cambiar el curso de mi vida en la corte.

Louis levantó la cabeza con una sonrisa sutil y susurró:

—Buenas noches, mademoiselle Bechard.

—Buenas noches, majestad —respondí, inclinando la cabeza en señal de respeto, aún confusa por aquel beso que se había prolongado mucho más de lo que podía ser considerado decente.

El calor de sus labios permaneció en mi mano mucho después de que él se alejara, dejándome en la entrada del salón con la mente revuelta y el corazón palpitante.

Mientras observaba cómo se acercaba a su favorita, supe que aquel beso no había sido solo una muestra de cortesía.

Había sido una declaración, un primer paso hacia algo que prometía ser tan apasionante como peligroso.

Algo para lo que yo no estaba en absoluto preparada.